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CARLES SANTOS, Disparen al pianista

“El público, aunque no tenga razón, siempre tiene razón. Hay que salir a por la gente. Intentar comunicar. Hoy en día hay tanta oferta, tanta información, que creer que sabes algo que no sabe el público es vanidad de vanidades”, aseguró Carles Santos en esta entrevista.

 
 

ENTREVISTA (2010)

CARLES SANTOS Disparen al pianista

Murió (ver aquí) Carles Santos (1940-2017). Experimental, contemporáneo, espectacular, provocador y polemista, entre otras muchas cosas, el músico de Vinaròs no dejó a nadie indiferente. Reputado pianista y compositor de piezas desconcertantes, en esta entrevista con Víctor Lenore –publicada en la antigua sección de Rockdelux Truco o Trato– nos regaló varias sentencias para la posteridad. La capital: “El público, aunque no tenga razón, siempre tiene razón”.

“Me llamo Carles Santos, nací en Vinaròs (Castelló) en 1940. Vengo de una familia de médicos y farmacéuticos. No había artistas, pero sí cierto nivel cultural. Mis padres me mandaron a recibir clases de piano a los 5 años. Cuando vieron que yo tenía aptitudes, se entusiasmaron demasiado, perdieron un poco la calma. A los 14 ya había terminado la carrera de piano en el Liceo. Un par de años después lo dejé todo para comprarme una moto. Era una Norton inglesa de 900 centímetros cúbicos. Pasé unos años dedicado a vivir. Al final volví a la música porque la echaba en falta. Entonces ya era decisión mía y tomé el camino que más me llamaba, que fue meterme en John Cage, Fluxus, el cine independiente y esas cosas. Gracias a mi educación, ahora disfruto mucho, pero creo que no es bueno, los niños tienen que estar en la calle jugando al fútbol. Quizá por eso no he tenido hijos, para no enfrentarme a este tipo de dilemas”.

“El primer compositor que me enganchó fue Tomás Luis de Victoria. Yo tenía 12 años y mi profesor de contrapunto era el maestro de capilla de la catedral de Tortosa. Esa figura hoy no existe. Yo lo ayudaba en los ensayos de Semana Santa. Puede sonar raro que a un adolescente le gustara una música tan mística, pero sus responsorios me marcaron, aunque luego yo tomase una deriva diferente. El siglo XVI español me

parece excepcional. Es la época de Santa Teresa de Jesús y San Juan de la Cruz. Me impresiona esa música por su desnudez: la voz humana sin acompañamiento. Todavía me produce una sensación fuerte. Te recomiendo que lo escuches: están muy bien grabados por los coros ingleses. Victoria me parece mejor que Palestrina, que es uno de los compositores más famosos del Renacimiento”.

“Aprendí mucho de John Cage y de Joan Brossa. Creo que eran parecidos. Mucho tiempo antes de que Cage hiciera su famoso ‘4’33’’’, Brossa ya había formulado algo similar con una obra de teatro donde la acción se paraba de repente por completo. Cuando yo tenía 22 o 23 años vino Cage a Barcelona y se conocieron. Eran como dos niños. No se gustaron al primer vistazo y decidieron evitarse. Brossa decía que Cage tenía pinta de sargento de los marines. Ahora lo recuerdo y echo de menos aquella burguesía catalana ilustrada, como el Club 49, que durante el franquismo traía a los mejores artistas en su momento. Gracias a ellos vinieron Boulez, Cage, Stockhausen, el ballet de Cunningham o el artista visual Robert Rauschenberg. La primera vez que David Tudor puso el pie en Europa fue en Barcelona. Me parece que eso ya no pasa”.

 
 
CARLES SANTOS, Disparen al pianista

En 2010, Carles Santos repuso “La pantera imperial”, espectáculo en homenaje a Johann Sebastian Bach que había estrenado en 1997. Según Santos: “Antes nos llamaban rompedores y ahora no porque la gente está más informada”. Foto: Ros Ribas

 

Has trabajado en contextos muy diferentes, desde el circuito experimental hasta componer la fanfarria de la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, pasando por las bandas sonoras. ¿Nunca te ha seducido el pop o el rock? Esto no es una posición mía. Son cosas que tienen que ser así. Cuando te dedicas a la música clásica acumulas conocimientos, pero también te cierras muchas puertas. Puedo disfrutar el rock como oyente. Bueno, tampoco estoy seguro, porque si me preguntas por un nombre me viene a la cabeza Nina Hagen, que tiene un pie en la ópera. Hay alguna canción suya que se parece a los lieder de Schönberg. Tener la clavija del siglo XVI me impide tener la del rock.

En cualquier caso, tus shows entretienen tanto como cualquier gira pop. Recuerdo ese espectáculo en el Circo Price donde una grúa te descolgaba del techo mientras tocabas el piano. También me pareció emocionante “La pantera imperial”, donde te movías con un teclado motorizado entre bailarinas desnudas tatuadas y grandes cabezas de Bach de plástico. Creo que tu enfoque contrasta con otros compositores de música experimental que parecen mirar al público por encima del hombro. Ahora vivimos una época de revisión. No se puede hablar de vanguardias, ni siquiera entre comillas, estamos en otro punto. La vanguardia es ya un término histórico. Tengo la impresión de que el público actual es diferente. Ha mejorado mucho. “La pantera imperial” lleva catorce años representándose. Antes nos llamaban rompedores y ahora no porque la gente está más informada. El público que va al teatro es el que más me gusta porque siempre te pide que le sorprendas. Se va a terminar pronto esa actitud de algunos artistas de “soy el más listo y si no me entendéis es culpa vuestra”. Hoy nadie quiere esperar doscientos años a que la gente descubra que es un genio. La velocidad de consumo de la obra de arte se ha reducido muchísimo.

¿Hay que ser más impactante? No. Hay que explicar las cosas mejor. El público, aunque no tenga razón, siempre tiene razón. Hay que salir a por la gente. Intentar comunicar. Hoy en día hay tanta oferta, tanta información, que creer que sabes algo que no sabe el público es vanidad de vanidades. Para mí trata de que músicos y asistentes participen de un placer común. Ya no tiene sentido el ritual de la música culta de tocar una pieza de siete minutos y levantarse a saludar. No me saludes tanto y toca. En el cine una película dura hora y media. ¿Quién aguantaría que los actores saludasen después de cada escena? Todos mis conciertos son como largometrajes, incluso cuando no hay escenografía. Ayer mismo tocamos una pieza con varias fases; sonaba hasta un poco de pasodoble.

¿Qué aprendiste de tus experimentos con bandas populares valencianas? Has comentado que “allí tienen tanta música que no saben qué hacer con ella”. En Valencia siete de cada diez personas tienen relación con la música. En algunas bandas están el abuelo, el padre y el nieto, que es algo que hoy en día ocurre en muy pocos géneros. Tocan muy bien, pero no estoy seguro de que sepan lo que tocan. Es como si hablaran inglés de memoria, sin conocer el idioma. Interpretan de manera automática. A veces, tocando con ellos, me he preguntado si están o no están. No sé qué quieren decir, quizá no quieren decir nada, que mira que es difícil. Hoy trabajo con muchos buenos músicos que empezaron en ese mundo. Las bandas populares generan muchos instrumentistas: en Alemania o Francia miras una sección de metales y siempre hay un valenciano.

Hace un rato lamentabas la pérdida de esa burguesía catalana ilustrada. Tengo apuntada una frase tuya que me parece polémica: “Ahora tenemos a esta gente de Hospitalet o Cornellà, que seguro que tendrán sus cosas buenas, pero de cultura no saben nada”. Supongo que hablabas de José Montilla, el presidente de la Generalitat de Cataluña. Es una declaración que suena elitista, ¿no crees? Es un comentario sobre la historia del Partido Socialista de Cataluña. Siempre digo que han pasado del Boccaccio al Barça y poco más. Boccaccio es donde se reunía la intelectualidad. Antes el PSC presumía de tener el cinturón rojo, núcleos obreros que hacían huelgas salvajes, pero esas zonas ahora de rojo tienen muy poco. Vivimos una banalidad excesiva. Mirando televisión pienso que el sibaritismo no es una cosa tan mala. Hay programas que deberían estar prohibidos. Supongo que la frase puede sonar fuerte, pero tengo 70 años y a estas edades se dice lo que se piensa (risas).

¿Qué música te interesa ahora? Me gusta Heiner Goebbels. Es compositor, pero añade elementos visuales o teatrales a la música. Su última obra eran todo pianos y no se veía a ninguna persona en el escenario. Funcionan por sistemas mecánicos y a veces avanzan hacia el público. Algunos espectadores se asustan por el alud de pianos que se les viene encima. También disfruto las óperas de Christoph Marthaler, que es un talento extremo, un Pina Bausch. Hace mucho que me gusta Steve Reich. Los minimalistas siempre han sido de otra ganadería. Todavía recuerdo la que se montó en Madrid cuando toqué una obra de Reich durante el franquismo. Se titulaba “Secuencia”. Era una pieza para dos pianos o para piano y magnetofón, que es lo que yo hice. Se trata de tocar la misma secuencia, pero uno de los pianos va ganando una nota. Entonces se produce una fricción sonora muy bonita, como cuando dos bicicletas andan juntas y los radios producen una vibración visual. Esta obra no tiene límites de tiempo y yo me preparé para tocar toda la noche. Duré como tres horas, porque me sacó un comando de espectadores. Después de mí tenía que actuar Luis de Pablo, el músico que me había invitado, pero yo no paraba de tocar. Se habló hasta de llamar a la policía. Por suerte los más sensatos lo impidieron. Está todo explicado en el libro “Celtiberia Show” (1968) de Luis Carandell. 

¿Cómo se lo tomó Luis de Pablo? Fatal. Me ha retirado el saludo desde entonces. Es triste porque en la vida hay cosas mucho más serias por las que enfadarse.

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