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CARLOS VERMUT, La reivindicación de la incertidumbre

Sueños (y pesadillas).
Foto: Alfredo Arias

 
 

ENTREVISTA (2018)

CARLOS VERMUT La reivindicación de la incertidumbre

Una diva amnésica (Najwa Nimri) que se deja enseñar por una réplica de sí misma (Eva Llorach). Una canción de Mocedades. Casas descuidadas, anfitrionas al acecho y huéspedes vulnerables. Misterios, incertidumbre e identidades que se funden. Todas esas cosas coinciden en “Quién te cantará”, el melodrama de fantasmas de Carlos Vermut. Desirée de Fez habla con el director.

Dos cosas cruzan el cine de Carlos Vermut. Una es un origen, un principio de todo, que da mucho vértigo, que da mucho miedo. Sus películas parten de un lugar muy oscuro –y, por oscuro, misterioso y fascinante– que se refleja en las historias y los personajes, pero nunca acaba de manifestarse por completo. Otra es la expresión de una realidad suspendida, la realidad (cinematográfica) de Vermut, un universo que está al mismo tiempo a ras de suelo y a tres o cuatro palmos de él. Sus filmes tocan lo cotidiano y, a la vez, lo observan desde una altura inquietante. Sumemos a esas dos variables abstractas otras más concretas: un acercamiento osado a temas complejos (la violencia física y psicológica, las relaciones nocivas), una gestión particular de las emociones (intensas pero calladas) y una manera diferente de narrar, sin muecas, con las palabras justas y tomando derivas inesperadas. Por eso y por muchas otras cosas, Vermut es el autor más interesante que ha dado nuestro cine en mucho tiempo.

“Cuando te enfrentas a un nuevo proyecto, primero se activa tu parte racional, pero se te pasa pronto. Al final todo es emocional: haces la película que te nace, que sientes que quieres hacer”

En solo tres largos, ha hecho una propuesta firme. En sus películas resuenan otras cinematografías, autores, títulos... Pero siempre acaba imponiendo su voz y no ha dejado que la presión del reconocimiento y del dinero ajeno –su debut, “Diamond Flash” (2011), costó veinte mil euros y los pagó de su bolsillo– modifiquen o bloqueen su manera de contar. ¿Qué sucede cuando gana la Concha de Oro en San Sebastián con su segunda película, “Magical Girl” (2014)? ¿Se supone que debe tomar una deriva más accesible? Según Vermut, no. “Cuando te enfrentas a un nuevo proyecto, primero se activa tu parte racional, pero se te pasa pronto. Al final todo es emocional: haces la película que te nace, que sientes que quieres hacer. Mi acercamiento al cine no es profesional, sino personal. Por eso no concibo dedicarle tres años de mi vida a un filme que no siento”, explica en nuestro encuentro en una librería de Madrid.

Y, después de una película de superhéroes (“Diamond Flash”) y de un noir castizo (“Magical Girl”), le nació “Quién te cantará” (2018), un melodrama (con el título inspirado en una canción de Mocedades) sobre la relación entre una cantante amnésica (Najwa Nimri) y la fan (Eva Llorach) que ha de ayudarle a regresar a los escenarios. No es un melodrama puro. Primero, porque juega con el género hasta romperlo. Después, porque la relación entre esas dos mujeres que se funden y confunden se adentra en los sinuosos terrenos del fantástico. “Mi primer impulso fue hacer una película de fantasmas, y eso está ahí. Como lo están el vampirismo y el terror gótico. En el filme hay fantasmas, y hay un personaje misterioso que vive en una mansión y recibe la visita de otro que lo descoloca todo, que siembra la tragedia”, aclara.

Es obvio que es así, pero no se trata de derivas puntuales al fantástico y al horror. Lo oscuro, lo perverso y lo fantasmagórico están en el cuerpo del relato y en el alma de sus personajes femeninos. Son personajes, como los de todas sus películas, atractivos por indescifrables. Acumulan tormentos, pero no los sacan fuera (y, cuando lo hacen, mueren de alguna manera). Y son ambivalentes, a la vez culpables y víctimas (de sí mismos). “No quería encontrar culpables en el relato porque me parece muy fácil. Es más interesante que todas sean a la vez culpables e inocentes. Y si son culpables es porque está en su esencia, no porque el mundo las haya hecho así. Eso sí, para mí era importante que todas esas mujeres tuvieran una función en relación al personaje principal y que, al final de la película, acabaran en algún lugar”. También son mujeres reservadas y silenciosas. Dicen poco y callan mucho. “Pecamos de verbalizar las cosas. Estamos perdiendo la capacidad de disfrutar de la incertidumbre, de no entender que las cosas no siempre tienen que significar algo. Reivindico que nos sumerjamos en la incertidumbre y el misterio, que también están ahí, y disfrutemos de ellos”, añade.

Una diva amnésica, una casa de pesadilla, huéspedes incómodos, música hipnótica...

Esa incertidumbre y ese misterio definen el vínculo entre Lila, la diva, y Violeta, su admiradora (y, paradójicamente, maestra). Y definen también las distintas relaciones maternofiliales que se cruzan en “Quién te cantará”, desmitificadas y no todas con vínculo de sangre. Vermut arroja una mirada interesante y valiente sobre ellas. “Las relaciones entre madres e hijas no tienen por qué ser idílicas. De hecho, ese amor a veces es forzado. Esas relaciones, como todas, pueden ser ambivalentes, pueden ser a la vez de amor y de odio. Y no me interesaba explicarlas porque sabía que, al verbalizarlas, perderíamos muchas cosas. Prefería dejar las ideas y las emociones suspendidas porque cuando etiquetas algo pierdes la oportunidad de nombrarlo de otra manera. ¿Qué le pasa a Violeta con su hija? Pues lo mismo que a todos, que a veces no sabemos si queremos o no a otra persona”, explica.

 “La casa de Lila tenía que ser una casa de pesadilla. Una de esas donde, cuando despiertas, piensas: ‘Era mi casa, pero no era exactamente mi casa’”

Para formalizar ese misterio y esa ambigüedad, Vermut apuesta por un texto preciso (si bien se permite la verbosidad en una escena que remite a “Diamond Flash”), una dirección rigurosa, una puesta en escena milimétrica y la contención emocional: “Tiendo a trabajar la dirección de actores desde la contención por una cuestión de pudor, porque lo paso fatal cuando veo a un actor o a una actriz en plena exhibición de llanto. Y, en este caso en concreto, para contar bien la historia no podía caer en exageraciones. En cuanto al texto, reconozco que en esta tercera película me he obsesionado con conseguir un guion lo más preciso posible para poder centrarme en las interpretaciones en el rodaje”.

Hay una gran distancia formal entre el debut de Vermut y “Quién te cantará”. Pero no porque la primera fuera fea, que no lo era. Estaba rodada con pocos medios, pero había en ella intención y estilo. Si hay una gran distancia –como también la hay respecto a “Magical Girl”, rodada con más presupuesto– es porque “Quién te cantará” es especialmente bella. Aunque, como él mismo bromea, “también haya gotelé en las paredes, como en ‘Diamond Flash’”. La inquietante armonía de los planos, la hipnótica música de Alberto Iglesias, la magnífica (y extraña) fotografía de Eduard Grau, el rostro sin arrugas de la diva, la casa de paredes etéreas... Salvo cuando desciende al infierno cotidiano de Violeta, donde todo se afea y la violencia se vuelve física, “Quién te cantará” se percibe como un sueño hermoso recorrido, a su pesar, por la tragedia. Vermut sintetiza muy bien esa idea en una imagen, la de la casa de Lila Cassen. Y es interesante que recurra a ella porque, al final, esta es una historia de casas descuidadas, huéspedes vulnerables y anfitrionas al acecho: “La casa de Lila tenía que ser una casa de pesadilla. Una de esas donde, cuando despiertas, piensas: ‘Era mi casa, pero no era exactamente mi casa’”.

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