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CAT POWER, El árbol torcido

“I mean”, “you know”, “anyway”,

“I guess”, “whatever”...

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 237)

CAT POWER El árbol torcido

Echamos la vista atrás y retrocedemos al momento de eclosión de Cat Power, cuando “The Greatest” (2006) la convirtió en la estrella que sigue siendo. Nando Cruz se encargó de radiografiar la obra y el carácter de Chan Marshall, algo más que una chica tímida, en este artículo que fue tema de portada del Rockdelux 237 (febrero 2006). El corazón salvaje de Atlanta buscó el respaldo de unos veteranos del soul para afrontar en Memphis el gran salto de su carrera y grabar su obra más radiante y estelar: “The Greatest”. Sí, Chan Marshall se puso el vestido blanco de los domingos, pero, cuidado, porque ya nos lo advertía hace más de una década, cuando solo era una pequeña salvaje del folk estadounidense: “Puedo ducharme mil veces y nunca estar limpia".

Aquí, en nuestros ratos libres, elucubramos sobre qué habría pasado si Bob Dylan y Leonard Cohen hubiesen debutado en los años noventa y Will Oldham y Smog lo hubiesen hecho en los sesenta. ¿Estarían los primeros tocando en salas para quinientas personas y editando sus discos en sellos indies? ¿Mostraríamos a nuestros amigos los vinilos de “I See A Darkness” y “Wild Love” que nos legaron nuestros padres? ¿Nos molestaría oír “Bathysphere” en el anuncio del Audi A4? ¿Corearíamos “I Send My Love To You” a grito pelado en el Poble Espanyol o el Centro Cultural Conde Duque abrazados a los colegas de la facultad? ¿Compraríamos “Blonde On Blonde” o nos daría pereza oír el séptimo disco de Dylan en solo cinco años? ¿Y cómo encajaríamos un cambio de sonido como el de Cohen en “Death Of A Ladies’ Man”?

Cuando jugamos a barajar este tipo de hipótesis, no solemos incluirlas a ellas. Tal vez porque siempre que pensamos en un artista folk nos viene antes a la mente un cantautor que una cantautora. Quizás habrá que empezar a considerar a Cat Power. Muy a su pesar, claro. Oldham y Bill Callahan son pilares del country-folk estadounidense de los años noventa; y si hay alguna mujer de referencia en este campo, esa es Chan Marshall, alias Cat Power. Pero ¿quién osaría calificarla como un pilar? Todo edificio que busque su estabilidad en la desesperantemente indisciplinada cantautora de Atlanta está condenado a derrumbarse antes de ser inaugurado. O peor todavía, el día de la inauguración.

Pálida, frágil y aún más neurótica que Nico, escurridiza y huraña como Joni Mitchell, hija de padres divorciados huida a la gran ciudad como Rickie Lee Jones, Cat Power es el eslabón que une a PJ Harvey con Scout Niblett. Rickie Lee acabó en Los Ángeles con Tom Waits, pero Chan Marshall oyó el consejo del de Pomona y eligió otro destino. “Si quieres dinero en el bolsillo, un sombrero en la cabeza, comida caliente en la mesa y una sábana en tu cama, ven a Nueva York”, canta Waits en “Yesterday Is Here”. Cuando ella grabó su primer disco, “Dear Sir” (Runt-Plain, 1995), incluyó una versión de aquella canción.

Chan Marshall es tan Chan Marshall que rehúye hasta su sombra. Para empezar, se bautizó con alias felino pese a ser tan supersticiosa que si se le cruza un gato negro en la carretera frena el coche y da media vuelta. Se la ha visto en festivales a favor de la cooperación palestino-israelí, pero también corriendo desnuda por un aeropuerto (“iba con un pantalón corto”, matiza ella) en pleno delirio etílico. Un día le preguntaron con quién querría colaborar y respondió: con Ghandi y Martin Luther King. Adora a Billie Holiday… y también le encanta el sonido de las tijeras al cortar.

 
CAT POWER, El árbol torcido

Rockdelux 237 (Febrero 2006)

Diseño: Nacho Antolín

 

En realidad, Chan Marshall ha acabado siendo Cat Power más por accidente que por decisión propia. Ella no quería ser cantante. Ni siquiera en el coro de la iglesia; dice que abría la boca y gesticulaba para disimular, pero que nunca cantaba. Sin embargo, hace ya más de once años que grabó sus primeras sesiones en Nueva York. Convencida por sus amigos de Atlanta, empezó susurrándole canciones por teléfono a Steve Shelley (batería de Sonic Youth y su principal mentor) y, caprichos del destino, ha acabado cantando “Hanging On The Telephone” en un anuncio de telefonía móvil. Vale la pena verlo.

En “Dear Sir” y “Myra Lee” (Smells Like Records, 1995), Chan Marshall sonaba como una desequilibrada chiquilla abandonada en la puerta de un orfanato. “Lo último que recuerdo es alguien riéndose en mi oreja; lo último que recuerdo es: ‘Eh, los faros se están acercando demasiado a mí’”, balbucea en “Headlights”. Tim Foljahn (Two Dollar Guitar) y Steve Shelley (Sonic Youth) la acogieron sin intención de desinfectar su talento. Se limitaban a dejarla desahogarse. Ella expulsaba alaridos y susurros, salvajes y a veces inconexos, y ellos la asistían sin llegar a comprender todo lo que escondían sus poéticas alucinaciones. Hechicera, cegadora y gélida fue su aparición. “Soy la nieve, soy la nieve, soy la nieve”, cantaba en “Great Expectations”. “Vivo en el desierto y dejo que el viento me haga el amor”.

Al lado de esas descarnadas grabaciones tan al borde del delirio, todo lo que ha editado después casi suena meditado y consistente. Porque, pese a su caótico talante, la perspectiva del tiempo permite entrever una dirección artística, una determinación, tal vez difusa en su día. Si al principio sonaba como una rama seca, en “What Would The Community Think” (Matador, 1996) –aún con Shelley y Foljahn; en los créditos les agradece su “mucha paciencia”– y “Moon Pix” (Matador, 1998) –grabado en Australia con Dirty Three– las canciones tienen una forma más precisa y las instrumentaciones han polinizado su voz, que ya suena menos agreste, más civilizada. ¿Entrando en razón? Eso nunca.

Impulsiva y terca, Chan Marshall paró en seco la gestación de su siguiente disco porque notó un no-sé-qué en el estómago y se enfrascó en “The Covers Record” (Matador, 2000), el primer álbum de versiones donde conviven Bob Dylan (aún recuerda cómo le marcó verle en directo cuando ella tenía 15 años) y Smog (durante una época fue novia de Bill Callahan; “su Tom Waits”). Cuando retomó su propio cancionero, buscó un ingeniero de sonido profesional. El elegido fue Adam Kasper, productor de Pearl Jam, Foo Fighters y Queens Of The Stone Age. ¿Su salto al mainstream? No: escondió las colaboraciones de Eddie Vedder (Pearl Jam) y Dave Grohl (Foo Fighters) en los créditos de “You Are Free” (Matador, 2003) e invitó a cantar a dos niñas que había conocido en una tienda de discos. El resultado es Cat Power en total libertad, en absoluta plenitud, en flor.

El método, la perfección y la previsibilidad nunca han tenido espacio en su música. Ella siempre busca músicos acostumbrados a improvisar, músicos que no intenten robarle las canciones. “No quería ensayar porque me intimidaba tocar con otra gente”, ha reconocido. Desconfiada como una leona herida, protege sus canciones de músicos, productores e ingenieros de sonido. En su mente son manos sucias que ha de mantener alejadas de sus criaturas. Mientras no demuestren lo contrario, son enemigos. Tal vez por ello se fue al campo a parir el DVD en directo “Speaking For Trees” (Matador, 2004). Pero aun así, un buen día de 2005 llegó a su discográfica con su más insólito deseo: grabar un disco con los músicos de Al Green. Y se lo han concedido.

 
CAT POWER, El árbol torcido

“Es importante tener una declaración de intenciones: seguir con vida y tener una cama cómoda”.

 

Va a ser una feliz sorpresa acercarse a “The Greatest” (Matador-¡Pop Stock!, 2006) pensando en la Cat Power agreste de antaño. Tan dulce conmoción solo se puede comparar con la que se llevan los chicos del barrio cuando ven a su desaliñada amiga de correrías vestida, por primera vez, como una señorita. La cantautora de los tejanos gastados se ha enfundado un traje de domingo. Es la misma flor de “You Are Free”, pero el sol encarna sus mejillas, dándole un aspecto radiante. Nueva piel para la vieja ceremonia, que diría el maestro Cohen. Y escuchando “The Greatest”, el título que abre el disco, con esos arreglos de cuerda bañados por “Moon River”, se te escapa la exclamación: ¡cuánto has cambiado Chan Marshall! Jamás te habría imaginado tan guapa.

Algo más importante ha cambiado en “The Greatest”. En anteriores grabaciones oías a una mujer sin hogar, raíces, entorno ni pasado. Todo eso desaparece como por arte de magia en su nuevo disco. La afición de su padre por el soul y el gospel, su juventud en los suburbios de Memphis y en los pueblos de carretera que rodeaban las plantaciones de tabaco, la casa de su abuela en Atlanta, la religión, el sur… “The Greatest” transpira un aura casi familiar. Chan Marshall compuso algunas canciones con el piano de su casa de Atlanta. Un cambio notable de entorno, si recordamos que durante años ha vivido en apartamentos que no tenían ni cocina.

Cat Power se plantó en los Ardent Studios de Memphis con la osadía de quien no sabe dónde se mete. La misma que la había empujado a mudarse a Nueva York siendo una chica del sur que no había pisado una gran ciudad desde que abandonó su Atlanta natal con 7 años. Quizá soñaba aterrizar como Bob Dylan en Nashville. El autor de “Blonde On Blonde” llegó al estudio una medianoche de 1966, y tras breves instrucciones ordenó a la banda que le siguieran en “Sad Eyed Lady Of The Lowlands” sin advertirles que la canción duraría más de once minutos. A ella, arrestos y fondo poético no le faltaban, pues junto al DVD “Speaking For Trees” había grabado un tema, “Willie Deadwilder”, de más de dieciocho minutos. Pero su patológica fragilidad hacía inviable tal plan.

La pobre Chan Marshall se ha visto acorralada por unos músicos habituados a trabajar con unas pautas. No solo no ha podido imponer su silvestre ley de la improvisación, sino que cuando le pedían datos sobre compases y tonos no sabía qué responder y se escondía tras el piano. Sin embargo, Mabon “Teenie” Hodges (guitarra), Leroy “Flick” Hodges y David Smith (bajistas) y Steve Potts (batería) la han acogido como a la sobrina lejana y desvalida y la han arropado con experiencia. Así suena, engalanada con una sección de vientos y cuerdas que huele a soul sureño. Así canta, con una brumosa sensualidad propia de Hope Sandoval. Pero incluso en este cálido entorno ha vuelto a ser la gata esquiva. Si su canción favorita de “You Are Free” era “I Don’t Blame You” porque la grabó sola al piano mientras los demás jugaban al ping-pong, así parece haber grabado “Hate”; a traición. Le daría vergüenza cantar ante esos veteranos abuelos cosas como: “Acércate, deja que te susurre al oído: ‘Me odio y quiero morir’”.

“The Greatest” pudo sonar como un disco de canciones de Cat Power interpretadas por músicos de sesión, pero es Cat Power al 100%. Chan Marshall dice que quería un disco con mucho espacio y ha salido un disco con mucho sonido. “Los silencios son notas, siempre me ha parecido así”, recuerda. Tal vez se vea demasiado guapa, como esa chica que no se siente cómoda con falda. Tal vez no se guste porque teme atraer a muchas más personas de las que es capaz de soportar ante un escenario. Ahora miles de desconocidos sabrán de su última ruptura (“Empty Shell”), de su nuevo amor (“Could We”), de sus deseos (“Where Is My Love”), de sus súplicas (“After It All”)… de su vida.

"Lived In Bars" (clip de Robert Gordon, 2006): el “groove” de Memphis, la sensualidad de Chan Marshall y el homenaje a Cassius Clay: “the greatest”, su disco.

Chan Marshall desesperaría a cualquier psiquiatra con su caótica y brutal espontaneidad. Suele hablar y actuar sin pensar antes qué quiere decir o hacer. Pero si se pone a meditar la respuesta, puede pasarse media hora en silencio. De igual modo ha desesperado a decenas de periodistas. Puede sentirse intimidada por el entrevistador o puede expulsarlo si no le gusta el tono de las preguntas. Y tanto puede confesarle sus más recónditas pesadillas como hundirse en sollozos o perderse en respuestas inconexas. Quienes han trabajado con ella la califican de “inestable y complicada”.

Su discográfica ha hecho circular un DVD con una entrevista para todas las publicaciones que no logren hablar con ella. Son más de veinte minutos donde las expresiones dominantes son: “I mean”, “you know”, “anyway”, “I guess” y “whatever”. Se cala en muchas respuestas que no sabe encauzar y resuelve con un “I’m sorry” que suena como el de un alumno que responde siete veces mal al mismo examen oral y solo lamenta estar decepcionando al profesor. Ella volverá a pensar que es un desastre y que está malgastando el tiempo y el esfuerzo de un puñado de personas. En Matador creerán que han capturado a Cat Power en su esencia, pues estamos ante una de esas cantautoras en cuya obra y vida lo impreciso y lo imprevisto se confunden con lo profundamente genuino.

Pero pese al permanente cruce de cables que siempre la atenaza, no ha dejado de superarse disco a disco, enriquecer su música y atemperar su poesía (no su carácter), consolidando una obra que ya ha dejado huella en lugares inimaginados: el álbum “White People” (2004) del grupo de hip hop Handsome Boy Modelling School; la banda sonora del documental “Searching For The Wrong-Eyed Jesus”, dirigido por Andrew Douglas en 2004; el disco de versiones del bluesman Junior Kimbrough, “Sunday Nights” (2005); la sesión de Diplo “Fabriclive 24” (2005)...

Cat Power es una de las grandes. Seguirá dando insólitos frutos y algunos incluso dulces, como “The Greatest”. Pero es un árbol torcido que no hay modo de enderezar. En ese DVD promocional, tras explicar que la canción “The Greatest” habla de los héroes anónimos, esos trabajadores que, como sus antepasados, lucharon día a día por sobrevivir sin educación u otra arma que no fuera su fuerza y su determinación, concluye: “Es un homenaje a la humanidad”. Entonces, mira al entrevistador de reojo para comprobar cómo ha encajado la respuesta, se ruboriza sorprendida por el calibre de su declaración y saca fuerzas para otra sentencia: “Es importante tener una declaración de intenciones”. La pequeña salvaje de Atlanta siempre la tuvo: “Seguir con vida y tener una cama cómoda”.

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