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CESÁRIA ÉVORA, Episodios de leyenda

“El alcohol y el tabaco ayudan a que mis cuerdas vocales modulen en el tono adecuado”.

 
 

ENTREVISTA (1993)

CESÁRIA ÉVORA Episodios de leyenda

Las circunstancias de Cesária Évora (1941-2011) dejaron el mito de la estrella nacida de la noche a la mañana en simples fuegos artificiales: a principios de la década de los noventa, el repentino éxito de esta mujer de 50 años, originaria de Cabo Verde, un país tan olvidado que ni siquiera figuraba en las guías turísticas, sirvió de reclamo para un público europeo que fue engrandeciendo más y más la expectación hacia su música. Primero, una desconocida; después, toda una artista consagrada; hoy, un mito de la canción que convirtió lo que cantaba en un episodio de su propia vida. Para recordarla, recuperamos este artículo de Luis Troquel hecho a partir de un intento de entrevista casi frustrado y publicado en Rockdelux en diciembre de 1993. Esta es la historia de la leyenda de los pies descalzos.

Francia, Portugal, España, Suiza, Canadá… país por país, el mundo occidental se rinde a sus pies descalzos, pero ella ha recorrido demasiadas veces los bares y cafés de Cabo Verde para creéserlo más de la cuenta. “No creo en los sueños. Uno se acuesta rico y se levanta pobre. Ahora estoy viviendo lo que tenía que haber vivido cuando era joven”, manifestaba recientemente. Una sinceridad elogiable pero incómoda para algunos menesteres: del mismo modo que cuando se ha contado mil veces una misma historia se suele acabar despojando a esta de cualquier detalle –y sin ellos, de cualquier interés–, Cesária Évora respondía a esta entrevista con desgana, escueta e inconcretamente, como harta de inevitables preguntas sobre su vida (sobre la que en pocos meses se han vertido ríos de tinta) o sus canciones (sobre las que no le gusta teorizar), y, sin embargo, entusiasmándose como una niña –como cualquier folclórica que se precie– al mencionar su condición de abuela o al hablar de los integrantes de su numerosa familia y de la casa en que todos ellos habitan. Para colmo, la progresiva llegada de una boda múltiple al más puro estilo Tele 5 limitaría aún más cualquier asomo de conversación.

“En 1965 grabé un disco, pero no ocurrió nada, y fue por eso que al cabo de diez años decidí dejar de cantar. Pero diez años más tarde una asociación de mujeres caboverdianas me propuso grabar en Lisboa un disco junto a cuatro cantantes más; entonces pensé que las cosas podían ir por mejor camino; además, se me presentaba la oportunidad de dejar por primera vez las islas”

Café, copa y cigarrillo tras cigarrillo (“el alcohol y el tabaco ayudan a que mis cuerdas vocales modulen en el tono adecuado”), nos habló de las pocas cosas que cambiaron para ella con la llegada de la independencia, la democracia y el socialismo a las islas de Cabo Verde –situadas a 500 kilómetros de las costas de Senegal–. “A mí nunca me ayudaron, ni el gobierno ni nadie. Solo después de que contara a la prensa que los socialistas no me habían pagado, entonces me recibió el primer ministro”. Sin embargo, y casi por casualidad, en 1985, tras diez años de inactividad profesional, sucedió algo que modificaría totalmente su situación, la de los suyos y, posiblemente, la de la música de su país en general. “En 1965 grabé un disco, pero no ocurrió nada, y fue por eso que al cabo de diez años decidí dejar de cantar. Pero diez años más tarde una asociación de mujeres caboverdianas me propuso grabar en Lisboa un disco junto a cuatro cantantes más; entonces pensé que las cosas podían ir por mejor camino; además, se me presentaba la oportunidad de dejar por primera vez las islas”.

Dos años más tarde grabará un disco distribuido únicamente en Portugal –titulado “Cesaria” y hoy descatalogado– y conocerá a José da Silva, su mánager a partir de entonces y el principal responsable de tan popular aceptación: afianzará posiciones en Boston (donde se encuentra la mayor comunidad caboverdiana del mundo) y dirigirá su modesto lanzamiento al público francés. Ya en el sello galo Lusafrica (marca que editará todos sus discos) grabará “La diva aux pieds nus” (1988) y “Distinto di Belita” (1990), dos trabajos muy similares, hermosos aunque lastrados por una instrumentación electrónica de circunstancias. “No había dinero para hacer algo acústico en buenas condiciones; era la única salida y nos sirvió para seguir adelante”.

Ya entrados los noventa, con “Mar azul” (1991) se producirá el milagro. El marco perfecto para dar a conocer una voz única que invita a todo tipo de poéticas descripciones, pero no se ajusta a ninguna de ellas: una voz que se ha de oír o, mejor dicho –y aprovechando lecturas–, sentir para apreciar en toda su magnitud.

A principios de 1992 se editará “Miss Perfumado”, y con él comenzará a desatarse la fiebre caboverdiana. Mes tras mes irá haciéndose hueco entre los discos de más de cien mil franceses, llenará dos noches consecutivas el Olympia de París y, en junio de este mismo año, protagonizará la portada de la revista ‘Actuel’. Toda la belleza de “Mar azul” cristaliza en este “Miss Perfumado”; obra maestra de la que en gran parte es responsable su compatriota Paulino Vieira, reputado músico con el que ya colaborase en anteriores trabajos y que aquí se encarga de la producción y la mayoría de los instrumentos (y con el que ya ha grabado un nuevo disco del que no nos quiso adelantar gran cosa, salvo que, como los anteriores, estará compuesto de temas nuevos y de clásicos –que son lo que Cesária prefiere– y que no aparecerá hasta mayo o junio, fechas en las que posiblemente vuelva a actuar en nuestro país, donde lleva vendidos ya casi 10.000 discos).

 
CESÁRIA ÉVORA, Episodios de leyenda

“No creo en los sueños. Uno se acuesta rico y se levanta pobre. Ahora estoy viviendo lo que tenía que haber vivido cuando era joven”.

 

“Aunque la juventud está muy abierta a las influencias extranjeras, no por ello olvida la morna… La esencia de la morna no cambia; en los años treinta B. Leza añadió elementos brasileños al ritmo ya que los caboverdianos siempre estuvimos muy en contacto con este país: utilizamos mucho sus instrumentos –como el cavaquinho– y  la sonoridad es similar, especialmente en la coladeira” (de la que éxitos como la reciente “Angola” es uno de sus más bellos exponentes).

Un disco que, más que antiguo o novedoso, resulta, como su país, aislado del resto del mundo. Arreglos evocadores del colonialismo de entreguerras pulsados con una sutileza difícil de identificar. Fuera de época y de lugar, factor en el que radica seguramente una de las claves de tan desconcertante éxito: aunque su parentesco más carnal sea respecto a la cultura brasileña, posee suficientes lazos con la música centroafricana y los fados portugueses para no poder ser absorbidas por ninguna de las tres corrientes.

Por doquier surgen comparaciones tópicas pero inevitables con Billie Holiday, Edith Piaf, Chavela Vargas y otras dolidas divas de la canción. Corazones y voces rotas por los hombres y el alcohol: una mitología de la que en pocos meses ha pasado de ser comparada a formar parte de ella. Y como ellas, posee una voz limitada a un registro único e inimitable y convierte aquello que canta en un episodio de su propia vida, de su leyenda.

“Aunque la juventud está muy abierta a las influencias extranjeras, no por ello olvida la morna… La esencia de la morna no cambia; en los años treinta B. Leza añadió elementos brasileños al ritmo, ya que los caboverdianos siempre estuvimos muy en contacto con este país”

“Si volviera alguno de mis maridos le dispararía. ¿Por qué vendría? ¿Por dinero?”. A pesar de llevar tatuado un corazón en el brazo, ha decidido no volver a meter un hombre bajo su techo. Su último marido la abandonó hace 22 años para ir a jugar al fútbol a Portugal, el anterior se fue al morir su hijo y el primero era un marinero portugués que la dejó embarazada de un niño que ha cumplido ya 33 años. Poco antes Cize –como la llaman sus amigos– ya cantaba por locales de Mindelo. Su padre tocaba la guitarra y el violín por afición y era primo del más prestigioso compositor caboverdiano: Francisco Xavier da Cruz, más conocido por B. Leza –que en portugués se pronuncia igual que la palabra belleza–, cuya memoria honra Cesária cantando muchas de sus canciones. Tras morir su padre y pasar varios años en un internado de monjas –del que su madre la sacaría ante sus insistentes súplicas–, empieza a cantar a los 16 años junto a un amigo que tocaba la guitarra. No conserva mal recuerdo de todos aquellos años en que Cabo Verde aún era colonia portuguesa. Había movimiento, actuaba en los cuarteles para animar a la tropa, y marinos y militares la invitaban a cantar a bordo de los barcos. Cobraba poco, pero seguro, no como en los bares de la ciudad, en donde dependía de la generosidad espontánea de su clientela entre canción y canción: actuaciones casi nunca concertadas, acompañándose de algún músico de bar, formaron su escuela y profesión. Toda una carrera que concluiría en 1975, cuando Cabo Verde quedó libre de la metrópolis y a su suerte, sin más horizontes que el azul del mar y la más absoluta pobreza.

Enclavada en un océano de tristeza, la morna es el estilo más arraigado al alma de su país. “Sodade” se ha convertido en su mayor hit, así como en el término más cercano al sentimiento expresado: nostalgia, añoranza o morriña (para no cambiar de idioma), algo de lo que los caboverdianos saben mucho más de lo que quisieran. Dolor por marchar, huir de la miseria, sentimiento contrapuesto –o complementario– a la tristeza de los que, lejos, se lamentan de no poder volver a su tierra. Una contradicción inevitable, impuesta por las reglas de nuestro tiempo y, curiosamente, reproducida en los orígenes y la nueva audiencia de Cize. Mientras su nuevo público europeo –en su mayoría concienciado, medianamente o muy culto y acomodado– busca en el Tercer Mundo algún aliento de vida todavía no tecnificada, sus habitantes solo sueñan con escapar, aunque sea por debajo de las puertas, hacia el mundo occidental. Dos falsas quimeras que encierra una amarga realidad.

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