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CHARLES BRADLEY, Si yo fuera “soulman”

Hambre de soul.

Foto: Paco y Manolo

 
 

ENTREVISTA (2012)

CHARLES BRADLEY Si yo fuera “soulman”

El soulman Charles Bradley falleció a los 68 años en 2017. El éxito le llegó tarde, tras una vida repleta de calamidades e infortunios. En su sexta década de vida, y desde el sello Daptone, halló por el fin el anhelado éxito. Nando Cruz lo entrevistó en Barcelona en noviembre de 2011, en la que fue su primera visita a España, dentro del Primavera Club.

La vida de Charles Bradley daría para un telefilme de sábado por la tarde. Nació en Gainesville (Florida) en 1948 y se crió con su abuela hasta que, con 7 años, su madre se lo llevó a Nueva York. Allí vivió hasta los 14 junto a sus cinco hermanos y tres hermanas. “Los nueve dormíamos en dos camas”, recuerda Bradley. Y las cosas irían a peor: su madre enfermó gravemente a consecuencia de una mordedura de rata que la tuvo hospitalizada varios meses. La familia recibió doscientos dólares de ayuda del Gobierno. Charles acabó en la calle, malviviendo en edificios sin luz ni agua caliente.

Un día, el novio de una de sus hermanas le compró una entrada para ver a James Brown en el teatro Apollo de Harlem. Cinco dólares por ver al hombre que cambiaría su vida... muchísimos años después. “No sé cómo lo hice, pero en cuanto salió al escenario salté hasta la primera fila del local y ya no me moví de allí”, ríe. A partir de ese día, el Padrino del Soul se convirtió en su modelo artístico. Uno imagina a Bradley imitándolo en el patio del colegio y chuleando ante sus compañeros de clase de la suerte que tuvo al verlo actuar, pero la realidad era otra: “No me gustaba ir al colegio. No tenía dinero para comprar ropa y la que llevaba era tan pobre que los niños de clase se burlaban de mí, así que pronto dejé de ir a clase”.

“James Brown vino a tocar una noche. Me metí en su camerino y, al verme, me dijo que me largase. Cinco minutos antes de salir al escenario accedió a verme y me preguntó: ‘¿Qué quieres?’. Le dije que solo quería una oportunidad”

Bradley fue un chico de la calle hasta que ingresó en un centro para adolescentes de familias sin recursos, donde aprendió el oficio de cocinero. Allí, en el frío estado de Maine, el chico de Florida formaría su primera banda de soul. “Entonces empezó la guerra de Vietnam y mis compañeros fueron llamados a filas. Nunca más los volví a ver”, asegura. “Yo me salvé de ir porque era el pequeño de la familia. Mi madre aceptó que se llevasen a dos de sus hijos, pero no a todos. Y me alegré: yo no soy un luchador”.

El cocinero Charles Bradley vio que sus dotes como cantante de soul eran notables y, con los ahorros que obtuvo trabajando durante nueve años de cocinero en un sanatorio mental, probó suerte como soulman itinerante. “Por fin era libre. Viajé de un estado a otro persiguiendo mi sueño. Canté en muchos clubes hasta que llegué a California, arruinado y sin sitio donde vivir, y allí me volví a buscar la vida como cocinero”. Encontró trabajo en un club de San Francisco, donde se le volvería a aparecer James Brown.

Párrafo extra para una escena tan determinante que parece retocada por el narrador. “James Brown vino a tocar una noche. Me metí en su camerino y, al verme, me dijo que me largase. Cinco minutos antes de salir al escenario accedió a verme y me preguntó: ‘¿Qué quieres?’. Le dije que solo quería una oportunidad: cantar un poco para su público, con su banda, antes de que él saliese a actuar. Y me contestó: ‘Ni hablar. Esto es mi vida y si te dejo cantar me robarás el concierto. Lo que tú tienes que hacer si quieres ganarte la vida cantando es volver a Nueva York’”.

 
CHARLES BRADLEY, Si yo fuera “soulman”

“El traje que llevo lo compré en una tienda de segunda mano y lo he custumizado yo. No tengo dinero para comprar uno nuevo y tampoco encontraría uno a mi gusto”. Foto: Kisha Bari

 

Aquello ocurrió a mediados de los años ochenta. Bradley aún trabajó un tiempo más como cocinero, pero tras el terremoto de 1989 perdió su puesto y abandonó San Francisco. No solo obedeció a James Brown volviendo a Nueva York, sino que empezó a ganarse la vida en clubes de Brooklyn con el alias de Black Velvet, en un espectáculo en el que imitaba a Mr. Dynamite. Con más de 50 años y sin un solo disco publicado, su segundo golpe de suerte llegó cuando Gabriel Roth, mentor del sello de soul Daptone, lo vio cantar. “Le gustó lo que hacía y quiso sacarme del papel de James Brown”.

El Soul Brother Nº 1 falleció en la Navidad de 2006. En aquella fecha Charles Bradley ya había editado tres singles. Meses después hallaría en la Menahan Street Band el apoyo necesario para grabar su primer álbum, “No Time For Dreaming” (Dunham-Daptone, 2011). El joven guitarrista Tom Brenneck monta el sello Dunham (en el que Bradley debuta a lo grande), dirige la banda que lo respalda en directo y es el principal autor de las canciones a las que el ajado Charles pone letra. Algunas hablan de amor, otras de sufrimiento. Es soul en primera persona, basado en hechos reales. Inflamable, desesperado.

“Sigo trabajando de carpintero y lampista. Dice la gente que, ahora que soy cantante, podría comprarme una buena casa, pero yo prefiero vivir en un lugar en el que pueda pagar el alquiler cada mes”

Charles Bradley llegó a Barcelona en la recta final de una gira de treinta y tres fechas en siete semanas. Demasiado tute para un hombre de 63 años. A las siete horas diarias de furgoneta hay que sumar un descomunal desgaste en directo. Bradley es un animal escénico. “Siento dentro de mí cada palabra que canto. Son canciones que me tocan muy dentro”, asegura. Pero en el exterior nada ha cambiado. “El traje que llevo lo compré en una tienda de segunda mano y lo he custumizado yo. No tengo dinero para comprar uno nuevo y tampoco encontraría uno a mi gusto”, afirma con orgullo obrero.

Quedaría muy bien rematar la historia con un final feliz, pero Charles Bradley es perro viejo. “Sigo trabajando de carpintero y lampista. Dice la gente que, ahora que soy cantante, podría comprarme una buena casa, pero yo prefiero vivir en un lugar en el que pueda pagar el alquiler cada mes”. A él no le hundirán la vida con una hipoteca basura. Mientras camina hacia el Apolo (el de Barcelona, no el de Harlem), se sincera con el responsable de la gira española: “Cuando tenía 14 años, decidí que nunca tendría hijos. Y así lo he mantenido. No quiero traer un hijo a este mundo. Mis hermanos nacieron en la pobreza y en la pobreza siguen. Es imposible salir de ahí”.

Una hora después su cansada voz renace en forma de hipogrito soul. Es la llamada de socorro de toda la humanidad. El dolor se transforma en júbilo; la desesperación, en espectáculo. Se mete tanto en las canciones que pierde la noción del tiempo y no podrá cantar “Why Is It So Hard?”. Es la canción que resume su vida y la de tantos otros parias. Es soul de los años sesenta, pero también es la noticia del día. Buena música para malos tiempos.

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