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CHRISTINA ROSENVINGE, El hada de los dulces

“Raül, de esto no te voy a hablar en la entrevista”.

Foto: Inma Varandela

 
 

FIRMA INVITADA (2011)

CHRISTINA ROSENVINGE El hada de los dulces

Continental 62 era un vuelo que unía Estados Unidos y España. La Joven Dolores, un barco que hace unas décadas conectaba Ibiza y Formentera. Dos travesías muy distintas con tiempos casi opuestos: la primera, un regreso a gran velocidad, moderno y casi infalible. La segunda significa el viaje reflexivo y sin prisa hacia una tierra donde brilla el sol y la gente se baña desnuda. Christina Rosenvinge ha encontrado la paz. Raül Fernandez, conocido artísticamente como Refree, volvió por una vez a su antigua profesión de periodista, y colaborador de Rockdelux, y entrevistó a Christina Rosenvinge. “La joven Dolores” (2011) fue el detonante de una conversación entre dos artistas amigos que dejó más de una reflexión para la posteridad.

Conocí a Christina Rosenvinge en una habitación de hotel. Rodeada por Chris Brokaw y Charlie Bautista ensayaban para un concierto acústico que tendría lugar el 10 de junio de 2010 en la sala Luz de Gas de Barcelona. Yo me sumaría a la formación aquella misma tarde con esa inconsciencia que se hace más incomprensible con el paso del tiempo. Ese concierto no solo me mostró las intimidades de sus composiciones –los trazos melódicos, las cadencias sorpresa de sus acordes, las intenciones, los susurros, la puntería, el destrozo...–, sino que allí empezó una curiosidad respingona alimentada por el derrumbamiento de todas mis previsiones. Mis bocetos, ahí van, se han construido en menos de un año, eso sí, con su ayuda; sobre todo en estos últimos días. Conscientes de esta tarea periodística que nos corta las alas (el traje de entrevistador-entrevistada no nos sienta nada bien), hemos intentado sumergirnos en aguas profundas, algunas limpias, como su fantástico nuevo disco, “La joven Dolores” (Soster-Warner, 2011), y otras más contaminadas, siempre con algo de respeto a la letra impresa.

“No sé muy bien si hacer música engorda el ego o lo aniquila. Por un lado tienes una sobreexposición de una versión mitificada de ti mismo: fotos, vídeos, prensa, el amor incondicional de los fans... Pero por otro lado aceptas críticas, insultos, fracasos, humillaciones, y lo único que puedes hacer es sacudirte el polvo y seguir con lo tuyo como si tal cosa. Un narcisista no sabe encajar y necesita que le admiren, no se arriesga. Si he podido escribir la canción es porque los he visto muy cerca, en carne y hueso”

Empecemos por el final, o por el principio, según se vea, por este nuevo álbum que bajo mi punto de vista alcanza los puntos más álgidos de su carrera como compositora: hablo de canciones como “La noche del incendio”, “Eva enamorada” y, en especial, “Canción del Eco”, tema que abre el disco y que desde la primera vez que lo escuché en ese concierto en Barcelona me ha tenido enganchado por los juegos vocales de su estribillo y, sobre todo, por una letra que se me antoja muy complicada de escribir. ¿Fue así, Christina? “Tenía el título de ‘Canción del Eco’ desde hace ocho o nueve años, pero no acababa de dar con la fórmula para llevarla al papel. En un principio intentaba escribirla de una forma menos directa, menos clara, pero al final me di cuenta de que tenía que explicar la historia original, sin pasar de puntillas, arriesgándome. Una vez terminada esta canción, me giré hacia el resto de material que había compuesto y me di cuenta de que era mucho más ligero y que no podía convivir con la nueva canción, así que decidí empezar el disco otra vez a partir de ‘Canción del Eco’”. Una letra basada en “Las metamorfosis” del romano Ovidio –“tenía miedo a parecer pretenciosa al basarme en una obra de la mitología, pero en el fondo las historias de amor que se cuentan en este libro a mí me recuerdan a las de los Smiths”– que con Narciso como protagonista trata sobre uno de los desórdenes de personalidad más comunes de la sociedad actual y también, claro está, siempre lo ha sido, del mundo de la música, del show bussiness. Así pues, esta canción también trata sobre los conflictos de vivir y convivir haciendo música. “No sé muy bien si hacer música engorda el ego o lo aniquila. Por un lado, tienes una sobreexposición de una versión mitificada de ti mismo: fotos, vídeos, prensa, el amor incondicional de los fans... Pero por otro lado, aceptas críticas, insultos, fracasos, humillaciones, y lo único que puedes hacer es sacudirte el polvo y seguir con lo tuyo como si tal cosa. Un narcisista no sabe encajar y necesita que lo admiren, no se arriesga. Si he podido escribir la canción es porque los he visto muy cerca, en carne y hueso”.

Por primera vez, la artista se encontró en casa con un puñado de canciones, con los músicos a muchos kilómetros de distancia y con ganas de oír algo más que los rasgueos de la guitarra o las notas del piano. El Garage Band, programa sencillo pero dúctil y eficaz, fue una herramienta fundamental para el desarrollo del disco. Allí no solo grabó las canciones, sino que las ordenó, arregló y acabó. De manera que por primera vez se encontró con el proyecto prácticamente acabado antes de empezar los ensayos con los músicos: “Cuando empecé a ensayar con Steve (Shelley), Jeremy (Wilms) y Charlie (Bautista) durante la Semana Santa del año pasado, las canciones estaban ya muy definidas y además tenían mucho texto, no había mucho sitio para desarrollar partes instrumentales, así que nos concentramos en encontrar la base adecuada para que se mantuviera la intención de la maqueta. En ese sentido puedo llegar a ser un poco obsesiva. Las melodías son muy delicadas para mí, funcionan solo con una velocidad y una dinámica determinada, y si no es así, pierden sentido. La intención lo es todo. A veces pruebo muchas aproximaciones distintas hasta reconocer la que buscaba. Para los músicos, a veces me comporto como una neurótica con este tema y, además, puedo ensayar o grabar durante doce horas seguidas. Suelen acabar hartos de mí. ¡Pero gracias a Dios repiten!”.

 
CHRISTINA ROSENVINGE, El hada de los dulces

Raül Fernandez (Refree) y Christina: eco a dos voces.

Foto: Inma Varandela

 

Repasando la grabación de la entrevista, me doy cuenta de que no parecemos nosotros. Yo, el primero, por tratar de parecer un periodista con puntería y acabar siendo un bobo que dispara agua con una flor en la solapa; y después, ella, porque recita unas respuestas a las que parece funcionar cualquier pregunta. Y es que una de las cosas que sin duda me sorprendieron el día que la conocí fue lo fácil que es hablar con ella. Tiene una gran conversación y mucho sentido del humor. Pero también tiene muy claros los límites. Por eso, cuando pregunto por anteriores relaciones me dice: “Raül, de esto no te voy a hablar en la entrevista”.

Sobre Nacho Vegas sí que habla, dice que él se lo toma también con humor. Tuvieron una relación muy fructífera a nivel musical que ha dejado un buen puñado de canciones. Algunas de ellas salen en sus nuevos discos, “La joven Dolores” y “La zona sucia” (2011), que, curiosamente, han aparecido casi al mismo tiempo. Si los escuchamos con detenimiento, muy probablemente acabaremos agachando la cabeza para que no nos alcance su fuego cruzado. Es normal, las relaciones, y sobre todo sus finales, dan mucho material para componer, y eso hay que aprovecharlo aunque signifique que más tarde algunos busquen una trascendencia mayor a las palabras del momento, crean ver sombras en cualquier rincón. “He cambiado letras porque me parecían demasiado duras y aun así algunas de mis canciones están cargadas de resentimiento y son muy injustas: pues claro, son totalmente subjetivas. Estoy dejando salir lo peor, ¡así puedo ser razonable en la vida real! Por otro lado, me reconozco en alguna de las canciones de Nacho y, como fan, me encanta que me dedique alguna que otra maravilla. A mí me gusta bucear en las letras de los demás y supongo que hay gente que lo hace en las mías, es parte del juego y no hay que tomárselo muy en serio. En cualquier caso, empezó él tirando a dar con ‘La gran broma final’ y yo le devolví ‘Weekend’ (por el Rockdelux Music Weekend 2007). Estamos en paz”.

“Algunas de mis canciones están cargadas de resentimiento y son muy injustas: pues claro, son totalmente subjetivas. Estoy dejando salir lo peor, ¡así puedo ser razonable en la vida real! Por otro lado, me reconozco en alguna de las canciones de Nacho (Vegas) y, como fan, me encanta que me dedique alguna que otra maravilla. A mí me gusta bucear en las letras de los demás y supongo que hay gente que lo hace en las mías. En cualquier caso, empezó él tirando a dar con ‘La gran broma final’ y yo le devolví ‘Weekend’. Estamos en paz”

Y mientras me asegura que en realidad todo es muy serio y un juego al mismo tiempo, me cuenta su fascinación por las canciones de resentimiento, alabando a Cohen o a Dylan en este género y apuntando a Carly Simon y su “You’re So Vain” como una de sus favoritas. Me dice que las mejores canciones salen de los agujeros más negros, aunque no siempre, porque también el optimismo agridulce es muy doloroso, se pega como melaza en el pecho desnudo. Y entonces me apunta con el dedo. Yo le digo que es mejor no ser de pelo en pecho.

Hay una frase, precisamente en “Weekend”, que me remite directamente al tema que habíamos empezado. Dice así: “Adoro tus encantos, pero me voy de aquí, el abismo es un lujo que no me puedo permitir”. Si olvidamos los dardos, el tema es otro: “Ni siquiera me puedo plantear si quiero o no: tengo dos niños y estoy separada, solo puedo tirar hacia delante como una locomotora, no hay espacio para la ansiedad o la disipación. Los problemas cotidianos se comen a los existenciales. Creo que los que hacemos esto tenemos un problema, algo está mal. Escribir o componer es un maravilloso efecto secundario de esta enfermedad. Es fácil caer en la ‘automedicación’ o en otros pozos igual de negros. Lo difícil es llevar una vida normal”.

Como dice Christina, partirse en dos, como Superman, es una de las soluciones. Uno de los primeros recuerdos que tengo de ella es cómo me enseñaba un vídeo de su hijo tocando la guitarra en una fiesta del colegio grabado con su teléfono móvil. Yo le pregunté, al ver que se defendía con el instrumento y enterarme de que también tocaba la viola, que por qué no le proponía grabar con ella algo. Christina se mostró dudosa. Yo dije alguna bobada otra vez y acabamos asintiendo que era mejor mantener a los niños alejados de la exposición pública. Al final canta en el disco. “La canción es ‘Jorge y yo’. Habla de mi hermano. Me gustaba la idea de cerrar el círculo familiar. Por otro lado, no tenía otro niño a mano ese día. Lo hizo como favor. Dudé mucho si tenía que poner su nombre en los créditos. Al final puse W. Es posible que acabe siendo músico, se le da bien. Debería mantenerme al margen, espero ser capaz...”.  

Ya que hablábamos hace un momento de superhéroes, la vida nos empuja a ser como aquel villano de Batman, Dos Caras, y a jugar con la moneda muy a menudo. Porque, ¿qué es “La joven Dolores” dentro de una carrera de más de veinte años sino lanzar la moneda al aire una vez más? No es un disco fácil, aunque ella me ponga cara rara cuando se lo digo. Y no es un disco fácil por su clasicismo, porque mandan las canciones, mandan los textos por encima de la música, y no está ligado a una estética o sonido actual. Y esto es maravilloso. Es maravilloso que tras más de veinte años de carrera, Rosenvinge continúe con la sangre hirviendo cada vez que se enfrenta a una nueva canción, que sea el momento más feliz del día, del mes, tocar una composición por primera vez, enfrentarse a lo desconocido en definitiva.

 
CHRISTINA ROSENVINGE, El hada de los dulces

“La ingenuidad me ha salvado”. Foto: Inma Varandela

 

¿Por qué a unos se les termina tan rápido el fulgor, por qué tanta gente abandona o cae en la repetición consentida muy pronto, y otros tienen la capacidad de seguir la búsqueda, infinita, sin cansarse, sin saltar del barco y quedarse flotando en tranquilidad? “La ingenuidad me ha salvado; no saber cómo funcionan las cosas, los mecanismos ocultos o visibles de este mundo, me ha ahorrado sufrimiento. Y en realidad sigo sin querer saberlo. No entiendo cómo funciona el público y creo que al final uno rinde cuentas con uno mismo. Lo que realmente me importa es que mis discos tengan solidez para aguantar el paso del tiempo, que mis discos se puedan escuchar dentro de veinte años”, me cuenta. El pasado mes de octubre toqué junto a Christina en el festival internacional de cine de Albacete, Abycine, poniendo música a “Mouchette” (1967), la película de Robert Bresson. El concierto fue arriesgado, muchas de las partes eran improvisadas, basadas en texturas sonoras más que en acordes. Desde que surgió la idea, Christina tuvo muchas ganas de improvisar y también mucho respeto. Al final me dijo: “No sabes la vida que me ha dado este concierto”. No todo el mundo se atreve a tocar con gente distinta y arriesgar, sufrir probablemente haciéndolo, pero creo que puedo segurar que esta es la manera de no perder la ilusión.

“En mi familia había problemas serios y, sí, crecí demasiado rápido. No tuve una infancia muy feliz. Ahora creo que en la época de Álex y Christina estaba buscando una regresión a esos años para reescribirlos en cierto modo. Por eso las letras ingenuas y la estética fantasiosa. Por eso conectábamos con los niños especialmente. Fue una locura y creo que nos quemamos muy rápido. Las cosas no se hicieron bien. Aun así, creo que gané, salieron algunas canciones muy bonitas”

Yo le he dicho en muchas ocasiones que es difícil encontrar una trayectoria como la suya en el panorama internacional. Que si dentro de unos años alguien repasa seriamente sus pasos, si alguien une los puntos, los recuerdos, el dibujo completo es magnífico. Magnífico por el camino en sí. Después, cada uno puede tener su opinión sobre la obra, puedes decir que te gusta más o menos esto o lo otro, pero es innegable que una trayectoria como la suya es de impresión. De hecho, el paso del tiempo está muy presente en el disco, sobre todo en “Jorge y yo”, donde se amontonan los recuerdos del pasado, de la infancia. ¿Creciste demasiado rápido? ¿Tienes la sensación de haber perdido o ganado algo? “En mi familia había problemas serios y, sí, crecí demasiado rápido. No tuve una infancia muy feliz. Ahora creo que en la época de Álex y Christina estaba buscando una regresión a esos años para reescribirlos en cierto modo. Por eso las letras ingenuas y la estética fantasiosa. Por eso conectábamos con los niños especialmente. Fue una locura y creo que nos quemamos muy rápido. Las cosas no se hicieron bien. Aun así, creo que gané, salieron algunas canciones muy bonitas”.

Hablaba hace un momento sobre la buena conversación con Christina, sobre su sentido del humor. Me encanta escucharla contar anécdotas. Ha conocido a mucha gente, gente muy diversa del panorama nacional e internacional de las últimas dos décadas. Y ella ha sabido relacionarse con las distintas generaciones sin desentonar, incluso formando parte de todas. No sé cómo se hace, pero así es. Y me cuenta cosas de los primeros años de su carrera, de cuando vendía muchos discos y viajaba de plató en plató, y a mí me hace gracia porque nunca nadie me lo ha contado así. Pero también me habla de lo que vino después, de lo que llegó más tarde en su carrera. De los nuevos territorios y de su desaparición del panorama musical durante casi diez años. Siempre nos han gustado los héroes malditos de la música, los cantautores sin público que con los años han sido reivindicados por famosos, pero cuando te toca a ti es otra historia. Ella me cuenta: “Ha habido muchas dudas en los últimos diez años. No respecto a la música en sí, porque me gustaba mucho lo que estaba haciendo, sino sobre la funcionalidad de hacerlo. Me estaba concediendo un capricho personal que me estaba arruinando en vez de construirles un futuro a los míos. Me sentía muy culpable. En esos momentos me decía: ‘Tengo que volver a Madrid y poner una mercería’. ¿Por qué una mercería? Porque me gustan los cajones llenos de hilos y botones de colores. Me gusta ordenar cosas pequeñas. Las cosas grandes se me dan mal”.

Entonces vuelvo a recordar el concierto en la sala Luz de Gas, un concierto donde la gente podía preguntar; se le acercaba un micrófono y podía hacer preguntas a Christina. La mayoría de ellos, en lugar de hacer una pregunta, de exponer una duda sobre la cantante, de preguntar por qué tal letra trata sobre esto o aquello, le decían que la habían seguido durante toda su carrera, que se habían comprado su primer disco en tal tienda y que desde entonces no habían dejado de escucharla. Esto es lo mejor que le puede pasar a un artista, que el público crezca con él. Se lo recuerdo entonces y ella me dice: “A mí me gustaría ir uno a uno a dar un beso a los que han aguantado toda mi carrera, a los que han aceptado mis cambios como propios, a los que siguen ahí. Me parece imposible que alguien entienda las razones y las circunstancias. Las buenas canciones llegan más lejos que el que las escribe y así es como tiene que ser”.

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