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CHUCK BERRY, Habló la leyenda

“Chuck Beryyyyyyyyy!”.

Foto: Francesc Fàbregas

 
 

ENTREVISTA (1987)

CHUCK BERRY Habló la leyenda

Documento histórico Rockdelux en honor a Chuck Berry, recientemente fallecido (ver aquí) y del que hemos publicado un especial de 10 páginas en el Rockdelux de abril, todavía disponible. Lo que viene a continuación es un aperitivo en forma de entrevista, una carambola feliz. En las fiestas de la Mercè de 1987, en Barcelona, Chuck Berry estuvo tocando, y la armó. Radio Nacional retransmitió, íntegros, todos los conciertos desde la recta de l'Estadi de Montjuïc y, entre ellos, el de Chuck Berry en exclusiva. Antes de iniciarse el concierto, Joan Ribera dialogó con el artista en su camerino, y la conversación fue emitida en su momento por Ràdio 4. Berry llevaba tiempo negándose sistemáticamente a conceder entrevistas, así que solicitamos a Joan Ribera la transcripción de su encuentro con el mito.

Ambiente de jolgorio en la recta de l'Estadi de Montjuïc. Entre grupo y grupo, los altavoces rugen; videoclips en las pantallas gigantes, y miles y miles de personas esperando la próxima actuación. Hoy toca Chuck Berry, y se nota en el ambiente. Le acompañará la sección rítmica –piano, bajo y batería– de la Climax Blues Band. Berry ha llegado a la ciudad en avión, directamente desde San Luis, Misuri. Instalado en un hotel de muchas estrellas, con un buga de dimensiones americanas a su disposición, Chuck Berry, el mito viviente del rock’n’roll, lo tiene todo, y está solo. Se ha cansado de incluir fantasías en sus contratos. Ha conocido la fama, la derrota, la cárcel, la gloria. Está desengañado de un mundo que, solo a regañadientes, reconoce los méritos a los artistas negros; Berry es ya gato viejo y solo se anima cuando se acerca la hora de subir al escenario. Al llegar al backstage, el primer mosqueo de Chuck; ha visto una sala de mezclas de vídeo y, cuando se le explica que es para proyectar las actuaciones en las pantallas grandes, para que todo el mundo pueda ver el escenario como si estuviera a dos metros de él, Berry, más escocés que yanqui, se niega en redondo: la pela, chico, la pela, y como su contrato no autoriza la filmación del concierto, los cámaras ya pueden ir guardando el material; sigue la inspección, y se retira, solo, a su camerino.

“Je, la verdad es que no tengo una idea muy clara de eso; las influencias vienen a través de estímulos, a veces a través de sueños. No sé dónde, ni cuándo, ni cómo, pero toco blues, y lo que puedo decirte es que cuando toco blues, siento el blues, y cuando toco rocanrol, siento el rocanrol”

Chuck Berry tiene un contrato con Radio Nacional para la transmisión de su actuación, en exclusiva, y, como comentarista de esa transmisión, este cronista es presentado a Berry, introduciéndonos en su camerino. Los primeros momentos son glaciales, entrometidos en la intimidad del artista, que mantiene un trato distante. Su Gibson, inmaculada, descansa a su lado, fuera de la funda, amorosamente tendida entre dos sillas. La mira, pero no la toca. Montañas de bocadillos y canapés en las bandejas, licores de todos los tipos y marcas languidecen en la mesa; Berry ni les presta atención: se frota las manos, se levanta del asiento, da unos pasos, se vuelve a sentar. Es un veterano, ha pasado mil veces por situaciones parecidas, pero el gusanillo del directo no se lo quita de encima. Lo único que cuenta para él es salir a tocar, ponerse a mil cuando la audiencia esté con él. Estamos inmensamente a solas con él, alejados incluso del bullicio del exterior, del que apenas nos llegan ecos de vez en cuando. Para romper tanto hielo, y aunque los equipos para la entrevista están aún preparándose, este cronista le pregunta por las veces que ha estado tocando en nuestro país. Berry hace un gesto como de no oír bien, y nos hace sentar en una silla, justo al lado de su oído derecho, que es el bueno. Hubiéramos preferido la entrevista de frente, cara a cara, para captar mejor las reacciones de Berry, pero las circunstancias mandan. No se acuerda del número exacto, nos dice que andarán por ocho o nueve las veces que ha tocado por aquí. Se siente más contento de unas que de otras, pero no recuerda, nos dice, ninguna en especial.

Le preguntamos si está al corriente de las reediciones de su material grabado originalmente en Chess. Berry confiesa que no puede controlar, aunque le gustaría, la distribución de sus antiguos éxitos, así que, últimamente, como mánager de sí mismo, se dedica solo a tocar, allí donde acepten el contrato con las condiciones que él impone. Una de esas condiciones, poco conocida y menos aún entendida por sus fans, es la de actuar durante sesenta minutos, bises incluidos. Seguimos conversando y, de pronto, Berry cae en la cuenta de que lo hacemos sin micrófono y nos recuerda que ha accedido a ser entrevistado PARA la Radio. Glups, el ambiente se puede casi cortar, menos mal que tras unos instantes eternos llega a nuestras manos el testigo que exige Berry para pronunciarse en público. Si en la radio te han de escuchar, al micro te has de agarrar. Uno, dos, tres, dentro:

 
CHUCK BERRY, Habló la leyenda

“Puede haber 30 o puede haber 300 personas. La actuación es la misma”. Foto: Francesc Fàbregas

 

LA ENTREVISTA

¿A qué atribuye usted que las generaciones más jóvenes sigan interesadas en su música y sus canciones? Bueno, quizá se deba a que nunca escribí pensando en una generación concreta, y por eso muchas pueden verse reflejadas.

Más de 200.000 personas están ahí fuera esperando su actuación. ¿Se siente algo especial en situaciones así? Puede haber 30 o puede haber 300 personas. La actuación es la misma; lo haré lo mejor que sé, y trataré de que todo el mundo disfrute.

¿Dejando a la audiencia que haga los coros en canciones como “Johnny B. Goode”? Sí, claro, el show es el mismo, aquí o en Los Ángeles. Hago… (y entona como en sus canciones) Rock And Roll!!

¿Sigue llevando el blues como compañero de viaje? Sí, claro (cortante).

¿Hasta qué punto sigue el blues influenciando su música? Je, la verdad es que no tengo una idea muy clara de eso; las influencias vienen a través de estímulos, a veces a través de sueños. No sé dónde, ni cuándo, ni cómo, pero toco blues, y lo que puedo decirte es que cuando toco blues, siento el blues, y cuando toco rocanrol, siento el rocanrol.

“Ahora estoy estudiando su lengua en la escuela, pero de momento me defiendo mejor cantando:Me gusta cantarle al viento, porque vuelan mis cantares, y digo lo que siento por todos los lugares’”

Unas de las condiciones que consta en su contrato es la presencia en el escenario de dos amplificadores de guitarra de una marca conocida mundialmente, pero de un modelo a lámparas que hace años que ya no se fabrica. ¿Necesita “su” sonido o es por otras razones? No, no, no. Es imprescindible que estén ahí. Sí, tienes razón, cuido especialmente el sonido, y ese modelo es el que quiero y necesito.

Hasta aquí, la conversación se mantenía en inglés, con Joan Grove traduciendo. De pronto, Chuck Berry nos mira, sonríe y, en un arranque muy torero, nos cuenta en un voluntarioso castellano que “ahora estoy estudiando su lengua en la escuela, pero de momento me defiendo mejor cantando”. Y en castellano nos canta una ranchera: “Me gusta cantarle al viento, porque vuelan mis cantares, y digo lo que siento por todos los lugares”. Tachín tachín y, como si tuviera al público delante, el artista nos hace una reverencia y termina entonando: “Chuck Beryyyyyyyyy!”. Controlando hasta el mínimo detalle todo cuanto se mueva a su alrededor, pone fin a la entrevista con un afectuoso apretón de manos.

Se ha fundido el hielo y hemos visto aparecer la sonrisa en sus labios. Enjuto el rostro y estilizado el cuerpo, peina con sus dedos su diminuto bigote y dirigiéndose a su guitarra la cambia de lugar, con sumo cuidado. Ni una nota involuntaria se escapa de ella, a la espera del momento adecuado para rasguearla. Nos despedimos y al abandonar el camerino coincidimos con los miembros de la Climax Blues Band, que se dirigen –suponemos– a saludarle. Discutirán el repertorio, aunque Chuck tocará solo sus grandes éxitos, y al poco rato se despiden de Berry para pasear por el recinto del escenario. Chuck sigue solo en su camerino y, cuando falta poco más de una hora para que suba a tocar, sale como un rayo, se introduce en su coche y pretende dirigirse al hotel por una avenida de acceso a la recta de l'Estadi. Tratan de convencerle para que no se aleje, pues el tráfico es muy intenso y no va a permitirle volver a tiempo, pero él insiste. Algunos de los rezagados, que se dirigen al concierto en dirección contraria a la de Chuck, lo reconocen, y se forma un remolino a su alrededor. Para Berry debe ser como la miel de la fama, pero más de un tembleque corre por las piernas de más de uno de los miembros de la organización, que no se atreven a imaginar a cerca de un cuarto de millón de personas impacientes ante un concierto que se retrase. Se ofrece a Berry la posibilidad de ser acompañado por motoristas con sirenas y luces. Asiente, pero, al final, es tal el barullo que Chuck, reconsiderando su actitud, decide regresar al camerino. Su show está a punto.

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