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DANIEL JOHNSTON, Lejos, muy lejos

En los límites de la realidad.

Foto: Paco y Manolo

 
 

ENTREVISTA (2005)

DANIEL JOHNSTON Lejos, muy lejos

Este niño grande del pop de baja fidelidad y alto contenido emocional es un artista de cotidianidad difícil, abrumado por un mundo exterior incomprensible y unas fastidiosas voces interiores que resuenan en su cabeza y le amargan la vida. Un hombre frágil y conmovedor que prefiere componer y grabar en la placidez de su hogar en Austin, Texas, a verse envuelto en una gira. Recuperaramos este intento de charla entre Jordi Bianciotto y Daniel, una extraña conversación que se produjo en su visita de 2005 y en la que, entre otras cosas, salió a relucir su alianza con Mark Linkous (muerto en 2010). Bienvenidos al Planeta Johnston, siempre una desconcertante sensación.

Hagamos un mea culpa colectivo: a quienes participamos de esa idea tan entrecomillable llamada cultura del rock nos fascinan los casos clínicos, las patologías. Hay una larga tradición al respecto, con asteroides como Brian Wilson y Syd Barrett. El caso del californiano Daniel Johnston (Sacramento, 1961) es menos épico, pero ha dado pie a un merecido culto subterráneo por su explosiva suma de componentes: inocencia melódica, puntería emocional con muy pocas herramientas materiales, el candor y la malicia propios de un niño.

Y una niebla interior, resultado de una enfermedad mental crónica y una tendencia maníaco-depresiva, que envuelve el asunto con un lazo de producto genuino, de rareza. Lo es porque obras desamparadas como “Hi, How Are You” (Homestead, 1983) o “1990” (Shimmy Disc, 1990) dan un nuevo sentido a la etiqueta lo-fi. La de Johnston es una música doméstica porque el mundo la hizo así; canciones que albergan tanta inocencia como monstruos, con la sensibilidad a flor de piel, que rinden tributo a The Beatles y a los cómics del Capitán América; canciones que buscan consuelo en el lado amable de la vida (“enamorado, todos los problemas desaparecen”; “no hay duda: el amor gana”, asegura en las notas de sus discos) para combatir las turbulencias anímicas. Composiciones que siguen reproduciéndose: el agradable “Fear Yourself” (Sketchbook, 2003) lo recuperó y lo trajo de gira por primera vez a España (FIB) mientras el volumen “The Early Recordings Volume 1” (Dualtone, 2003) sacaba del armario las grabaciones perdidas del período 1980-83. Una obra valiosa, sí. Pero hay que saber de qué estamos hablando cuando hablamos de Daniel Johnston.

“No, no me gusta viajar. Es divertido, pero prefiero estar en casa. Pero no me gusta quejarme… Es divertido, pero prefiero estar en casa, como he dicho”

Y hablamos de un hombre que dice oír voces en su cabeza. Voces en plural: a veces, incluso, se pelean en su interior y lo aturden. Eso dice. Un hombre que se deleita al ver su reflejo en un espejo; que ríe al ver su imagen riendo (le ocurrió en Barcelona el pasado 6 de junio antes de salir a actuar en Apolo). Un hombre que bebe diariamente varios litros de Coca-Cola y refrescos; que se nutre de fast food y que ha engordado algunas decenas de kilos en la última década. Un hombre que circula con una camiseta vieja repleta de manchas de bebida y comida; que no distingue entre lo que ocurrió ayer y hace una semana; que no mira al interlocutor cuando habla. Que da por concluidos sus conciertos tras veinte o cuarenta minutos de actuación; depende.

Me encuentro a Daniel Johnston sentado en un sillón, en la casi desierta cafetería de un hotel de Barcelona. Fuma y va sorbiendo una lata de limonada. Su mirada reposa en una de las baldosas de la sala. Mi entrada no provoca el menor gesto ni modificación de una postura que revela desinterés por el entorno o, simplemente, cansancio. Lleva el pelo teñido de rubio con tinte barato. Su rostro se ha ido deformando con los años; tiene algo de niño prematuramente envejecido. Paco y Manolo se lo llevan a un rincón para una rápida sesión fotográfica. Cuando regresa, iniciamos un diálogo desigual: muchas preguntas, respuestas breves, algunas de ellas casi automáticas. Johnston me habla sin mirarme, con la cabeza ligeramente orientada hacia el lado opuesto en que me encuentro.

Hola, Daniel. Te vi anoche en Apolo. ¿Te sentiste bien? Oh, sí, sí, todo fue muy bien.

¿Cómo llevas el hecho de ir de gira? ¿Te gusta viajar? No, no me gusta. Es divertido, pero prefiero estar en casa. Pero no me gusta quejarme… Es divertido, pero prefiero estar en casa, como he dicho.

Anoche fuiste muy aplaudido. ¿Te gusta tener contacto con tus fans? ¿Quizá por e-mail? Oh, sí, está bien. Es divertido. ¿“E-mail”? No, es una locura. No tengo contacto. En realidad, no tengo internet. No tengo.

 
DANIEL JOHNSTON, Lejos, muy lejos

“¿Leer? No, no leo, no. Veo muchos DVDs; películas. Películas antiguas en blanco y negro”.

Foto: Jim Herrington

 

Intento iniciar una conversación sobre “Lost And Found”, el álbum que Sketchbook (Houston Party en España) publicará a principios de 2006 y que Johnston dice tener casi terminado. “Aún tengo que darle unos retoques”. Incluye al menos un par de canciones conocidas de su discografía: “Everlasting Love” y “The Beatles”. “Sí, quería volverlas a hacer. Que sonaran mejor, con un sonido más potente; con una nueva producción. ‘The Beatles’ es una de mis canciones favoritas… Mi productor quería que volviera a grabarla”. Tras “Fear Yourself”, Johnston sigue volcado en nuevas grabaciones. Esa es su actividad predilecta: quedarse en casa y elaborar canciones con tranquilidad, sin tensiones ni señales externas. “Siempre estoy escribiendo, grabando, trabajando… Eso es lo que me gusta. Y la producción; grabar pistas y todo eso. Todo va junto; componer y grabar forma parte de una misma cosa”. No entra en detalles, pero da la sensación de que no suele trabajar pensando en un concepto de disco, sino que le van saliendo canciones que, finalmente, destina a un lanzamiento u otro. “Las canciones del nuevo disco las he ido componiendo y grabando en los últimos cuatro años. Me gusta involucrarme en varios proyectos al mismo tiempo”. Habla más bien rápido, vocalizando poco, ventilando preguntas como si se tratara de un cuestionario telefónico. Reacciona con rapidez cuando le menciono a Jad Fair. “Es mi amigo. He disfrutado mucho con él. A veces aún hablamos. Seguro que volveremos a hacer un disco juntos”.

“No conozco grupos nuevos. The Beatles, The Beach Boys… También The Velvet Underground, Bob Dylan… No hay cosas nuevas que conozca. No escucho la radio. No, no…”

Ha recuperado su alianza con Mark Linkous (Sparklehorse), cómplice en materia de arreglos y producción. Lo menciona espontáneamente. “Desde que he vuelto a trabajar con Mark, he conseguido un sonido más profesional. Me gusta trabajar con gente profesional”, musita. Su primer instrumento fue el piano, que utiliza junto con la guitarra para componer. “¡Pero no al mismo tiempo!”, bromea de repente. “Quizás ahora me sienta un poco mejor con la guitarra, aunque vino después que el piano”. Sorprende al mencionar a su pianista predilecto: “Thelonious Monk. Sí, es muy distinto del pop. A mí también me gusta improvisar. Luego, mis otros pianistas favoritos son Paul McCartney y John Lennon”. Mencionar a The Beatles comporta riesgos: me cuentan que, en una entrevista anterior, ha estado a punto de romper a llorar cuando el periodista los ha nombrado. Bueno, cuando le ha sugerido a Daniel cómo se imaginaría el mundo si no hubieran existido The Beatles...

¿Qué escuchas actualmente? De todo. Pop, especialmente. Del pasado. No conozco grupos nuevos. The Beatles, The Beach Boys… También The Velvet Underground, Bob Dylan… No hay cosas nuevas que conozca. No escucho la radio. No, no…

¿Has vuelto a leer algún libro de Raymond Carver? ¿Leer? No, no leo, no (se pone a reír inesperadamente). Veo muchos DVDs; películas. Películas antiguas en blanco y negro (saca del bolsillo un pañuelo de tela con aspecto de acumular restos de resfriados de varios meses y se suena aparatosamente. Miro hacia otro lado).

¿Pintas? Sí. Dibujo, sobre todo. Estoy preparando la portada del nuevo disco.

¿Crees que seguirás haciendo giras? (Silencio)

¿Preferirías centrarte en las grabaciones? Sí, definitivamente.

Durante la última parte de la entrevista, Daniel Johnston ha cambiado de posición: su mirada ha pasado a fijarse directamente en el techo, con la cabeza reposando en el respaldo del sillón. Parece claro que la conversación ha concluido. Me levanto y aparece su hermano, con quien viaja y quien le lleva sus asuntos. Mi expresión debe de ser de cierta desolación; me pregunta si todo ha ido bien. El autor de “King Kong” sigue atrincherado en el sillón, apurando un pitillo y sin mirarnos. Hora de comer.

Daniel Johnston ha grabado discos conmovedores; arte pop desvalido que justifica su posición de ídolo de culto, de creador visionario. Pero, observándolo aturdido por el trajín de una gira, es fácil dudar de que lleve la mejor de las vidas o, incluso, una vida que él haya elegido libremente. Es mejor imaginarlo en su casa, dibujando o componiendo esas canciones de pop frágil que tantas sombras esconden.

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