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DAVID BOWIE, Station To Station

Bowie y el siguiente paso tras “Young Americans”: “Station To Station”.

 
 

BIBLIOTECA POP (2018)

DAVID BOWIE Station To Station

Libros del Kultrum inaugura su catálogo con “Reacciones psicóticas y mierda de carburador”, una recopilación de textos de Lester Bangs (1948-1982), el crítico feroz. Con edición de Greil Marcus y traducción de Ignacio Julià, el libro (“Pyschotic Reactions And Carburetor Dung”, 1987) incluye afiladas miradas sobre la vida y obra de Lou Reed, Iggy Pop, The Clash, John Coltrane o Elvis Presley. Ofrecemos el texto sobre “Station To Station” (1976) de David Bowie, originalmente publicado en abril de 1976 en la revista ‘Creem’.

Qué duro es tener héroes. Es lo más penoso del mundo. Más arduo que serlo. Por regla general se espera de los héroes que produzcan una cosa u otra que reconfirme su pellizco dactilar de mandarín en las cálidas nalgas de la puta musa, que a veces se parecen más a una serie de arañazos que descienden y se despeñan por un resbaladizo precipicio. Incluso al atardecer. Y no se trata de una fiesta en el curro, chavalote.

Pero los adoradores de héroes (los fans) debéis vivir con el temor, una y otra vez confirmado, de que el héroe resbale y de que sus criterios personales y su puro sentido común sean humillantemente puestos en duda, oh, dos o tres semanas después de que su nueva obra maestra en forma de elepé aterrice en nuestros tocadiscos.

Un grandísimo hombre (creo que uno de los Isley Brothers) dijo en una ocasión que, a fin de cuentas, la mayor perogrullada acerca de la vida en este planeta es que se trata meramente de un proceso de desengaños sucesivos. Así que no hay razón para ponerse sentimental cuando te sientes traicionado. Solo salda tus deudas, chico. Me quemo, luego existo. No hay palabras en el género poético del rock, de Dylan a Bernie Taupin, que lo expresen mejor que el catálogo de miserias de Sandy Posey “Born A Woman”: “Born to be stepped on, lied to, cheated and treated like dirt” [“Nacida para ser pisoteada, mentida, engañada y tratada como basura”]. ¿Y no somos todos mujeres en cierto sentido, los negratas del mundo según los comentaristas sociales contemporáneos (traté de localizar por teléfono a Toynbee para confirmar esto último como buen periodista que soy, ¡pero el cabrón tuvo la jodida jeta de morirse la misma semana, mi semana!)?

Sí, lo somos. Muchos fans de David Bowie se sintieron quemados, convertidos en verdaderas mujeres (“desvirilizados”, como diría el papa Pablo), cuando David publicó “Young Americans”. ¿Por qué? Pues porque —algo que resulta bastante interesante— pensaron que David intentaba convertirse en un negrata. Sin embargo, yo no fui uno de ellos.

Vale, como cualquier lector fiel de esta revista probablemente sepa, David Bowie nunca fue mi héroe. Siempre pensé que todo ese asunto de Ziggy Stardust, del homo-de-Adelbarán, era un montón de mierda, especialmente viniendo de un tipo que ni siquiera puede subirse a un maldito avión. Mi opinión era que sin duda escribía las peores letras que yo hubiese oído de una figura importante del pop con la excepción de Bernie Taupin; frases como “Time takes a cigarette and puts it in your mouth” [“El tiempo toma un cigarrillo y te lo pone en la boca”], dichas con una expresión del rostro tan seria que parecía que iba a agrietarse en caso de brotar una palabra o un gesto espontáneos, me parecían sencillamente torpes. En cuanto a su música, el eclecticismo de Bowie (es decir, su robo) era tan consumado como el de Elton John, lo que significa que, aunque de vez en cuando fuese depositado en escena después de que al parecer hubiera sido sumergido en una cuba de lodo verdoso y perseguido por chicos cangrejo venusianos, se veía de lejos que era un Profesional del Showbiz. Una fachada tan frágil como gélida, lo cual supongo que significa que estaba destinada a agrietarse o derretirse, y cualquier potencia artística que hubiese en su seno iba a tener que mostrarse o evaporarse.

En el último año o así, Bowie acabó agrietándose y el resultado fue “Young Americans”. No fue un álbum amado por los Bowieófilos, pero para alguien como este crítico, que en cualquier caso nunca había esperado nada del fenómeno, fue un producto perfectamente aceptable y muy audible. Es más, de hecho fue una declaración musical altamente personal disfrazada de flirteo sinvergüenza con el mercado discotequero, el disfraz utilizado quizá a modo de cortina de humo emocional; “Young Americans” no consistía en que Bowie jugara con la música soul como lo haría un diletante, sino que establecía un puente entre la melancolía y la depresión extrema, una declaración sincera de un individuo profundamente afligido, mentalmente roto, que incluso lograba en gran medida esquivar la autocompasión. Como muchos de sus semejantes, Bowie se ha resquebrajado; y fue bueno para él, pues le obligó a cortar por lo sano con las chorradas. “Young Americans” fue su primer álbum humano desde “Hunky Dory”, y en mi opinión el mejor disco que ha publicado.

 
DAVID BOWIE, Station To Station

En Duque Blanco en las vías de la experimentación y la música negra.

 

Hasta hoy. Lo primero que debe decirse de “Station To Station” es que al parecer vuelve a tener una verdadera banda de directo (aunque se dice que el estelar guitarrista Earl Slick abandonó entre las sesiones y la nueva gira) y que tampoco es un álbum discotequero (aunque esto es lo que los gacetilleros, y muchas otras personas, van a aducir para cargárselo), sino un intento honesto por parte de un artista con talento de tomar elementos del rock, la música soul y sus propias predilecciones idiosincrásicas (y en ocasiones pomposas) por las tonadas teatrales y lo camp. Y ha reconvertido esta al parecer contradictoria mezcla de estilos en algo nuevo y potente que no tiene que exhibir actitudes futuristas o desvalijar a Anthony Newley y los Velvet Underground, pues por fin ha encontrado su propia voz.

Es el primer álbum de Bowie que no incluye una hoja interior con las letras, y me parece bien, pues, aparte de las reservas expuestas más arriba, siempre he estado de acuerdo con Fats Domino en que es mejor tratar de descifrarlas por ti mismo. La primera frase del álbum es la peor: “The return of the Thin White Duke / Throwing darts in lover’s eyes” [“El regreso del enjuto Duque Blanco, que lanza dardos a los ojos de los amantes”]. De algún modo, en los tiempos en que estaba en la Escuela de Formación de Críticos de Rock, cuando me hablaban de “poesía pop” no creía, y sigo sin creerlo, que se estuviesen refiriendo a esto, que no solo es pretencioso y ligeramente desagradable, sino que me tiene en estos instantes batallando con una terrible paranoia según la cual es Bowie hablando de sí mismo. Tengo en la mente una visión pesadillesca en la que inicia sus conciertos de la nueva gira saliendo a escena con lentitud, con una mirada afligida y un foco que le acompaña, pronunciando estas palabras. Y, francamente, esa idea me aterroriza, pues, de ser cierta, significaría que sigue siendo tan rematadamente idiota como solía serlo y que necesita un poco más de cocaína para despejarse.

Pero en realidad no es algo que me preocupe; si quieres puedes ignorar por completo las letras, ya que este es uno de los mejores álbumes de guitarras desde “Rock ’n’ roll Animal”, posee tal gemido y pálpito que estos patean las letras con sus herraduras. A ver, a quién le importa una mierda lo que significa “TVC 15” teniendo en cuenta que es una gran pieza de rock ’n’ roll. Y cuando las palabras aparecen desde la propulsión instrumental como nadadores atrapados por la marea que dudan entre llamar a los socorristas o simplemente disfrutar de ella, bueno, en esos momentos, querido lector, sé que no vas a creértelo pero ¡esas palabras generalmente tienen sentido! De hecho, en un lenguaje relativamente simple y poco enrevesado (para Bowie), enuncia una transición desde la honda depresión de lo mejor de “Young Americans” (y he aquí un caso de evidencia científica de que jamás hay que execrar o evitar la depresión al constituir esta un medio para poner fin a la división del yo, es decir, una remisión) hasta una melancolía hermosa, elegante e intensamente romántica en que la conciencia dividida quizá no solo haya besado y hecho las paces consigo misma, sino que incluso haya iniciado el ascenso hacia ¡el reconocimiento de que en realidad existen otros seres humanos! Seres que pueden ser amados por algo más aparte de la medida en que se entregan al narcisismo del artista.

No es difícil encontrar ejemplos de esta remisión en frases como “Don’t have to question everything in heaven or hell” [“No es necesario cuestionar todo lo que está en el cielo o el infierno”], que, junto con el tono melódico que es su contexto, pueden resultar intensamente emotivas según tu estado de ánimo, y ni siquiera importa que “Wild Is the Wind” sea un antiguo tema cinematográfico de Dmitri Tiomkin; aunque Bowie lo haga por razones camp y para complacer una idiosincrasia personal, no suena como si así fuese, sino acorde con el resto del álbum.

Resulta tan impresionante que sea un álbum roquero y que promete no agotarse, incluso por encima de “Young Americans”, que voy a irme por las ramas y a afirmar que en mi opinión Bowie finalmente ha producido su (primera) obra maestra. A la mierda con “Ziggy Stardust”, que no era más que Judy Garland protagonizando The Reluctant Astronaut; no la jodas tratando de ser George Orwell y William Burroughs cuando solo has leído “Nova Express” a medias (este y “Young Americans” son los primeros álbumes que ha hecho que no suenan a fraude). Bowie se ha desecho de sus pretensiones, o en cualquier caso de la mayoría de estas, y al hacerlo creo que finalmente se ha convertido en un artista en vez de un falsario, coleccionista de estilos y productor (admito que siempre buenísimo, exceptuando “Raw Power”). Sigue sin lograr convertirse en mi héroe, pues no es lo bastante divertido ni lo bastante negro, pero espero con ansia escuchar lo próximo que tenga que decirnos.

Publicado en la web de Rockdelux el 9/11/2018
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