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DAVID CARABÉN, Mishima

“A veces los humanos no aceptamos sentirnos como nos sentimos. Algunos lo bloquean, otros se tiran de cabeza al conflicto y existe un tercer grupo que crea canciones o novelas para quitárselo de encima. Es una especie de término medio. Hacer canciones ayuda a poner orden emocional en tu vida”, nos aseguró David Carabén, cantante y compositor de Mishima, en esta entrevista. Foto: Noemí Elías

 
 

ENTREVISTA (2012)

DAVID CARABÉN Mishima

Entrevista en profundidad de Víctor Lenore –publicada en la antigua sección de Rockdelux Truco o Trato– a David Carabén propiciada por la publicación de “L'amor feliç” (2012), sexto disco de Mishima, su grupo. Carabén nos habló de sus orígenes familiares, de referencias literarias, de estados de ánimo para escribir y escuchar canciones, de la noche y el baile...

“Me llamo David Carabén, nací en Barcelona en 1971. Vengo de una familia culturalmente inquieta. Mi madre fue bailarina y terminó haciendo crítica de danza para ‘La Vanguardia’. Mi padre era periodista. Hablaba cinco o seis idiomas. La década de los cincuenta lo pilló con 20 años. Le gustaba el bebop, el cool jazz, la bossa nova y la nouvelle chanson. Todos esos discos estaban en casa. Mi madre nació en La Haya en 1944. Pasó muchos fines de semana en Londres, viendo a los Beatles y a los Rolling Stones en la época dorada. Incluso estuvo en un concierto histórico de los Stones en Ámsterdam donde acabaron volando las sillas por encima de las cabezas. Cuando en Cataluña conoció a mi padre, se engancharon a la nova cançó y acabaron siendo amigos de Raimon y otros personajes de la época”.

“Estudié Derecho, un poco porque sí. Era lo que había hecho mi padre. Luego me agobié, decidí dejarlo. Acabé enganchado a un cineclub. Terminé apuntándome a Políticas para no perder el tiempo, aunque no quería ser político ni politólogo. Simplemente me interesa la conexión entre las teorías sobre la humanidad y su aplicación práctica. La carrera tenía una parte de acción, de salir de mí mismo, que me llamaba. Básicamente, era un intento de no terminar convertido en un friki, alguien

que se recrea demasiado en la reflexión. Me va muy bien trabajar en equipo. Creo que no basta hacer análisis de lo que te rodea, hay que cotejar cada día tu visión del mundo con la realidad. La música también me da esa dimensión social. En cualquier caso, tampoco es que haya vivido en una burbuja. Mis padres me dejaron claro que tenía que ganarme la vida desde joven. De hecho, solamente desde hace dos años puedo mantenerme con la música”.

“El nombre del grupo es una pequeña cagada. Antes nos llamábamos Movie, que es mucho peor, una cosa muy de los noventa. Un día nos salió un bolo, quería rebautizarnos y mientras hablaba por teléfono con el promotor reparé en un libro de Mishima en la estantería. Lo dije casi sin pensar, aunque es verdad que había leído bastante sus novelas. Lo mejor de Yukio Mishima es que integra muy bien las contradicciones. Era un gay reprimido, innovador pero conservador, lleno de tensión y propenso a la catarsis. A veces los humanos no aceptamos sentirnos como nos sentimos. Algunos lo bloquean, otros se tiran de cabeza al conflicto y existe un tercer grupo que crea canciones o novelas para quitárselo de encima. Es una especie de término medio. Hacer canciones ayuda a poner orden emocional en tu vida”.

 
 
DAVID CARABÉN, Mishima

“Me va muy bien trabajar en equipo. Creo que no basta hacer análisis de lo que te rodea, hay que cotejar cada día tu visión del mundo con la realidad”. Mishima son: Marc Lloret, David Carabén y Dani Vega (arriba) y Xavi Caparrós y Alfons Serra (debajo).

Foto: Noemí Elías

 

Vuestros dos primeros discos llevan por título nombres de libros. El primero es “Lipstick Traces” (2000), como la obra de Greil Marcus, y el segundo, “The Fall Of Public Man” (2003), como la de Richard Sennett. Según el código no escrito del indie español, habéis incurrido en delito de pretenciosidad. En el nuevo álbum insistís con una canción titulada “Rilke”. ¿Habéis sentido algún tipo de rechazo? Supongo que sí. Las referencias literarias son algo habitual en The Divine Comedy o The Go-Betweens, grupos leídos que utilizan las novelas de una forma desacomplejada. Es posible que nos haya causado problemas, pero eso es algo que nunca sabes. Estas cosas se comentan en privado y nadie te lo dice a la cara. Simplemente intuyes que para cierta gente resultas odioso. Tengo claro que yo no lo hago con intención de fardar. Lo que no voy a hacer es disfrazarme de cazurro. Creo que en el indie que tenemos aquí esto no se ha entendido ni se va a entender. Ya son muchos años. Tampoco es tan grave.

Decías hace poco que a todos los grupos indies se les debería obligar a tocar a las cinco de la tarde en una fiesta mayor. Me parece una buena estrategia. El indie de aquí siempre ha tenido una visión parroquial. Normalmente se compone pensando en oyentes muy similares al artista, mientras que los otros géneros buscan gustar al máximo número de personas. Cuando tocas en una fiesta de pueblo te puedes sentir muy descolocado. Ves un público de adolescentes de vacaciones, felices con sus vasos de cerveza. Lo último que quieren escuchar es una canción que escribí agobiado en una tarde de invierno. Es verdad que otros géneros tienen una relación más sana con su público. El indie puede ser muy clasista y corto de miras. También influye el estilo de vida que tenemos hoy en día. Yo solo podía permitirme componer de seis a ocho, cuando volvía del trabajo. El director de cine Philippe Garrel dice que las películas tienen que hacerse para la hora en que son vistas, que es cuando la gente sale de la oficina y necesita la aventura o el romance que no tienen en su vida cotidiana. Mira los momentos en que yo escuchaba música con más atención: al volver hecho polvo del trabajo y los domingos cuando estaba de resaca. Eso influye en tu enfoque. También salía de bares, pero a esas horas estaba más pendiente de beber o hacer el ganso con los amigos. Ahora trato de incluir en las canciones otros estados de ánimo. Soy alguien que se ríe bastante y eso no es algo que haya reflejado mucho hasta ahora.

A los críticos indies les pasa algo parecido. No valoran la música para bailar porque no bailan. Las canciones bailables son el tramo más competitivo de la música popular. No creo que yo sea capaz de hacer algo que pudiera competir con Beyoncé. Antes me gustaba mucho bailar, ahora tengo dos hijos y ya no lo hago. Me sentiría ridículo. De joven bailé mucho en la Monumental, un local que estuvo poco tiempo abierto, donde pinchaba Miqui Puig. También me gustaba el house y todo lo que pinchaba Sideral en el Nitsa. Trabajé de camarero en un sitio llamado Rouge y cuando terminaba mi turno me iba a bailar con mi amigo Óscar, de Delafé y las Flores Azules.

¿Se aprende mucho poniendo copas? Supongo que sí. Trabajas con los límites del comportamiento humano. El Rouge lo llevaba Thomas Diener, un alemán que había sido amigo de Blixa Bargeld. O eso nos contaba. Era como una figura paterna, un moralista con reglas muy peculiares. El bar abría hasta las seis de la mañana, se podían fumar porros, pero también te obligaba a escuchar todo tipo de música. En mitad de la noche pinchaba a una diva de ópera o la pieza del helicóptero de Stockhausen. Me hacía expulsar a chicas del local por pedir la canción de moda. Me pedía que echara a tipos que pesaban el doble que yo porque habían hecho un desprecio a un camarero. Nuestra canción “L’estrany” está basada en una conversación con Thomas. Hay que llevarse bien con nuestro lado más bestia, el extraño que todos llevamos dentro. No puedes justificar cualquier comportamiento diciendo que ayer ibas borracho.

Acabáis de publicar “L’amor feliç” (2012). ¿Qué tipo de relación asocias con el título? Como casi todo el mundo, no tengo las cosas claras. Investigando un poco llegué al libro “El amor y Occidente”, de Denis de Rougemont. Es uno de los ensayos gansos del siglo pasado. El autor sitúa el comienzo del amor romántico en la poesía trovadoresca y la herejía de los cátaros. Coinciden en el tiempo y en el espacio. El amor de la Iglesia nos dice que es posible ser feliz en la Tierra a través del matrimonio, mientras que el amor romántico es una cosa extrema, que se da sobre todo en el teatro o en las canciones. Piensa en “Romeo y Julieta” o en “Tristán e Isolda”, que son historias de amor y muerte. En la vida real solamente logramos atisbarlo en la adolescencia.

Mucha gente piensa en el matrimonio como en amor institucionalizado, cuando en realidad tiene un punto subversivo. El modelo que impone el sistema ahora es el de “Sexo en Nueva York”, esa rotación continúa de parejas, como quien cambia de vestuario. Esto ya lo intuye Rougemont en el ensayo, que acaba en la posguerra mundial. Notaba el camino hacia nuestro estilo de vida actual, donde cada cuatro años cambiamos de trabajo, de piso y de pareja. Es la lógica de los muebles de Ikea, que sabes que no son para toda la vida. Una visión cínica de la revolución sexual me parece fundamental. Fue un cambio social hecho desde el machismo. Aún tenemos una visión demasiado complaciente de todo eso, especialmente en el rock, donde parece que hay que defenderlo sin fisuras. El resultado de la revolución sexual fue un montón de madres solteras y la aparición del feminismo como nuevo límite a esa libertad. En este conflicto, el elefante en la habitación son los niños. No quiero ponerme en plan defensor de valores tradicionales, pero ellos nos obligan a encontrar un arreglo. Yo prefiero las familias a los orfanatos.

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