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DEAD CAN DANCE, La estación de la cosecha

Brendan Perry y Lisa Gerrard: aniversario pagano.

 
 

ENTREVISTA (2019)

DEAD CAN DANCE La estación de la cosecha

Brendan Perry y Lisa Gerrard bucean en un mundo antiguo, la Europa anterior a la cristiandad, en su nueva obra, “Dionysus”, inspirada en los cultos paganos que aún se manifiestan, con formas festivas, en diversos confines del continente. Pero Dead Can Dance compagina este nuevo trabajo con otro proyecto, la celebración de su 40º aniversario.

“Dionysus” ([PIAS] Ibero América, 2018) se funde con los reflejos de la naturaleza desde antes de que suenen las primeras notas, cuando una ráfaga de viento y las olas del mar dan paso al graznido de una flauta, abrazada poco a poco por capas de sonidos graves sobre un tempo de ceremonia. Es el arranque de “Sea Borne”, la composición con la que se abre el primer acto de este álbum de aura conceptual, inspirado por esa figura mitológica griega, el hijo de Zeus, Dios de la vendimia y el vino, asociado comúnmente a la fiesta y a un sentido desenfrenado de la vida. Una pieza, como las siguientes del disco, que transpira ecos de una cultura europea ancestral, pero no tan remota como podría parecernos.





“Siempre me ha interesado la mitología griega, ya desde que era un crío. Dioniso representa las fuerzas de la naturaleza, que hay que respetar para que las cosechas sean buenas. Antes de Jesucristo, fue la deidad más importante del Mediterráneo”
(Brendan Perry)

Así lo entiende Brendan Perry, que en su constante búsqueda de pistas del mundo antiguo, de sus ritos y tradiciones, ha ido a fijarse en manifestaciones bien vivas, como son las fiestas y festivales que, en diversos puntos de Europa, celebran la llegada de la primavera. De ahí surgió la inspiración de “Dionysus”. “Por todo el continente encontramos ese tipo de fiestas, sobre todo en áreas montañosas, remotas, donde históricamente la influencia del cristianismo no fue tan fuerte. Se trata de celebraciones dionisíacas relacionadas con los ciclos estacionales y con las cosechas”, explica por vía telefónica este inglés de nacimiento, trasladado a Nueva Zelanda cuando tenía 14 años y que acabó encontrando en Melbourne (Australia) el entorno idóneo para dar forma, en 1981, junto con otros tres músicos (entre ellos, la cantante Lisa Gerrard, con su mayestático registro vocal de contralto), a ese ente inquieto (e inquietante) conocido como Dead Can Dance. Entidad que en 1982 se trasladó a Londres para alzar el vuelo de la mano del incipiente sello 4AD.

Perry se deleita en sus explicaciones sobre estas celebraciones populares que nos remiten a una Europa que creíamos perdida, previa a la romanización. ¿De qué clase de fiestas estamos hablando? “De los kukeri de Bulgaria, por ejemplo”, apunta. Rituales protagonizados por hombres que ahuyentan los malos espíritus cubriéndose el cuerpo y la cabeza con piezas de animales y haciendo tintinear ostentosas campanas. “También las hay en Irlanda o en Cerdeña, donde cada pueblo conserva una fiesta dionisíaca. Y en España”, añade. De hecho, el mismo carnaval o las fallas valencianas podrían encuadrarse en ese hilo histórico pagano. “Estudiando el tema me ha sorprendido comprobar que existan tantas manifestaciones con claras reminiscencias de la era precristiana, supervivientes después de tanto tiempo”, se asombra Perry. “Siempre me ha interesado la mitología griega, ya desde que era un crío. Dioniso representa las fuerzas de la naturaleza, que hay que respetar para que las cosechas sean buenas. Antes de Jesucristo, fue la deidad más importante del Mediterráneo”.

A partir de esas percepciones culturales, Dead Can Dance ha construido un álbum, el primero después de “Anastasis” ([PIAS], 2012), que se acoge a la forma de un oratorio profano en dos actos y siete movimientos. Una pieza de treinta y seis minutos de música que Perry califica como “impresionista” y que comenzó a cobrar forma en su cabeza y la de Lisa Gerrard empezando por sus ingredientes instrumentales. “En cierto sentido es como el trabajo de un pintor: eliges primero el tipo de pintura, los colores, las tonalidades... Aquí decidí utilizar instrumentos que fueran tradicionales de esas áreas de Europa. Muchas flautas de pan, por ejemplo, como la fujara de Eslovaquia o la pivana de Córcega, así como las potentes gadulkas, los violines presentes por todo el Mediterráneo”, explica. Fuentes sonoras que, acompañadas por las pistas electrónicas envolventes características de Dead Can Dance, se entrecruzan con señales de la naturaleza. “El sonido del agua o silbidos de pájaros, mezclados con flautas mexicanas con las que puedes imitar ruidos blancos, o el viento. Este tipo de cosas”.

Vídeo de Hristo Petkov para "The Invocation" de Dead Can Dance.

Después de haberse interesado, en el pasado, en otros aspectos de la mitología griega en “Into The Labyrinth” (4AD, 1993), así como en la liturgia europea medieval del “Canto de la Sibila” –“The Song Of The Sibyl”, en el álbum “Aion” (4AD, 1990)– o en las culturas precolombinas en “Spiritchaser” (4AD, 1996), Dead Can Dance acude de nuevo a los vestigios de otro tiempo con la mirada puesta en una cierta idea de regeneración de nuestra civilización: la vitalidad de los festejos dionisíacos demuestra que “su espíritu está vivo y bien, que no se trata de un mito idealizado, sino que se expande también a través de drogas psicotrópicas y de la música de baile”, y al final del trayecto encontramos la figura de “un Dios ‘outsider’ que no encaja en la sociedad y que anima a romper convenciones en todos los órdenes de la vida”. Del disco se desprende un mensaje de “respeto a las fuerzas de la naturaleza, que conviene no desafiar si no queremos quedarnos sin cosecha”.

“El nuevo disco solo puede ser interpretable en su totalidad, como una obra clásica, como ‘La consagración de la primavera’ de Stravinski. No funcionaría combinado con material de otros álbumes”
(Brendan Perry)

“Dionysus” se cruza, en la órbita de Dead Can Dance, con un capítulo inusual, la recreación del pasado a través de una gira de 40º aniversario, “A Celebration – Life & Works 1980-2019”, que los traerá a Barcelona el próximo mayo. La efeméride coincide con otra cifra redonda alcanzada por el señor Perry. “Cumpliré 60 años en junio, y no me hago a la idea de que llevo tanto tiempo en este mundo. Y lo mismo respecto a Dead Can Dance: su música sigue estando muy fresca en mi cabeza”. El tour mirará hacia atrás, de modo que no habrá en los repertorios espacio para “Dionysus”. “El nuevo disco solo puede ser interpretable en su totalidad, como una obra clásica, como ‘La consagración de la primavera’ de Stravinski. No funcionaría combinado con material de otros álbumes”, medita Perry. Los conciertos irán, no obstante, más allá del “grandes éxitos”. “Serán una celebración de nuestra música desde principios de los ochenta hasta la actualidad, incluyendo maquetas, sesiones para John Peel y música nunca publicada en disco”.

Los próximos festejos invitan a pasar revista a las distintas etapas del grupo y a comparar la actual versión, establecida en 2011, con la primera, estrenada con el álbum homónimo de 1984 (publicado por 4AD) y cerrada con “Spiritchaser”. “En esta segunda época nos sentimos más sólidos como seres humanos, emocional y mentalmente. Hablo por mí; no sé si Lisa lo verá de otra manera, pero ahora tenemos más experiencia y conocimiento, si bien, en un plano primario, me siento la misma persona que cuando tenía veintipocos años”, medita Perry, consciente del influjo de la banda en áreas estilísticas muy diversas. “Hay elementos de nuestra música en propuestas de death metal, de world music, de rock gótico y de otros géneros. Dead Can Dance ha cruzado los estilos y es natural que otros artistas se fijen en aspectos distintos de nuestro sonido”. En los directos habrá ocho músicos (“necesitaremos más percusión y se unirá mi hermano Robert”) y se prescindirá de pistas grabadas. “Será música totalmente en directo”. Un recorrido por las edades de Dead Can Dance, por una discografía llena de significados, en la que se Perry se ve incapaz de destacar títulos específicos. “Es como ir a un restaurante, sentir los aromas de todas tus comidas favoritas y no poder decidirte por ninguna”. Tendrán tiempo, no obstante, para sopesar álbumes y repertorios, puesto que, a corto y medio plazo, Dead Can Dance se expresará más en los escenarios que en el estudio. “Nuestro futuro es, sobre todo, girar. Así será en 2019 y me parece que también en 2020”.

 

Buque insignia de 4AD

Imposible disociar la imagen clásica de Dead Can Dance de 4AD, en cuyo despegue tuvo bastante que ver y que fue un cómplice estrecho en los años ochenta y noventa. “Éramos pobres. Literalmente no tendríamos dinero hasta el tercer disco –“Within The Realm Of A Dying Sun” (4AD, 1987)– y el sello nos ofreció una relación familiar. Ni siquiera teníamos mánager al principio, y con ellos se estableció un vínculo de confianza”, revela Brendan Perry. “Eso fue así, sobre todo, hasta que abrieron la oficina de Los Ángeles y se trasladaron allí, aunque nuestros singles se colocaron en las ‘college radios’ y vendimos medio millón de copias de ‘Into The Labyrinth’”.

4AD, sello creado en 1980 por Ivo Watts-Russell y Peter Kent, inicialmente bajo el paraguas de Beggars Banquet, era la plataforma logística pero también el colectivo arty que cuidaba el acabado estético de cada disco con un estilo distinguible, en torno a grupos de la escena post-punk y la ola gótica. Así que, pese a los cambios derivados de su expansión norteamericana (que trajo a grupos como Pixies, The Breeders, Throwing Muses o Red House Painters), “lo interesante de 4AD era que apreciaban el arte, no solo el dólar, y lo sabías”. Dead Can Dance acabó convirtiéndose en el grupo más emblemático de la discográfica junto con Cocteau Twins.

Lejos quedan los tiempos en que Lisa Gerrard y Perry se conocieron. “Lisa hacia entonces una música muy vanguardista y experimental”, recuerda él. “Me invitó a una sesión fuera de Melbourne, a tres horas en tren. Llegué y me encontré en un estudio en el que solo había una guitarra acústica. Se trataba de improvisar, y de eso salió la canción ‘Frontier’”, recuerda. Ya entonces se dio cuenta de que “había algo especial ahí, una química singular”.

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