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DEAD CAPO, Intensidad en Addis

Javier Díez-Ena (contrabajo), Javier Adán (guitarra) y Gonzalo Maestre (batería) tocando en el Acacia Festival: el calor, adhesivo; el sonido, más todavía.

Foto: Manuel Ruiz Rico

 
 

EN LA CARRETERA (2012)

DEAD CAPO Intensidad en Addis

A principios de febrero de 2012, el grupo Dead Capo viajó a Etiopía para participar en la tercera edición de Vis a Vis, encuentro entre promotores musicales y artistas organizado por la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo (AECID) y la Embajada de España junto con Casa África y la SGAE Fundación Autor. Javier Díez-Ena, contrabajista de Dead Capo (y también de Ginferno), nos contó aquí las aventuras vividas en el país africano. Conciertos, comidas y paseos. De noche y de día. Una experiencia imborrable, claro.

Tocar en Etiopía era un viejo sueño. Tras actuar recientemente en el Mercat de Música Viva de Vic, se acercó una persona de la AECID: “Me ha encantado. ¿En qué país queréis tocar el año que viene?”. “Japón, Antigua y Barbuda, Etiopía”, dijimos. No era broma: cinco meses más tarde, Dead Capo volamos hacia la antigua Abisinia. La expedición se cerró tarde y nuestro saxo y batería ya se habían comprometido para tocar en el Circo Price. Los dos Javieres (Adán y Díez-Ena) seguimos adelante y montamos un repertorio a trío. Llamamos a Gonzalo Maestre, viejo amigo y excelente batería. Cuatro ensayos y aquello suena de verdad.

“Escala en El Cairo y a las cuatro de la mañana aterrizamos en Addis Abeba. Por la calle se embalan siluetas de alambre negro: son corredores de maratón entrenando de noche”

2 de febrero. Llegamos con sueño a Barajas, especialmente Javier Adán, quien ha pasado la noche terminando de mezclar nuestro nuevo disco, “Sale”. Pero hay buen humor, la tetera burbujea. Escala en El Cairo y a las cuatro de la mañana aterrizamos en Addis Abeba. Por la calle se embalan siluetas de alambre negro: son corredores de maratón entrenando de noche.

3 de febrero. Nos recoge Daniel, nuestro amable furgonetero. Comida en Antica Pizza, cafetazo etíope, y enfilamos a la embajada. Tras una prueba toledana, actuamos en un palacete acristalado en mitad de un edén atravesado por tortugas gigantes. Ante nosotros se sienta una mezcla rara: programadores de festivales españoles y diplomáticos de varios países. Después, picoteo en el salón del embajador. Nos encontramos con amigos como Luis Lles y Miguel (Ensaladilla Rusa), que está preparando una película sobre la época dorada de la música etíope; el lunes ha quedado con Francis Falcetto (responsable de Éthiopiques) y nos propone sumarnos al encuentro. Euforia.

 
  • Entrada en los Tropical Gardens para tocar en el Acacia Jazz & World Music Festival.

  • Discusión del repertorio en el camerino bajo la protección de dos serenos (guardianes con palo).

 

En la sala Jazzamba actúan grupazos como Addis Acoustic Project. Ellos son quienes nos han prestado amplis, batería y contrabajo. Después, vamos directos a otro local, el Fendika. Lo que allí sucede supera cualquier previsión emocional. Ethiocolor ofrecen una descarga brutal, liderados por Melaku Belay, dueño del local. Sus músicos estrujan instrumentos tradicionales (masenqo, krar) y nos arrastran a una hipnosis bombástica. Los tres coincidimos en que hacía años que no vivíamos algo así. ¿Con qué comparar esa intensidad en directo? ¿Con Fugazi? Melaku se sienta con nosotros y nos cuenta lo mucho que ha aprendido bailando en las giras de The Ex, quienes un par de semanas antes habían actuado allí. Se va la luz, pero los músicos siguen tocando. Bebemos tej (el vino de miel etíope). Nos quedamos horas; somos los únicos occidentales. El griot local improvisa rimas sobre nosotros en amárico y todos se parten de risa. Es una tradición: el lechoso que se atreve a quedarse, paga con la sorna colectiva.

“Seguimos tentando la noche de Addis. Pillamos uno de los pleistocénicos taxis y entramos en el Tam-Tam, un agujero donde las chicas sin pareja bailan tristemente frente a espejos deformantes. ¿Chonismo etíope?”

4 de febrero. Los preciosos Tropical Gardens en Bole acogen el Acacia Jazz & World Music Festival. El noventa por ciento de la programación son bandas etíopes que basculan entre el jazz-funk relimpio y el hip hop. Nuestro cubista cóctel instrumental es un cuerpo extraño allí. Subimos al escenario: no hay prueba, rápido linecheck y estamos tocando para unas cuatrocientas personas desparramadas bajo el sol. El público disfruta. Por la tarde, entre birra y birra, viene mucha gente a felicitarnos. Cae la noche y refulge en escena Alèmayèhu Eshèté, el James Brown etíope. Descubrimos a nuestros prestamistas de instrumentos tocando en su banda.

Durante todo el día, nos ha acompañado Manuel Ruiz, quien hace un reportaje para ‘Público’ sobre nuestro viaje. A las once, ración de Fendika. Desde el principio somos los únicos blanquitos en la cabaña del ritmo. El griot vuelve a bromear cantando y un lugareño nos traduce: dice que Javier Adán, con esa barbaza, parece un rey etíope. Después baila y canta “Beyoncé”: así llaman a esta etíope. El parecido es grande y su atrevimiento, epiléptico. Verlo para creerlo. Seguimos tentando la noche de Addis. Daniel hace horas que se ha ido a dormir. Pillamos uno de los pleistocénicos taxis y entramos en el Tam-Tam, un agujero donde las chicas sin pareja bailan tristemente frente a espejos deformantes. ¿Chonismo etíope?

 
  • La cantante Munit hizo de maestra de ceremonias de Dead Capo leyendo una biografía de dos páginas.

  • De charla con Henock Temesgen (el bajista de Addis Acoustic Project), quien les prestó su contrabajo.

 

5 de febrero. Día libre, pateamos la ciudad. Etiopía es el único país africano que nunca fue realmente colonizado. Eso se percibe en el caos total que es Addis a ojos del urbanismo europeo. En Piazza, un rasta saluda a nuestro barbudo rey de Etiopía y casi nos convence para ir a fumar enormes cacharros en su culto copto. Esta es la tierra que fue “gobernada” por Ras Tafari, conocido como Haile Selassie tras su coronación. Buscamos discos: ni rastro de las gloriosas ediciones de Amha Records.

“Mahmoud Amhed está en plenitud vocal. Histeria colectiva. Suena la preciosa ‘Ere mela mela’ y flotamos hasta que la violencia nos estalla en la cara. Tres atléticos angoleños han roto una botella de vodka en la nariz de Jimmy, un afable etíope que formaba parte del grupo en el que estábamos. Caos y mamporros. El concierto sigue”

Comemos enyera (plato nacional) en Dashen, bebemos un denso café en Caldis y volvemos a los Tropical Gardens. Hoy es el gran día: tras diez años sin actuar en Etiopía, el mítico Mahmoud Ahmed cierra el festival. La banda es arrolladora (otra vez nuestros prestamistas están en el ajo, ¡musicazos!) y Mahmoud está en plenitud vocal. Histeria colectiva. Suena la preciosa “Ere mela mela” y flotamos hasta que la violencia nos estalla en la cara. Tres atléticos angoleños han roto una botella de vodka en la nariz de Jimmy, un afable etíope que formaba parte del grupo en el que estábamos. Caos y mamporros. El concierto sigue. Conocemos a Mahmoud, nos hacemos fotos con él, terriblemente oscuras. Cena gargantuesca y yemení en Naklar.

6 de febrero. Javier, el contrabajista, amanece descomiendo a raudales: diarrea, vómitos y fiebre. Suspendemos el taller que teníamos que impartir a los alumnos de la Jared School. El resto se dedica a comprar café y espigar en el gigantesco Mercato. Comilona en Castelli, el restaurante más caro de la ciudad (¡doce euros por barba!). Esperamos hasta las siete para ver qué hacemos con el concierto que tenemos programado por la noche en el Jazzamba. La fiebre sigue subiendo: cancelamos. Adiós al encuentro con Falcetto.

7 de febrero. A las dos de la mañana, un taxi nos traslada al aeropuerto. Odisea de vuelta. Escala de dos horas en El Cairo. Nuestro nivel de zombificación alcanza máximos históricos. A las dos de la tarde llegamos a un Madrid petrificado por la ola de frío, pero nuestro recuerdo etíope todavía humea.

Publicado en la web de Rockdelux el 7/3/2012
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