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DEATH GRIPS, Drapetomanía

“El nombre del grupo hace referencia al masoquismo que supone la adicción a la información. Vivimos un ‘impasse’ tecnológico, una guerra de desgaste que se cobrará su precio en nuestros cuerpos”.
Foto: Jonny Magowan

 
 

ARTÍCULO (2012)

DEATH GRIPS Drapetomanía

Un negro enfadado gritando obscenidades con un megáfono a dos centímetros de tu cara, luces estroboscópicas y música gabber a todo volumen. Eso es lo que le pasó al hip hop en 2011 con la circulación de una mixtape pirómana. Llegados a 2012, Death Grips publicó disco en multinacional (relación contractual que acabó mal) y continuó siendo lo más importante y aterrador que le pasó al género en años... Hasta que dijeron adiós en 2014. ¿Hemos dicho hip hop? Ruben Pujol dijo hip hop.

Dame un hombre y una conexión de ADSL y te devolveré un hombre enfadado. No un indignado, no un conspiranoico ni un iluminado, sino un hombre genuinamente cabreado, con motivos suficientes y dispuesto a gritárselo al mundo. Hurgando por los márgenes de la música, es relativamente sencillo encontrar una banda más agresiva y extremista que Death Grips, pero seguramente ninguna tan enfadada e informada como el trío de Sacramento (California).

“Tanto los idealistasmcomo los pesimistas viven en un engaño basado en su incapacidad para afrontar la verdad. Nosotros somos realistas... Todo aquel que crea que vivimos en un mundo seguro es que le han lavado el cerebro, no es más que un cordero listo para entrar en el matadero”
(Flatlander)

La ira de Death Grips es compleja y útil, dirigida hacia un exterior hostil y, al mismo tiempo, apuntando al enemigo interior. Su manifestación musical es asimismo una complicada combinación posmoderna, nominalmente en las filas del hip hop político aunque punk en el método; el resultado de escuchar simultáneamente a Black Flag, Big Black y Aphex Twin con el verbo de Public Enemy, la derivada de tres personalidades heterogéneas que comparten una rabia de naturaleza similar: el fiero vocalista Stefan Burnett, alias MC Ride; Andy Morin, aka Flatlander, a cargo de la producción; y el espástico Zach Hill, mitad del dúo de noise progresivo Hella, y batería legendario a sueldo de Boredoms y Marnie Stern, responsable aquí también de las bases y de la percusión.

Es también una ira temible, un vehículo que viaja desbocado a una velocidad fatal hacia un final incierto. Death Grips es la huida hacia adelante de los desposeídos, una nueva esclavitud que ha trascendido cuestiones de raza y clase y que ha abandonado la dialéctica de las ideologías derecha versus izquierda. “Tanto los idealistas como los pesimistas viven en un engaño basado en su incapacidad para afrontar la verdad. Nosotros somos realistas”, explicaba Flatlander a Alec Empire en un encuentro en Coachella publicado en la revista ‘Clash’. “Todo aquel que crea que vivimos en un mundo seguro es que le han lavado el cerebro, no es más que un cordero listo para entrar en el matadero”.

A mediados del siglo XIX, el médico sureño Samuel A. Cartwright acuñaba lo que consideraba un nuevo trastorno mental: la drapetomanía, o el deseo enfermizo de los esclavos por escapar. Se puede afirmar que la música de Death Grips le pone la banda sonora a esa psicosis de la protesta y a esa urgencia incomprendida aún por muchos por escapar de nuestros dueños.

 
DEATH GRIPS, Drapetomanía

Zach Hill (también batería en Hella), Stefan Burnett (alias MC Ride) y Andy Morin (aka Flatlander).

 

Sin caer en dogmas ni en maniqueísmos, escuchar a Death Grips es sentir desafiar el poder establecido y los dominios de la psiquiatría, luchar por subvertir el sistema usando la visceralidad como única expresión de la identidad individual. Con retórica freudiana, Flatlander teorizaba en aquella conversación con el que fuera líder de Atari Teenage Riot la motivación primordial de tremenda agresión musical: “Death Grips representa la exaltación de los instintos, el Ello freudiano –el inconsciente reprimido donde reside el deseo y las pulsiones–, que es convocado y desafiado antes de que las leyes de la razón lo aprisionen. Escribimos las canciones de forma colectiva y las perfeccionamos después mediante una meticulosa atención al detalle. Practicamos el arte de la deconstrucción con la devoción de unos fanáticos poseídos”.

“Death Grips representa la exaltación de los instintos, el Ello freudiano, que es convocado y desafiado antes de que las leyes de la razón lo aprisionen. Escribimos las canciones de forma colectiva y las perfeccionamos después mediante una meticulosa atención al detalle. Practicamos el arte de la deconstrucción con la devoción de unos fanáticos poseídos”
(Flatlander)

El propio Zach Hill define este estilo huérfano de referentes cercanos como “primitivismo futurista”, música para un nuevo movimiento contracultural, al mismo tiempo integrado en la lógica de la sociedad de la tecnología y la información, pero portador de un mensaje humanista más bien apocalíptico. Hablamos de una banda que utiliza los primeros minutos de su presentación, su mixtape de debut autoeditada “Exmilitary” (2011), para recordarle al mundo cómo suena la voz de Charles Manson, y que firma su segundo trabajo –y primer álbum con distribución comercial–, “The Money Store” (2012), con Epic, la filial de Sony, porque su capo L.A. Reid les robó el corazón cuando comparó la primera impresión que le causó su música con la primera que tuvo cuando escuchó cantar a Whitney Houston (¡!). Y todo ello sin que su música pierda ni un gramo de su capacidad de amenaza.

Y lo hacen usando un lenguaje bastardo y una estética cuidadosamente feísta. Al frente, un hombre negro con una (mala) actitud, tatuado de símbolos oscurantistas, en correspondencia con un mundo saturado de información donde los gifs animados se erigen en la forma principal de narración: YouTube es la prueba de la existencia del mundo y Twitter un tribunal donde se juzga, pero donde no se imponen condenas. Con similar verbo guerrillero al de su compañero, Zach Hill lo explicaba así en la revista online británica ‘The Quietus’: “El nombre del grupo hace referencia al masoquismo que supone la adicción a la información. Vivimos un ‘impasse’ tecnológico, una guerra de desgaste que se cobrará su precio en nuestros cuerpos”.

Más arriba hemos catalogado, sin duda obligados por convenciones de género, a Death Grips como una forma de hip hop, si bien lo cierto es que, más allá de la metralla musical que carga, Death Grips no es lo que estamos acostumbrados a llamar hip hop. Burnett no rapea su elaborado y agrio discurso, ni siquiera lo recita, sino que más bien lo aúlla, lo berrea, lo gruñe. Su poética no responde a los estereotipos de niggas y bitches –aunque bitches no falten en el imaginario de Burnett– del gangsta rap y el bling-bling, pero desde luego tampoco se alinea con el edutaintment ni el hip hop de conciencia social afroamericana. Su ámbito de actuación es más amplio y, en la línea del retrofuturismo de El-P, aporta una visión global ciertamente desesperanzada aunque para nada derrotista.

 
DEATH GRIPS, Drapetomanía

MC Ride: la voz de la metralla.

 

En este sentido, como música negra, el concepto Death Grips está casi despojado de cualquier elemento de funk, soul o gospel, y se acerca más a la concepción catártica de la polirritmia vudú de Cut Hands o el gabber del mencionado Alec Empire. Añádase el abuso verbal y el argumentario de la marginalidad impulsada en los nuevos guetos económicos del primer mundo, y podremos hacernos una idea de la virulencia y universalidad de una propuesta muy difícil de digerir desde cualquier prisma ideológico: “Nuestra manera de concebir la música tiene un elemento del tercer mundo. Trabajamos los sonidos con lo que sea que tengamos a mano: iPhones, cámaras... Es una aproximación casi como de música concreta: sampleamos nuestro día a día y las cosas más sucias de YouTube y, con todas esas cosas que acostumbran a ser consideradas basura, tratamos de construir algo que sea poderoso. La música es el vertedero donde lanzamos la basura para que la gente escarbe y saque algo con lo que pueda sentirse identificada. Todos rebuscamos en la mierda”, explicaba Hill a ‘Pitchfork’.

“Trabajamos los sonidos con lo que sea que tengamos a mano: iPhones, cámaras... Es una aproximación casi como de música concreta: sampleamos nuestro día a día y las cosas más sucias de YouTube y, con todas esas cosas que acostumbran a ser consideradas basura, tratamos de construir algo que sea poderoso”
(Zach Hill)

Un concepto muy particular del reciclaje cultural en el que el nervudo percusionista insiste en una entrevista en la revista ‘The Stool Pigeon’ de abril de este año: “La idea consiste en mear, cagar y correrse dentro de la música. De esta manera podemos exorcizar todo lo bueno y lo malo con lo que debemos enfrentarnos cada día. El arte nos ayuda a mantener una distancia respecto de esas cosas. Allí es donde expulsamos nuestra basura, y el público puede sentirse identificado porque ellos también tienen su propia basura”.

Así, construyendo un artefacto musical peligroso con material de derribo y los despojos que nos rodean, Death Grips han entregado uno de los discos del año para bien o para mal, de hip hop o de lo que sea, una de esas obras de arte que producen adicción o repulsión. “Como artistas, no queremos tomar el camino fácil. Nos negamos a hacer algo que provoque indiferencia –decía Zach Hill en ‘Pitchfork’–. Últimamente el hip hop no me estimula como antes. Todo a su alrededor me parece acomodado. Yo puedo sentir el peligro en mi vida diaria a muchos niveles diferentes, y eso es algo que el hip hop de hoy en día no me consigue transmitir”.

Death Grips es, por tanto, un cuerpo extraño, uno de esos fenómenos virales del underground que ha pasado a infiltrarse en una multinacional, hogar de cantantes totalmente mainstream como Jessica Simpson o Shakira, pero también de bandas como OutKast o Suicidal Tendencies. Zach Hill no cree que eso pueda cambiar a Death Grips, simplemente porque Death Grips es un concepto que va más allá de las personas que lo integran. “Concebimos Death Grips como una entidad en sí misma. Queríamos crear algo que fuera más grande que nosotros mismos. De alguna manera, nuestra intención era desaparecer de la ecuación y crear un personaje”, explicaba Hill a ‘The Stool Pigeon’. “Sin Death Grips, no sé cómo podríamos soportar todo esto”, sentenciaba.

De momento, el personaje vestido de sadomaso hurga en la basura y regurgita los memes de internet en el disco más peligroso que escucharás en mucho tiempo. Que sirva también de advertencia: este mismo otoño, Death Grips tienen previsto publicar su tercer trabajo, titulado “No Love Deep Web”.

 

Zach Hill, el hombre que explotó

A diferencia de lo que ocurre con un guitarrista, la fascinación que produce ver en acción a un batería verdaderamente extraordinario no se limita a contemplar el virtuosismo y el despliegue de talento, sino que interviene también un elemento de asombro físico, una mezcla de energía bruta, coordinación y un sentido sobrenatural del ritmo.

Esos son sin duda los atributos que han hecho de Zach Hill, nacido en 1979 y batería autodidacta, uno de los percusionistas más admirados en el panorama indie, junto a otros nombres destacados como el de Brian Chippendale (Lightning Bolt), Greg Fox (Liturgy, Guardian Alien) o John Stanier (Helmet, Battles).

Como otros grandes baterías (piensen en Ringo Starr o Keith Moon), Hill tiene una merecida fama de tipo raro, multitud de proyectos paralelos de entre los que destaca su larga relación con los Boredoms, y sobre todo el dúo de math rock y noise progresivo Hella con el guitarrista Spencer Seim, con cinco álbumes publicados.

Y, sin embargo, es en Death Grips donde Hill afirma haber encontrado su mejor vía de expresión: “Death Grips significa para mí un manera de matar mi ego de batería”.

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