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DIEGO A. MANRIQUE, Opinión y conocimiento

Manrique es hoy justamente considerado el padre de la crítica musical moderna en castellano, poltrona que no ha sido fácil mantener. Foto: Alfredo Arias

 
 

ENTREVISTA (2013)

DIEGO A. MANRIQUE Opinión y conocimiento

Pese a los sinsabores del oficio y una larga trayectoria profesional, el decano de nuestra prensa musical no ha perdido capacidad comunicativa ni curiosidad. Tampoco su gozoso sarcasmo se ha diluido. “Jinetes en la tormenta”, su primera antología en cuarenta años de carrera, rubricó la clásica definición del periodismo según Samuel Johnson, que consiste en “transformar la opinión en conocimiento”. Ignacio Julià lo entrevistó para Rockdelux.

La canción seguirá siendo la misma, pero todo lo demás ha cambiado desde que a Diego A. Manrique (Pedrosa de Valdeporres, Burgos, 1950) le llegaban los paquetes de discos importados por tracción animal. Difícil hacerse a la idea hoy, cuando cualquier música se manifiesta con solo pulsar la tecla indicada, desvanecida hace ya tiempo aquella mística de la caza y captura que tanto estimulaba al aficionado. “En los setenta –explica–, cuando comprabas discos por correo a una tienda británica o estadounidense, llegaban a la frontera y Renfe se ocupaba de transportarlos. La estación del ferrocarril estaba en Horna, un pueblo a un kilómetro del mío. Allí esperaba un señor que los recogía en un carricoche, junto con los envíos a la farmacia y similares, y te los llevaba directamente a casa. El sistema parece primitivo, pero funcionaba perfectamente: puerta a puerta. Más adelante, cuando viví en ciudades, era muy frecuente que se perdieran los paquetes. Los robaban”.

“Empecé por pura indignación. Lo que se escribía sobre rock en la prensa española era lamentable, incluso en los medios más serios. Mandé una carta de protesta a ‘Triunfo’, entonces el único semanario de izquierdas tolerado. Me respondieron en plan reto, invitándome a escribir algo. Lo hice, me lo publicaron y ¡me pagaron! Era primavera de 1972 y allí descarriló mi carrera como estudiante de Derecho”

 

Aquel joven de apariencia convencional y actitud entre afable y socarrona, publica sus primeras reseñas en 1972. Colaborará en la pionera ‘Vibraciones’ y, a partir de ahí, en cualquier publicación con sección musical, instalándose en ‘El País’ al poco de su fundación como experto en músicas populares y sus entresijos, gracias a un estilo claro y penetrante, un enciclopédico resabio que aliña con punzante ironía. Candidato a rey bizco en un país de tuertos, de Radio Castilla saltó a la capital, creando escuela en Radio 3 con su seductora, sofocada voz y el eclecticismo ajeno a modas que lo caracterizan, conduciendo durante dos décadas ‘El ambigú’. Más intermitente será su incidencia televisiva, que arranca en 1979 con el legendario ‘Popgrama’. Manrique es hoy justamente considerado el padre de la crítica musical moderna en castellano, poltrona que no ha sido fácil mantener: las jóvenes generaciones le han replicado a menudo –recuerdo ataques desde estas mismas páginas– y no ha escapado a las puyas, ideológicas o laborales, de la profesión.

¿Recuerdas el instante en que la música te impactó? ¡Como si fuera ayer! Crecí en Villarcayo, un pueblo entre montañas donde la recepción de la radio era caprichosa: mejoraba por la noche. Andaba enredando con el aparato cuando conecté con una emisora francesa que, por lo que pude entender, estaba transmitiendo la actuación de los Beatles desde el Olympia de París. Había visto fotos suyas, la prensa franquista se burlaba de “las melenas”, pero no sonaban en las emisoras. Y, claro, solo las familias ricas tenían tocadiscos. ¡Bum! Aquello me hizo sentir bien, me electrizó; es posible que hasta se me pusiera el vello de punta. Desde luego, no había escuchado a Chuck Berry, ni siquiera a Elvis: me resultaba totalmente nuevo. De alguna manera, también sentí que se estaba cometiendo una injusticia con aquellos chavales. Al día siguiente, fui al quiosco de la plaza y compré la única revista musical que tenían: ‘Discóbolo’. No he parado de hacer lo mismo: buscar en el éter, informarme, apostar por lo que creo.

¿Cómo fueron tus primeros pasos profesionales? Empecé por pura indignación. Lo que se escribía sobre rock en la prensa española era lamentable, incluso en los medios más serios. Mandé una carta de protesta a ‘Triunfo’, entonces el único semanario de izquierdas tolerado. Me respondieron en plan reto, invitándome a escribir algo. Lo hice, me lo publicaron y ¡me pagaron! Era primavera de 1972 y allí descarriló mi carrera como estudiante de Derecho.

Estuviste planteándote trasladarte a Barcelona, donde estaba la prensa musical. ¿Qué te decidió por Madrid? Me pareció que los colegas de Madrid eran más abiertos, más acogedores. Con el tiempo, estoy convencido de que me equivoqué: las vistas son mejores; las chicas, más lanzadas; socialmente, esta profesión está mejor valorada en Barcelona. Podría dar un listado de iniciativas barcelonesas desarrolladas por periodistas musicales que hubieran sido imposibles en Madrid.

 
DIEGO A. MANRIQUE, Opinión y conocimiento

“Jinetes en la tormenta” es la primera antología en cuarenta años de carrera del maestro Manrique. Foto: Alfredo Arias

 

¿De dónde surgieron tu capacidad de síntesis y la ironía tajante buscando la debilidad del retratado? Supongo que derivan de mis lecturas de revistas “made in USA”. Estoy convencido de que el periodismo moderno es un invento tan estadounidense como el jazz o la novela negra. Quizá haya revistas, de cualquier tipo, más imaginativas en Europa, pero las de Estados Unidos son siempre más sólidas, por la tradición de la comprobación de datos y el papel del editor de textos.

Siempre sospeché del omnívoro musical. El saltarín eclecticismo de ‘El ambigú’ me contradecía. ¿Puede abarcarse tanto sin perder hondura? Muchos de los defensores de la world music, como Charlie Gillett, te explicaban que las cualidades que les habían atraído hacia el pop, el soul o el rock’n’roll ahora solo las encontraban en esas propuestas exóticas. No es mi caso, pero la curiosidad y las vivencias me llevaron por esas rutas. Lo que Simon Reynolds llama retromanía, en verdad, me parece mágico: nunca ha habido más música disponible y esa realidad no se puede obviar. Y son tantas las opciones que prefiero no especializarme. Pico aquí, pico allá e intento compartir mis entusiasmos; otros se dedicarán a profundizar.

“Muchos de los defensores de la world music, como Charlie Gillett, te explicaban que las cualidades que les habían atraído hacia el pop, el soul o el rock’n’roll ahora solo las encontraban en las propuestas exóticas. No es mi caso, pero la curiosidad y las vivencias me llevaron por esas rutas. Lo que Simon Reynolds llama retromanía, en verdad, me parece mágico: nunca ha habido más música disponible y esa realidad no se puede obviar. Y son tantas las opciones que prefiero no especializarme”

El prólogo de “Jinetes en la tormenta” (Espasa, 2013) transmite tu querencia por la novela policíaca. ¿Qué alicientes posee de cara a la labor periodística? Suelen tener lectura fácil y absorbente. Entras en sus tramas y aprendes jerga, el poder del diálogo, los modos en que funciona el mundo. Ahora veo que tomo decisiones basadas en lo que aprendí sobre la naturaleza humana en esos libros... y no me suelo equivocar.

Abundas en la radiografía de la industria, la desmitificación del ídolo intocable. ¿Falta quizá una mayor penetración en la propia música? Cierto, cierto. Son las servidumbres de escribir para el relativo gran público. También es cierto que los resultados de visitas a mi blog (’Planeta Manrique’) me confirman que hay un soberano desinterés por las entradas puramente musicales, aunque traten de artistas tan potentes como, por ejemplo, Gram Parsons. Ese bajón me hace dudar, por ejemplo, de si vale la pena hablar de sus influencias, de Buck Owens o Hank Snow.

Diversas voces agoreras anuncian la extinción del cronista musical. ¿Estás de acuerdo con esa visión? Desde luego. Desde hace unos años, todo es más triste y penoso en lo profesional. Pero también debemos considerarnos privilegiados: vivimos unas décadas asombrosas, tuvimos a los artistas a nuestro alcance, nos pagaban por hacer lo que queríamos. Fue fabuloso, amigo. Los blogs y demás nos han puesto las pilas. Éramos demasiado imperiales en nuestros planteamientos, embebidos de nuestro orgullo de tener una información y unos contactos únicos. De rebote, nos creamos muchos enemigos. Ahora, cualquiera puede corregirte o demostrarte que hay otras maneras de contarlo. Eso está bien.

En la solapa de “Jinetes en la tormenta” se obvia tu fecha de nacimiento. ¿Sientes ansiedad por rebasar una cierta edad profesional? En el dossier de prensa del libro sí viene. No lo oculto ¡y tal vez debiera! Esta sociedad está aquejada de “edadismo”, resultado de la mitificación de la juventud y la belleza. Eso se manifiesta en declaraciones aberrantes, como la de ese ministro japonés que pide que los ancianos se apresuren a morir. Quiero creer que la música es un mundo de espíritu generoso y está libre de esos prejuicios: salvando las distancias, nadie se atrevió a decirle a John Lee Hooker que debería jubilarse y aguantó tocando hasta los ochenta y pico años. Si haces bien lo tuyo, nadie debería mirarte el DNI.

Tu salida de Radio 3 motivó una protesta generalizada. ¿No fue exagerada, dadas las actuales circunstancias de destrucción de empleo? Ocurrió en 2010, y no se había implantado esa impunidad para despedir con la que ahora convivimos. Fue injusto y ni siquiera yo conozco los auténticos motivos, que seguramente nunca se explicarán, posiblemente por inconfesables. Resultó indignante para muchos oyentes, que me identificaban con la emisora, y ellos protagonizaron un saludable ejercicio de protesta. Esta es buena: sus quejas asustaron tanto al entonces director de RNE que pidió, y consiguió, tener guardaespaldas.

 

La punta del iceberg

“Pocas experiencias tan mágicas como ver tus ocurrencias impresas’”, explica el autor de “Jinetes en la tormenta”. “Si el texto ha sido tratado correctamente, te relames mientras lo lees. Imaginas que centenares de personas están leyendo lo mismo y te hinchas. No obstante, sabes que tanto esfuerzo terminará en la basura”. Precisamente, esta primera antología se limita a sus colaboraciones de los últimos años en ‘El País’ y surge de la insistencia del editor Santos López. Esto explica que, junto a punzantes perfiles de los clásicos habituales e inmersiones en sus amores afroamericanos y latinos, se traten las mediáticas agonías de Michael Jackson o Amy Winehouse, o se excuse en parte a Coldplay y Bebe.

Sin embargo, el Manrique mainstream no pierde causticidad ni presciencia. “Tengo otro tono, de mayor complicidad, en la prensa especializada. Ese sería otro libro, igual más apasionante”. Otro matiz: al proceder de las constricciones de un diario, los textos tienden a la brevedad; se releen, empero, con gusto, potenciados por la acumulación. “Quiero pensar que es el equivalente periodístico de los singles que se grababan en los sesenta”, se excusa Diego. “En tres horas, se hacían dos temas y todos contentos. Muchos textos se han resuelto en eso, en tres horas... y toda una vida chupando música”.

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