De Tokio es cierto casi todo lo que uno quiera imaginarse: un cielo apocalíptico abovedado por kilómetros de neón, omnipresentes sonidos pregrabados indicando lo que se debe/no se debe hacer en cada momento, máquinas de karaoke hasta en los taxis y teléfonos móviles en el Todo a 100. Las oficinas de Sony, sin embargo, reproducen el ambiente de cualquier otra discográfica del mundo: sólo cambian algunos pósters y el (comodísimo) hábito de andar descalzo por la casa. Así aparece en un despacho con vistas, haciendo gala de una puntualidad insultante, el más internacional de los DJs nipones. De DJ Krush llama la atención su quijada rapada y su cara de malo, y una mano salvajemente tatuada que sostiene un cigarrillo mentolado que reemplaza cada vez que la brasa lame el filtro. Le acompaña su mánager, dispuesta a traducir mis felicitaciones por el éxito británico de “Meiso” (Mo’ Wax, 1995) y la inminente edición en América, a cargo de ffrr/Mercury.
“Llegar al extranjero es algo que nunca pude imaginar. Antes de fichar por Mo’ Wax ni siquiera tenía pasaporte”, asegura Krush, que definitivamente conserva un halo del delincuente juvenil que fue en sus años mozos (ahora tiene 33). No cuesta mucho imaginarle en su época de indocumentado, cuando pinchaba a pie de calle dentro de una banda de b-boys llamada Be Fresh Three. “Todo empezó cuando llegó a Japón la película ‘Wildstyle’, a mediados de los ochenta”, recuerda. “El día después de verla me compré dos platos y un mezclador. Empecé practicando en mi habitación, haciendo cintas para mis amigos. Pero pronto quise demostrar mi trabajo en público. Había oído hablar de una banda de ‘breakdance’ que bailaba en una azotea en Harajuku (uno de los barrios que toman los youngsters de Tokio los sábados por la noche). Fui a verles actuar y me di cuenta de que su DJ era francamente malo. Volví la semana siguiente y allí me quedé. Aquél era el primer gran momento del hip hop en Japón. Aún no existían los rappers, y sólo había unos pocos DJs en la calle. Un día apareció por allí Keith Haring. Se unió a mi banda, cogió una tiza y se puso a dibujar en el suelo. Me hubiera gustado llevarme toda la calle a casa, pero me tuve que conformar con que me pintara las zapatillas y el carrito de mi hija”.
Las cosas han cambiado en la escena japonesa desde aquella primera “Krush posse”. Nombres como los de Nobukazu Takemura, Ken Ishii o Takkyu Ishino (editado en España su “Mix Up Vol. 1”, trabajo en calidad de DJ) han alcanzado una proyección en el mundo occidental. “Hoy, en Japón, todo el mundo quiere ser DJ. Me parece muy bien, pero hay que evitar la copia y ser original”, cuenta Krush. “Antes sólo se copiaba a Occidente, y por eso era difícil competir: la mayor parte de la música que se hace en Japón (rock, hip hop o lo que sea) no ha nacido aquí, sino que viene de Occidente. Los artistas japoneses que pueden salir son aquéllos que tienen algo diferente que ofrecer”.