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DJ KRUSH, Beats & scratches

¿Halo del delincuente juvenil que fue en su adolescencia?

 
 

ENTREVISTA (1996)

DJ KRUSH Beats & scratches

Documento Rockdelux. Bruno Galindo entrevistó a DJ Krush en Tokio en 1996, cuando sus primeros discos izaban la bandera del hip hop instrumental como relevo del trip hop y abrían un nuevo escenario abstracto para la música electrónica. De la suma del vértigo de una ciudad incomprensible para el occidental y un pasado compartido con b-boys de ojos rasgados, DJ Krush obtuvo una conexión con James Lavelle, Guru y 4 Hero, y un excitante viaje experimental alrededor del hip(trip)hop.

De Tokio es cierto casi todo lo que uno quiera imaginarse: un cielo apocalíptico abovedado por kilómetros de neón, omnipresentes sonidos pregrabados indicando lo que se debe/no se debe hacer en cada momento, máquinas de karaoke hasta en los taxis y teléfonos móviles en el Todo a 100. Las oficinas de Sony, sin embargo, reproducen el ambiente de cualquier otra discográfica del mundo: solo cambian algunos pósters y el (comodísimo) hábito de andar descalzo por la casa. Así aparece en un despacho con vistas, haciendo gala de una puntualidad insultante, el más internacional de los DJs nipones. De DJ Krush llama la atención su quijada rapada y su cara de malo, y una mano salvajemente tatuada que sostiene un cigarrillo mentolado que reemplaza cada vez que la brasa lame el filtro. Le acompaña su mánager, dispuesta a traducir mis felicitaciones por el éxito británico de “Meiso” (Mo’ Wax, 1995) y la inminente edición en América, a cargo de ffrr/Mercury.

“Llegar al extranjero es algo que nunca pude imaginar. Antes de fichar por Mo’ Wax ni siquiera tenía pasaporte”, asegura Krush, que definitivamente conserva un halo del delincuente juvenil que fue en sus años mozos (ahora tiene 33). No cuesta mucho imaginarle en su época de indocumentado, cuando pinchaba a pie de calle dentro de una banda de b-boys llamada Be Fresh Three. “Todo empezó cuando llegó a Japón la película ‘Wildstyle’, a mediados de los ochenta”, recuerda. “El día después de verla me compré dos platos y un mezclador. Empecé practicando en mi habitación, haciendo cintas para mis amigos. Pero pronto quise demostrar mi trabajo en público. Había oído hablar de una banda de ‘breakdance’ que bailaba en una azotea en Harajuku (uno de los barrios que toman los youngsters de Tokio los sábados por la noche). Fui a verles actuar y me di cuenta de que su DJ era francamente malo. Volví la semana siguiente y allí me quedé. Aquel era el primer gran momento del hip hop en Japón. Aún no existían los rappers, y solo había unos pocos DJs en la calle. Un día apareció por allí Keith Haring. Se unió a mi banda, cogió una tiza y se puso a dibujar en el suelo. Me hubiera gustado llevarme toda la calle a casa, pero me tuve que conformar con que me pintara las zapatillas y el carrito de mi hija”.

Las cosas han cambiado en la escena japonesa desde aquella primera “Krush posse”. Nombres como los de Nobukazu Takemura, Ken Ishii o Takkyu Ishino (editado en España su “Mix Up Vol. 1”, trabajo en calidad de DJ) han alcanzado una proyección en el mundo occidental. “Hoy, en Japón, todo el mundo quiere ser DJ. Me parece muy bien, pero hay que evitar la copia y ser original”, cuenta Krush. “Antes solo se copiaba a Occidente, y por eso era difícil competir: la mayor parte de la música que se hace en Japón (rock, hip hop o lo que sea) no ha nacido aquí, sino que viene de Occidente. Los artistas japoneses que pueden salir son aquellos que tienen algo diferente que ofrecer”.

Todo empezó cuando llegó a Japón la película ‘Wildstyle’, a mediados de los ochenta. El día después de verla me compré dos platos y un mezclador. Empecé practicando en mi habitación, haciendo cintas para mis amigos

Como se sabe, los discos de DJ Krush pueden comprarse en casi toda Europa por obra y gracia de un avispado personaje llamado James Lavelle, gurú del trip-hop y cabeza pensante del sello Mo’ Wax. “Alguien que escribía en ‘Straight No Chaser’ le pasó un 12” mío a James. Cuando este vino a Japón para la fiesta de presentación de su recopilatorio ‘Jazz Hip Jap Project’, yo estaba allí y hablamos. Conocía mi trabajo y me propuso grabar con él. Me gusta su actitud hacia la música”, cuenta. Otro de sus mentores de lujo es Guru, a quien conoció en 1992, “cuando Gang Starr vino a Tokio con Dream Warriors. Nos caímos muy bien. Yo estaba grabando mi primer disco y le pedí su colaboración, aunque la canción solo se puede escuchar en la versión japonesa por problemas con Chrysalis. En ‘Meiso’ ha cantado por segunda vez”. Recientemente, han sido 4 Hero quienes se le han acercado para remezclar sus últimos temas: “Son experimentadores, como yo. Hace poco, dieron una fiesta y me invitaron a pinchar. Generalmente, lo hago ante público de hip hop, y esa vez lo hice para gente del techno. Fue un reto excitante. Pero tras la experiencia, creo que me interesa más pinchar con ellos que crear música con ellos. No soy un consumidor habitual de jungle. Tal vez algún día me meta en ello, pero cuando lo haga seguro que se ha acabado esa fiebre. Y si eso llega, no pediré ayuda a 4 Hero: lo haré yo solo a mi manera”.

Breve pero intensa es la discografía de este hombre. El primero de sus trabajos, “Krush” (Hard 2 Handle-Chance, 1994), propone una fusión entre jazz y hip hop con ocasionales ecos de dub, y descubre un lenguaje a base de beats y scratches que crujen sobre una parte orgánica de trompetas, piano y guitarras eléctricas. Aparecido en el mismo año, pero ya bajo el auspicio de Mo’ Wax, “Strictly Turntablized” confirma a su autor como uno de los máximos exponentes del abstract hip(trip)hop. Denso y uniforme, chirriante como una máquina mal engrasada, la obra, subtitulada “Excursions Into The Hip-Hop Avant-Garde”, logra ser al mismo tiempo monótona y excitante. Sin instrumentos no electrónicos y prácticamente sin voces, las canciones parecen los movimientos de una única sinfonía color humo. “Meiso” mezcla algo de los dos anteriores, y presenta la fórmula “DJ versus DJ” como uno de los logros de la obra.

 
DJ KRUSH, Beats & scratches

Uno de los máximos exponentes del abstract hip(trip)hop.

Foto: Paco y Manolo

 

En este contexto encaja la presencia de su acólito DJ Shadow. Otros trabajos que llevan la firma de Krush son el maxi “Lost And Found” (de nuevo con Shadow) y “Bad Brothers” (1994), álbum de remezclas realizado a distancia junto a Ronny Jordan. Y más recientemente, “Ki-Oku” (1996), disco compartido con el trompetista Toshinori Kondo, y “Altered Beats”, interesante proyecto dirigido por el investigador Bill Laswell, quien revela desde el libreto que el plato –“al que los modernos musicólogos del hip hop han calificado como capaz de emular ‘solos’ de saxo”– es en realidad el equivalente a un tambor africano, y el DJ, el brujo encargado de hacerlo sonar. Krush comparte dicha teoría, aunque no se aventura tanto y prefiere concluir con un enfoque algo zen: “Los platos son como cualquier otro instrumento. Fíjate, por ejemplo, en las guitarras: son casi siempre las mismas, pero no todo el mundo las toca igual. El método es coger los elementos de un lugar y llevarlos a otro totalmente distinto. Cuando estoy componiendo, me aburro muy fácilmente; por eso necesito ir a otro sitio, buscar algo más raro, una nueva dirección, algún sonido que ‘samplear’... Ésa es la actitud que me interesa y ésa es la libertad que experimento cuando escucho a DJ Shadow o DJ Cam. Ésa es la gente con quien quiero trabajar: hablan, cantan, lloran y ríen con los platos. Quiero comunicar sin palabras, solo con música. Quiero conseguir un sonido donde los instrumentos convencionales no pueden llegar, y hacerlo en directo”.

Alguien asoma la cabeza tras la puerta y entra para saludar, cortando brevemente la conversación. Choca a la americana la mano tatuada de Krush –sigo sin saber qué demonios tiene escrito–, y acto seguido nos saluda a todos con una reverencia. Alguien de Sony me lo presenta: es Ken Ishii, compañero discográfico y amigo del entrevistado. “Creía que Barcelona era una ciudad carísima”, comenta, refiriéndose a su presencia en Sónar 96. Suena a chiste. Nadie acostumbrado al poderío del yen debería estar preocupado por su solvencia por estos lares. Y así se lo explico.

"En fin, crecí aquí y me resultaría difícil vivir en otro lado. La velocidad de Tokio es la que me inspira para componer. Cuando me haga viejo, tal vez coja a la familia y los platos y me vaya a Londres, aunque allí no hay tiendas abiertas veinticuatro horas"

La interrupción nos ha puesto en pie y nos ha dejado frente a un enorme ventanal. Lo que se ve es un vastísimo paisaje de la ciudad recién anochecida; luminosos y trenes, hierro y autopistas. “Tokio depende de ti”, dice mientras se enciende otro mentolado que sabe asqueroso, pero huele como cualquier otro cigarro. “Si entras en las profundidades, puedes llegar a no ver dónde está el suelo. Conviene situarte en un ángulo intermedio; verlo con un pie dentro y otro fuera. Es interesante salirse un poco de la carretera, pero si te sales demasiado, todo se puede torcer mucho”, pronuncia misterioso. “En fin, crecí aquí y me resultaría difícil vivir en otro lado. La velocidad de esta ciudad es la que me inspira para componer. Cuando me haga viejo, tal vez coja a la familia y los platos y me vaya a Londres, aunque allí no hay tiendas abiertas veinticuatro horas”.

Krush dice que su música sirve para disfrutarla tranquilamente en casa y también para ser bailada –“lo importante es escucharla con unos amplificadores bien grandes”–, y mantiene la opinión de que su música no tiene un remite claro: “No soy consciente de la nacionalidad de mi música. Ya no hay países; al menos, los DJs no tienen nacionalidad. Creo que hay una comunicación simultánea a gran velocidad entre todos los DJs del mundo. Es algo que yo no sé cómo se llama. Yo lo llamo Krush”.

Con esto termina la entrevista. Dejo el edificio Sony, cojo el metro en busca de mi novia y me doy cuenta de que no le he preguntado lo del tatuaje. Horas más tarde, cuando ya me había resignado a mi olvido, ocurrió algo inesperado. Estaba en el Liquid Room –una de las salas de conciertos más pintorescas de Tokio, situada en el séptimo piso de un rascacielos–, donde actuaban Mondo Grosso y Monday Michiru, famosa diva del acid-jazz nipón. Decido ir un momento al cuarto de baño y allí me encuentro a Krush. Cada uno, sorprendido, le dice algo ininteligible al otro. Cuando salimos, encontramos a su mánager. Pedimos unas cervezas y, por fin, les pregunto por el dichoso tatuaje. “Es el nombre de mi ex novia, Shinobu. Cuando cortamos, no quería que la siguiente me preguntase por ella. Así que traté de quitármelo clavándome cuchillos y apagando colillas sobre él. Pero ahí sigue”.

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