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DON THE TIGER, Los tigres también mudan la piel

Adrián y el viaje revelador.
Foto: Borxa Vilas

 
 

ENTREVISTA (2019)

DON THE TIGER Los tigres también mudan la piel

Adrián de Alfonso (Don The Tiger) ha tenido ya más vidas de las que muchos jamás tendremos, tanto en lo personal como en lo artístico. Hace ya años que huyó de la “rueda de hámster” de la escena española para empezar de cero en Berlín, y ahora se ha reinventado, una vez más, con “Matanzas”, publicado en el sello belga Crammed. Está de gira por España (ver aquí) presentando el disco.

No es fácil entrevistar a alguien como Adrián de Alfonso: cortarle cuando empieza a hilar ideas y ves cómo su cabeza bulle sin freno parece un sacrilegio, máxime cuando acaba de volver con Andi Stecher (el 50% de Don The Tiger sobre el escenario) de tener una “visión” tras tocar en Leipzig ante un público absolutamente rendido: “Me voló la cabeza aquel concierto. Y menos mal, porque nos viene un año cargadito y necesito saber que tocar en directo merece la pena. Ahora mismo estoy cerrando la gira por España, con varias fechas seguidas, para las que tengo que estar bien sobrio y centrado, porque seré yo el único que conduzca cada día. Coger el coche, comer en la ruta, descargar, probar sonido, cenar si hay tiempo, tocar, cenar si no has cenado, vender discos, cargar, dormir... Esto es un trabajo como cualquier otro, y bastante duro, si me preguntas. Pero hay momentos, como ese concierto en Leipzig, en los que se crea una especie de bola de energía entre el público y el grupo, que son lo que, en realidad, dan sentido a todo esto”. Su objetivo, ahora, es reproducir esa magia cada noche: “Las actuaciones que más he disfrutado han sido aquellas en las que el jaleo que rodea a la música ha pasado a un primer plano. Es evidente que, para que eso ocurra, tiene que existir una música y un silencio, así que mi máxima preocupación ahora mismo es saber manejar ambos para que, tanto los que estamos tocando como los que están viéndonos, podamos jalear a nuestras anchas”.

“Las actuaciones que más he disfrutado han sido aquellas en las que el jaleo que rodea a la música ha pasado a un primer plano. Es evidente que, para que eso ocurra, tiene que existir una música y un silencio
(Adrián de Alfonso)

La sutileza de “Matanzas” (Crammed-Karonte, 2018) ha obligado a replantear la forma de llevar la música al escenario, y “Derrengados en la arena” es, en palabras de Adrián, la canción que está “invadiendo” la manera de enfocarlos. Se trata de una pieza llena de cambios de tiempo y capas en la que incluso se escucha el crujido de un barco, que no es difícil imaginar cual galeón camino del Caribe: como todos sus trabajos, este es un álbum visceral, pero es, además, una experiencia sensorial que a ratos sabe a salitre, a ratos a sangre, a ratos a despedida... Parte de la culpa del sonido del disco la tiene el viaje que el artista realizó en 2017 junto con su compañera Lucrecia Dalt (quien también produjo y mezcló “Matanzas” con Adrián): “Viajar a Colombia y conocer a su familia fue una epifanía musical tremenda. En Europa se escucha mucha cumbia y vallenato, pero me parece extraño que músicas tan sobrenaturales como los pasillos andinos o el currulao del Pacífico no sean más conocidas. También es muy interesante comprobar cómo ciertos estilos provenientes de otros países se han enraizado en Colombia y han desarrollado un carácter ligeramente distinto al original, cosa que ha pasado con el tango en Medellín o la salsa en Cali, o cómo ciertas músicas africanas se han mezclado con las autóctonas en la franja continental del Caribe, dando lugar a la champeta. Estar expuesto a tal exuberancia me ayudó a dar la estocada final a unas ideas que, ya de por sí, eran poco convencionales, volviéndolas todavía menos ortodoxas”. Fue en la isla de Providencia, lugar de descanso tanto del narco Escobar como del pirata Morgan, donde Adrián terminó de dar vida al sonido de “Matanzas”: “Me pasé la mayoría del tiempo yendo y viniendo bajo los cocoteros con mi iPod, tratando de darle un sentido a todo lo que había grabado. Dicho así puede sonar idílico, pero para mí fue un proceso complicado y obsesivo, como lo es siempre el hecho de poner texto a una música. Además, caminar bajo un cocotero puede ser mortal...”.

Vídeo de Adrià Cañameras para “Cantos al Aral menguante”, tema que abre “Matanzas”.

 


“Cada día aprecio más el esfuerzo que los humanos hacen para comunicarse entre sí sin ‘interfaces’ de por medio”
(Adrián de Alfonso)

Es inevitable pensar que las letras de “Matanzas” están también influenciadas por ese viaje: el mar es el eje central (“se cuela en todo lo que hago”), pero también hay vino, grietas y tierras enfermas en un imaginario deudor de “Alejo Carpentier y Valle-Inclán, escritores que, en mi opinión, encontraron oro cuando se dedicaron a escarbar en tradiciones que en principio no les correspondían”. La excepción es “Taxi”, una dura despedida de la juventud: “Algo habré madurado, y no lo digo solo porque la mayoría del jolgorio y la brutalidad de antaño hayan quedado atrás, sino porque el disco no ha acabado siendo el típico escaparate de todo lo que me gusta o he aprendido en estos años”.

En ese proceso de pensar y repensar(se) su lugar en el mundo, la comunicación y la imagen juegan un papel importante en su sentido más profundo, trascendiendo la tiranía del like de las redes sociales: “Cada día aprecio más el esfuerzo que los humanos hacen para comunicarse entre sí sin ‘interfaces’ de por medio. No estoy hablando de embellecer porque sí, o de darle la espalda a la realidad, sino de ser capaz de superar las atrocidades y el conflicto, y convertir la energía negativa en una expresión tierna y esperanzadora”.

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