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ELLIOTT MURPHY, La noche americana

Rock maduro con toque europeo. Foto: Carlos Rodríguez

 
 

ENTREVISTA (2004)

ELLIOTT MURPHY La noche americana

Perdió el tren de la gloria y se subió al barco de la indiferencia. Olvidó lo que pudo ser y no fue para atracar a orillas del Sena, donde encontró oídos atentos a sus fábulas románticas sobre los desheredados. Se convirtió en un asalariado de la canción rock ninguneado por la industria y a menudo también por las musas. Sin embargo, de vez en cuando se saca del sombrero una colección de canciones inspiradas, como las que nos regaló en el doble álbum “Strings Of The Storm” (2003), que resituaron bajo la luz de la luna la figura de un cantautor con voz propia. Fue cuando Jordi Bianciotto lo entrevistó en Barcelona y Miguel Martínez repasó cuatro de sus discos más recomendables.

Elliott Murphy, sombrero calado en una tarde lluviosa de Diagonal Mar, en el Finisterre barcelonés en construcción, tiene una mirada dura, musculada, que se desentumece cuando el interlocutor propone el diálogo sobre “Strings Of The Storm” (Dusty Roses, 2003), su elogiado nuevo disco. Los parabienes no están injustificados: canciones como “The Poet And The Priest” o “The Red Lights” reaniman con nervio la narrativa inequívocamente norteamericana de este neoyorquino afincado desde hace catorce años en París. Le acompaña el amable y risueño Olivier Durand, normando de Le Havre, instrumentista singular (“¡el Jimi Hendrix de la guitarra acústica!”, opina Murphy) y su brazo derecho desde 1995.

“Internet ha sido algo muy importante en mi carrera. Cuanto más dicen que daña a la industria más me parece que es todo lo contrario... Hace mucho tiempo que soy un artista libre. Estoy fuera del imperio del mal (bromea). Estar en la gran industria fue difícil; me di cuenta de que gastaba más energía en sobrevivir en un mar de tiburones que en desarrollar mi música”

“Strings Of The Storm” es, dice el artista con una saludable copa de agua en una mano, un disco doble porque tenía que serlo. “Sabía que tenía la energía suficiente para hacerlo. Mis cien conciertos anuales me dieron fuerza, y también las reacciones de la gente cuando estrenaba alguna de las canciones, los intercambios de opiniones en Internet... Internet ha sido algo muy importante en mi carrera. Cuanto más dicen que daña a la industria más me parece que es todo lo contrario”, explica el autor de “Aquashow” (Polydor, 1973), desviado desde hace más de veinte años del show business multinacional. “Hace mucho tiempo que soy un artista libre. Estoy fuera del imperio del mal (bromea). Estar en la gran industria fue difícil; me di cuenta de que gastaba más energía en sobrevivir en un mar de tiburones que en desarrollar mi música”. Todo aquello ya pasó, y en su nueva grabación consiguió manejar con seguridad el timón sin injerencias de ejecutivos musicalmente analfabetos. “Hicimos la mayor parte del disco, entre dieciséis y veinte canciones, en tan solo cuatro días”, informa Durand, quien atiende e interviene un poco de puntillas. Murphy se lo toma con normalidad: “Elvis iba al estudio y grababa ocho o diez canciones en una sola noche. Y The Beatles y The Rolling Stones”.

En “Strings Of The Storm” hay viñetas poéticas con mucha noche y un poco de alcohol, tramadas en sus expediciones europeas (de la dublinesa “Temple Bar” a la mallorquina “The Red Lights”), espasmos insomnes (“Jet-Lag”: “No podía dormir, me puse a tocar y a las seis de la mañana ya estaba terminada”), instantáneas dolidas de damas que vienen y van, y un “Green River” compuesto frente a los reflejos del Nervión a su paso por Bilbao. “Mi conexión con el público vasco es muy fuerte. La estrené en Vitoria el mismo día que la compuse. Fue como un regalo del País Vasco, porque sabía que me faltaba una canción para terminar el disco. Es la que lo abre, pero fue la última en grabarse”. Y añade, entre sincero y paródico: “Creo que me influyó mucho la historia de Bruce Springsteen, eso de que grabó todas las canciones de ‘Born In The U.S.A.’, se las puso a Jon Landau, este dijo ‘muy bien, pero te falta el single’, y entonces él hizo ‘Dancing In The Dark’”. Aunque ¿buscaba realmente un single? “No, no pienso en esos términos. Sólo me gusta que mis canciones gusten a mis fans. Después de treinta años, no voy a cambiar ahora mi música para competir con Britney Spears”. Era de esperar...

 
ELLIOTT MURPHY, La noche americana

Sobre la canción “Green River”: “Mi conexión con el público vasco es muy fuerte. La estrené en Vitoria el mismo día que la compuse. Fue como un regalo del País Vasco, porque sabía que me faltaba una canción para terminar ‘Strings Of The Storm’. Es la que lo abre, pero fue la última en grabarse”.

 

Es curioso: la americanidad de Elliott Murphy, evidente en una obra que hereda las maneras de la tradición singer-songwriter con gestos de folk y blues, que pone luz en la narrativa, a veces épica, de los desheredados, parece colisionar con esa residencia parisina, esos fans repartidos por todo el continente, esa complicidad con el muy poco cowboy Olivier Durand. Pero la fascinación y la curiosidad de la cultura americana por Europa no es algo nuevo, y Murphy parece coincidir con Jackson Browne, con piso en Barcelona (“¡pero siempre que vengo, no está!”, se queja Murphy), en la búsqueda de enfoques vitales distintos. ¿Correctivos higiénicos necesarios? “Actué por primera vez en París en 1979, después de que me echaran de Columbia, en un momento en que pensaba que todo se había acabado para mí. Esperaba encontrarme con doscientas personas y había dos mil; ¡hice seis bises! Fue como un renacimiento para mí. Poco después vine a España. Debo decir que gracias al público europeo he seguido adelante”, razona. Casi no se acuerda de cuándo fue su última gira por Estados Unidos. “Hace tres o cuatro años”, apunta Durand, quien lleva ocho a su lado aportando un registro de guitarra que Murphy encuentra distanciado de las diferentes escuelas sonoras del rock y del blues facturados en su país. “En Estados Unidos los guitarristas suelen tener su estilo muy marcado: blues sureño, de Texas, de Chicago, rock’n’roll... Olivier muestra muchas influencias y al mismo tiempo sigue una tradición europea, melódica, muy de Django Reinhardt”.

“Nunca Estados Unidos había sido un país tan poderoso y al mismo tiempo se había sentido tan vulnerable. Cuando empezó la guerra de Irak, recibí e-mails de Estados Unidos en los que me preguntaban si alguien me había agredido por la calle por ser norteamericano”

Todo esto está muy bien, pero el disco termina con “Ground Zero”, así que, aunque uno, la verdad, preferiría evitarlo, la pregunta 11 de septiembre del día planea sobre el bar de este hotel tan hi-tech. Más considerando la residencia de Murphy en el país de las rebautizadas french fries. ¿Algo que decir sobre el asunto? (no insistiré). “Nunca Estados Unidos había sido un país tan poderoso y al mismo tiempo se había sentido tan vulnerable. Cuando empezó la guerra de Irak, recibí e-mails de Estados Unidos en los que me preguntaban si alguien me había agredido por la calle por ser norteamericano. Pero no me gusta mezclarme con la política; y no me interesa hacer canciones sobre hechos concretos que diez años después ya no signifiquen nada. ‘Ground Zero’ se refiere al 11 de septiembre desde un nivel humano”. Tema cerrado. En París sigue sintiéndose a gusto, aunque, según cuenta, su hijo de 13 años le presiona para hacer las maletas. “Le gustaría vivir allí. Estados Unidos es un país muy orientado a la cultura juvenil. Y debo decir que también yo a veces echo de menos todo aquello, estar más cerca de mis raíces”.

A un ritmo de disco por año, piensa ya en el relevo de “Strings Of The Storm”, grabación de cuya extensión aún se sorprende. “Los dobles vinilos clásicos, como ‘Blonde On Blonde’ o ‘The River’, duraban setenta u ochenta minutos. ¡Éste se acerca a los ciento diez! Pese a todo, creo que me va a costar volver a grabar un disco simple”. Y anuncia: “Lo que ahora quiero hacer es un disco de blues. Con adaptaciones de Muddy Waters o J. B. Lenoir”. Jordi Bianciotto

 

CUATRO CLAVES DE UNA CARRERA DE TREINTA AÑOS

ELLIOTT MURPHY, La noche americana

“Aquashow”
(Polydor, 1973)

Explora el mundo desde el Lower East Side neoyorquino y se queda desolado, más que un poste de teléfonos desnudo. Anticipa la muerte de Elvis en la segunda estrofa del disco y recuerda la de Marilyn Monroe, que murió por nuestros pecados. Descubre que la reina de los hippies ha acabado llevando una existencia telefónica y que corre mantequilla por las venas del blues de la clase media blanca. Debut a lo grande, con proto-punk literario a lo “Highway 61 Revisited”. Patti Smith con aires del gran Gatsby.

ELLIOTT MURPHY, La noche americana

 “Just A Story From America”
(Columbia, 1977)

Estaba a punto de girar la esquina que conduce a la calle donde se pudren las estrellas de rock decadentes. Se escribió en Long Island, en California y sobre todo en Londres, que es donde se grabó. Presupuesto de multinacional y seis estudios. Songwriting de perdedores románticos, con sección de cuerda y unas transparencias sintéticas –piensa en David Bowie–. Canciones emblemáticas (“Rock Ballad”, “Drive All Night”) donde la noche y chicas con el pelo como el sol daban refugio a fugitivos del sueño americano.

 
ELLIOTT MURPHY, La noche americana

“Murph The Surf”
(Courtisane, 1982)

Tras la fase 1973-77, se cayó del show business. Anduvo perdido en el océano independiente de los ochenta, una década de coches nuevos y ricos repartiendo limosna para no hablar de política. Aquí confesó sus culpas pasadas como el Edgar Allan Poe de “El corazón delator”, y las hizo sonar como un hipotético Jonathan Richman crecido. Es su disco más infravalorado. Se quedó en tesoro anónimo y así sigue hoy. Si esto, tan bueno, con temas del nivel de “Dusty Roses”, no recibía aplausos, tocaba hundirse.

ELLIOTT MURPHY, La noche americana

“Strings Of TheStorm”
(Dusty Roses, 2003)

Recupera el ímpetu interior y pone fin a esa prolífica etapa de transición que inició con “Beauregard” (Blue Moon, 1998) y que le ha servido para afrancesar su ánimo a fuego lento y desintoxicarse así sónica y espiritualmente. Su música es ahora un folk-rock de hombre que ya gasta barba cana, templado con arreglos que fomentan el sentimiento de melancolía relativa. Para ahuyentar la autoparodia y atraer la reflexión, en su retiro poético se fomenta la cruda realidad y las mezclas no esconden las grietas de su voz. Miguel Martínez

 
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