¿Has tenido algún problema en tu entorno por culpa de airear estas... analogías? En realidad no. Mis padres, por ejemplo, son de mentalidad abierta. Y mi ex novio era un novio terrible, esencialmente porque solo le interesaba la música. Pero eso mismo hizo que se entusiasmase con la idea de mi disco, aunque saliese mal parado en él. Me ayudaba con las canciones; me decía “cambia eso, pon esto otro”. Pero he de decir que jamás volvería a hacer un disco así. No me gusta humillar a nadie. Tengo demasiado respeto por la gente a la que conozco.
¿En qué dirección quieres ir ahora en términos líricos? Canciones que giren menos sobre mí. Menos confesional. Más sobre el mundo que sobre las relaciones. Sí, el mundo, simplemente... Lo intangible y todas esas cosas que no puedes articular.
Que suelen ser una gran inspiración. Sí, constante. Es por eso que llevo siempre un cuaderno conmigo. Cuando tengo un pensamiento, temo perderlo. Vas por la calle y dices “me gusta ese edificio”, sin más, ¿verdad? Pues yo lo apunto porque temo olvidar que me gusta ese edificio. Cada idea que tengo y que pueda interesarle a la gente, la convierto en una canción.
Además de escribir tus canciones, has escrito sobre las de otros. ¿Seguirás combinando tu faceta compositiva con la de periodista musical? No tengo planes de ser periodista musical. Es algo difícil para mí, sobre todo si se trata de reseñas. Porque soy consciente de cuánto trabajo lleva cada canción, y no disfruto teniendo que pensar en una pieza de música desde el punto de vista del crítico. Me gusta entrar en ello con gran entusiasmo, como un fan. Me gusta escribir además de hacer canciones, pero, generalmente, no sobre música.
El disco sale en España con cuatro canciones añadidas del “Edward E.P.” (Close Harbour, 2009). Son temas primerizos, ¿verdad? ¿Por qué has querido rescatarlos? Me parecen canciones infantiles y no me gusta tocarlas, pero la gente no deja de pedirlas. Supongo que tienen un encanto ingenuo. Cada vez que las interpretamos en directo, la gente aplaude mucho. No sé qué pensar. ¿Debí quedarme ahí? 