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ESPLENDOR GEOMÉTRICO, Autarquía de ritmo y ruido

Comisarios de la oscuridad.

Foto: Óscar García

 
 

ENTREVISTA (2010)

ESPLENDOR GEOMÉTRICO Autarquía de ritmo y ruido

Nombre mítico, Esplendor Geométrico sigue sonando a peligro, a ruido, a ritmo, a electrónica extrema sin contemplaciones. Más de treinta años los contemplan. Y su música, como la tribal, tiene una función: la concentración de no pensar en nada más. También, el goce de escucharla, claro. Hay que leer esta entrevista de Óscar García con Arturo Lanz, hombre de mediana edad que vuelve a casa tras su trabajo como agregado comercial en Pekín. Cena y comparte tiempo con su familia. Cuando cae la noche, se encierra en una habitación y, durante horas, genera bucles rítmicos de electrónica extrema. Ese hombre es el líder de Esplendor Geométrico. Tres décadas después, sigue publicando discos.

La voz de Arturo Lanz suena confiada, risueña y hasta algo burlona a casi nueve mil kilómetros de distancia. Vive desde hace doce años en China, pero empezó en la música en Madrid, a finales de los setenta, en plena eclosión de la movida, dentro de los tecnofuturistas El Aviador Dro y sus Obreros Especializados, junto a su amigo Servando Carballar. Durante un viaje a Holanda, descubrió en una tienda el primer álbum de Throbbing Gristle, “The Second Annual Report” (1977), y su audición le cambió. Hasta entonces había sido un punki ecléctico que podía escuchar a Sex Pistols, Blondie o Devo. A partir de entonces escoró sus intereses hacia la creación de mantras tejidos de ritmo y ruido.

“No elegí el nombre de Esplendor Geométrico por afán intelectual, sino porque es bonito. Pero sí que es verdad que Marinetti, la vanguardia... puede hacer que la gente nos crea elitistas. Se puede dar esa interpretación, pero para desmentirla existen las entrevistas, ¿no? (risas); y el directo. Porque ahí sí te das cuenta de que de intelectuales tenemos más bien poco”
(Arturo Lanz)

Sus inquietudes no casaban con el tecno pop de Aviador Dro. En septiembre de 1980, se produjo una traumática ruptura que significó el distanciamiento personal con Servando Caballar. De la escisión nació Esplendor Geométrico, formado, junto a Lanz, por otros ex obreros especializados que también abandonaron el grupo, Gabriel Riaza y Juan Carlos Sastre. Su primera maqueta, que incluía “Moscú está helado”, todavía conservaba un cierto regusto tecno pop, pero su discurso se fue extremando a marchas forzadas. Temas como “Necrosis en la poya” (sic) apuntaban hacia la nueva dirección. Recitados o gritados por Lanz, buscaban la provocación también en sus letras, como en el caso de “Negros hambrientos” y “Muerte a escala industrial”. El disco “Héroe del trabajo / El acero del partido” (Tic Tac, 1982) llevará al paroxismo esa conjunción minimalista de ritmo y ruido sin tregua para el oyente.

Rápidamente son condenados al ostracismo por sus coetáneos. Según explica Lanz, “en esa época íbamos bastante tremendos, en plan radical, y la escena dejó de hablarnos. Éramos más punks que los punks, así que los de la movida nos veían como bichos raros”. Desde entonces y hasta la actualidad, Esplendor Geométrico ha seguido editando discos radicalmente libres, alejados de tendencias o escenas determinadas, en total autarquía. En ellos, los gritos de Lanz son sustituidos progresivamente por extractos de arengas y discursos descontextualizados. Se ha pasado de la provocación inmediata a una mayor estilización del discurso.

De la formación inicial solo continúa Arturo Lanz. Juan Carlos Sastre dejó el grupo a principios de los ochenta, si bien colabora en el diseño de las portadas. En 1991, entra el italiano Saverio Evangelista, que conoció a Lanz al organizar la primera actuación de Esplendor Geométrico en Roma, cinco años antes. En 1993, Gabriel Riaza, convertido al islam, decidió salir del grupo. Desde su marcha, Esplendor Geométrico es un dúo formado por Lanz y Evangelista.

La peripecia personal de Arturo Lanz es realmente espectacular –de teniente del ejército español a delegado comercial en China– y suma episodios dignos de la mejor comedia del absurdo que, a la que uno se descuide, pueden eclipsar la narración de su trayectoria musical. Por ejemplo, una actuación organizada por una herriko taberna en la que, al verse rodeado de fotos de presos etarras, Lanz no dudó en afirmar, ante los atónitos ojos de los activistas asistentes, que, a un teniente del ejército como él, esas imágenes le resultaban “una provocación”.


EL ESPÍRITU BURLÓN

Lanz sigue conservando ese espíritu burlón de estar de vuelta de todo. En una entrevista que le hizo Roc Jiménez para la radioweb del MACBA, afirmó y reiteró que “el arte me la pela”. Olvídense pues de intelectualizar su propuesta, algo a lo que uno puede tender si considera que el nombre del grupo proviene de un poema del futurista Filippo Tommaso Marinetti. Lanz se encarga de dejar las cosas bien claras: “No elegí el nombre por afán intelectual, sino porque es bonito. Pero sí que es verdad que Marinetti, la vanguardia... puede hacer que la gente nos crea elitistas. Se puede dar esa interpretación, pero para desmentirla existen las entrevistas, ¿no? (risas); y el directo. Porque ahí sí te das cuenta de que de intelectuales tenemos más bien poco”.

 
ESPLENDOR GEOMÉTRICO, Autarquía de ritmo y ruido

Saverio Evangelista y Arturo Lanz.

Foto: Óscar García

 

Una actuación de Esplendor Geométrico es un derroche de energía y decibelios. Lanz engulle el micrófono y sigue berreando frases epatantes mientras los ritmos maquinales hacen temblar la sala. Se pasea, enfebrecido y sudoroso, por el escenario, cierra los ojos, agita la cabeza de forma espasmódica o se lanza sobre las primeras filas del público. Es un chamán en trance que utiliza como herramientas de conocimiento el volumen, el ritmo y la distorsión. El directo es su espacio natural: “Por supuesto, sí, prefiero el directo a los discos. Te escuchas bien porque hay potencia, pero además es que me lo paso teta. En directo rompemos esa imagen de la música electrónica como algo frío; al contrario, es una experiencia absolutamente física, somos casi como un grupo de rock” (risas). Lanz es el absoluto antiestrella, el hombre sin imagen. Sale al escenario vestido de forma neutra, sin elementos que puedan adscribirlo a tribu urbana alguna. Por eso sorprende todavía más la enorme carga física de sus conciertos. En ellos parece como si el espíritu de la animalidad lo hubiera dominado.

“No escucho mucha música. Me bajo podcasts de Radio 3; música brasileña o jazz, para trabajar o relajarme; música de baile, para correr. No tiene nada que ver la música que hago con lo que escucho. Es que si escuchara grupos que hacen lo que yo, me volvería loco, no me apetece. De hecho, no escucho ni lo que he hecho yo”
(Arturo Lanz)

La larga trayectoria de Esplendor Geométrico le ha permitido ver evolucionar a su público. La entrada de la electrónica provocó la renovación de su audiencia, del intelectual al hedonista: “La gente que va ahora a nuestros conciertos es más abierta, se acerca a este tipo de música con la intención de disfrutar y sin ideas preconcebidas, igual que haces en la discoteca, para bailar y pasártelo bien”.


LA FUNCIÓN DE LA MÚSICA

A Lanz no le interesa la música sin función, la música por la música. Y no se considera encuadrado en la escena industrial. Para él, sus temas son “folclore” o “música tribal” del siglo XXI. Cuando le cito las reflexiones de Eloy Fernández Porta sobre lo primitivo como nostalgia o necesidad de huir de la modernidad, Lanz afirma que “mi música, al igual que la tribal, lo que yo entiendo por eso, tiene una función. No es únicamente el goce de escucharla, sino que hay un objetivo que en muchos casos es el de la concentración, no pensar en nada más. Eso es lo que pretendo cuando hago música por las noches”. Sus temas apelan a “lo más primitivo; es algo muy simple y que llega muy fácilmente porque esa parte animal la tenemos todos, es el primitivismo que existe en nosotros”. Esa defensa del primitivismo le hace llevar la contraria cuando se le considera un precursor: “Moderno no me considero mucho, la verdad, aunque, quizá, cuanto más heterodoxo eres, más moderno”.

Autodidacta, sin formación musical, no está seguro de si se puede definir lo que hace como música: “No sé componer melodías, aunque me gusta escucharlas en grupos como Kraftwerk. En cierto modo, lo que hacemos también tiene algún aspecto melódico. La repetición de secuencias de voces, de la entonación, se puede ver como una melodía”.

Lanz defiende el azar en la creación, esa imprevisibilidad que ha perdido espacio en la era digital: “Con el ordenador puedes modificar todo lo que quieras. Antes, en cambio, lo hacías una sola vez y no podías cambiarlo, y me gustaba más así. El peligro ahora es sobreproducir, por lo que intento no manipular en exceso lo que hago”.

Como en los tiempos de la movida, Lanz sigue siendo una isla: “No escucho mucha música. Me bajo podcasts de Radio 3; música brasileña o jazz, para trabajar o relajarme; música de baile, para correr. No tiene nada que ver la música que hago con lo que escucho. Es que si escuchara grupos que hacen lo que yo, me volvería loco, no me apetece. De hecho, no escucho ni lo que he hecho yo”.

Lanz, que años ha recitaba aquello de “Destrozaron sus ovarios”, afirma que vivimos tiempos más restrictivos que en su juventud: “Ahora debes ser políticamente correcto; de lo contrario, te meten en la cárcel. Tienes que seguir el patrón intelectual que te marcan, pagar a miles de oenegés... Tienes que ser de izquierdas, tienes que ser feminista.‘Tienes que’, siempre ‘tienes que’. Solo hay un perfil aceptado. Lo que nosotros hicimos en su día sería imposible ahora; estaríamos en la cárcel. Nuestra sociedad es muy mojigata en la actualidad y le falta sentido del humor”.

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