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FERNANDO ALFARO, Crisis permanente

“He llegado a estar haciendo ejercicio por la mañana y llamar a un camello desde el gimnasio para pillar por la tarde. No me puede extrañar que Surfin’ Bichos se escucharan en lugares tan diferentes como en la cárcel y en los seminarios. A lo largo de mi vida me he aproximado demasiado a los límites”.

Foto: Alfredo Arias

 
 

ENTREVISTA (2011)

FERNANDO ALFARO Crisis permanente

Con “La vida es extraña y rara” (2011), Fernando Alfaro inició una nueva aventura en su ya dilatada vida artística. Con producción de Raül Fernández (Refree), las canciones de este álbum nos lo presentaban más introspectivo pero igual de inspirado que siempre. Entrevistado por Víctor Lenore, Fernando nos habló aquí, entre otras muchas cosas, de sus letras, siempre inquietantes.

“Me llamo Fernando Alfaro, nací en Albacete en 1964. La única persona que tocaba música en mi casa era mi hermana mayor, que hizo todos los cursos de guitarra clásica. Un día le pedí que me enseñara a tocar y a los diez minutos me dijo que jamás podría aprender. Entonces me dediqué a estudiar por mi cuenta, con libros de partituras de los Beatles y de Simon & Garfunkel. También recuerdo haber puesto bastante a Raphael”.

“De los Beatles y de Elvis Presley he llegado a ser un fanático, hasta el punto de decir: ‘Hay dos tipos de música: la de Elvis y el resto’. Pero no te hablo de cuando era pequeño, ni siendo víctima de un delirio adolescente, sino ya con veintimuchos años. Elvis me parecía de otro planeta”.

“La música de la Velvet Underground me cambió la vida. Lo primero que escuché fue ‘White Light/White Heat’. Estaba fumando porros en casa de unos amigos y no dábamos crédito. Oíamos mucho rock, pero ese disco no sonaba normal. Empecé a investigar y compré el del plátano en la portada. Me impactó que los mismos compositores pudieran hacer canciones tan radicalmente distintas como ‘European Son’ y ‘I‘ll Be Your Mirror’. Yo también quería poder hacerlo todo. En mis discos siguen estando presentes esos extremos. También en mi vida. El disco me trajo consecuencias personales, que es

algo normal cuando eres joven. Yo tenía 16 o 17 años y en esa época se idealizaban las drogas, sobre todo la heroína. Es una etapa vital en la que no sabes bien quién eres y buscas modelos de identificación. Por supuesto, es peligroso, pero también me cambió la vida para bien porque en la Velvet encontré un norte al que mirar cuando estaba perdido”.

“Mi forma de ser siempre ha sido muy extrema. También lo era mi vida de entonces. He llegado a estar haciendo ejercicio por la mañana y llamar a un camello desde el gimnasio para pillar por la tarde. Esto fue hace ya tiempo. No me puede extrañar que Surfin’ Bichos se escucharan en lugares tan diferentes como en la cárcel y en los seminarios. A lo largo de mi vida me he aproximado demasiado a los límites. Hablo sobre todo de mi carácter, pero supongo que también de mi situación personal en aquella época”.

“Yo estudiaba la carrera de Derecho, que me parecía un mundo gris, horrible y kafkiano. Me escapé en 1987, que es un año en el que compuse un montón de material. Empecé a hacer canciones por comparación. En la década de los años ochenta ponía Radio 3 y pensaba: ‘Yo puedo hacerlo mejor que la mayoría de estos grupos que están sonando aquí’”.

 
 
FERNANDO ALFARO, Crisis permanente

“Por muy alternativo que seas, tienes que hacer y sentir el amor. Hay canciones de grupos de chicas de los sesenta que arrasaron en la radio y que muestran un odio, desprecio y rencor por sus exnovios mucho más intenso que muchos artistas malditos y retorcidos”.

Foto: Alfredo Arias

 

Tu nuevo disco, “La vida es extraña y rara” (Marxophone, 2011), tiene una portada inquietante, donde sales cayendo al vacío. ¿Es la famosa crisis de los 40? Yo estoy en crisis desde que nací. La idea de caer al vacío viene de un cuadro que hice durante un proceso de terapia o rehabilitación. Había unos talleres y decidí pintar un detalle de “La estación de Perpignan”, de Dalí. La portada está un poco cambiada: los diseñadores le dieron un punto Frank Miller o Robert Crumb.

Insisto en lo de la crisis. El arranque del disco, “Extintor de infiernos”, es una de las letras más duras que has escrito. La hice una noche de crisis total. Me salió de un tirón. No tenía ni siquiera una guitarra a mano, pero compuse la letra entera, y luego la melodía, todo menos los acordes. Vivía una situación grave, pasé varias noches y varios días metido en un hotel, aunque recuerdo estar siempre despierto por la noche. Tenía la sensación de que o tiraba para adelante o mejor terminaba ya con todo. Fue una pequeña convivencia con la muerte. Nunca le he tenido respeto pero sí miedo. Soy un poco mexicano en estas cosas. No quería frivolizar, pero hay humor negro en la canción, partiendo ya desde el título. Trata sobre la muerte, claro. Esa noche la tenía especialmente cerca. Lo curioso es que terminar de hacerla fue un momento supervital. Componer es una negación de la muerte, porque además pretendes dejar huella, pervivir de alguna manera y que no te olviden.

Hay letras del disco que hablan de tensiones y rupturas sentimentales. Por ejemplo: “Camisa hawaiana de fuerza”. Es el conflicto clásico del chico que quiere más libertad y la chica un mayor compromiso, ¿no? Yo rizaría más el rizo: el protagonista quiere libertad y atarse al mismo tiempo. El amor siempre te mete en algún tipo de locura y por eso pensé en la camisa de fuerza. Lo de hawaiana es porque me imaginaba a un hombre maduro, con barriga y botella, retirado en su isla de Elba particular. Napoleón es como el símbolo de los locos, al menos en los tebeos. El amor casi siempre es una contradicción.

Canciones como esa me hacen pensar que es mucho más sencillo hacer música alternativa que letras alternativas. Los conflictos emocionales del pop comercial son muy parecidos a los que plantean los artistas llamados de culto. Es que somos humanos. Yo me alegro de serlo. Lo único a lo que aspiro es a contar las mismas cosas de una forma diferente. Por muy alternativo que seas, tienes que hacer y sentir el amor, que es algo que te causa los mismos problemas que al resto. Hay canciones de grupos de chicas de los sesenta, que arrasaron en la radio, que muestran un odio, desprecio y rencor por sus exnovios mucho más intenso que muchos artistas malditos y retorcidos. Ya que dices esto, yo creí que esta vez estaba haciendo un disco muy loco y un día Raül Refree (encargado de la producción) me comentó que le parecía muy romántico, lleno de amor. Seguramente tiene razón. Tampoco me molestó, porque esa es mi situación real ahora mismo. No hay nada peor que una canción romántica que no sea de verdad. De esas, en las radiofórmulas encuentras a patadas.

Ahora que tienes una perspectiva larga, me interesa saber qué opinas de la escena independiente en España. Los grupos de mi generación tuvimos que iniciar todo el circuito de salas que luego, más o menos, se ha consolidado. Digo esto porque muchas veces se nos ha achacado una cierta falta de ambición. Había que tener muchas ganas para tocar en los sitios que tocamos, viajando en furgoneta por autovías, porque aún no había autopistas. No era ambición lo que nos faltaba. Más que ser indies, los grupos en los que he estado coexistíamos con el indie. Mercromina sí que asimilaron mejor esa etiqueta, mientras que a Chucho les salían sarpullidos cuando les llamaban indies. El abanico de influencia de cada uno en el grupo era distinto y muy amplio. Además, estuvimos en una multinacional toda nuestra carrera. Yo me identifico con el indie, pero con el estadounidense. Es como si Surfin’ hubiéramos aterrizado con un ovni en Albacete. Nosotros escuchábamos a Hüsker Dü, Nick Cave, los Cramps, Gun Club y Robyn Hitchcock, además de mucha música tradicional norteamericana. La música indie española de aquella época era más homogénea; ahora, esos mismos artistas hacen cosas mejores. Me refiero a Chinarro, Nixon, Single y otros que se me olvidan. Esa sensación de uniformidad del primer indie es lo que espantaba a Chucho. De hecho, parte del carácter del grupo era una indeterminación de elementos diversos, unidos por el hecho de que las canciones eran mías. A Javi le gusta el black metal y Carlos escuchaba hip hop, que no tenía que ver con lo que hacíamos, pero le daba profundidad.

Hace poco decías una frase que me llamó la atención: “Todos estamos expuestos a un gran número de influencias, incluso la publicidad”. La mayoría de la gente no somos conscientes de cómo afecta a nuestras vidas esa avalancha sonora. ¿Se te ocurre algún ejemplo concreto? Quien más quien menos se pasa un número enorme de horas oyendo spots publicitarios. Seguro que esa música me ha marcado de alguna manera. Cuando los periodistas preguntan por las influencias, habría que decir: “No estoy seguro en cuanto a grupos, pero de la música de la publicidad, seguro”. Yo tengo alguna consciente, por ejemplo en el título, que saqué de aquella campaña de Aquarius que tenía el eslogan “la vida es extraña y maravillosa”. Juntar esos dos adjetivos me pareció inhumano. Vale, puede que algo sea extraño y a la vez atractivo, pero el adjetivo “maravilloso” siempre me ha parecido un espanto. Sobre todo desde que me contaron el chiste donde dos “chonis” confunden “maravilloso” con “me suda el shosho”. Ahora cada vez que alguien dice “maravilloso” me pongo a pensar en Belén Esteban.

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