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FERRAN PALAU, La muerte y la rima

Desde otro tiempo.

Foto: Marta Busquets

 
 

ENTREVISTA (2012)

FERRAN PALAU La muerte y la rima

El cantante y compositor de la mitad del repertorio de Anímic debutó en solitario con un disco de cautivador eco atemporal. En “L’aigua del rierol” se reflejan muy profundas emociones y flotan versos de exquisita precisión que podrían haber sido escritos siglos atrás. Como lo grabó en un día, se refiere a él como “una canita al aire”. Nando Cruz lo entrevistó.

Primero, una aclaración sobre el concepto comuna que tanto se ha asociado a los catalanes Anímic. Vivir todos en la misma casa, como hicieron hasta hace un año, no solo implica compartir techo, sino también compartir unas vivencias. Por eso, cuando Louise Joanne Sansom o Ferran Palau escriben una canción, los demás componentes saben perfectamente qué sentimiento la ha motivado e incluso lo comparten. Cualquier emoción que transmitan los discos de Anímic ha sido vivida y consensuada en el seno del grupo.

“Cuando canto en Anímic, cantamos todos. Louise y yo escribimos las letras, pero decidimos los conceptos filosóficos entre todos. Tenemos muy interiorizado el sentimiento de comunidad; que no comuna hippy. Somos un círculo muy sólido. Noto que entienden las letras y las viven; forman parte de ellas”

En 2011, entrevistando a Anímic a raíz del fúnebre “Hannah”, Palau aseguraba que nunca aportaría al grupo una letra que no pudiese compartir con el resto de miembros. El otro día, desayunando, insistía en ello. “Cuando canto en Anímic, cantamos todos. Louise y yo escribimos las letras, pero decidimos los conceptos filosóficos entre todos. Tenemos muy interiorizado el sentimiento de comunidad; que no comuna hippy. Somos un círculo muy sólido. Noto que entienden las letras y las viven; forman parte de ellas”.

“L’aigua del rierol” (Amniòtic, 2012) bebe de esas canciones que Palau no veía claras en Anímic y otras que compuso en dos semanas. Las grabó todas una mañana de abril en casa de su primo Jordi Matas y luego este las vistió con banjos, tubas, chelos... Vince Mendoza –arreglista del sinfónico “Travelogue” (2002) de Joni Mitchell– y Robert Kirby (escudero de Nick Drake) han sido dos de sus faros. Ah, y la foto de la portada está tomada junto a la tumba del autor de “Bryter Layter”.

Aquí, este catalán de 29 años sí incluye canciones inspiradas en su viaje de bodas o en su paternidad. Otras, de resonancia poética más elevada como “Al monestir” y “La mel i el rusc”, ya tutean a grandes de la lengua catalana como Lluís Llach y Roger Mas. No obstante, que nadie se deprima si al intentar descifrarlas acaba perdido en un laberinto. “¿Sabes cuando, en un sueño, la persona que estaba a tu lado desaparece, pero no te sorprende? Mis letras son un poco así. Escribo una frase dedicada a mi padre, aunque luego igual sigo hablando en femenino. Intento seguir una idea abstracta global, pero sin mucho encorsetamiento. Soy muy empanado. Paso muchas horas del día pensando”, reconoce, mientras explica que muchas letras nacen de unir frases sueltas y aparentemente inconexas.

Tu obsesión por las rimas consonantes y precisas es exagerada. ¿Tiene algún origen? No leo. No tengo referentes literarios. Soy disléxico y me cuesta mucho concentrarme en la lectura. Sin embargo, sí tengo obsesión por las palabras. Soy muy pesado con el ritmo y las rimas. Todo tiene que encajar.

¿Un disléxico obsesionado por las rimas? De niño, sacaba insuficiente en todo excepto en gramática, en la que sacaba notables. Mi padre dice que de pequeño empecé muy pronto a hablar como una persona.

 
FERRAN PALAU, La muerte y la rima

“Soy disléxico y me cuesta mucho concentrarme en la lectura. Sin embargo, sí tengo obsesión por las palabras. Soy muy pesado con el ritmo y las rimas. Todo tiene que encajar”. Foto: Marta Busquets

 

Será que escuchas mucho. Compones más como alguien que observa y no como alguien que habla constantemente. Soy más observador que participativo. Y no recuerdo haber jugado nunca. Con 9 años era muy fan de “Viernes 13” y “Pesadilla en Elm Street” y me pasaba el día haciendo maquillajes de látex. Me lo tomaba como un oficio. No sé jugar al parchís o las damas, pero cuando hacíamos cabañas, sí me lo tomaba en serio. No era un juego: era una construcción. Una cabaña queda allí. Y un disco también queda.

Tus canciones, como las de El Petit de Cal Eril o Isaac Ulam, apelan a sentimientos que remueven muy dentro. Emociones serias y profundas. Hay algo de limpieza espiritual en las canciones. No es que tenga motivos para ser depresivo, aunque, posiblemente, si no expulsase ciertas cosas, se me quedarían dentro y tendría esa sensación que he visto en otra gente de “no me pasa nada malo, pero no estoy bien”. Yo puedo desahogarme haciendo canciones y si, además, llegan a la gente, tienes la sensación de ser útil.

“Me atraen mucho los músicos que solo tuvieron éxito después de su muerte. ¡Y no sé por qué! Nick Drake, Skip Spence, Jeff Buckley... Quizá me siento identificado con ellos porque hago música que atrae a poca gente. O quizá tengo la esperanza de que, una vez muerto, alguien diga: ‘¡Era la hostia!’. Reconozco que es un deseo casi infantil”

¿Te preocupa que tus canciones no sean útiles? Esa sensación existe y nunca desaparece. ¿Cómo sabes que la música sirve para algo?

En tus letras apenas hay rastros del presente. Más que no tener un nexo con el presente, no lo tienen con ninguna época. Mi música es tan básica que no tiene estilo. No sé ni si se podría llamar folk. E intento usar palabras que no se vinculen con una época concreta. Diría arroz, pero no pizza.

¿Por qué tienes esa obsesión por la atemporalidad? Es mi máxima aspiración como artista. Mi misión es dejar en herencia canciones al mundo. Intento buscar esa canción que sobreviva a todo lo que hay y a todo lo que vendrá.

Pero ¿por qué sientes ese deseo tan elevado? Me atraen mucho los músicos que solo tuvieron éxito después de su muerte. ¡Y no sé por qué! Nick Drake, Skip Spence, Jeff Buckley... Quizá me siento identificado con ellos porque hago música que atrae a poca gente. O quizá tengo la esperanza de que, una vez muerto, alguien diga: “¡Era la hostia!”. Reconozco que es un deseo casi infantil. Y un poco tonto.

Dominique A dice que la carrera de todo músico es una preparación para ser juzgado una vez muerto. Alguna vez he fantaseado con el suicidio. No porque quiera morir, sino para ver si la gente entonces dice: “¡Ese tío hacía canciones de puta madre!”. ¡Pero si me muero no lo veré! De todos modos, tengo una visión de la muerte como algo precioso, luminoso, embriagador. Es fantasía pura. Y luego hay esa curiosidad, claro: “¿Qué es morirse?”.

Pero si dices algo así, la gente te mirará mal. Es una cuestión social. Hay culturas con una visión más divertida de la muerte, como en México. Aquí, cuando muere alguien, la mujer ha de vestir de negro toda la vida. Pero ¿de verdad es necesario? ¡Igual lo podríamos convertir en un festival!

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