Y echando un vistazo a un catálogo en que conviven las brumas atmosféricas de Balago, el pop artesanal y chatarrero de Emilio José, el slowcore a cámara lentísima de Úrsula, la retorcida canción de autor de Marina Gallardo y el pop oscuro de Blacanova, uno se pregunta qué diablos debe tener un grupo, más allá de hacer música fuera de la norma, para llamar la atención de la discográfica. O, mejor dicho, de Campillo, que es quien decide lo que entra y lo que no. “Simplemente, que sean grupos con sensibilidad y buen gusto –aclara–. Sé que nunca voy a sacar un grupo ‘clásico’ de pop o de rock. De hecho, no puedo sacar todo lo que me gustaría, pero no es lo mismo trabajar con un grupo de pop que necesita grabar en un estudio que con Balago o Emilio José, que se lo graban en casa con el ordenador”.
“Más que como sello, me veo como una plataforma para grupos que suelen ser los últimos de la cola”, apunta Marc. Se ve tan poco como un sello al uso que confiesa no tener contrato discográfico con sus grupos. “Quizás suene demasiado romántico, pero es así”. Lo que sí que tiene es contrato editorial, en el que, asegura, está gran parte del negocio de la industria musical. “La música empaquetada está muerta –insiste–, por lo que ahora todo el mundo tira hacia el ‘management’ o los derechos editoriales”.
Siguiendo esa filosofía y tras publicar algo más de una treintena de referencias, sus grupos parecen haberse especializado en abrirse huecos en el mercado audiovisual –“rara vez estamos en festivales, por lo que las películas y los documentales nos sirven de plataforma”, explica–. Ese es el camino, y por lo que respecta a Campillo sobre el futuro, él mismo arroja la idea de que no será de los que lloren el día que la industra discográfica se vaya definitivamente a pique. “Tal y como lo tengo montado, la industria me da lo mismo. Parece que ahora la gente lo quiere todo cuanto más masticado mejor, que todo sea McDonald's y H&M, por lo que me da bastante igual lo que pase a nuestro alrededor”, asegura. 