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GIL SCOTT-HERON, Limbo, purgatorio, altares

El poeta de Chicago.

Foto: Mischa Richter

 
 

ARTÍCULO (2010)

GIL SCOTT-HERON Limbo, purgatorio, altares

Gil Scott-Heron, el Dylan negro, murió el 27 de mayo de 2011. Había vuelto un año antes después de pasar dieciséis a la sombra. Su inesperado álbum “I'm New Here” (2010), que lo puso de nuevo de actualidad, fue una sorpresa mayúscula. Este es el artículo que publicamos a raíz de su actuación en Madrid el 5 mayo de 2010, doce meses antes de su muerte. “Anoche tuve un sueño: voy a producir y publicar en mi sello indie un disco para el retorno del Dylan negro, del padrino del rap, el que nos anunció que la revolución no iba a ser televisada”, debió de pensar Richard Russell, dueño de XL, el hombre que apostó por él. Y “I’m New Here” fueron veintiocho minutos de gloria rediviva para un mito ausente tres lustros que prefirió tirar de historial en su paso por España. Ramón Fernández Escobar escribió la semblanza de este mito de la cultura negra sin saber que estaba diciéndole adiós a uno de los más grandes.

Un metro noventa y tantos, que por algo compartió canastas de niño con su vecino Kareem Abdul Jabbar, y aparente buen aspecto debajo de la gorra. Con nuevo disco tras dieciséis años, la resurrección de Gil Scott-Heron, hecha carne, sobre el escenario del Joy Eslava madrileño.

O el club del humor. Pues el hombre del verbo afilado demuestra enseguida por qué la sátira le diferenció de otros músicos comprometidos como Marvin Gaye y Curtis Mayfield. Un puñado de chistes para propiciar la atmósfera: sobre una supuesta desaparición de internet o sobre el “indian summer”, tanto da. Antes de desplegar esa voz cascada, pero aún suficientemente cálida, y cierta modestia a propósito de su impericia con el piano eléctrico: “Ahora ya lo toco mejor”.

“Claro que soy político: pago mis impuestos y quiero saber qué recibo por ellos”

¿Fingía inseguridad a las teclas? No es eso: en su esplendor en los setenta tuvo siempre a un virtuoso a su lado, el pianista y compositor Brian Jackson (llegaron a firmar varios discos a dúo). Gil cree en la firmeza para paliar lagunas: sigue pensando, por ejemplo, lo mismo respecto a sus admiradores del hip hop (en 1994 les leyó la cartilla con la pieza de spoken word “Message To The Messengers”): conviene, como hizo él en plan autodidacta, “que aprendan lo más posible de música para saber dar indicaciones al instrumentista de turno”.

Scott-Heron no fue en Madrid a la prueba de sonido, solo su banda: nada que no encaje con la leyenda de hombre de espaldas al reloj. Lo que asombra más es que apenas interpretara un tema de “I’m New Here” (XL-Popstock!, 2010): su versión del “I’ll Take Care Of You” escrito por Brook Benton para Bobby Bland. Aunque un vistazo a sus declaraciones en semanas previas ya lo anticipaba: “Las canciones nuevas las tocaré cuando, con el tiempo, las vaya pidiendo la gente; nunca intento crear una falsa demanda”. ¿Dónde está el osado estudiante que tras dos años abandonó la Universidad de Lincoln para escribir su primera novela, sin saber si se la iban a publicar? ¿O el decidido veinteañero que, con solo un par de composiciones, se ofreció a Bob Thiele para su recién estrenado sello, sin importarle que este hubiera sido productor de Louis Armstrong o John Coltrane? Gil acaba de cumplir los 61.

El poeta de Chicago se incomoda, por lo que se desprende de sus últimas entrevistas, cuando le insisten demasiado con la copla de su conciencia política. Siente que tanta mención al activismo musical oculta buena parte de su obra: esos baladones llenos de esperanza (“I Think I’ll Call It Morning”, “A Very Precious Time”, “A Lovely Day”, “Beginnings”); o, simplemente, toda su mirada de tinte más bien social. “Claro que soy político: pago mis impuestos y quiero saber qué recibo por ellos”, no se cansa de repetir con sorna. Desde luego, el nuevo álbum va de otra cosa: reflexión introspectiva, en su mayoría, e incluso referencias a su vida y su familia.

Y para difuminar aún más el perfil combativo, revuelo entre parte de los fans por el anuncio de un bolo para el pasado 25 de mayo en Israel. La presión de un grupo creado en Facebook, con once mil adhesiones, precedió al anuncio de la cancelación. Lo hizo el propio artista desde el escenario del Royal Festival Hall londinense, poco antes del final de su show: “La gira europea concluirá en Atenas, no en Tel Aviv. Allí cantaré cuando todo el mundo sea bienvenido”, dijo. Todavía le debían zumbar los oídos por las continuas alusiones en la red al que fue en 1976 uno de sus temas de mayor repercusión, “Johannesburg”. Sobre el apartheid, claro.

 
GIL SCOTT-HERON, Limbo, purgatorio, altares

En Joy Eslava, Madrid (5/5/2010).

Foto: Juan Pérez-Fajardo

 

Otra cosa que molesta a Scott-Heron es que se emplee el término “desaparecido” para referirse a sus últimos tres lustros. Hasta el punto de vacilar al personal con sus superpoderes (“no sabía que los tenía”) cuando se lo sueltan. Insiste en que podía haber grabado en cualquier momento, porque hay un estudio cerca de su casa en Nueva York. Pero ni se lo planteó, según él, dado lo muy ocupado que estaba escribiendo un libro y organizando las reediciones de sus discos de los setenta en su etiqueta, Rumal-Gia (los nombres de dos de sus hijos). En sus estancias en la cárcel a partir de 2001 (posesión de cocaína y ruptura de la libertad condicional al abandonar un centro de rehabilitación) prefiere detenerse lo menos posible, con buena lógica: busca pasar página.

Los álbumes llevan cuidadosamente reeditados, con temas extra, desde 1998. Y el libro en cuestión se llama “The Last Holiday”: recoge, además de sus experiencias, los esfuerzos de Stevie Wonder por conseguir que la fecha de nacimiento de Martin Luther King se convirtiera en fiesta nacional (lo es desde 1986). Gil y su banda participaron como teloneros en la gira para tal fin por Estados Unidos del ex niño maravilla de Motown. Bob Marley renunció in extremis, al serle detectada su enfermedad en 1980, y Scott-Heron accedió a multiplicar sus fechas. Luego, se conoce que no paró de tomar nota.

“Al principio era muy suspicaz con el tema de los sampleados, pero ahora ya no tengo problema

Enero de 2011 aparece como la fecha de publicación para “The Last Holiday”, tras un gatillazo en 2003 (quizá por las tribulaciones legales de Gil). Correrá a cargo de Canongate Books, cuyo editor, Jaime Byng, responsable de que “The Vulture” y “The Nigger Factory”, las dos novelas juveniles de Scott-Heron, regresaran a la luz en 1996, resultó vital para el retorno del artista. A él acudió Richard Russell, el pimpante dueño del sello londinense XL (Radiohead, The White Stripes, M.I.A.), para que intermediara, pues Gil es el padrino de su hijo. Richard quería grabar un disco al mito y visitarle entre rejas.

Junio de 2006. Russell y Scott-Heron, frente a frente en la prisión de Rikers Island, en Nueva York. El recluso no conocía XL, aunque sí le sonaban un par de sus artistas; al británico le impresiona el buen ánimo de Gil en medio de tanta desolación. Las sesiones comienzan en 2007 y cobran ritmo durante el año previo a la salida del álbum. “No podía evitar al principio la aprensión por mi falta de experiencia”, confiesa sin cortapisas el británico. Nunca había producido un disco completo, sino cortes sueltos y remezclas. Ni se nota: su minimalismo, tanto electrónico como acústico, le cae fetén al barítono agridulce y rasgado del estadounidense.

Russell  le ha puesto detrás hasta dubstep a lo Burial (“Your Soul And Mine”) y Gil ha descubierto así los discos de este. La guitarra acústica abre el tema que titula el álbum, un cover de Smog. Scott-Heron nunca ha sabido si lo de llamarlo “I’m New Here” es una coña de Russell o una apelación a los nuevos oyentes que se acerquen al resucitado. Tanto “Me And The Devil”, de Robert Johnson, como “New York Is Killing Me” provienen de asomarse al pozo del blues: la segunda en realidad iba a ser “Jackson, Tennessee”, de John Lee Hooker, pero Gil prefirió darle una vuelta y escribir un tema nuevo, que habla sobre los placeres del sur. En Tennessee, junto a su abuela, vivió el músico sus primeros años, tras separarse sus padres, un futbolista jamaicano, primer negro en vestir la camiseta del Celtic de Glasgow, y una universitaria.

A la abuela, que le leía de niño las columnas del poeta Langston Hughes, luego su ídolo, y a las otras mujeres de la familia les dedica “On Coming From A Broken Home (Parts 1 And 2)”, un poema suyo musicado. En él incluye un sample de Kanye West, con lo que le da la vuelta a una de sus constantes: ser sampleado por todo bicho viviente del hip hop. Ya lo dijo en su concierto en Madrid, después de interpretar “Winter In America”: “Al principio era muy suspicaz con estos asuntos, pero ahora ya no tengo problema”. Y empezó a citar raperos actuales, entre ellos West, aunque la palma se la llevó Common: “A young brother I really like”, zanjó.

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