Muchas veces te han descrito como un hippie. Por ejemplo, en el libro “Our Band Could Be Your Life” (2001), donde Michael Azerrad dice que parecías “salido de San Francisco en 1967 más que de Nueva York en 1977”. ¿Estás de acuerdo? Me parece una forma fácil de etiquetar a la gente. En 1981 yo vivía rodeado de punks. Entonces empecé a rebelarme contra estos presuntos rebeldes. De ahí la etiqueta de hippie, que es la que le colgaban a todos los que no entraban en sus esquemas mentales. Los punks querían ser diferentes. Yo buscaba un camino propio. Ambas cosas pueden coincidir, pero no son lo mismo. Un corte de pelo raro y un cierto tipo de ropa te garantizan ser diferente. Lo otro es más complicado.
¿Cómo es la rebeldía que buscas? Hoy pienso mucho en los punks viendo la escena artística de Nueva York. Muchos se definen como anarquistas, pero practican una disidencia superficial, cuyo único objetivo es distinguirse de la generación anterior para hacerse un hueco en el mercado. La mecánica es conocida. Si los punks se afeitaban, ellos se dejan barba. Si los punks llevaban cuero negro, ellos usan cuero blanco. A lo largo de mi carrera en solitario, nunca he intentado romper con Hüsker Dü. Más bien busco hacer lo mismo, pero de otra manera. En vez de música alta y rápida, utilizo el silencio, la delicadeza y las emociones contenidas. Una canción brutal ya no incomoda a nadie, pero si tiras por el otro extremo hay gran parte del público al que le cuesta soportarlo. Se inquietan.
Eso me recuerda una frase tuya sobre Hüsker Dü: “A veces echaba de menos la sutileza. El grupo cogía una nana y la convertía en una canción para ‘strippers’”. ¿Pasaba mucho? Creo que me refería a una sola canción, “Flexible Flyer”. En todo caso, suena a frase fuera de contexto o que el entrevistador ha forzado con el enunciado de la pregunta. Cualquier grupo que dura once años va a tener un montón de conflictos. No hace falta que venga un periodista a fomentarlos.
Supongo que tienes razón. Tengo aquí media docena de entrevistas tuyas y en todas el titular habla de una pelea en Hüsker Dü. De hecho, pensaba preguntarte por cómo fueron los buenos tiempos... Para mí el mejor período fue el principio. Con el paso del tiempo, nos pusimos en una situación muy complicada. Los asuntos del grupo no nos afectaban únicamente a nosotros tres, sino también a otras personas, que dependían económicamente del grupo. Llegamos a tener cuatro empleados. Eso es difícil para un artista, porque entonces hay que llevar una rutina, que suele ser enemiga de la creatividad. La situación te va erosionando. Empezamos a escuchar ideas de gente que cinco años antes nunca habríamos tomado en serio. Me refiero a ejecutivos discográficos. Cuando nos dábamos la vuelta llamaban a los promotores locales para decirles que no nos programaran con grupos punk, sino con bandas felices tipo radiofórmula. Entonces lo peor de cada campus comenzó a acudir a nuestros conciertos.
¿Lo peor de cada campus? Sí, ya sabes, los miembros del equipo de fútbol que se meten con los marginados, molestan a las chicas y se emborrachan sin medida. La discográfica quería vender nuestros discos al tipo de gente que odiábamos. En el fondo, esa es la evolución que ha tenido el punk estadounidense en los últimos treinta años, con todos esos grupos punk-pop superventas. Tocábamos muy alto, pero no nos gustaban las atmósferas agresivas en los conciertos. Una cosa es saltar para sacudir tus emociones, otra empujar al vecino para quitarte las frustraciones de encima. Los ejecutivos llaman “ampliar audiencia” a meter en nuestros shows a este tipo de brutos. También empezaron a venir skinheads. Por culpa de toda esta gente, hubo que poner seguridad en los conciertos. Me ponía triste ver a unos gorilas controlar a nuestros fans de siempre. Te haces punk porque odias al capitán del equipo de fútbol y acabas pagándole para que monte un cordón de matones que te separe de la gente que aprecias.
¿Cuál es tu disco favorito de Hüsker Dü? “Metal Circus” –editado en 1983–. Fue justo el momento antes de que empezáramos a hacer pequeñas concesiones. En cierto modo, al entrar en la industria, tuvimos una situación tipo Fausto. Nos decían cosas como “si firmas conmigo, el año que viene estarás tocando para el doble de gente”. No pienso que ninguno de nosotros fuera el diablo, pero nunca se echó el cerrojo de la puerta por donde entra Mefistófeles.
En “Hot Wax” (2009), tu último álbum, hay una letra muy explícita. Me refiero a “Narcissus Narcissus”. Suena a ajuste de cuentas con Bob Mould. Las últimas palabras dicen: “Llámame cuando te mueras”. Me parece obvio que el narcisismo es uno de los grandes problemas contemporáneos. En la canción estoy hablando directamente a alguien que creo que cae en eso. Además, analizo el malestar que este tipo de personas genera a su alrededor. Recuerdo que escribí un montón de estrofas. Luego, como siempre, decidí acortarlo. Por muchas referencias que haya al grupo en esa letra, cualquiera puede identificarse con la frustración que generan esta clase de actitudes.
¿Qué te parece que haya tantas ganas de ver otra vez a Hüsker Dü encima de un escenario? Toda esta moda de las reuniones me suena a crisis de los cuarenta. La gente corriente pasa por eso en privado, y estos grupos lo exhiben ante miles de espectadores. Los conciertos de Hüsker Dü eran muy intensos. Escuchando algunas grabaciones, noto que Bob Mould y yo estábamos tan pendientes de eclipsar al otro que se creaba una tensión que beneficiaba al grupo. Otras veces me entristece: pienso en la enorme cantidad de tiempo y energía que tuve que gastar en conflictos extramusicales. Nos separamos en el momento justo. Nuestro último trabajo de estudio, “Warehouse: Songs And Stories” –editado en 1987–, es bastante mejorable. Queríamos sacar un disco doble y pusimos la cantidad por encima de la calidad. Me temo que el siguiente álbum hubiera sido peor. No estábamos en las mejores condiciones para afrontar un momento delicado: la explosión comercial del rock alternativo. Me da miedo el tipo de decisiones que hubiéramos podido tomar. 