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HANS LAGUNA, Un indie en la India

Hans Laguna recibiendo las enseñanzas de Umakant Gundecha.

 
 

EN LA CARRETERA (2015)

HANS LAGUNA Un indie en la India

Hans Laguna regresó de la India tras pasar un mes aprendiendo dhrupad, un canto antiquísimo de origen religioso, y quiso explicarse en la páginas de Rockdelux (quizá para evitar suspicacias). Acogido en la escuela de los hermanos Gundecha (Umakant y Ramakant), el viajero Laguna vivió en 2015 una experiencia única con una música que cruza la emoción (pura) con la abstracción (pura). Lean aquí su diario de ruta y reconózcanle el ingenio y el humor al insigne autor de “Primeras marcas” (2012) ,“Oteiza” (2013) y “Deletrea” (2014).

Siempre he sentido bastante rechazo por quienes viajan 
a Oriente atraídos por su espiritualidad, ese cliché del encontrarse-a-uno-mismo, 
del amor universal, de los Beatles vestidos de blanco 
y con guirnaldas. Sin embargo, acabo de regresar de la India tras pasar un mes aprendiendo dhrupad, un canto antiquísimo de origen religioso. Mis amigos ya han bromeado bastante al respecto. Dejad al menos que 
os lo explique.

1. La música indostaní nunca me interesó, tan compleja, inaccesible. Pero con el dhrupad fue diferente. Me enamoré en la primera escucha. Improvisaciones vocales sobre el colchón repetitivo de la tanpura. El cantante desnuda con suma delicadeza unas pocas notas. No hay letra, solo sílabas sin significado. Ri, re, ra, na, na. Ri, ra, num, ra, na, na. Sonidos que parecen venidos de otro planeta que, al mismo tiempo, me resultan asombrosamente cercanos. La emoción pura y la abstracción pura por fin se dan la mano. Necesito saber más de esta música.

“La escuela es un internado con unos treinta alumnos. La mayoría vienen de diferentes partes de la India y están aquí por tiempo indefinido”

2. Mi primer destino es la escuela que los hermanos Gundecha, las estrellas del dhrupad, tienen en las afueras de Bhopal. En el trayecto en taxi desde el aeropuerto mi conciencia europea recibe las primeras bofetadas: un enjambre de vehículos que circulan sin respetar ningún carril, aire irrespirable y sinfonía infernal de bocinas; vacas tumbadas en medio de la carretera; adelantamiento de una motocicleta que transporta a una familia de cinco miembros, bebé incluido, todos ellos sin casco; un hombre sale de su casa cogiendo por la cola una rata muerta de dos palmos. 

3. La escuela es un internado con unos treinta alumnos. La mayoría vienen de diferentes partes de la India y están aquí por tiempo indefinido. En esta cultura, el aprendizaje artístico se concibe como una tarea incansable de perfeccionamiento a la que uno debe consagrar la vida entera. Por eso se respira tantísima paciencia y humildad. En este ambiente, incluso un completo novato como yo se siente cómodo.

4. Cuando los hermanos Gundecha llegan a la escuela, los alumnos se les acercan, se agachan y les tocan los pies como muestra de respeto. El gurú no es solo un profesor que enseña conocimientos técnicos, sino todo un ejemplo vital. ¿Os imagináis a Serrat o a Loquillo dando cinco horas de clase al día a alumnos de todos los niveles, los siete días de la semana, y sin cobrar? Eso es lo que hacen los Gundecha. Así es como funciona el sistema de educación tradicional maestro-discípulo. La entrega es total: no hay separación entre la música y la vida.

 
  • Con mis compañeros, entre Ramakant Gundecha y el Consejero de Cultura de Madhya Pradesh.

  • Con Payton MacDonald, percusionista y compositor de Nueva Jersey, tras los ejercicios matutinos.

  • Una escena habitual en las carreteras de la India.

 

5. Casi todos hemos venido para aprender a cantar, excepto un grupito que toca el pakhawaj, el instrumento de percusión típico del dhrupad (como sucede con los bateristas en el rock, los que golpean tambores aquí también son una raza aparte). No obstante, aquí conciben la música de forma más global y unitaria que nosotros. Los cantantes, por ejemplo, demuestran un gran dominio de los patrones rítmicos. Y los percusionistas tienen un oído finísimo. A las clases de canto vienen alumnos con instrumentos como el sitar, la veena o el santoor. ¿Os imagináis un conservatorio donde alguien que toca el violín recibiera lecciones de un pianista? En el fondo se trata de lo mismo: aprender a escuchar. 

“El dhrupad se canta desde la laringe, precisamente lo que cualquier profesor de canto occidental te prohíbe hacer. Nunca fui un gran cantante, así que no tengo mucho que desaprender”

6. Es el final de monzón. Hace un calor pegajoso interrumpido por lluvias de unos pocos minutos o varias horas. Esplendor de moscas, mosquitos, avispas y libélulas del tamaño de una croqueta. En la escuela la comida es vegana porque así lo manda el jainismo, la religión de la familia Gundecha. Arroz con verduras para desayunar, para comer y para cenar. Me sorprende comprobar lo bien que llevo la falta de carne en mi dieta. Me gustaría poder decir lo mismo de la falta de cerveza.

7. El dhrupad se canta desde la laringe, precisamente lo que cualquier profesor de canto occidental te prohíbe hacer. Nunca fui un gran cantante, así que no tengo mucho que desaprender. No le sucede lo mismo a una compañera húngara, una soprano profesional que canta como los ángeles, pero que suda tinta con esta técnica de voz. Verla en apuros me proporciona un perverso placer.  

8. Mi compañero de habitación es Payton MacDonald, un percusionista y compositor de Nueva Jersey. Forma parte de la segunda generación de músicos experimentales norteamericanos que, como Terry Riley y La Monte Young, han profundizado en la música india desde una perspectiva contemporánea. Payton es un gran conocedor del país y le acribillo a preguntas. A veces lo acompaño en su práctica diaria de kharaj, unos ejercicios de voz en las frecuencias graves que deben hacerse antes de que salga el sol. Bueno, a decir verdad solo lo hago en dos ocasiones; prefiero dormir unas horitas más. 

9. Me quedo a ver las lecciones de los alumnos más avanzados. ¿Qué hay entre un “mi” y un “fa”? Nuestro sistema de notación deja fuera lo que aquí consideran más importante. El gurú canta y se explica con las manos, con metáforas. Mi cerebro y mi piel entienden al fin qué demonios son los microtonos. En la India perciben decenas de matices donde nosotros apenas distinguimos nada. Por momentos tengo que aguantarme las lágrimas. Todo un continente nuevo se acaba de abrir ante los oídos de Hans Laguna.

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