×

USO DE COOKIES

Este sitio web utiliza Cookies propias y de terceros, para recopilar información con la finalidad de mejorar nuestros servicios, para mostrarle publicidad relacionada con sus preferencias, así como analizar sus hábitos de navegación. Si continua navegando, supone la aceptación de la instalación de las mismas. El usuario tiene la posibilidad de configurar su navegador pudiendo, si así lo desea, impedir que sean instaladas en su disco duro, aunque deberá tener en cuenta que dicha acción podrá ocasionar dificultades de navegación de la página web.

Aceptar Cómo configurar

Cargando...
HARRY CREWS, Gospel y mentiras

“El cantante de gospel” (1968) fue el debut de Harry Crews, una muestra de un mundo de perdedores, violencia y fanatismo explicado a lo bruto.

 
 

BIBLIOTECA POP (2012)

HARRY CREWS Gospel y mentiras

Acuarela y A. Machado Libros continúan con su (admirable) empeño en dar a conocer en castellano la obra de Harry Crews (1935-2012). Tras la publicación en 2011 de “Cuerpo” (1990), apareció en 2012 “El cantante de gospel” (“The Gospel Singer”), original de 1968, debut del autor nacido en Georgia. Ofrecemos un capítulo del libro, una perversa muestra escrita a bocajarro del universo white trash del Sueño Americano representado por un Sur profundo repleto de perdedores, palurdos, violencia, fanatismo, linchamientos, analfabetismo...

Enigma, en el estado de Georgia, era una calle sin salida. Habían plantado el juzgado justo en medio de la autopista 229, en el punto donde la carretera terminaba de manera abrupta, como una cinta cortada por la mitad, al borde del pantano de Big Harrikin. Desde la ventana de la celda de la cara norte del juzgado, Willalee Bookatee Hull divisaba todo el pueblo. Se balanceaba suavemente, distribuyendo el peso de un pie al otro. Detrás de él, sobre una mesa de madera, un plato de alubias se cuajaba bajo una fina capa de grasa y dos panecillos descansaban junto al plato. En una de las esquinas de la celda, un cubo servía de orinal y, por encima, a la altura de los ojos, alguien había escrito a lápiz en la hoja de un bloc el reglamento de la cárcel del condado de Lebeau.

En el asfixiante calor de la celda, Willalee Bookatee se balanceaba como el péndulo de un reloj ante el brillante marco de luz de la ventana. No se oía nada salvo el continuo zumbido de las moscas que se quedaban adheridas al plato. El sol se alzaba al oeste, dividiendo la calle en luces y sombras. En el otro extremo del pueblo, donde la autopista 229 se abría paso a través de la llanura ardiente, había una mula atada bajo la rácana sombra de un cinamomo. Dormía bajo una silla de montar mientras moscas repletas de sangre revoloteaban lánguidamente a su alrededor. En la parte soleada de la calle había un Buick del año 1948 con una cola de zorro en la antena y una pegatina de “Viva la Armada” en la luna trasera, aparcado delante de la droguería de Marvin, que además de tienda era la oficina de correos y tenía colgada de un poste la bandera de Estados Unidos. El Buick era el único coche en toda la calle. Hacía dos meses que no llovía.

Willalee Bookatee seguía balanceándose, medio aturdido, perdido en una especie de ensueño, con la mirada más ocupada en la pancarta de lienzo con letras rojas, blancas y azules que atravesaba la calle que en los granjeros o sus mulas amarradas. La pancarta, fijada en uno de sus extremos a la tienda de semillas de Harvey y del otro a la funeraria de Enigma, rezaba así: “¡Bienvenido a casa, Cantante de Gospel!”. Aunque Willalee Bookatee predicaba los Evangelios y conocía de memoria largos fragmentos de las Escrituras, no sabía leer. Pero sí sabía, como todo ser humano en Enigma, que el Cantante de Gospel volvía a casa. Se habían preparado para la ocasión, deseaban que llegase el momento y rezaban por ello. Por todo el pueblo ardía furiosamente un ansia irrefrenable por ver, escuchar y –si Dios lo quería– tocar al Cantante de Gospel, que sin ayuda de nadie había concentrado la atención de todo el universo en Enigma, Georgia. El Cantante de Gospel había dado un propósito y un significado a sus vidas por la sencilla razón de que podían decir cosas como “soy del mismo pueblo que el Cantante de Gospel” o “lo conozco desde que era un renacuajo”.

Willalee había visto al Cantante de Gospel en innumerables ocasiones en la televisión Muntz que había comprado en Albany, Georgia, y que había traído a casa en la parte de atrás de un carromato de trementina para ponerla en su cabaña. ¡Y ahora el Cantante de Gospel regresaba a casa! ¡Estaría aquí, en Enigma! Pasearía de nuevo por el pueblo su magnífico cuerpo, alto y rubio; tan magnífico, alto y rubio que ofendía la ropa que lo cubría, daba igual lo cara o entallada que fuera. Y lógicamente la ropa que llevaba era cada vez más cara, porque el Cantante de Gospel había pasado del estudio de televisión en Albany al de Tallahassee, luego al de Atlanta, después al de Memphis y, finalmente, al de Nueva York.

Cuando Willalee Bookatee encendía la televisión Muntz y la voz del Cantante de Gospel inundaba la cabaña, era como el bálsamo que se vierte sobre una herida. Nada importaba. El mundo se sumía en un gigantesco agujero. Todo –el corte de una cuchilla, un ojo escaldado por el alquitrán o la quemazón de la gonorrea pillada con alguna puta mulata de Tifton– desaparecía salvo esa voz, que se introducía en su cabeza y en su carne hasta alcanzar el lugar donde su alma reposaba. Y así podía soportar lo que fuera durante otra semana más.

 
HARRY CREWS, Gospel y mentiras

“Todo –el corte de una cuchilla, un ojo escaldado por el alquitrán o la quemazón de la gonorrea pillada con alguna puta mulata de Tifton– desaparecía salvo esa voz, que se introducía en su cabeza y en su carne hasta alcanzar el lugar donde su alma reposaba”.

 

La gente blanca no hablaba de otra cosa. Mientras recolectaban algodón en los campos, desgranaban mazorcas de maíz o se sentaban frente al banco del pueblo mascando tabaco y escupiéndolo entre los pies, el Cantante de Gospel nunca andaba lejos de sus pensamientos. En una ocasión, Willalee Bookatee oyó decir a uno de ellos que el Cantante de Gospel tenía en el maletero del coche ropa suficiente para vestir a toda la gente de Enigma. Willalee Bookatee había visto el coche y, aunque era de los grandes, sabía que allí dentro no podía caber algo para todos los habitantes de Enigma. Pese a todo, se lo creía. No era algo que se comprendiera con el entendimiento. No resultaba imposible porque se trataba del Cantante de Gospel, porque todo lo que tocaba se convertía en oro del mismo modo que el aire común se convertía en música celestial al salir de su boca. ¡Sí, señor! Albany, Tallahassee, Atlanta, Memphis, Nueva York. Había oído a los blancos mencionar estos lugares con tanta frecuencia que sonaban en su cabeza como una campana. Y le alegraba poder decirlos en alto como un mantra, chasqueando la lengua, como le ocurría a todo el mundo en el pueblo, porque no importaba dónde hubiese ido el Cantante de Gospel, sino que hubiera comenzado sus días en Enigma, Georgia. En su Enigma. Había nacido de ellos y eso los enorgullecía. Había surgido de sus pálidas carnes, de sus niños con parásitos intestinales, de sus tierras pantanosas y de su famélico ganado, tan hambriento que, cuando llegaba la época de la matanza en invierno, del cuello del animal brotaba un charquito de sangre no mayor que el pañuelo de una dama. Se había abierto paso, hermoso, pleno como el sol, entre todos los males y vilezas de su entorno. Había salido de ellos, de su especie, sin ningún tipo de anunciación o explicación. Y todos sentían lo mismo que Willalee Bookatee, que algún día el Cantante de Gospel, instantánea y misteriosamente, les salvaría de la tragedia que encarnaba Enigma.

Apartó los ojos de la pancarta y dejó que la mirada se filtrase por las rendijas de sus pestañas. El calor subía de la tierra distorsionando todo el lugar. Por todas partes de Enigma, clavados en postes o en las fachadas de las tiendas, había carteles rojos que proclamaban: “Feria de rarezas ** Entrada gratuita para niños menores de cinco años ** Vengan todos ** Vengan a ver al enano con el pie más grande del mundo”. Los carteles rojos aparecieron justo la noche después de que colgasen la pancarta de bienvenida del Cantante de Gospel. Fue el día antes de que metiesen en la cárcel a Willalee Bookatee, el mismo en que Willalee había pedido al tío Judge, un negro de Nashville que sabía leer y escribir, que le dijese lo que ponía en los carteles. Y apenas escuchó lo del enano y el pie, decidió que merecía la pena gastarse unos centavos o lo que fuera para verlo. Pero resultó que ni siquiera llegó a ver el lugar donde instalaron las carpas de la feria. Y tal y como pintaban ahora las cosas, no iba a ver nunca el pie de aquel enano. 

Willalee Bookatee se sentía a sí mismo como en el centro de un misterio. Nada era igual que antes ni volvería a serlo. Era un extraño para sí mismo. Se miraba las manos y negaba con la cabeza. Se arrodillaba, pero, pese a que era predicador, no podía rezar. Lo más cerca de la oración que alcanzaba a estar era cuando sacaba del bolsillo trasero del pantalón una fotografía que desdoblaba cuidadosamente y contemplaba, arrodillado, hasta que la inquietud abandonaba su corazón y encontraba la calma. Había recortado la foto de una revista que la señorita MaryBell Carter le había comprado en Tifton. Era del Cantante de Gospel, con las manos blancas y hermosas en alto, la cabeza dorada reclinada hacia atrás y la boca abierta, cantando. Así, en mitad de la noche, con la luna recortándose en las rejas de la ventana, permanecía de rodillas durante horas ante esa imagen, sin rezar pero en calma, porque la oración carecía de sentido después de lo que había hecho. A veces susurraba: “¿Asesino? ¿Asesino, yo?”, y el misterio se extendía ante él tan infinito como la noche.

Desde tan lejos como le alcanzaba la vista emergió una camioneta de la superficie negra de la autopista 229. Atrapaba y retenía el sol naciente en pequeñas explosiones de luz. Willalee la miraba como en un sueño, con la alegría indiferente de contemplar algo nuevo, porque Enigma solo tenía ocho manzanas de extensión y en los tres días que había estado encerrado en la celda del juzgado no había hecho otra cosa que mirar el pueblo. Los primeros dos días no fueron tan malos porque todo el mundo en Enigma se había acercado a visitarlo, casi siempre después de haber pasado por la funeraria. Unos pocos incluso habían venido a verlo en coche desde Tifton, donde la 229 corta la interestatal 41. Había discurrido un río constante de gente desde el velatorio al juzgado y el sheriff, un hombre gordo con un solo pulmón, le había pedido a su mujer que preparase bocadillos y café para vender. Se había producido un enorme alboroto por todo Enigma que casi –decían algunos– amenazó con trastocar y retrasar los planes de bienvenida para el Cantante de Gospel. Pero el negocio decayó tan repentinamente como había empezado. Enigma se adaptó rápidamente a Willalee Bookatee Hull y los visitantes eran cada vez más escasos.

 
HARRY CREWS, Gospel y mentiras

“Ahí fue donde lo encontraron, manchado con la misma sangre brillante. Cuando lo sacaron de allí desnudo y dando voces, su mano derecha era una masa compacta de sangre desde la muñeca a la yema de los dedos”.

 

La camioneta alcanzó la calle entre detonaciones del tubo de escape hasta frenar con un chirrido delante del juzgado, a diez metros escasos de donde se encontraba Willalee. Un muchacho alto y pálido de piel cuarteada y pelo lechoso bajó de la camioneta y se quedó quieto, mirando con ojos entrecerrados bajo la sombra de sus manos enjutas y acartonadas. Alzó la vista al sol un instante, dejando caer de repente la mandíbula y revelando una lengua y dientes del color del mildiú. Alrededor de una llaga abierta en su mejilla que tenía el color y el tamaño de una uva, pululaban mosquitos. Miró arriba, hacia Willalee, que desvió la mirada al humeante horizonte y asió con más fuerza los sólidos y calientes barrotes. Cuando Willalee centró de nuevo la vista, el muchacho ya había desaparecido y, antes de que pudiese posar los ojos otra vez en el horizonte, oyó la voz quejumbrosa de Gerd, el hermano del Cantante de Gospel. La puerta de la prisión se abrió tras él, pero Willalee siguió contemplando el extremo en que la autopista 229 se cruzaba como una daga con el horizonte.

–Da pena verla, ¿verdá?

–Un horror, desde luego.

Escuchó las voces detrás de él; solo un resuello asmático distinguía la voz del sheriff de la de Gerd. El sonido apagado de las llaves golpeando en el aro de latón que el sheriff llevaba colgado del cinturón marcaba las pausas que tomaba para coger aliento.

–¿Está siempre así mirando por la ventana? –preguntó Gerd.

–Casi todo el tiempo.

–¿Y eso?

–Lo más seguro es que esté mirando a la funeraria. Pensando en el culo blanco que se agenció.

–A ese negro le tiene que haber pasao algo pa hacer eso.

Willalee escuchaba, aferrándose aún más fuerte a los barrotes. El aspecto más aterrador de su crimen era que todo el mundo en Enigma parecía haber olvidado su nombre. De repente se había convertido en “el negro” o “ese negro”; había dejado de ser Willalee Bookatee Hull. Había crecido con Gerd, le había mentido, había trabajado para él o al menos para su padre, y también le había robado. Pero ahora Gerd, como todos los demás, había olvidado su nombre. Y en cuanto a lo de que estaba pensando en el culo de la señorita MaryBell, no era cierto. Que recordara, nunca había pensado en su culo. Sus ojos estaban más bien clavados en la carretera de la que, tarde o temprano, surgiría el coche enorme y negro del Cantante de Gospel. Ahora su única esperanza era que el Cantante de Gospel llegase antes de que lo colgasen.

–Podía haber sío peor. Podía haber usao una cuchilla de afeitar –dijo el sheriff.

–Sí. Una cuchilla deja un desaguisao mayor que un picaor de hielo. Pero con el picaor de hielo tampoco se las apañó mal. To lleno de agujeritos moraos –dijo Gerd.

–La dejó hecha un colaor.

–¿Se sabe ya con seguridá cuántas veces la ensartó?

–Sesenta y una –dijo el sheriff–. Hiram lo escribió en un cartón que colocó en la ventana. La gente que iba al velatorio no hacía más que preguntar qué era lo que había hecho el negro y como Hiram se cansó de repetir to el rato, lo escribió en un cartón y lo puso en la ventana. Lo puedes leer tú mismo. Sesenta y una.

–Voy a ver otra vez a esa pobre muchacha de Dios –dijo Gerd–. Con toa la gente que ha venío no he tenío oportunidá de echar un buen vistazo.

–Y además, virgen –dijo el sheriff, sacudiendo la cabeza con tristeza.

–Ese negro atacó a un ser inocente. Lo sabe to el mundo en Enigma –continuó Gerd.

–¿Lo sabe el Cantante de Gospel? –preguntó el sheriff.

Ma le mandó un telegrama –respondió Gerd–. Pero uno nunca sabe cuando le llegará, porque cada día está en un sitio.

–Va ser duro pa él volver así –dijo el sheriff.

–Estas cosas pasan.

–Vaya que sí.

–Los caminos del Señor son inescrutables –dijo Gerd–. Igual ha sío una bendición que la matase, porque ahora no tendrá que sufrir toa la vida que la gente de Enigma sepa que perdió su flor con el negro.

 
HARRY CREWS, Gospel y mentiras

“Allí se encontraba también ella, encogida al pie de la televisión Muntz, con la cabeza torcida en un ángulo extraño y una mueca en el rostro que no era de alegría. La sangre de su yugular perforada circundaba sus cabellos como si se tratase de un halo”.

 

Una cerilla se encendió contra la puerta de la celda. Willalee olió las tenues volutas de tabaco Prince Albert y la boca se le hizo agua. Lo habían sacado de la cama a las tres de la mañana y lo habían trasladado a la cárcel sin tabaco. Como ningún negro de Enigma se había atrevido a visitarlo, llevaba ya tres días sin fumar nada. Y para distraer su mente del delicioso cigarrillo, trató una vez más de recordar el picador de hielo y cómo se había salpicado la ropa con aquellas manchas de sangre increíblemente brillantes. Tenía un picador de hielo. Lo tenía clavado en un estante encima de la pila que le hacía las veces de refrigerador y en el que había un bloque de hielo de diez centavos envuelto en un saco de arpillera. Ahí fue donde lo encontraron, manchado con la misma sangre brillante. Cuando lo sacaron de allí desnudo y dando voces, su mano derecha era una masa compacta de sangre desde la muñeca a la yema de los dedos. Allí se encontraba también ella, encogida al pie de la televisión Muntz, con la cabeza torcida en un ángulo extraño y una mueca en el rostro que no era de alegría. La sangre de su yugular perforada circundaba sus cabellos como si se tratase de un halo.

–¿Crees que el Cantante de Gospel llegará hoy? –preguntó el sheriff.

–Sí.

–¿No tenía que haber llegao hace tres días?

–Sí.

–En Enigma dicen que mandó un telegrama –dijo el sheriff.

–Así es. Cash lo trajo de Tifton.

–¿Qué decía?

–Decía que no iba a llegar cuando se suponía, pero que iba a venir –dijo Gerd.

–Este Cantante de Gospel…

–Es tremendo.

–No va a ser fácil pa él –dijo el sheriff–. MaryBell muerta y además violá por el negro. Sabe Dios que también él carga con su cruz. Siempre pensé que al ser el Cantante de Gospel su vida no sería na fácil. Algunos pensaban lo contrario, pero yo no. Con toas las cosas que pasan y to lo que tiene que hacer. 

–Tampoco me parece a mí que tenga una vida fácil –dijo Gerd–. Pero tampoco la peor del mundo.

–Nunca se olvidó de los suyos –dijo el sheriff–. Nadie se lo puede echar en cara. ¿Cómo va ese ganao con certificao que os envió por tren? ¿Ya debe estar casi listo pa llevarlo al mercao?

–Está muerto.

–Lo lamento, Gerd. ¿Qué pasó?

–Estaba bien y se murió. Pa dijo que Enigma lo mató, que un cerdo Poland China en Enigma era como un pez fuera del agua. También dijo que en Enigma nunca se había criao ganao de raza.

Se oyó una risa breve y ahogada.

–Pues tanto no sabe, porque ha criao al Cantante de Gospel, que es un pura sangre.

–Un pura sangre, desde luego. Nadie dice lo contrario.

–Es una pena que no vuelva a casa más de corrío. Ni siquiera pude verlo la última vez que estuvo, con to esa gente detrás suya. Parece que cada vez viene menos.

–El domingo que viene hará siete meses menos una semana que no está en casa –dijo Gerd–. Pero manda cartas. Está donde hace falta, dejándose el corazón en las canciones.

–No le estaba echando na en cara, Gerd. No hay hombre mejor que el Cantante de Gospel.

–Ha hecho mucho por tos nosotros.

–Es un alma buena, sí, señor.

 
HARRY CREWS, Gospel y mentiras

“Y en cuanto a lo de que estaba pensando en el culo de la señorita MaryBell, no era cierto. Que recordara, nunca había pensado en su culo. Ahora su única esperanza era que el Cantante de Gospel llegase antes de que lo colgasen”.

 

Willalee se preguntaba si podía concebir esperanzas de una visita del Cantante de Gospel. Habían sido amigos en el pasado, cuando ambos tenían 15 años, el año en que cambió la voz del Cantante de Gospel, cuando pasó del aullido quebrado de un adolescente a una voz fantástica y poderosa de límites desconocidos. Y fue esa misma voz lo que les separó y desde entonces Willalee Bookatee ya no había podido acercarse lo suficiente para poder hablarle.

El Cantante de Gospel comenzó a actuar en iglesias de la comunidad, en misas de renacimiento evangélico. Luego fue al estudio de televisión de Albany, mientras que Willalee iba a trabajar el alquitrán en el atrofiado anillo de pinares que rodea Enigma. Día tras día, mientras cargaba con el grasiento cubo de veinte litros de trementina y la ropa embadurnada de alquitrán le iba comiendo vivo, su mente se sosegaba pensando que llegaría el domingo y podría tumbarse en su cabaña a escuchar al Cantante de Gospel en la radio y, después de traer la Muntz, también podía verlo de cuerpo entero, alto y asombrosamente limpio y hermoso.

Willalee rezó en silencio una oración para el Cantante de Gospel con la esperanza de que la oyese, porque el Cantante de Gospel podría ser su salvación, su única salvación. Tenía una fe absoluta y perenne en que el Cantante de Gospel conocería los detalles del crimen que había cometido y que no podía recordar. Iban a colgarlo y Willalee Bookatee no quería partir hacia Dios con aquel misterio. Pero el Cantante de Gospel podía ayudarlo, el Cantante de Gospel podía hacer cualquier cosa. Albany, Tallahassee, Atlanta, Memphis, Nueva York. ¿Acaso no había sido el único hombre nacido en Enigma en salir al mundo y triunfar?

–¿Has visto al freak? –preguntó el sheriff.

–¿Qué freak?

–El del pie.

–No.

–¿Alguien lo ha visto?

–Me dijeron que estaban montando el campamento en las afueras del pueblo. No mu lejos de la carpa del Cantante de Gospel.

–Me pasaría por allí pa ver qué están haciendo –dijo el sheriff–, pero me da cosa dejar aquí al negro.

–No creo que sea buena idea dejarlo –dijo Gerd.       

–Algunos de los chicos ya se han pasao por aquí –señaló el sheriff–. Y no me extrañaría que se lo cargasen.

Gerd estaba encendiendo otro cigarrillo. Willalee Bookatee ya había oído hablar a esos hombres. Desde la noche que lo detuvieron, le habían estado pidiendo al sheriff que se lo entregase. Iban a colgarlo. Lo sabía. Con o sin juicio, daba igual. Trató de ignorar el olor del cigarrillo.

–Gerd, ¿crees que vendrá hoy?

Ma dice que tiene el pálpito de que sí.

–¿Cuánto tiempo se va a quedar –preguntó el sheriff–. ¿Lo ha dicho?

–Nadie lo sabe –dijo Gerd.

–Estará bien que vuelva. Nos animará. Nos dará ilusión.

De nuevo la risa ahogada.

–Quizá traiga con él la lluvia.

–Quizá.

–¿Ya te vas?

–Antes voy a pasar por el velatorio.

–Vale, ven a ver al negro cuando quieras. Porque no va a estar aquí pa siempre, no, señor.

(Se puede leer la crítica del libro aquí)

Publicado en la web de Rockdelux el 29/11/2012
NICK DRAKE, El espíritu de “Pink Moon”
Por Amanda Petrusich
DOMINIQUE ANÉ, Vuelta a los orígenes

BIBLIOTECA POP (2013)

DOMINIQUE ANÉ

Vuelta a los orígenes

Por Dominique Ané
THE ROLLING STONES, Exilio reeditado

BIBLIOTECA POP (2010)

THE ROLLING STONES

Exilio reeditado

Por Bill Janovitz
BOB MARLEY, La historia secreta

BIBLIOTECA POP (2013)

BOB MARLEY

La historia secreta

Por Diego A. Manrique
YO LA TENGO, La historia de Yo La Tango

BIBLIOTECA POP (2014)

YO LA TENGO

La historia de Yo La Tango

Por Jesse Jarnow
THE DOORS, Días extraños

BIBLIOTECA POP (2012)

THE DOORS

Días extraños

Por Greil Marcus
BJÖRK, El pulso interior

BIBLIOTECA POP (2004)

BJÖRK

El pulso interior

Por Pablo Gil
BILL CALLAHAN, Cartas y boxeo

BIBLIOTECA POP (2011)

BILL CALLAHAN

Cartas y boxeo

Por Bill Callahan
PINK FLOYD, Soñando música con Syd Barrett
Por John Cavanagh
VAINICA DOBLE, A contracorriente

BIBLIOTECA POP (2014)

VAINICA DOBLE

A contracorriente

Por Jesús Ordovás
Generación hip hop, La evolución del estilo
Por Jeff Chang
MECANO, Mecanosound: los herederos

BIBLIOTECA POP (2013)

MECANO

Mecanosound: los herederos

Por Grace Morales
LOU REED, Sad Song

BIBLIOTECA POP (2012)

LOU REED

Sad Song

Por Carlos Zanón
MICHAEL JACKSON, Fuera de nuestras vidas
Por Barney Hoskyns
THOM YORKE, La encrucijada

BIBLIOTECA POP (2004)

THOM YORKE

La encrucijada

Por Pablo Gil
Jamaica sound systems, El principio del reggae
Por Lloyd Bradley
NACHO VEGAS, El personaje

BIBLIOTECA POP (2012)

NACHO VEGAS

El personaje

Por Carlos Prieto
Post-punk, La revolución inconclusa

BIBLIOTECA POP (2013)

Post-punk

La revolución inconclusa

Por Simon Reynolds
LOS PLANETAS, Un poco de psicodélico

BIBLIOTECA POP (2011)

LOS PLANETAS

Un poco de psicodélico

Por Nando Cruz
MORRISSEY, El escapista

BIBLIOTECA POP (2014)

MORRISSEY

El escapista

Por Jon Savage
PHILIP GLASS, Anécdotas a golpe de tecla
Por Philip Glass
KIM GORDON, This is the end

BIBLIOTECA POP (2015)

KIM GORDON

This is the end

Por Kim Gordon
MORENTE & LAGARTIJA NICK, Punto Omega

BIBLIOTECA POP (2011)

MORENTE & LAGARTIJA NICK

Punto Omega

Por Bruno Galindo
Arriba