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HÉCTOR LAVOE, El hombre que respiraba bajo el agua

Héctor Lavoe, cantante de los cantantes, en el mítico concierto de la Fania All Stars celebrado en el Palacio de los Deportes de Barcelona (21 de enero de 1981).

Foto: Francesc Fàbregas

 
 

ARTÍCULO (1993)

HÉCTOR LAVOE El hombre que respiraba bajo el agua

Héctor Lavoe (1946-1993), Estrella Fania, fue uno de los más grandes salseros, un clásico entre los clásicos. Aunque poco ortodoxo dentro de los cánones latinos –alargaba los finales en exceso, decían–, a Héctor Lavoe lo bautizaron “cantante de los cantantes”: su voz cuasi femenina interpretaba letras que calaban hondo. Nacido Héctor Pérez en Ponce, Puerto Rico, revolucionó con su estilo El Barrio neoyorquino junto a Willie Colón en los primeros setenta. Héctor Lavoe fue un hombre de vida atormentada –adicto a la coca, santero profundo, un hijo muerto tempranamente, impuntual en sus actuaciones, varios intentos de suicidio–, pero cantó como nadie a la soledad de la fama y al desamor. Ragnampiza se despidió de él en Rockdelux con esta ficción-obsesión inspirada en las letras de sus canciones y en retazos de su atormentada vida.

Aquel caluroso día de julio, Héctor Pérez llevaba sus buenas horitas aguardando en la calle. “Hoy no se me escapa ese estúpido taxi; hoy he llegado en puntualidad” –pensó Héctor–. ¡Cuántas veces había perdido ese taxi! Cada vez que Héctor llegaba –¡tarde!–, el coche había pasado. Recordó, entonces, qué cerca estuvo de cogerlo aquel día, en su Puerto Rico natal, cuando se tiró por la ventana del noveno piso de un hotel. Pero por Obatalá que un obstáculo no previsto en su vuelo libre le hizo no solo perder el taxi, sino que lo postró en una silla de ruedas por mucho tiempo.

Recordó también cómo su hijo sí llegó a la hora el día en que tomó ese taxi para no regresar. Y maldijo al taxista, a ese mismo que ahora frenaba su auto delante del hombre que, estando de frente, parecía que estuviera de lado.

“¿Adónde vamos, cantante de los cantantes?” ­–preguntó el chófer.

“Lléveme al número trece de la calle Tristeza esquina Agonía. ¡Deprisa!”.

“El rey de la puntualidad tiene prisa” –dijo irónico el taxista mientras ponía el carro en marcha.

“Amigo mío, normalmente no soy yo quien llega tarde, son ustedes los que llegan temprano. Cuando llego tarde es porque no tengo quien de la cama me levante” –respondió el pasajero de la triste figura.

El chófer no creyó ni una palabra.

“Oye, Héctor, si tú estás hecho siempre con hembras y en fiestas” –le dijo.

“Ya. Supongo que también le habrán dicho que respiro bajo el agua. Pero nadie me pregunta si sufro, si lloro o si tengo alguna pena que me hiere hondo”.

El conductor se quedó de piedra. No era su intención llegar tan a fondo con su cliente. Pero la afirmación del taxista había encendido a Héctor. De su garganta salía gasolina.

“Yo soy cantante y lo mío es cantar –siguió el cantante de los cantantes–. La gente viene a divertirse, pagan en la puerta y yo les brindo lo mejor de mi repertorio. No hay tiempo para tristezas cuando el cantante comienza. Luego, cuando el sol se apaga, soy otro humano cualquiera”.

 
HÉCTOR LAVOE, El hombre que respiraba bajo el agua

“Yo soy el cantante / Y mi negocio es cantar / A los que me siguen / Mi cancion vine a brindar. / Yo soy el cantante / Muy popular donde quiera / Pero cuando el show se acaba / Soy otro humano cualquiera”.

 

“Sí, Héctor Lavoe –contestó el taxista–, yo lo conozco, bacalao. Le gustan las drogas, la santería, llegar tarde, no presentarse a los shows. Sí, señor La Voz, es usted todo un ser humano. Y anda que los amiguitos que tiene: Willie ‘El Malo’ Colón, Juanito Alimaña, El Sabio, María La Punta, el Marcolino… al que la policía aún busca. Siempre andando con bolitas, un día de estos lo van a atrapar. Y mire que siempre le digo a ese fumachú que esconda el papel de Bambú. Y que no salga del Alphabet”.

“Ten cuidado, Fittipaldi –contestó Héctor–. En los barrios de guapos no se vive tranquilo, o mides bien tus palabras o no vales ni un kilo…”.

La conversación, que él no había buscado, llenó a Héctor de recuerdos. Evocó el Bronx de su juventud, con los Maceteros bailando todo el día el “Che che colé, qué bueno es / Che che cofriza, muerto de risa” y aquello de “Vamos a echar un pie / que quiero bailar”. Noches de farra.

Miró por la ventana y observó que pocas cosas habían cambiado en el Alphabet. En la esquina, un tipo metía la mano en su bolsillo, sacaba y abría su cuchillo y le decía a otro: “Ten cuidado”.

Decidió evocar algo agradable: se pasó la película de la Estrella de Fania, a-la-la la-la la-la, para que cantara su gente. Recordó a esos miles de senegaleses que lo auparon a él, estuche de monería, en el corazón de Dakar como un héroe. Se hundió aún más. ¿Acaso había muchas más cosas agradables que recordar de su vida? Hoy iba a dejar de ser el hombre condenado a respirar bajo el agua. Hoy se ahogaba, por fin.

Ya casi había dado con el fondo de su pozo cuando la voz del impertinente taxista, abusando de saberse curtido por la experiencia, lo devolvió a este mundo, aunque no por mucho tiempo.

“Confíe en mí, Héctor Lavoe –dijo–. Sé lo que le pasa. No debe temer. No diré a nadie que tomó el camino de los que no quieren que los vean llorando por causa de un amor”.

“¿El amor? –se sorprendió Héctor–. El amor es como un periódico de ayer. Es sensacional cuando sale en la madrugada, al mediodía es noticia confirmada, y por la tarde, materia olvidada”.

El chófer decidió no abrir más la boca. Al fin y al cabo, esa de enfrente era la esquina de Tristeza con Agonía, número trece. Allí moría su pasajero.

“Oiga, taxi –dijo Lavoe–, coja su dinero y guárdese el cambio. Ya estamos llegando: esa es Tristeza esquina Agonía. ¡Adiós!... Bu-bu-bu-buena suerte” –tartamudeó.

Y llegó en puntualidad.

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