“Sí, Héctor Lavoe –contestó el taxista–, yo le conozco, bacalao. Le gustan las drogas, la santería, llegar tarde, no presentarse a los shows. Sí, señor La Voz, es usted todo un ser humano. Y anda que los amiguitos que tiene: Willie ‘El Malo’ Colón, Juanito Alimaña, El Sabio, María La Punta, el Marcolino… al que la policía aún busca. Siempre andando con bolitas, un día de éstos le van a atrapar. Y mire que siempre le digo a ese fumachú que esconda el papel de Bambú. Y que no salga del Alphabet”.
“Ten cuidado, Fittipaldi –contestó Héctor–. En los barrios de guapos no se vive tranquilo, o mides bien tus palabras o no vales ni un kilo…”.
La conversación, que él no había buscado, llenó a Héctor de recuerdos. Evocó el Bronx de su juventud, con los Maceteros bailando todo el día el “Che che colé, qué bueno es / Che che cofriza, muerto de risa” y aquello de “Vamos a echar un pie / que quiero bailar”. Noches de farra.
Miró por la ventana y observó que pocas cosas habían cambiado en el Alphabet. En la esquina, un tipo metía la mano en su bolsillo, sacaba y abría su cuchillo y le decía a otro: “Ten cuidado”.
Decidió evocar algo agradable: se pasó la película de la Estrella de Fania, a-la-la la-la la-la, para que cantara su gente. Recordó a esos miles de senegaleses que le auparon a él, estuche de monería, en el corazón de Dakar como un héroe. Se hundió aún más. ¿Acaso había muchas más cosas agradables que recordar de su vida? Hoy iba a dejar de ser el hombre condenado a respirar bajo el agua. Hoy se ahogaba, por fin.
Ya casi había dado con el fondo de su pozo, cuando la voz del impertinente taxista, abusando de saberse curtido por la experiencia, le devolvió a este mundo, aunque no por mucho tiempo.
“Confié en mí, Héctor Lavoe –dijo–. Sé lo que le pasa. No debe temer. No diré a nadie que tomó el camino de los que no quieren que les vean llorando por causa de un amor”.
“¿El amor? –se sorprendió Héctor–. El amor es como un periódico de ayer. Es sensacional cuando sale en la madrugada, al mediodía es noticia confirmada y por la tarde, materia olvidada”.
El chófer decidió no abrir más la boca. Al fin y al cabo, ésa de enfrente era la esquina de Tristeza con Agonía, número trece. Allí moría su pasajero.
“Oiga, taxi –dijo Lavoe–, coja su dinero y guárdese el cambio. Ya estamos llegando: ésa es Tristeza esquina Agonía. ¡Adiós!... Bu-bu-bu-buena suerte” –tartamudeó.
Y llegó en puntualidad. 