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HIDROGENESSE, De costa a costa

Carlos Ballesteros y Genís Segarra. Foto: Alicia Aguilera

 
 

EN LA CARRETERA (2009)

HIDROGENESSE De costa a costa

Hidrogenesse son únicos, como han demostrado sobradamente desde el inicio de su carrera. Aquí nos explicaron su gira por Estados Unidos en mayo de 2009. La excusa era su participación en el SonarSound NYC dentro de la muestra “Catalan Days: Music And Media From Catalonia And The Balearic Islands”. Pero Hidrogenesse aprovecharon para ofrecer tres conciertos más en Nueva York, Chicago y Los Ángeles. Genís Segarra y Carlos Ballesteros nos contaron aquí, en un estilo muy Andy Warhol y, al mismo tiempo, muy propio de ellos, su experiencia americana.

Hidrogenesse estuvimos en América ocho días: cuatro conciertos en tres ciudades, seis vuelos y tres cambios horarios. El Sónar nos mandaba a Nueva York dentro de los “Catalan Days” del Institut Ramon Llull. La comunidad latina se enteró de que cruzábamos el charco y nos salieron tres conciertos más en fiestas montadas por inmigrantes mexicanos que no escuchan música en inglés, pero tampoco les interesa la música popular latina o las producciones de Miami. Este es el diario de la gira.

Día 1. Llegamos a New Jersey a las 2 p. m. (EST) tras nueve horas de vuelo, y nos llevan al hotel. Aparece Helena, que vive en Philadelphia. Vamos a Macy's, los almacenes donde Andy Warhol compraba ropa interior. Compramos los mismos calzoncillos que él (52 dólares). No llevamos más ropa que la puesta: las maletas van llenas de aparatos y merchandising. Nuestra amiga americana Claudia nos recoge en coche a los pies del Empire State y nos lleva al East Village, cruzando Manhattan en su Volvo familiar. Cenamos en su restaurante favorito (40 dólares). De vuelta al hotel, compramos Melatonin (8 dólares) para no sufrir jet lag. Nos acostamos muy tarde, pero apenas dormimos. La melatonina no funciona.

"La comunidad latina se enteró de que cruzábamos el charco y nos salieron tres conciertos más en fiestas montadas por inmigrantes mexicanos que no escuchan música en inglés, pero tampoco les interesa la música popular latina o las producciones de Miami"

Día 2. Visita al Folk Art Museum (18 dólares). Tienen dibujos de Henry Darger. Vamos al Metropolitan (5 dólares) y a Central Park. Por la tarde, prueba de sonido con el transformador de voltaje fallando cada quince segundos. Actuamos en un auditorio con el público sentado y decidimos cambiar el repertorio. Hay varias actuaciones a la vez repartidas por tres plantas. La gente entra y sale de los conciertos. Por lo menos, las proyecciones se ven de lujo. Al abandonar el edificio, oímos los bombos del techno retumbando por las escaleras, y unos gringos borrachos nos preguntan si somos DJs. Todo muy Sónar. Compramos antifaces y tapones para los oídos (12 dólares) para poder dormir. 

Día 3. Compramos camisetas (7 dólares). Taxi al aeropuerto (70 dólares). Vuelo de dos horas a Chicago. Cambio horario: una hora menos. Nando de Haz+Ruido nos recoge y nos comemos una stuffed pizza monstruosa. Nos llevan al hotel, un Holiday Inn cerca del aeropuerto. Llamamos al servicio de habitaciones y pedimos un café. Nos traen una cafetera (6 dólares). Vamos a la ciudad en metro. Hay una parada cerca del hotel; solo tenemos que cruzar dos autopistas y un parking. Paseamos por la zona de rascacielos que inspiró Gotham City. No hay nadie por la calle porque hay amenaza de tornado. Vemos llegar la tormenta a la ciudad. Las nubes cubren los rascacielos más altos y los rayos iluminan el lago. Nos entrevistan en una radio universitaria. No tienen ni idea de quiénes somos. Entra a saludar un tipo que es luchador mexicano. No vendrá a nuestro concierto porque tiene combate. Vuelta al hotel en coche, cruzando la ciudad y sus suburbios: más de una hora sin tráfico.

Día 4. Visita al Intuit Center, dedicado al arte intuitivo, autodidacta, marginal. Tienen ahí la habitación donde escribía y dibujaba Henry Darger, que era de Chicago. Uno entra en el Arts Institute y el otro se tumba en el césped frente al lago Michigan, viendo barcos y cerezos en flor. La prueba de sonido, en el Green Dolphin Street, un club de jazz mítico donde hacen bodas. Pedimos una mesa para el escenario porque ahora lo hacemos así: colocamos los aparatos encima de una mesa y nos situamos uno a cada lado. Un camarero nos sube un par de mesitas del bar y les pone mantelitos blancos. Nos hace gracia actuar con los instrumentos encima de manteles de comedor. Nos hacen una entrevista curiosa. Nos preguntan por “Vamos a casarnos”, por el tema de la inmigración. Nos vamos con Charly y Stephanie a cenar a Wicker Park, el barrio joven. Llega Jordi, que vive en Arkansas. En el público hay de todo, incluso algún murciano. Unos miran extrañados y otros se saben las canciones. La que más éxito tiene, aparte de “Disfraz de tigre”, es “El vestir d’en Pascual”. Después del concierto vendemos discos en el parking (85 dólares).

 
HIDROGENESSE, De costa a costa

Hidrogenesse en The Airliner, L.A.

Foto: Abraham Velarde

 


Día 5. Desayuno en el aeropuerto (9 dólares) con Jordi, que vuelve a Arkansas. Nuestro vuelo se retrasa dos horas. Dedicamos el tiempo muerto a observar a los norteamericanos. Vemos auténticos rednecks, supergordos que se tambalean al caminar y soldados uniformados. Llegamos a NY demasiado tarde para probar sonido. Cambio horario: una hora más. Cogemos tren (30 dólares) y taxi (24 dólares) para ir a casa de Marcelo de Nacothèque. Llega Helena y cenamos en un Whole Food Market, un súper gigante de productos orgánicos con comedor incorporado. Tocamos en el Delancey Lounge. Mientras aún se oye música, hacemos un chequeo de líneas. El concierto suena bien, estamos muy a gusto. Vendemos merchandising (200 dólares). Nos pagan lo poco que sale de la entrada (poca gente, muchos invitados): 250 dólares en billetes de uno. El fajo de billetes da risa, no nos cabe en ningún bolsillo. Hacemos tiempo hasta que salga nuestro vuelo a Los Ángeles charlando con puertorriqueños y colombianos. Pagamos el taxi con los one dollar bills (50). El vuelo sale a las 6.40 a. m. (EST).

"Nos entrevistan en una radio universitaria. No tienen ni idea de quiénes somos. Entra a saludar un tipo que es luchador mexicano. No vendrá a nuestro concierto porque tiene combate. Vuelta al hotel en coche, cruzando la ciudad y sus suburbios: más de una hora sin tráfico"

Día 6. Dormimos las seis horas de vuelo y llegamos a LA. Cambio horario: tres horas menos. Nos reciben Carlos y Gil de Metropoli y nos llevan a un hotel de Chinatown. Comemos en El Pueblo (el primer asentamiento español). Es muy temprano, no sabemos si es desayuno o comida. Tomamos burritos y margaritas. Nos llevan a un parking en Santa Mónica, donde tenemos que cerrar un trato con un dealer de sintetizadores. Tocamos en The Airliner, el típico local americano con la barra abajo, sala de baile arriba, un patio detrás y letrero iluminado en la calle con nuestro nombre. Nuestros amigos japoneses Masa y Kaoru llegan de México D.F., así como nuestro telonero. Compartimos cena con unos y micro con el otro. No nos da miedo la gripe. El concierto es, quizá, el mejor de todos. Vendemos discos (180 dólares) y nos pagan los beneficios (300 dólares).

Día 7. Nos recogen y nos pasean en coche por LA: Sunset Blvd., Echo Park, Silverlake, Amoeba Music, el teatro Kodak, Santa Mónica Pier, Venice Beach, Beverly Hills, Melrose... Paramos para desayunar, comer y cenar. Da igual, siempre se come lo mismo. En el aeropuerto sentimos un temblor que sacude la terminal. Cae polvo del techo. Nadie se inmuta. Solo un señor, que no es de LA, se asusta como nosotros. A las 22.15 (PST) sale el avión a NY.

Día 8. Llegamos al aeropuerto JFK muy temprano. Cambio horario: tres horas más. Taxi a Brooklyn (35 dólares). Desayunamos a la europea en una Bakery (9 dólares) haciendo tiempo hasta que sea una hora razonable para despertar a Claudia. Es la única persona con la que hemos hablado en inglés en toda la semana. Quedamos en pasar nuestro último día en América con ella. Paseamos por Park Slope, que es muy inglés, con sus casas de ladrillo (brownstones). Comemos en un vegetariano (30 dólares). Nos lleva en coche al aeropuerto de Newark, pasando por Staten Island. Vemos de lejos Manhattan y, por primera vez, la estatua de la libertad. Nos despedimos en el aeropuerto y subimos al avión, que sale a las 19.15 (EST).

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