Cargando...
J. D. SALINGER, El padre de la adolescencia

Ilustración: Jotagerre

 
 

ARTÍCULO (2010)

J. D. SALINGER El padre de la adolescencia

“El guardián entre el centeno” se publicó en 1951. Su protagonista y narrador, Holden Caulfield, convertido en símbolo adolescente, es uno de los héroes más mitificados de la ficción literaria. Tanto o más que el autor del libro, J. D. Salinger (1919-2010), el escritor huraño que el paso del tiempo transformó en icono pop. Enemistado con el mundo, alérgico a su propia fama y exiliado en un universo literario que no quiso seguir compartiendo, el autor de “El guardián entre el centeno” pasará a la posteridad como el creador del primer personaje teenager de la era moderna. Sin embargo, la muerte –real, biológica (el 27 de enero de 2010)– del autor neoyorquino debería servir para redescubrir a un escritor único que se movió entre la rebeldía y el misticismo. Ruben Pujol le rindió honores en este artículo.

La imagen que el mundo guardará de Jerome David Salinger (1919-2010) será, con toda probabilidad, la de un hombre airado, un anciano huraño y amenazador tratando de impedir que le hagan una fotografía. El Salinger aislado del mundo, recluido desde 1953 en una cabaña en Cornish (New Hampshire), sin duda ayudaba a alimentar la leyenda del escritor de culto y el halo de misterio que envuelve una obra –apenas tres novelas (dos de ellas muy cortas) y una colección de relatos– que continúa leyéndose y (tal vez) sobreinterpretándose generación tras generación.

Sin embargo, la trascendencia de J. D. Salinger en la cultura popular contemporánea se desarrolla de manera independiente a su legado. Es, de alguna forma, el primer autor-estrella, la primera víctima de su propio éxito mediático y el padre de un personaje –el Holden Caulfield de “El guardián entre el centeno” (1951; Alianza, 1978)– que escapa a su control para convertirse en símbolo del descontento adolescente para millones de personas y, más trágicamente, en oscuro inspirador para asesinos mitómanos. Mark David Chapman creyó leer en el aparente nihilismo de su protagonista un motivo para matar a John Lennon en 1980 e incluso exhibió el libro como su defensa, pero también el asesino de la actriz Rebecca Schaeffer o John Hinckley Jr., quien atentara contra la vida del presidente Reagan con la intención de impresionar a Jodie Foster, llevaban encima la primera novela de Salinger. “El guardián entre el centeno” pasó a ser prácticamente un libro maldito, cargado de supuestos simbolismos homicidas.

Si bien es cierto que Caulfield afirma al principio de la novela que se enfunda una gorra roja de cazador para “cazar gente”, en realidad el relato no esconde ningún impulso asesino más allá de esporádicas ofuscaciones juveniles, y su mayor logro consiste en que es el primer retrato de la adolescencia que se realiza en la literatura. Salinger personifica en su protagonista esa nueva y difícil etapa vital, entre la infancia y la madurez, surgida en la segunda mitad del siglo XX en el seno de la sociedad occidental.

Sin ser en puridad una novela de formación ni mucho menos una novela de aventuras, “El guardián entre el centeno” se inscribe en el canon de las grandes obras de las letras norteamericanas como continuación de la tradición de dos títulos seminales de temática generacional: “Las aventuras de Huckleberry Finn” (1884) y “El gran Gatsby” (1925). Así, mientras Mark Twain se sirve de la infancia para realizar un vívido fresco norteamericano de finales del siglo XIX y Francis Scott Fitzgerald narra la decadencia de la alta sociedad posterior a la Primera Guerra Mundial desde la perspectiva de un hombre joven pero ya adulto, la novela de Salinger introduce por primera vez el arquetipo del adolescente como un individuo en transición emocional en busca de su lugar en el mundo.

Con 16 años, Holden Caulfield lo tiene todo para ser feliz. Inteligente, culto y razonablemente atractivo, es el segundo de cuatro hermanos de una familia pudiente de Nueva York. Y sin embargo, hay algo que le asquea, algo que le impide funcionar como se supone que debería hacerlo un joven como él. Expulsado de su tercer internado, “El guardián entre el centeno” es un recuento de dos días en la gran ciudad en los que, a efectos reales, no ocurre nada. Pero en esa nada aparente es precisamente donde Caulfield lleva a cabo una batalla interior entre el hombre en que ha de convertirse y el niño que aún no ha dejado de ser: por un lado, no soporta a los “farsantes” que le rodean ni tampoco la hipocresía de los adultos, pero reconoce ser “un mentiroso fantástico”. Quiere ser independiente y vivir a su aire sin rendir cuentas a nadie, pero al mismo tiempo evoca la infancia como el paraíso perdido de la inocencia y lo que más desea en el mundo es charlar con Phoebe, su hermana de 10 años.

 
J. D. SALINGER, El padre de la adolescencia

J. D. Salinger, en una de las escasas fotografías que de él se conocen.

 

A pesar de todo lo dicho, “El guardián entre el centeno” es, como señala el personaje de Will Smith en la excelente película “Seis grados de separación” (Fred Schepisi, 1993), una “novela juvenil que debería leer todo el mundo excepto los jóvenes adolescentes”. A través de su protagonista, en el estilo del monólogo interior de un chico confundido y repleto de contradicciones, Salinger nos habla de la violencia, de la muerte (y el suicidio), del sexo sórdido y de la mentira como monedas de uso común en la sociedad de los adultos. Es, en cierta manera, una novela existencialista, fruto del derrumbe de los ideales posterior a la Segunda Guerra Mundial y al auge del capitalismo feroz, solo que en lugar de estar construida desde una visión filosófico-política del mundo, como hicieran Dostoievsky o Sartre, lo está desde un punto de vista más espiritual que humanista, más individual que colectivo, más melancólico que dramático.

Con todo, y a pesar del logro literario que supone esta novela y de su apabullante popularidad, la gran creación de Salinger es seguramente la saga de los Glass, una galería de personajes excepcionales a los que el autor dedicó la práctica totalidad de su obra posterior, comenzando por buena parte de los relatos que conforman “Nueve cuentos” (1953; Bruguera, 1977), y siguiendo por las dos novelas sui géneris que son “Franny y Zooey” (1961; Bruguera, 1979) y “Levantad carpinteros la viga maestra. Seymour: una introducción” (1963; Bruguera, 1977). En muchos aspectos, los Glass son una versión revisada y ampliada de la familia Caulfield: superdotados y superprecoces, los siete hermanos son incapaces de encontrar felicidad y realización en los asuntos convencionales de su época, de modo que buscan en la iluminación mística las respuestas que el mundo no es capaz de proporcionarles.

A pesar del tono algo new age y solipsista de la saga y de la omnipresencia del sentimiento religioso (desde el cristianismo hasta el budismo zen, Sri Ramakrishna o Kafka), los relatos de los Glass consiguen transmitir el tedio y el hastío modernos y el anhelo de espiritualidad de un conjunto de personajes extremadamente complejos que se relacionan entre sí a través de extensas cartas y encendidas discusiones trascendentales formando un fascinante y emotivo universo de ficción escrito, como describe uno de los hermanos, en “una especie de lenguaje familiar esotérico, una suerte de geometría semántica dentro de la cual la distancia más corta entre dos puntos es un círculo completo”.

En todos sus relatos, la mayoría de ellos publicados originalmente en las páginas de ‘The New Yorker’, Salinger muestra un interés casi monopolístico por esa frontera entre la infancia y la edad adulta. Todos sus personajes son, o bien niños precoces que actúan como adultos, o bien adultos de alguna manera todavía anclados en la infancia, cuando no ambas cosas al mismo tiempo. Y no es exagerado afirmar que su pequeño catálogo de adolescentes demasiado inteligentes, demasiado sensibles, serviría de modelo para muchos de los mejores escritores norteamericanos de las últimas décadas, desde el Nathan Zuckerman de Philip Roth hasta las hermanas Lisbon de “Las vírgenes suicidas” (1993) de Jeffrey Eugenides, el aspirante a escritor de Michael Chabon en “Chicos prodigiosos” (1995) o el Hal Incandenza y sus complicados lazos familiares de “La broma infinita” (1996) de David Foster Wallace.

Entre las muchas cosas que Holden Caulfield detesta una de las peores es que su hermano mayor D. B. prostituyera su talento como escritor al servicio de la industria del cine. Puede decirse que J. D. Salinger fue, además de muchas otras cosas mucho más importantes, el primer escritor de la era del pop, el primer autor en provocar un fenómeno de fans –de fanáticos–, y el primero que, al advertir que tanto su obra como su vida escapaban a su control, decidió aislar ambas del mundo, recluirse y dejar de publicar.

La leyenda afirma que el viejo y excéntrico escritor se alimentaba solo a base de productos macrobióticos, megavitaminas y su propia orina, y que continuó escribiendo para sí mismo toda su vida, acumulando miles de páginas de manuscritos que solo tras su muerte, y solo tal vez, verían la luz. Lo dijo uno de sus inolvidables personajes, Zachary “Zooey” Glass: “El único objetivo de un artista debe ser aspirar a alguna clase de perfección, y en sus propios términos, en los de nadie más”.

ROBERTO BOLAÑO, El planeta de los monstruos
Por Rodrigo Fresán
AMY HEMPEL, Viviendo del cuento

ARTÍCULO (2010)

AMY HEMPEL

Viviendo del cuento

Por David Morán
HARUKI MURAKAMI, Made in Japan

ARTÍCULO (2006)

HARUKI MURAKAMI

Made in Japan

Por Rodrigo Fresán
HANIF KUREISHI, Suburbia

ARTÍCULO (1991)

HANIF KUREISHI

Suburbia

Por Juan Cervera
CHARLES BUKOWSKI, Mosca de bar

ARTÍCULO (1994)

CHARLES BUKOWSKI

Mosca de bar

Por Gerardo Sanz
ROBERTSON DAVIES, El ilusionista canadiense
Por David Morán
LOIS PEREIRO, Náufrago del paraíso
Por Iago Martínez
Arriba