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JAMES BLAKE, Viaje vertical

La voz y el piano.

 
 

ENTREVISTA (2011)

JAMES BLAKE Viaje vertical

El productor de dormitorio que fabricó los ritmos de algunos de los mejores temas de 2010 fue también el culpable de uno de los discos más sensibles de 2011. Por si alguien esperaba otra ración de R&B fracturado de filiación dubstep, James Blake reveló su mejor secreto: un álbum homónimo, incómodo y sobrecogedor en caída libre. Soul digital, pop del futuro que supo recomponer su intimidad con la voz y el piano, los efectos, los silencios y el espacio de cada sonido. Juan Monge lo entrevistó por teléfono.

James Blake ha tardado casi dos años en aprender a aceptar las canciones que grabó para un primer álbum que ha guardado entre los archivos de su ordenador durante meses mientras iban viendo la luz EPs que probaban su habilidad como productor de ritmos y graves. “No es solo que haya aprendido a aceptarlas, es que me gustan mucho”. James, que tiene 22 años y comparte nombre y apellido con el tenista norteamericano de raza negra más famoso actualmente, matiza al otro lado del teléfono: “Tuve que dejar las canciones por un tiempo, separarme y olvidarlas un poco, porque eran muy densas y tenían muy poco que ver con lo que estaba haciendo. Por eso tardé más tiempo. Volvía a ellas cuando lo necesitaba, cuando me apetecía, para parar un poco y descansar del resto de cosas en las que andaba metido. Era una forma de decir ciertas cosas”. Y es que lo que hay dentro de “James Blake” (Atlas-A&M-Universal, 2011) es material frágil: once maneras de reconstruir errores y reproches, ansiedad y vacío. Un diario con forma de disco que no pretendía serlo, producido con la misma falta de pudor con la que está escrito. “No me senté a escribir canciones sobre nada que estuviera pasándome, aunque fuera cierto y estuviera ocurriéndome. Tenía algunas ideas, pero casi todas las letras salían cuando estaba cantando, sin querer”.

“No hay nada que me haga más feliz que cantar y tocar el piano. Es lo que llevo haciendo toda mi vida. Cuando empecé a grabar ‘Limit To Your Love’ lo hice porque lo echaba de menos. No es que me costara más exponerme como alguien que canta y toca el piano que como un productor, pero llevaba mucho tiempo sin tocar. En los últimos años había estado más metido en producir temas y tuve que tomarme con calma la canción porque no estaba seguro”

Desde que vio la luz “Air & Lack Thereof” (Hemlock, 2009), su primer doce pulgadas, Blake ha ido desgranando temas, casi siempre con el poso del dubstep y la música de graves en su ADN, aunque adulterado, como los tres que incluyó en el EP “The Bells Sketch” (Hessle Audio, 2010), fruto de las noches en Plastic People y FWD>> y otros clubes de Londres. Él mismo cuenta que las horas de dubstep marcaron su sonido para siempre: “Esas sesiones fueron y son una influencia enorme en todo lo que hago. Los bajos y los ritmos son como señales que hay que saber distinguir para sentirlas, y creo que yo lo hice allí. Aún sigo yendo a esos clubes. Conocí a mucha gente y todavía me siento muy conectado con todo eso”. Blake empezó a pinchar, a producir sus propias composiciones –las primeras, más marcadas por aquellas noches de club, acabaron dentro de “Air & Lack Thereof” y “The Bells Sketch”–, ayudando en los directos de Mount Kimbie, y terminó adaptando sus propias ideas al patrón rítmico de esa música en un EP con voces sampleadas de viejos discos de R&B: “CMYK” (R&S, 2010), cuatro temas colocados en cuatro ediciones distintas –una con cada color base en la portada, por el título del EP– que lo convirtieron en una de las sensaciones de la temporada. Había algo en su forma de colocar el ritmo, de incorporarlo a la mezcla, extraño y adictivo. Podía jugar con los modos de una música manida y repetida y convertirlo en algo excitante, nuevo, iluminándola. “Hay gente que piensa que hablar de dubstep en 2010 o 2011 es un anacronismo, que está fuera de lugar. Yo creo que la música es música, nada más. Muchas veces es cuestión del momento, de la escena, pero eso no hace que una canción sea mejor o peor, aunque sí que lo sientas de una forma u otra”.

Apenas unos meses después salió “Klavierwerke” (R&S, 2010), otro EP en el que Blake echó mano de tomas en las que se había grabado tocando el piano y cantando para desmontarlas, dando un peso distinto a los ritmos, llevando los ambientes al primer plano del sonido y dejando espacio para que se hincharan y se desvanecieran. Fue un primer paso hacia una versión más íntima de su sonido en la que el espacio y el clima primaban sobre todo lo demás. Un mes más tarde apareció el single “Limit To Your Love” (Atlas-A&M-Universal, 2010) –con la misma foto de James que sirve de portada a “Klavierwerke” y “James Blake”, pero teñida de un rojo oscuro– como adelanto del álbum, y con él la respuesta sobre hacia dónde iba su música: su voz enfrente, sin tratar, grabada sin más, sobre acordes de piano plomizo y un ritmo profundo golpeando por momentos, desde atrás. “No hay nada que me haga más feliz que cantar y tocar el piano. Es lo que llevo haciendo toda mi vida. Cuando empecé a grabar ‘Limit To Your Love’ lo hice porque lo echaba de menos. No es que me costara más exponerme como alguien que canta y toca el piano que como un productor, pero llevaba mucho tiempo sin tocar. En los últimos años había estado más metido en producir temas y tuve que tomarme con calma la canción porque no estaba seguro. Pero es normal, pasa siempre que retomas algo que habías dado por olvidado”. Cada vez más cerca de sí mismo, Blake había encontrado la forma de cantar y estar cómodo, de introducir la emoción explícita de las letras y de hacer que el sonido levitara a su alrededor.

 
JAMES BLAKE, Viaje vertical

El sonido del disco incluye música de gamelán, Gavin Bryars, Laura Marling y OutKast.

 

“Limit To Your Love” descubrió solo una de las once caras de Blake en el álbum. La verdad sobre el sonido de este disco es más difícil de resumir. Su voz encoge el silencio, tratada de mil y una formas o natural, sobre una base solo de piano, con constantes cambios de pitch; ritmos mínimos que a veces suenan huecos y otras, secos; teclados que lo aplastan todo. Es un disco inmenso por su sinceridad, por la honestidad con que está construido, dejando que el sonido diga tanto como las palabras, desnudándolo igual que él ha hecho para escribirlo. “Es un poco más difícil. Hay más de mí en este trabajo, sobre todo por las voces. Cuando empecé a cantar, trabajando en las canciones, me di cuenta de las cosas que estaba diciendo. Nunca había sido tan directo”.

“Mientras no estropee la musicalidad, todo funciona. Hay muchos miedos en la tradición del pop y creo que eso se está perdiendo un poco, y es algo muy bueno. En Inglaterra ha pasado con The xx: mucha gente ha cambiado la forma de escuchar pop gracias a ellos”

Muchas de las letras se traban con software, que las deforma hasta hacerlas irreconocibles, y puede que la razón sea intentar ocultarlas. “No tiene nada que ver con eso. No es por timidez. Las distorsiones en las voces son solo una cuestión de sonido. Las trato porque, al hacerlo, puedo llevar más lejos el sonido de la canción. Muchas veces pongo filtros en las voces porque intento conseguir nuevas melodías, porque al cambiar las texturas y la afinación salen cadencias distintas que se enredan en la melodía principal de la canción. Es una cuestión de música y estilo”. Sin embargo, James sí está de acuerdo cuando le digo que las letras y el sonido que las rodea se corresponden, tanto que casi parecen la misma cosa. “Eso es lo que he intentado. Para mí, el disco tiene mucho que ver con explorar, con buscar un sitio, un clima. Escribir una letra es parte de eso, para mí es importante y es difícil, pero dar con un ritmo que coincida con lo que estás contando lo es incluso más porque sostiene lo que cuenta la letra, y si eso no se sostiene, difícilmente se va a escuchar lo que estás diciendo”.

James pasó los últimos tres años estudiando música en Goldsmiths, una universidad de Londres, viviendo al sur de la ciudad y encontrando cualquier excusa para pasar los fines de semana en casa de sus padres, en Enfield, y despejarse para poder componer. “Grabé todo en la casa donde vivía entre semana, cerca de la universidad. El disco está muy producido y pasé mucho tiempo encerrado. Es más complicado de lo que parece y creo que eso es bueno, ¿no? Hacer que las cosas parezcan menos complicadas de lo que son”. Tiene razón. Pero lo que de verdad parece difícil en estas canciones es encontrar la manera de dar espacio a sonidos opuestos, sin romper el tono. “Mientras no estropee la musicalidad, todo funciona. Hay muchos miedos en la tradición del pop y creo que eso se está perdiendo un poco, y es algo muy bueno. En Inglaterra ha pasado con The xx: mucha gente ha cambiado la forma de escuchar pop gracias a ellos”.

La lista que utiliza para explicar qué le hizo replantearse el sonido del disco incluye “cosas de la universidad, la música de gamelán y Gavin Bryars, por su sentido de la melodía”, Laura Marling y OutKast: “Por la forma de entender la producción, con tanta libertad. Hay algo en cómo utilizan las voces que hizo que me decidiera a dejar que mi voz dictara estas canciones”. Su voz, la de alguien que sabe confiar en lo que siente, y que ha aprendido a compartirlo.

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