Desde que vio la luz “Air & Lack Thereof” (Hemlock, 2009), su primer doce pulgadas, Blake ha ido desgranando temas, casi siempre con el poso del dubstep y la música de graves en su ADN, aunque adulterado, como los tres que incluyó en el EP “The Bells Sketch” (Hessle Audio, 2010), fruto de las noches en Plastic People y FWD>> y otros clubes de Londres. Él mismo cuenta que las horas de dubstep marcaron su sonido para siempre: “Esas sesiones fueron y son una influencia enorme en todo lo que hago. Los bajos y los ritmos son como señales que hay que saber distinguir para sentirlas, y creo que yo lo hice allí. Aún sigo yendo a esos clubes. Conocí a mucha gente y todavía me siento muy conectado con todo eso”. Blake empezó a pinchar, a producir sus propias composiciones –las primeras, más marcadas por aquellas noches de club, acabaron dentro de “Air & Lack Thereof” y “The Bells Sketch”–, ayudando en los directos de Mount Kimbie, y terminó adaptando sus propias ideas al patrón rítmico de esa música en un EP con voces sampleadas de viejos discos de R&B: “CMYK” (R&S, 2010), cuatro temas colocados en cuatro ediciones distintas –una con cada color base en la portada, por el título del EP– que lo convirtieron en una de las sensaciones de la temporada. Había algo en su forma de colocar el ritmo, de incorporarlo a la mezcla, extraño y adictivo. Podía jugar con los modos de una música manida y repetida y convertirlo en algo excitante, nuevo, iluminándola. “Hay gente que piensa que hablar de dubstep en 2010 o 2011 es un anacronismo, que está fuera de lugar. Yo creo que la música es música, nada más. Muchas veces es cuestión del momento, de la escena, pero eso no hace que una canción sea mejor o peor, aunque sí que lo sientas de una forma u otra”.
Apenas unos meses después salió “Klavierwerke” (R&S, 2010), otro EP en el que Blake echó mano de tomas en las que se había grabado tocando el piano y cantando para desmontarlas, dando un peso distinto a los ritmos, llevando los ambientes al primer plano del sonido y dejando espacio para que se hincharan y se desvanecieran. Fue un primer paso hacia una versión más íntima de su sonido en la que el espacio y el clima primaban sobre todo lo demás. Un mes más tarde apareció el single “Limit To Your Love” (Atlas-A&M-Universal, 2010) –con la misma foto de James que sirve de portada a “Klavierwerke” y “James Blake”, pero teñida de un rojo oscuro– como adelanto del álbum, y con él la respuesta sobre hacia dónde iba su música: su voz enfrente, sin tratar, grabada sin más, sobre acordes de piano plomizo y un ritmo profundo golpeando por momentos, desde atrás. “No hay nada que me haga más feliz que cantar y tocar el piano. Es lo que llevo haciendo toda mi vida. Cuando empecé a grabar ‘Limit To Your Love’ lo hice porque lo echaba de menos. No es que me costara más exponerme como alguien que canta y toca el piano que como un productor, pero llevaba mucho tiempo sin tocar. En los últimos años había estado más metido en producir temas y tuve que tomarme con calma la canción porque no estaba seguro. Pero es normal, pasa siempre que retomas algo que habías dado por olvidado”. Cada vez más cerca de sí mismo, Blake había encontrado la forma de cantar y estar cómodo, de introducir la emoción explícita de las letras y de hacer que el sonido levitara a su alrededor.