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JAMES RHODES, Las teclas de la vida

El dolor y la superación.
Foto: Ismael Llopis

 
 

ENTREVISTA (2016)

JAMES RHODES Las teclas de la vida

El pop te puede cambiar la vida, pero también la música barroca. James Rhodes, el pianista profesional que atrae público joven a los conciertos de clásica, 
mezcla la divulgación musical con el desgarrador relato de su vida personal en “Instrumental”, unas memorias tan terribles como esperanzadoras (mejor libro pop de 2015 según el Rockdelux 346). Javier Blánquez lo entrevistó.

 

 

 

 

“La música clásica es de todos y, sin embargo, hay un montón de gente que, desde el principio de tu vida, te hace creer que te la tienes que merecer. No les podemos dar tanta importancia a esos tipos; la música no les pertenece, y es lo que más me jode”

James Rhodes (Londres, 1975) lleva el pelo largo, suelto y alborotado, las gafas de pasta y la chaqueta de cuero. Debajo asoma una camiseta –diseñada por él mismo; solo se lee “BACH”–, y ese es el único detalle que nos ayudaría a reconocerlo como pianista de repertorio clásico y no, por ejemplo, como bajista de una copia mala de Muse. Pero es por esa apariencia, y por su actitud contraria al establishment“el mundo de la música clásica está lleno de gilipollas”, afirma nada más empezar a hablar–, que Rhodes pertenece más, aunque sea simbólicamente, a la esfera del pop. “La música clásica es de todos y, sin embargo, hay un montón de gente que, desde el principio de tu vida, te hace creer que te la tienes que merecer, y que te obliga a aplaudir en momentos concretos, y a saber cuántos movimientos tiene una sonata o qué es un scherzo. No les podemos dar tanta importancia a esos tipos; la música no les pertenece, y es lo que más me jode”.

Rhodes utiliza estrategias de la comunicación de masas para transmitir la belleza de unos nocturnos de Chopin o unas sonatas de Beethoven. “Nunca me pongo el frac, siempre toco como me ves ahora. Le explico a la gente lo que vamos a escuchar, porque el 95% de mi público nunca ha ido a un concierto de música clásica. Dejo que entren a la sala con cerveza”. Todo esto lo explica en “Instrumental. Memorias de música, medicina y locura” (“Instrumental. A Memoir Of Madness, Medication And Music”, 2014; Blackie Books, 2015), un volumen de memorias que culmina con la misma moraleja que el “Alta fidelidad” (1995) de Nick Hornby: la música puede salvar la vida. En su caso, literalmente: tras sufrir abusos sexuales continuados de niño, escuchó por primera vez a Bach y ese descubrimiento apartó de él (temporalmente) el deseo de la muerte. Volvió a suceder tras un intento de ahorcamiento en la institución mental donde pasó varios meses. Rhodes sabe que sin Bach –primero fue la “Chacona” para violín, en la transcripción al piano de Busoni; luego fue toda su obra para teclado–, esta conversación no se estaría produciendo.

 
JAMES RHODES, Las teclas de la vida

“El mundo de la música clásica está lleno de gilipollas”.

Foto: Ismael LLopis

 

Ahora es un pianista mediático, que participa en conferencias y documentales de televisión y que tiene la fortuna de trabajar para un sello independiente –en la clásica también hay indie– como Signum, que le deja grabar lo que quiera y promocionarlo por canales poco habituales. “Solo quiero decir que esta música siempre lleva consigo una recompensa. Lo melancólico también trae un aire de esperanza, y lo que te detiene el corazón esconde un rastro triste. Es una pena que esta música no esté más en la vida de la gente, pero se comprende el porqué: la música no es difícil, pero la inversión de tiempo que requiere no está al alcance de todos. Escuchar y apreciar una ópera no es duro”, prosigue Rhodes. “Lo difícil es dedicarle el tiempo, desconectar durante dos o tres horas, olvidarte de mirar el móvil”.

“La música no es difícil, pero la inversión de tiempo que requiere no está al alcance de todos. Escuchar y apreciar una ópera no es duro... Lo difícil es dedicarle el tiempo, desconectar durante dos o tres horas, olvidarte de mirar el móvil”

La pasión que transmite Rhodes es la misma de un fan adolescente. Del mismo modo en que un joven guitarrista se derretiría en elogios ante los viejos discos de Hendrix, él hace lo propio con los intérpretes que lo han marcado y los compositores que lo han ayudado a convertir una vida de inicios oscuros en una existencia aprovechable. En su brazo izquierdo tiene tatuado el nombre de Serguéi Rajmáninov –en cirílico–, y colecciona cualquier disco interpretado por Grigory Sokolov –“cuando viaja, lo hace con su propio técnico; es un maniático del sonido del piano”, actitud que lo acerca sobremanera a Glenn Gould–, Martha Argerich o Krystian Zimerman, otro obseso de la perfección que, cuando gira por el mundo, lo hace transportando su propio instrumento.

Rhodes admite que él no está al nivel de los mejores. “Yo soy un pianista esforzado y creo que toco razonablemente bien una música extremadamente difícil”, asegura, justo después de explicar que se acaba de aprender la exigentísima “Sinfonía Dante” de Franz Liszt. “Mis contemporáneos tienen más éxito y más talento: me encanta Benjamin Grosvenor, y nunca podría ser como Stephen Hough, que puede tocar los cuatro conciertos de Rajmáninov en cuatro días, o los dos de Brahms en el mismo programa. Cuando pienso en que algunos de ellos son mis amigos, no me lo creo. Al fin y al cabo, yo solo soy un fan suyo”. Pero Rhodes tiene algo distintivo: el carisma para llegar al público joven y nuevo al que estos genios semiautistas jamás sabrían acercarse.

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