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JOAN COLOMO, La contradicción despierta

El hombre con muchas vidas musicales. Foto: Óscar García

 
 

ENTREVISTA (2016)

JOAN COLOMO La contradicción despierta

Cuando se activa la grabadora y lo primero que registra es “a ver si no digo ninguna estupidez”, solo hay dos opciones: esperar lo peor de la entrevista o lo mejor. Afortunadamente, en un bar de la Gràcia de la que renegará Joan Colomo cerveza en mano, se descarta la primera de antemano. Solo es la voz de la autocrítica del chico que bajó de los montes de Sant Celoni, a unos 50 kilómetros de Barcelona, para convertirse en una figura tímidamente omnipresente en la escena catalana: Zeidun, Moksha, The Unfinished Sympathy, La Célula Durmiente.... Marta Pallarès habló con él a propósito de “Sistema”, su quinto álbum en solitario.

Faltan 45 minutos escasos para el partido que jugará el Barça, y ese toque de queda parece ser la mayor preocupación para un músico que afronta el hablar de sí mismo como un árido pero necesario peaje en una maratoniana jornada dedicada a “Sistema” (BCore, 2016). En ella, sí, seguro que ha intentado por todos los medios –de comunicación– minimizar tanto su capacidad compositiva como la que dice no tener para afrontar el farragoso mundo de la promoción.


 

 

“Con el anterior disco ya me sentía más cómodo escribiendo sobre temas personales... pero creo que cuanto más escribo, más complicado me resulta no repetir conceptos. Con ‘Sistema’ he sufrido buscando ideas nuevas. Siempre escribo las mismas canciones recurrentes, aunque parezca que hablo de muchas cosas diferentes”

Ese mismo peaje es, casi, como el que se paga desde el Montseny de su infancia a la ciudad donde se ha afincado, parecería que a disgusto. “Acabo de dejar el Raval. Me avergüenza, pero me he ido a… no quiero decir que a Gràcia. A la frontera, en todo caso”. Gràcia, ese Armagedón de la modernez. El Triángulo de las Bermudas, aunque quizá cada vez menor, del hipsterismo en Barcelona. Las ganas (o la necesidad) de tener un estudio en casa que acoja su hiperactividad y autosuficiencia compositiva lo ha llevado a cambiar un distrito de inmigrantes por otro donde el extranjero también abunda, pero con bolsillos más abultados. “Este es un barrio de gente blanca que te interpela en el ascensor. El Raval tenía ese rollo exótico que me motivaba y, aunque quizá sea racismo inverso, reconozco que los niños pakistaníes que jugaban bajo mi casa me parecían adorables. Eso no me pasa con los de mi calle ahora”. Tal vez a alguien también le parezca adorable que en “El regal” Colomo pronuncie “prespectiva” y que eso quede para la posteridad: quizá nadie se atrevió a decírselo; puede que le apuntaran el baile disléxico y a él le diera igual. En algún momento de la entrevista contará que es posible que ciertos arreglos que no le gustan especialmente queden grabados y los deje vivir porque la espontaneidad los parió así; por lo tanto, no le fustigaremos con su brincar de letras, que ya se castiga suficientemente él solo.

A pesar de tener un pie y dos manos en muchos grupos que han construido la escena alternativa de los últimos años, Joan Colomo aún echa piedras sobre ese tejado que ha tramado con ladrillos de amor y humor, jueguecitos de palabras, absurdos y dudas generacionales. “Con el anterior disco –se refiere a “La fília i la fòbia(BCore, 2014)– ya me sentía más cómodo escribiendo sobre temas personales”, dice, “pero creo que cuanto más escribo, más complicado me resulta no repetir conceptos. Con ‘Sistema’ he sufrido buscando ideas nuevas. Siempre escribo las mismas canciones recurrentes, aunque parezca que hablo de muchas cosas diferentes”. Cuesta darle la razón cuando dedica “Fruit tropical” a un aguacate (si alguien conoce otra pieza que alabe dicha fruta, que levante la mano), pero, pensándolo bien, no deja de ser algo habitual en él eso de escribir sobre lo que ama y lo que odia. La dualidad le es intrínseca: unas canciones para afuera y otras hacia adentro. “Algo de eso hay”, admite.  

Durante prácticamente una hora, solo en una ocasión reconocerá hacer algo bien, y es “conseguir clavarla una vez en cada disco”: tiende a cerrar sus trabajos con la canción más melancólica, y aunque en su nuevo álbum cumpla el axioma con “Tot”, la literalidad de la nostalgia tan común en sus canciones se la queda el título de “Tristesa”. Que es, además, la que prefiere por motivos tan extravagantes como sus pulsiones para hacer música. “Hay un cencerro y un triángulo, percusiones flipantes que nunca había usado. Quizá nadie se dé cuenta porque apenas se perciben. Son chorradas que solo sé yo, pero que hacen que la canción me guste. En todo caso, al margen de la forma, ahora soy consciente de que no tengo que rehuir el sentimentalismo. Está bien hablar de uno mismo”.

 
JOAN COLOMO, La contradicción despierta

“Mi dinámica desde la adolescencia ha sido hacer canciones, grabarlas, editarlas y a lo siguiente. Ese ciclo lo tengo tan interiorizado que sin él no sabría qué hacer”. Foto: Óscar García

 

Y es evidente que ese “uno mismo” se hace mayor mientras la verborrea de Colomo suelta discos, y eso le preocupa. Aunque quizá creamos que es demasiado joven para sufrir el paso del tiempo. “Ya no tan joven”, dice, y esboza una media sonrisa que le queda tapada por el sempiterno flequillo, “pero como llevo escribiendo canciones desde hace tantos años, sí siento que envejezco: mi dinámica desde la adolescencia ha sido hacer canciones, grabarlas, editarlas y a lo siguiente. Ese ciclo lo tengo tan interiorizado que sin él no sabría qué hacer”.






“Defender ciertos posicionamientos ideológicos no hace más que causarnos mayores contradicciones: ¿no llevamos todos y todas un móvil encima? Puedes estar en contra de la revolución tecnológica, del crecimiento infinito, pero eres partícipe de ellos y hay pocas posibilidades de rehuirlos por mucho que grites”

BCore, discográfica de cabecera –madrina, red de seguridad, afortunada cómplice–, cumplió veinticinco años en 2015, y él, quince con ella. Con ella y con los grupos en los que ha empuñado guitarra, bajo, voz o pluma. “No me planteo buscar otras salidas editoriales. De enano era el sello que idolatraba, y sacar un disco con Zeidun con ellos fue una pasada. Eso también lo siento con los productores y los músicos con los que grabo; no tengo necesidad de trabajar con gente que no conozca ni interés en trabajar con extraños”. Y así, esa sempiterna dualidad sobre el idioma –ya no cabe hablar de por qué canta y piensa y siente tanto en catalán como en castellano–, entre lo íntimo y lo reivindicativo, también la lleva hasta sus productores. Su anterior disco fue con Iban Puigfel (al compañero en The Unfinished Sympathy “se lo debía porque siempre me ha ayudado, y cuando estrenó su estudio quise apoyarle”), y ahora vuelve al regazo del pope Santi Garcia: “Estoy en deuda con él. No descarto probar otros espacios, pero mi prioridad es trabajar con la gente que quiero”.

De nuevo, el amor. Pues así otra vez, resiguiendo duplicidades, volveremos a los odios. Hablamos en plena huelga de metro en Barcelona, y la ocasión nos la pintan para hablar del pasado –y algo también, del presente– antiglobalizador del cantante. Titula una canción como “Menos es Marx”; no en vano estudió Filosofía, aunque no culminó la carrera con título. Total, para qué. “Defender ciertos posicionamientos ideológicos no hace más que causarnos mayores contradicciones: ¿no llevamos todos y todas un móvil encima? Puedes estar en contra de la revolución tecnológica, del crecimiento infinito, pero eres partícipe de ellos y hay pocas posibilidades de rehuirlos por mucho que grites”. O que escribas, o cantes, al respecto. En “Enmienda a la totalidad”, otra canción de titular en plena investidura fallida, habla de enrocarse. Sus líneas rojas, admite, las recoge en “Núcleo duro”, donde aboga por que la libertad de los cuerpos rija nuestras vidas. “Ciertas normas sociales nos obligan a hacer cosas que no queremos: mientras no violemos derechos de terceros, nuestro cuerpo es algo infranqueable. Deberíamos poder ser libres con nuestras personas, pero por desgracia aún no lo conseguimos”.

El vegetariano que fue y ya no es admite con gesto torcido que le gustaría tener un pedazo de tierra –volver a su ruralidad, huir de la urbe que asfixia–, pero comprarlo supone entrar en el mercado. Una frase magistral de “Sistema” resume cómo “mentir con toda honestidad, en la senda de la contradicción”. En anteriores discos Colomo profetizó la III Guerra Mundial, esa que Rusia ha dicho que está a las puertas, y cabezas rodantes que efectivamente ya están dando tumbos. No parece demasiado satisfecho por haber pronosticado algo “bastante evidente y que podría haber dicho cualquiera que teorice sobre ello”; y posiblemente con la mirada puesta en el reloj, se admite como un revolucionario de sofá, “de esos que, a la hora de la verdad, solo espera la hora del partido”.

Y esta ya se acerca, así que nos despedimos mientras el cantante se escuda en referentes como Montalbán para justificar –sin necesidad alguna, porque música y fútbol no tienen por qué estar reñidos– que a algunos artistas les pueda el césped. Él canta en “El regal” a una historia con final abierto, y admite que los prefiere, cree, “a encorsetar la existencia con pautas”. El Barça ganará esa noche en los últimos minutos. Y Colomo seguirá escribiendo arbitrándose duramente, con el marcador en contra y la afición a favor.

 

TODOS LOS COLOMOS EN COLOMO

JOAN COLOMO, La contradicción despierta

Zeidun
“La nauseé”
(BCore, 2003)

Que desde BCore lo definieran como el grupo con mayor descaro de su, por definición, ya muy descarada escudería dice mucho del poco recato de sus componentes. Aquí Colomo toma la voz cantante y fulmina la corrección política con tintes de hardcore y mínima preocupación por formalismos técnicos o arreglos sesudos. Aunque luego se revistieran con altas miras robándole el título de este disco a Sartre, les pudo más el contenido que la forma.

JOAN COLOMO, La contradicción despierta

Moksha
“Supersilver Haze”
(Underhill, 2006)

El músico tira al monte. Especialmente a los de Sant Celoni, que han parido infinidad de grupos incestuosos donde se comparten cantantes, baterías y, en este caso, bajista: en la formación original de los alquitranados Moksha también estuvo Colomo. Disparando sobre lo estético y sobre lo conceptual, los adalides del grind, el metal pantanoso y el crust hecho en casa no tuvieron reparo en coquetear en este disco con el rock (sin perder nunca la grasa).

 
JOAN COLOMO, La contradicción despierta

The Unfinished Sympathy
“Avida Dollars”
(Subterfuge, 2009)

Una de las pocas ocasiones en las que Colomo se ha permitido ponerle los cuernos a su discográfica de cabecera. Se pasó del hardcore a bocajarro a añadirle producción a las guitarras y coros melódicos, en un giro comercial en el que se perdió algo de colmillo. Eso sí, siguen los homenajes artys; en esta ocasión a Salvador Dalí, a quien André Breton había calificado como ese ávido de dinero del título. ¿Humor o autocrítica?

JOAN COLOMO, La contradicción despierta

La Célula Durmiente
“Disco póstumo”
(BCore, 2010)

La ironía que tanto parece disfrutar el cantante toma forma de título en este disco, el cuarto bajo esta denominación, dándole indistintamente al punk y al folk, yendo del garage al pop de guitarras. Y es que nadie murió (ni, que sepamos, fue maltratado) durante su grabación. En él aparecen plantas y chistes, demoliciones de ayuntamientos e hipocondrías sociales. Los pilares de Colomo, en definitiva.

 
Publicado en la web de Rockdelux el 12/5/2016
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