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JOAN MIQUEL OLIVER, El gran juego

El científico galáctico.

Foto: Óscar García

 
 

ENTREVISTA (2015)

JOAN MIQUEL OLIVER El gran juego

Joan Miquel Oliver publicó “Pegasus”, su tercer álbum en solitario, en 2015. Fue su primer registro tras la disolución, a finales de 2013, del grupo Antònia Font, del que fue compositor e ideólogo durante largo tiempo. El trabajo literario y una singular aventura junto a Sisa y Quimi Portet en el Col·lectiu Eternity precedieron esta colección de canciones del mallorquín. Una producción elaborada en su mayor parte en soledad, con espíritu casi científico, y con una decidida voluntad experimental. Donat Putx entrevistó al genio mallorquín.

Uno, que es algo maniático, procura llegar antes de tiempo a las entrevistas. Pero, esta vez, el artista se ha adelantado al plumilla. Vestido con una camiseta del festival Cruïlla, Joan Miquel Oliver espera de pie en medio de la sala. Sobre la mesa, un ejemplar de “Pegasus” (Sony, 2015). La primera de las diez piezas del álbum fue escrita hace un par de años, aún en vida de Antònia Font, y la última hace cosa de seis meses. Su autor cuenta que ha ordenado de manera cronológica el tracklist. No es el único guiño que encierra el registro. “En ningún momento he dejado de ver el álbum a nivel conceptual”, avisa.

Adentrémonos, pues, en el Gran Juego que propone Oliver. En claves y recovecos no siempre evidentes, como las canciones emparejadas que desfilan por el disco. “A veces tengo una imagen, una visión, un concepto. Y hago una canción, pero al final me digo: ‘No he acabado, necesito escribir más’. Pero no siempre es posible alargar el tema”. De ahí parten binomios como el que forman los dos primeros cortes del disco, “Marès a radial” y “Pegasus”. El segundo de estos temas, revela, “funciona solo con dos acordes, que son precisamente los dos acordes del estribillo del anterior. Y una canción siempre empieza una cuarta por encima de la precedente”.

“Toda la falta de vida que puede tener no estar tocando con cuatro o cinco tíos más, la suples buscando, probando, analizando... A veces llegaba a casa y mi mujer me preguntaba: ‘¿Qué tal el día?’. Y yo le decía: ‘Fantástico, he grabado veinte pistas y he borrado treinta, ¡ja, ja, ja!’”

 

Oliver identifica otras parejas (“Orthopedic Ragtime” / “Teuleres tancades”, “Ecos d’ambulàncies” / “Fèmurs”). Y, en un último salto mortal, refiere “algo muy mágico. La armonía de ‘Mil bilions en estrelletes’ que al final se va repitiendo son los mismos acordes de ‘Marès a radial’”. El último y el primer tema de “Pegasus” están, pues, también relacionados, en lo que en palabras del músico se puede interpretar “como un ‘loop’”. Cabe preguntarse si en estas y las otras sutilezas que encierra el álbum hay una suerte de juego matemático. “Lo hay si ves matemáticas en todo, como me ocurre a mí... En todo caso, yo todo el rato estoy jugando. Cuando hago un disco, es como si hiciera una gran canción”.

La cancha del Gran Juego fue el propio estudio de Oliver, que grabó personalmente todos los instrumentos y, solo al final del proceso, recabó la ayuda de Quimi Portet en el registro de voces y la mezcla. “No era posible encararlo de otra manera. Yo no hago un tema, y luego otro, y otro más, y llamo al batería para empezar a grabar... Voy levantando todas las canciones a la vez, trabajando la música y la letra, y subiendo la sonoridad global del disco. Equilibrando las cosas a nivel de composición y de producción. Buscando la coherencia entre todos los elementos. Es como hacer un trabajo de laboratorio. En el estudio experimentas, destilas y rechazas. Haciéndolo así, cuando una canción no me gusta no la dejo aparcada. Simplemente, no llega a existir”.

Llegados a este punto de la conversación, Oliver agarra el CD y dice: “Al final puedes pensar que esto es poca cosa. Aquí hay media horita de música y tres páginas de texto. Pero para llegar hasta aquí he desechado montañas de ideas, conceptos, armonías, melodías”. El proceso lo ha llevado a trabajar con pocas pistas. “Muchas veces vas grabando, cortando partes, y al final haces como un collage. Pero yo quería que cada pista sonara de principio a fin, que fuera La Pista. Que escucharas la línea de bajo, por ejemplo, y pensaras: ‘Esta línea de bajo solo puede ser así’. Hacer las cosas aparentemente sencillas es lo más complicado. Esta fue otra de las ventajas de elaborarlo a solas. Toda la falta de vida que puede tener no estar tocando con cuatro o cinco tíos más, la suples buscando, probando, analizando... A veces llegaba a casa y mi mujer me preguntaba: ‘¿Qué tal el día?’. Y yo le decía: ‘Fantástico, he grabado veinte pistas y he borrado treinta, ¡ja, ja, ja!’”.

 
JOAN MIQUEL OLIVER, El gran juego

Otra dimensión. 

Foto: Óscar García

 

El resultado de las largas horas de destilación no es, retomando anteriores palabras de Oliver, poca cosa. En “Pegasus” hay mordiente, sucediéndose, entre otras coordenadas, la electrónica, los paisajes cálidos y detalles que evocan cumbres andinas. Un mosaico nada deliberado, atendiendo a sus palabras: “Mira, yo hago música pop, que es sinónimo de no hacer nada muy concreto. Hago música pop con intención experimental y, por lo tanto, puedo hacer lo que quiera, desde electrónica hasta música magrebí”. Sin embargo, es consciente de que “la música tiene connotaciones culturales muy fuertes”, por lo que “es verdad que a veces me preocupa no despistar la atención del oyente con esta cuestión, para no correr el peligro de dar la impresión de que quieres explicar cosas que no quieres explicar”.

“Mallorca es un estallido de vida. El paso de las estaciones es muy drástico, hay montaña pelada y playa, campo sembrado y acantilados. Es un pequeño continente, que a mí me resulta muy motivador. Ryszard Kapuscinski decía que no existe una sola África, sino cuatro. En Mallorca pasa algo similar. Hay como mínimo dos, la de tramontana y la de levante, que son universos diferentes. Y también podríamos hablar del centro y de Ciutat. Es un tierra gloriosa, que desde luego va mucho más allá del turismo”

“Es más –remacha–, cuando empiezo a sospechar que algo tiene una sonoridad demasiado evidente y reconocible, lo intento evitar. Por eso al final caigo un poco en la electrónica. Decir electrónica es como decir pop, es como no decir nada. Es un lenguaje más neutro”. El compositor afronta sus retos de manera opuesta a como lo hacen los autores de bandas sonoras: “Ellos componen música figurativa. Plasman pena, peligro, inmensidad, lo que toque. Es evidente que la música tiene esta carga figurativa, pero yo quiero pensar y me planteo la música como algo abstracto”.

Oliver es un letrista mayúsculo, de los más brillantes de cuantos escriben en catalán ahora mismo. Posee un universo poético propio, reconocible y, en su opinión, no tan melancólico como se dice a menudo: “Hay canciones que, según cómo, te pueden dar pena, pero yo no hablaría tanto de melancolía. Hay pensamiento, divagación, paz, y sobre todo soledad...”.

Lo que sí está claro es que su querencia por la abstracción también se refleja en el capítulo lírico. Pese a que en su haber hay fantásticas piezas narrativas (pensemos en el tema de 2007 “Sa núvia morta”), prefiere cultivar otras sendas. “Muchas veces no estás de humor para que te cuenten historias y, si tienes ganas, enciendes la radio. Para mí, un disco es un espacio estético que no tiene por qué entenderse por la vía racional, discursiva. Se puede entender de una manera puramente estética”. ¿Lírica onírica? “Bueno, lo onírico es solamente uno de los elementos con los que trabajo... porque cuando escribo estoy perfectamente despierto, ¡ja, ja, ja! Pero es cierto que siempre voy cambiando, intentando ver cosas diferentes. No me gusta mantenerme todo el tiempo en la misma idea. Me resulta aburrido”.

Partiendo de esta voluntad, las letras del álbum pueden tomar un vuelo muy alto, entrando en terrenos cósmicos y viajes por constelaciones de lo más sugerentes. Aunque casi siempre parten de lo cotidiano. “Es que solo puedo escribir de las cosas que conozco. Yo conozco esta galleta que ahora me comeré –en efecto, se la zampa–, los productos de limpieza, el Mediterráneo, mi casa y a la gente que vive conmigo. Y escribo sobre esto, aunque creo que lo interesante no es lo que se ve en dos dimensiones, sino lo que hay detrás de las cosas. Creo que las cosas cotidianas son muy importantes, y que no hay ninguna que sea más importante que otra. Para mí, una silla es tan importante como el Universo”. La gracia, pues, reside en “entender las cosas de una manera genuina, no como nos parece que son, o como nuestros esquemas mentales nos dan a entender que son. Es como dibujar. Un dibujante no ve ojos, bocas y narices: ve contornos, zonas claras, zonas oscuras...”.

Apego a los objetos y también al territorio, los paisajes de su isla que desfilan por algunas canciones del disco: “Es donde vivo y lo que tengo controlado. Si viviera tres años en Oporto, haría un disco atlántico”. “Mallorca –prosigue– es un estallido de vida. El paso de las estaciones es muy drástico, hay montaña pelada y playa, campo sembrado y acantilados. Es un pequeño continente, que a mí me resulta muy motivador. Ryszard Kapuscinski decía que no existe una sola África, sino cuatro. En Mallorca pasa algo similar. Hay como mínimo dos, la de tramontana y la de levante, que son universos diferentes. Y también podríamos hablar del centro y de Ciutat. Es un tierra gloriosa –proclama–, que desde luego va mucho más allá del turismo”.

 

Miedo y eternidad

Admite que Antònia Font ha sido “el grupo de mi vida”, pero “veo muy difícil que regresemos. En nuestras carreras en solitario, cada día nos alejamos más de la idea de Antònia Font, por lo que no tendría mucho sentido”. Hasta hace muy poco, ha girado con Sisa y Quimi Portet bajo el nombre Col·lectiu Eternity. “Ha sido divertido, pero, al no tener repertorio original, a nivel artístico ha sido poco intenso”. ¿Qué afinidades hay entre ellos? Oliver sonríe: “Creo que los tres somos unos ‘outsiders’. Me parece que lo que más nos une es que no tenemos amigos, que somos los tres frikis de la clase, ¡ja, ja, ja!”.

Antes de “Pegasus”, el artista mallorquín de 41 años, licenciado en Filosofía y padre de dos hijos, alumbró también su cuarto libro, “Setembre, octubre i novembre” (L’Altra Editorial, 2014). Si en sus anteriores aventuras literarias tocó poesía, novela y teatro, esta vez ha construido una crónica en torno a las peripecias del escalador mallorquín Miquel Riera, con el que pasó tres meses. “Me gustan mucho Kapuscinski, Hunter S. Thomson y Tom Wolfe. Hacía años que tenía pendiente escribir un reportaje largo”. Más que interesarle la escalada, dice, le impresiona. Y en todo el proceso, ha sacado alguna lección de vida: “Básicamente me quedé con la cuestión del miedo. En cómo los escaladores afrontan el pánico. Cuando los músicos salimos al escenario, a veces tenemos una cierta relación con el miedo. Pero en su caso la cosa es más seria. Nosotros tenemos un relación con el miedo virtual, pero la suya es real, y precisamente por eso un porcentaje muy alto de su trabajo es saber gestionar ese miedo”.

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