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JOHN DARNIELLE, Marginado desfigurado

John Darnielle ya había demostrado sus dotes literarias en las letras de las canciones de The Mountain Goats.

Foto: Lalitree Darnielle

 
 

BIBLIOTECA POP (2015)

JOHN DARNIELLE Marginado desfigurado

Presentamos un fragmento (correspondiente al capítulo siete) de “Lobo en la camioneta blanca” (“Wolf In White Van”, 2014), primera novela de John Darnielle, compositor, guitarrista y cantante del grupo The Mountain Goats. Finalista del National Book Award 2014, es la historia de Sean Phillips, quien, tras sufrir una terrible desfiguración en el rostro a los diecisiete años, idea un juego de rol con un mundo asolado por una devastación nuclear. Las críticas anglosajonas al libro han sido deslumbrantes. Aquí tienen una muestra del texto, en exclusiva en la web de Rockdelux desde unos días antes de su publicación en castellano (9 de septiembre de 2015, a través de la editorial Contra, con traducción de Javier Calvo).

Estuvimos hablando mucho rato. El tipo que me había llamado se llamaba Kevin y su amigo Steve, y Kevin me contó que si tenías bigote los coreanos de la licorería no te pedían el carnet de identidad. Mientras lo decía, dio una palmada a una bolsa de color marrón que tenía en la parte de atrás de la camioneta y las latas llenas de cerveza que había dentro soltaron un plonk amortiguado. Yo le conté que cuando era un poco más joven que él ni siquiera nos molestábamos en intentar comprar alcohol, porque los propietarios conocían a nuestros padres: nos limitábamos a bebernos las cervezas en un rincón de la tienda que quedaba detrás de las polvorientas tarjetas de felicitación. Steve se rio y me dijo que todavía vendían tarjetas de felicitación, y yo le contesté que ya lo sabía y que además eran las mismas tarjetas exactamente que cuando yo tenía su edad. Kevin me ofreció una cerveza. Yo le dije que no me la podía beber sin cañita, y el silencio que se cernió sobre la conversación durante los segundos siguientes fue como un gran cañón en un paisaje desértico. Steve metió la mano por la ventanilla de la camioneta, encendió el equipo de música y empezó a sonar la radio. Era la KLOS. Estaban poniendo “Renegade” de Styx.

Kevin aplastó el cigarrillo con el zapato, se acercó lo bastante a mí como para echarme un buen vistazo y me preguntó si me importaba. Me costaría bastante explicar las ganas que tuve entonces de sonreír. Podía imaginarme a mí mismo en su situación, frente a mí, enfrentado a mis cicatrices y a aquellas formas y líneas que parecían dejadas sobre el lienzo por una mano descuidada o distraída. ¿De qué tenemos miedo? De cosas que no pueden hacernos ningún daño. Yo le dije que no me importaba, que hasta molaba un poco, que la mayoría de gente no te lo pregunta aunque se nota que te lo quiere preguntar. Él levantó la vista de la sección de antiguo pómulo que había estado escrutando para mirarme a los ojos y sonrió, creo que porque entendió que yo le estaba comunicando que me parecía un tipo valiente. Steve se acercó por detrás de él, pero guardando las distancias. Es posible que los dos a la vez hubieran resultado demasiado.

Pero Kevin le hizo un gesto con la mano para que se acercara y Steve obedeció; a continuación Kevin señaló con el índice el hoyo que tengo en el sitio donde antes tenía la nariz. Por fin acercó la yema del dedo lo bastante a la superficie como para que yo notara su calor y me preguntó:

–¿Herida de bala?

Lo dijo con un ritmo tan natural que me dio la impresión de que éramos amigos, o compañeros de trabajo, y yo lo corregí:

–Orificio de salida.

Los dos asintieron un poco con la cabeza y siguieron recorriendo con la mirada la ancha superficie que tenían delante: bajando por el costado, coronando la oreja, ladeándose por encima y a través del mentón, sus cabezas moviéndose tan despacio como si fueran vehículos lunares.

Yo les pude echar un buen vistazo mientras ellos daban vueltas alrededor de mí, mostrando todo el respeto y minuciosidad quirúrgica que podían. Componían un retablo viviente de tela vaquera con algunos resaltes plateados aquí y allí: anillos, collares. También emitían una débil pulsación de energía, como si fueran imágenes térmicas de personas en una pantalla. Reconocí aquella pulsación. Yo había llegado a tenerla dentro, aunque muy poca. Me sentía cómodo con ellos. Así que les pregunté si mi cara les daba grima. Lo dije con aquellas mismas palabras, porque tuve la sensación de estar entre miembros de mi tribu.

–¿Os da grima lo hecha polvo que tengo la cara? –les dije.

Ya no hablo nunca así. Aquellas palabras, su sonido y su cadencia veraniega, todo ello venía de algún momento pasado, o bien de una parte sepultada del presente. Viniera de donde viniera –pasado, presente o futuro desconocido–, ahora pareció elevarse del asfalto como un pequeño ciclón invisible que daba vueltas imaginarias a mi alrededor. Me sentí como una viñeta de tebeo. En un mundo distinto, tal vez yo tuviera el aspecto de Kevin y Steve en vez del mío. Tal vez estuviera comprando cerveza en vez de golosinas y fumando Marlboros, holgazaneando en el aparcamiento y esperando que pasara algo. Lo único que era igual en ambas posibilidades eran la licorería y su aparcamiento. Todos los caminos llevaban a aquel lugar silencioso y vacío.

Steve fue el primero en hablar:

–Bueno, colega –dijo, y su tono tenía algo que casi me hizo llorar de alegría–. Está claro que la tienes hecha polvo, pero en realidad da más grima antes de verla de cerca. De más cerca es como… –No estaba seguro de cómo terminar la frase.

–Como dibujos de neumáticos –sugerí.

 
JOHN DARNIELLE, Marginado desfigurado

La vida de un marginado, en la sorprendente novela del prolífico músico y escritor John Darnielle.

 

Yo sentía una proximidad entre nosotros. A veces me parece sentir un vínculo con la gente, pero no es más que imaginación mía. Ya estoy acostumbrado. Pero ellos se rieron de la comparación con los dibujos de los neumáticos, encendieron dos cigarrillos más y me ofrecieron uno a mí, que yo acepté. Me subió tanto a la cabeza que se me nubló la vista y durante medio minuto no vi nada más que una serie de latidos amarillos; la canción de la radio cambió de “Renegade” a “Even The Losers”. A continuación me preguntaron qué era lo peor de haberme llevado un balazo en la cara y yo les contesté que en realidad era que te jodía el oído, lo cual es cierto. Entonces tuvimos una larga discusión: si pudieras volver a tener tu cara o tu oído, ¿elegirías el oído? Sí, estoy bastante seguro de que sí. Pero sigues oyendo, ¿no? Sí, pero lo que oigo me llega en medio de un zumbido constante que va y viene y que a veces no me deja dormir por las noches. ¿En serio? ¿No preferirías tener una pinta más normal?

Esas fueron las palabras exactas que usó Steve: más normal. Las asimilé de inmediato y de golpe. Sentí algo parecido al éxtasis. Me dieron ganas de abrazar a Steve como si fuera un niño. Da más grima antes de verla de cerca. Es como dibujos de neumáticos. Es como una alfombra mullida. Es como las cicatrices que te deja una cuerda. Es como una carretera mal asfaltada. Es como si apretaras los rayos torcidos de una rueda contra una masa de caramelo blando. Le dije la verdad: que no lo sabía; que ya no sabía si quería ser más normal o no. Que había dejado de ser normal hacía tanto tiempo que ya me costaba imaginar ser distinto a como era. Para mí, esto era la normalidad. Por lo que a mí respectaba, salvo en los días en los que surgía algún percance cotidiano, vivía una vida normal.

Steve miró a Kevin, Kevin miró a Steve y los dos dijeron: “¡Una vida normal!”, mientras entrechocaban sus latas de cerveza como si fueran copas de vino, aunque a la altura de la cintura, para que no los pudiera ver ningún coche de los que pasaban junto a aquel pequeño aparcamiento de licorería encajado entre edificios. Ya sabes: por si pasa algún poli. Yo lo entendí de inmediato, a un nivel básico, sin tener que preguntar. Y aquel era el origen de mi éxtasis, de mi satisfacción silenciosa y total: el hecho de que éramos tres personas que, si hacía falta, podíamos comunicarnos entre nosotros sin usar más que gestos.

En el curso natural de la conversación, terminé hablándoles de Carrie y de Lance, y ellos me preguntaron si iba a ir a la cárcel. Yo les dije que nadie estaba hablando de mandarme a la cárcel, pero que tenía bastantes números de acabar en la ruina. Kevin me dijo que me entendía bastante bien, porque su madre lo había echado de casa hacía una temporada y él había tenido que dormir en el coche hasta que se había armado de valor para llamar a su padre. Había tardado una semana entera en hacerlo. Y entonces le había preguntado a su padre si podía quedarse en su casa hasta poder ahorrar el dinero suficiente para pagar el primer mes de alquiler y la fianza. Era consciente de que no podía pedir más. Su padre tampoco tenía un centavo.

El sol ya brillaba con fuerza. A veces uno se siente anciano. Por ejemplo, cuando les preguntas a los jóvenes qué piensan que van a hacer con sus vidas y ves esa expresión en sus caras que dice: “Pero de qué cojones estás hablando”, aunque no te lo dicen a ti, sino que se dedican a transmitírselo entre ellos por medio de un complejo sistema de tics faciales y gestos, que es algo que ellos saben que pueden hacer porque seguramente no lo vas a captar. Pero eso mismo es lo que me distingue a mí: que yo sí lo capto. Veo el semáforo gestual y puedo descifrarlo sin tener que planteármelo siquiera. Se trata de una imagen y una sensación atrozmente dolorosas, de forma que intento evitarlas, pero con Steve y Kevin yo sentía una conexión, o sea que les pregunté qué se planteaban hacer, por ejemplo, después del verano.

–Ni puta idea –dijo Steve.

Y Kevin dijo:

–Voy a drogarme todo lo que pueda.

Y entrechocaron los puños y luego, al unísono, levantaron las manos que les quedaban libres, con las palmas hacia mí. Me estaban pidiendo que les chocara esos cinco. Sentí que el sol había salido dentro de mí.

–¿Y tú qué, colega? –dijo Steve–. ¿Tú qué coño vas a hacer?

Yo sabía lo que les iba a decir; hice una pausa dramática.

–Me voy a ir a casa a ponerme ciego a golosinas y seguir ciego todo el tiempo que pueda –dije.

Kevin y Steve dijeron “Di que sí” de forma automática, reflexiva y escalonada, pero después Kevin dijo:

–Pero con todo ese rollo del juicio, colega, ¿qué vas a hacer? –Y dio un trago de cerveza.

–A tomar por culo –dije. Cuando pronuncio la letra “t”, escupo. Pero ninguno de ellos se inmutó. Yo me acordé un poco de los padres de Carrie, a quienes no les guardaba rencor alguno, porque siempre intento ponerme en la piel de los demás. Si tuviera una hija que se hubiera matado por culpa de la confusión que le había generado un juego que estaba jugando con un desconocido de otra ciudad, yo también odiaría a aquel desconocido. Así es como pienso habitualmente. Pero ahora lo volví a decir, y con total sinceridad–. A tomar por culo.

Steve y Kevin volviendo a hacer chin-chin ruidosamente con las latas.

–¡A tomar por culo! –dijeron casi al unísono. Yo sonreí con mi horrible sonrisa.

Publicado en la web de Rockdelux el 4/9/2015
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