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JOHN HIATT, Una esperanza lenta

Con sus amigos Jim Keltner a la batería, Nick Lowe al bajo y Ry Cooder a la guitarra, en el espléndido “Bring The Family” (1987) consiguió por fin un éxito: “Memphis In The Meantime”. Fue su momento de esplendor.

Foto: Chris Cuffaro

 
 

ARTÍCULO (1989)

JOHN HIATT Una esperanza lenta

Documento Rockdelux. A finales de los ochenta, hubo un momento en que el gran John Hiatt parecía preparado para dar el salto hacia una audiencia mayoritaria. “Bring The Family” (1987) y “Slow Turning” (1988) fueron discos radiantes e inspirados. En este artículo histórico, David S. Mordoh radiografió aquella época y recordó los tambaleantes inicios de una trabajada carrera. Esta es la crónica de una esperanza lenta que finalmente cuajó en el respeto y en la admiración que se le profesa a John Hiatt entre todos los degustadores de los sonidos clásicos con fuste. Hiatt puede presumir de una trayectoria larga que incluye composiciones para un sinfín de artistas.

John Hiatt lleva meses en mi agenda. Concretamente desde su actuación en Barcelona a finales de 1987. Recuerdo que perdí un día entero esperando la entrevista. El retraso de su vuelo desde Italia canceló los compromisos con la prensa y le hizo salir al escenario a una hora poco menos que intempestiva.

Más que la espera inútil y la consiguiente anulación de unos folios pactados, lo que me decepcionó fue no poder hablar con él. Preguntarle esas cosas de seguidor curioso que luego no asoman al escrito (para no comprometer la firma con ridiculeces, todo sea dicho). Yo al menos ando tras su pista desde hace diez años, aunque reconozco que coleccionar su discografía es más obstinación de venerador de perdedores que irreprimible deseo de escuchar un nuevo trabajo. Miento. Sus discos me gustan –algunos mucho– y siempre creo que el próximo será el definitivo, el que le abrirá las puertas al reconocimiento popular.

Fue en 1979 cuando escuché por primera vez el nombre de John Hiatt. Entre la maraña de desconocidos inundando semanalmente el mercado post-punk aparecía el suyo, respaldado por los comentarios positivos del elepé “Slug Line” (1979). Sin escucharlo al principio, ya que no se publicó en España, pasé tiempo confundido –en aquellos días, si te lo tachaban de cantautor yanqui, inmediatamente imaginabas una cosa tipo Dan Fogelberg– hasta hacerme una copia. Y entonces vi la luz al otro lado del océano. Otra voz bárbara, como por ejemplo la de Graham Parker, jugando a ser negra, solo que esta vez desde una tierra donde jugar a eso puede tolerarse. Lo acompañaban, además, músicos sonando compactos dentro de un ambiente de economía primaria muy eficaz. Como los Rumour o los Attractions. Sí, los Attractions. De hecho, se lo comparó –y se le sigue comparando– a Elvis Costello. Por los altibajos vocales, por los textos incisivos cuestionando la vida misma, y porque la verdad es que coincidía en tiempo y espacio con aquella inolvidable mafia engendrada entre el pub rock, el power pop, la nueva ola y el punk. Rhythm & blues aguerrido, reggae electrizado (“Slug Line”), aires calientes (“Radio Girl”) y sureños (“Take Off Your Uniform”), el elepé alcanza oídos minoritarios que necesitan datos.

 
JOHN HIATT, Una esperanza lenta

En su época en Geffen, etapa a descubrir, que duró de 1982 a 1985: fracaso comercial.

 

INDIANA JOHN

El muchacho es de Indianápolis, ciudad que abandonó en 1970, a los 18 años, tras curtirse en grupos asiduos a las fiestas de los colegios católicos tocando versiones  de Otis Redding, Marvin Gaye, Mitch Ryder y Young Rascals. Hiatt es un buen guitarrista, aprendió desde los 11 años y no le da miedo la carretera para buscar una oportunidad. Tras una temporada en Milwaukee, acaricia el sueño de Nashville con un contrato de cinco años como compositor para Tree Publishing. Allí graba dos elepés para Epic, “Hangin’ Around The Observatory” (1974) y “Overcoats” (1975) –hace un par de años, publicados aquí en serie barata–, sin ninguna repercusión, volviendo a caer en un ostracismo que lo obliga a cambiar de aires en 1976. Atrás quedan los clubes de folk y el partirse el pecho como jefe de filas; John Hiatt está dispuesto a la comodidad de tocar para otros. Pero ya en 1978 las cosas han cambiado. Ahora vive en Los Ángeles, está muy interesado en la movida new wave y tiene gente andando tras sus pasos con contratos jugosos. Al final se decide por MCA en lugar de WEA (ambas compañías no habían pactado su convenio particular), con “Slug Line” como primera oferta, melódica, dura, arrogante, espontánea (también “Look Sharp!”, 1979, de Joe Jackson inspiraba adjetivos similares).

No obstante, el segundo elepé tampoco obtuvo los beneficios previstos. “Two Bit Monsters” (1980) es como una continuación del anterior, con el mismo productor, Denny Bruce (auténtico su currículo: Leo Kottke, The Fabulous Thunderbrids, John Fahey), y las mismas directrices. Urgencia relativa (“Pink Bedroom”, “String Pull Job”), pop clásico (“Back To The War”) y la versión simpática de “I Spy (For The FBI)”, una de las canciones más importantes de los clubes ingleses de los 60 –tanto como “Harlem Shuffle” de Bob & Earl o “Rescue Me” de Fontella Bass– que interpretaba Jamo Thomas.

En cualquier caso, no todo ha sido en vano. Ry Cooder se percata de su valía y lo incorpora como guitarrista a los ensayos del elepé “Borderline” (1980). Hiatt le paga el favor componiendo la hermosísima canción “The Way We Make A Broken Heart” (recuperada por Rosanne Cash en el recomendable “King’s Record Shop” de 1987).

Nace una amistad entre ambos que se traducirá en la colaboración de Hiatt en la banda sonora de “The Border” (1980): participa componiendo tres canciones, dos de las cuales también las canta. Como la proyección es optimista, surgen discográficas atrevidas para tomar el relevo a MCA, siendo Geffen la que al final lo ficha. Solo esta compañía pudo dejar a Neil Young grabar un disco tecno y a John Hiatt dejarse producir por Tony Visconti. “All Of A Sudden” (1982), el producto en cuestión, aparece hiperarreglado con el glamour característico del productor (Bowie 1974-79, T. Rex). La entrada muy duke de “I Look For Love” va dejando paso a arreglos más llevaderos para temas de R&B, aunque no puede evitar echarle el toque slider a un rock & roll clásico como “Doll Hospital”. Otros temas destacables son “My Edge Of The Razor” y “Something Happens”, esta última incluida en el elepé de Dave Edmunds “Twangin’” (1981).

Nuevo cambio de estrategia. Si lo barroco no pega, volvamos al pasado con la ventaja de experiencias acumuladas. “Riding With The King” (1983) se dirige ya en concreto al tipo de gente que compra sus discos. En la primera cara le acompaña solamente el batería –ha tocado para muchísimo talento minoritario, como Geoff Muldaur, Amos Garrett, Terry Garhwaite, Durocs, Roky Erickson y hasta Sammy Hagar– y multinstrumentista Scott Matthews. Salvo la guitarra a cargo de Hiatt, Matthews toca todo lo demás en una ejemplar muestra de pop humano: “She Loves The Jerk” algún día será rescatada por un famoso, “Death By Misadventure” circula trepidante mientras “Say It With Flowers” evoca a Rockpile. Junto a Matthews coproduce Ron Nagle, conocido suyo desde la anterior producción de Durocs en 1979. Para la segunda cara, en cambio, va al grano con la producción a cargo del mismísimo Nick Lowe y acompañado por la crema del género: Martin Belmont y Paul Carrack. Indudablemente, esas seis canciones juntas, que van del R&B pantanoso de “Riding With The King” al Diddley beat de “Falling Up”, donde conviven en armonía lo mejor de Hiatt y lo mejor de Lowe, se convierten en la espina dorsal de su obra.

 
JOHN HIATT, Una esperanza lenta

“Solo recientemente he aprendido a conjugar algunas de mis obsesiones al escribir sobre las cosas que me rodean... Ahora lo observo todo desde una perspectiva similar a las películas de Frank Capra. La vida es maravillosa”, dijo John Hiatt. Fue el factor “Bring The Family”.

 

Aun así, para desespero de Geffen, no era rentable. Un último intento echando el resto –el fastuoso Norbert Putnam produciendo, Elvis Costello en los créditos del tema “Living A Little, Laughing A Little”– da lugar a su disco más compacto hasta aquel momento, “Warming Up To The Ice Age” (1985). Sonido deslumbrante, R&B meticuloso, pulso de acero con alguna balanza erizante (“When We Ran” es definitivamente la canción del disco), en fin, los ingredientes avalan un éxito que incomprensiblemente –y van…– no llega. ¿Por qué? Cualquiera de estas canciones puede arrasar en las FMs americanas (Dylan grabó “The Usual”). Lo mismo debió pensar la discográfica, pero la realidad aconsejaba rendirse. Para seguir grabando, Hiatt pasó por un trance de equilibrismo burocrático. Demon lo contrató en 1986 para el mercado británico mientras A&M se encargó del área que no cubriese la anterior. Volvía la luz de la esperanza a un Hiatt destrozado por las drogas, el alcohol y el suicidio de su esposa. ¿Se hubiese evitado la cadena de desgracias con un hit?

Gracias a la ayuda de algunos amigos, aún era posible obtener uno. ¡Y qué amigos! Jim Keltner a la batería, Nick Lowe al bajo y Ry Cooder a la guitarra como únicos acompañantes del octavo elepé, “Bring The Family” (1987). Y viene el hit: poca cosa, una entrada en las listas de country con “Memphis In The Meantime”. Y encuentra nueva compañera. Y los elogios por el disco le reconfortan. Y… ¡qué espectáculo escuchar su voz confesarse en “Alone In The Dark” con Ry rememorando melancolías de “Paris, Texas” (1985)! Y la cadencia del guitarrista –cuando Ry quiere, sobran las palabras– de “Lipstick Sunset”, puro atardecer. Y la convicción –y tocando el piano– en “Have A Little Faith In Me”.


GLYN JOHN(S)

Podría seguir con la otra cara, pero tengo entre manos su nuevo disco. Una urgencia el comentarlo. Pasa tan bien. Produce Glyn Johns, personaje hábil a la hora de manufacturar sonidos sencillos mezclando country y pop (Eagles, por ejemplo).

“Slow Turning” (1988) desprende facilidad y felicidad. Las melodías se suceden, el ritmo trotón va del semiboogie a la semibalada, mientras Hiatt se esmera vocalmente narrando aventurillas peligrosas en Graceland (“Teennesee Plates”), la alegría de ser padres (“Georgia Rae”) y la tristeza de la soledad (“Is Anybody There?”). Cada vez más cerca de lo elemental, de lo digerible.

Si Cougar es capaz de vender con cuatro riffs esquemáticos y una voz rancia, él también podría (curioso, ambos son de Indiana); “Paper Thin” –acordes finales robados a “Bitch” de los Stones– al menos así lo demuestra.

Y demuestra sobre todo que no parará hasta conseguir entrar en el clan de los que colocan cada elepé en el Top Ten, sin hacer más concesiones de las estrictamente necesarias.

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