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JOSELE SANTIAGO, Absurdo sin dramatismos

Se ha casado, se ha ido a vivir al campo y ha abandonado antiguos vicios. Foto: Alfredo Arias

 
 

ENTREVISTA (2011)

JOSELE SANTIAGO Absurdo sin dramatismos

Volvemos a los tiempos de “Lecciones de vértigo” (2011), el cuarto álbum en solitario de Josele Santiago –cuyo título proviene de una cita de Roberto Bolaño–, disco que recuperó a un autor pletórico en cuanto a lucidez, sutileza y capacidad de comunicar, un mago de las palabras con talento para provocar perplejidad, risa, sorpresa y melancolía en una misma canción. El mejor Josele volvió y nos invitó a reconciliarnos con el mundo, con todo lo que este tiene de extraño e incomprensible. David Saavedra fue testigo directo de esta nueva etapa de Josele, cada vez menos Enemigo de sí mismo.

Si la vida mata, la muerte revive. De los abismos de esa paradoja parece haber salido muy fortalecido Josele Santiago. A sus 46 años, el ex líder de Los Enemigos reconoce llevar ahora “una vida muy tranquila y satisfactoria” tras pasar por algunos infiernos. Se ha casado, se ha ido a vivir al campo en un lugar cercano a Castelldefels (Barcelona) y ha abandonado antiguos vicios.

“Desde que terminé el anterior disco“Loco encontrao” (El Volcán Música, 2008)–, no he vuelto a tomar una copa”, apunta en su sexto día sin fumar. “Todavía es muy pronto para cantar victoria, pero a ver qué tal. Lo del tabaco ya es para rematar. Llega un momento en que si la mente y el cuerpo funcionan mejor sin venenos, lo mejor es quitártelos de encima. En otras épocas me iba bien, pero ya no es así”. No obstante, la verdadera noticia es la aparición de su cuarto álbum, “Lecciones de vértigo” (El Volcán Música, 2011); y, en mi opinión, su más lograda y emocionante colección de canciones desde que debutara en solitario en 2004 con “Las golondrinas etcétera” (Virgin). Ahí es donde centramos la conversación en una soleada mañana en las oficinas de su sello en Madrid.

“Esa es la felicidad con que yo no quiero ni encontrarme, la felicidad pasiva y boba. Pero una tranquilidad sí viene bien. En mi caso ya era absolutamente necesario. Llámalo paz, equilibrio o lo que quieras. Y la creatividad también es un tema muy relativo porque esto es trabajo. Lo de la inspiración nunca me lo he creído mucho, se trata más de tener la antena puesta y de disciplina. Yo salgo a dar un paseo y estoy trabajando”

Existe el mito de que en etapas de bienestar personal se es menos creativo. ¿Qué opinas? Esa es la felicidad con que yo no quiero ni encontrarme, la felicidad pasiva y boba. Pero una tranquilidad sí viene bien. En mi caso ya era absolutamente necesario. Llámalo paz, equilibrio o lo que quieras. Y la creatividad también es un tema muy relativo porque esto es trabajo. Lo de la inspiración nunca me lo he creído mucho, se trata más de tener la antena puesta y de disciplina. Yo salgo a dar un paseo y estoy trabajando. En unos meses voy a tener unas cuantas canciones y estoy haciéndolas ahora mismo. ¿Tú me ves “despistao”? Vale, es tu punto de vista, pero yo estoy trabajando.

¿Las canciones te salen más fácilmente ahora o les das más vueltas? Cada vez las trabajo más. Ten en cuenta que cada disco que haces es un camino que cierras y sobre el cual te repetirías, así que intentas abrir otros nuevos y cada vez está más jodido, sobre todo encontrar el punto de vista sobre el cual abordar un tema. Porque temas tampoco hay tantos, así que depende mucho desde dónde lo mires.

Antonio Luque, Fernando Alfaro o Nacho Vegas suelen decir que escriben canciones para plasmar el absurdo de la vida. ¿Es también tu caso? Es que para buscar explicaciones y todo eso... pffff... para eso no estamos. Sí para intentar ver otros puntos de vista que puedan ser más o menos esclarecedores, pero razones, motivos y “porqueses”, ni siquiera los científicos dan con ello. Me gusta poner de manifiesto este tipo de desórdenes y de situaciones especialmente “cantosas”.

En este disco has recuperado la guitarra eléctrica. Me apetecía rockear y las canciones admitían chicha, incluso algunas la pedían a gritos, así que, mira, de puta madre. Yo he utilizado la acústica estos años, más que como adorno, como guía para los demás músicos, porque he tenido un desfile de ellos y decidí centrarme en los acordes “pelaos” y la estructura de las canciones, porque muchas veces la falta de ensayo era... vamos, que una vez he llegado a tener en la furgoneta a un tío, un bajista, que no sabía quién era. Por otro lado, las canciones tampoco pedían mucha estridencia. Además, como cantante, este disco me ha dado mucho más espacio, porque esta vez no está grabado en estricto directo. Hacía tiempo que no me ponía a cantar así, con los cascos. Lo hacía con la guitarra colgando, que no es lo mismo.

Creo que tienes un poco de sordera. ¿Te causa dificultades al tocar con más volumen? No, me pongo así de “lao” y ya está (risas).

Las letras son menos narrativas y más poéticas, y también parece que le has dado más importancia a jugar con la sonoridad de las palabras. ¿Es así? Pues no te sé decir. Puede ser. Es cierto que antes eran más narrativas y que estas son más de sensaciones e imágenes. Pero así como yo nunca trabajo pensando en estilos, tampoco lo hago pensando en qué tipo de letra quiero hacer. Generalmente hay una frase o una imagen que es el detonante. Yo creo que este está más logrado, que vamos avanzando un poquito. Sobre todo en estados de ánimo y cosas más sutiles.

 
JOSELE SANTIAGO, Absurdo sin dramatismos

La nueva vida de Josele Santiago. Foto: Alfredo Arias

 

¿“Hagan juego” te la cantas a ti mismo? Sí, bueno, es una situación que conozco. Es la cara morbosa de mi trabajo, todo esto que hay en el mundo de la música de “a ver este si se muere o si aguanta”. Es lo que decíamos antes de exaltar la parte absurda de esto. Entonces metí al protagonista en un circo, donde se ve si revienta o si no. Conozco a gente que incluso llegó a hacer apuestas con Los Enemigos cuando no hacíamos giras muy largas. Hay quien nada y guarda la ropa en casa, y en su vida privada disfruta viendo cómo se autodestruye una persona en el escenario. Y en realidad tú estás ahí ofreciendo música, coño, ya lo otro es secundario; pero a veces se invierten los planos y parece que el espectáculo es eso tan sórdido y tan absurdo. Es una canción que habla mucho de incomprensión.

“Sol de invierno” parece reflexionar también sobre eso. Es un poco el reverso de “Vuelo de volar” o “An-tonio”, que hablan de amigos caídos, de gente que se ha ido quedando en esta especie de batalla épica en que se ha convertido lo de la droga en algunas generaciones. Esta es sobre los que estamos intentando salir o hemos salido. Pensé: “Qué coño, vamos a hacer una canción de los que estamos aquí, que, total, los que se han ido, se han ido”. Teníamos que tener alguna y que encontrar motivos. Y yo creo que hay unos cuantos.

“Es la cara morbosa de mi trabajo, todo esto que hay en el mundo de la música de ‘a ver este si se muere o si aguanta’. Conozco a gente que incluso llegó a hacer apuestas con Los Enemigos cuando no hacíamos giras muy largas. Hay quien nada y guarda la ropa en casa, y en su vida privada disfruta viendo cómo se autodestruye una persona en el escenario. Y en realidad tú estás ahí ofreciendo música, coño, ya lo otro es secundario; pero a veces se invierten los planos y parece que el espectáculo es eso tan sórdido y tan absurdo”

Me llama la atención en ese tema el uso de la palabra “gayumbos”. Nadie la utiliza en canciones, y es muy musical. Es una gran palabra. Y, además, la primera vez que la escuché, yo nunca había oído la palabra, pero sabía lo que era. Es como “orgasmo”: la primera vez que la escuché tenía muy claro de lo que me estaban hablando. Aparte del contexto, que supongo que ayudaría.

¿De qué tipo de hombre trata “Canción de próstata”? Es una coña del macho ibérico, claro. Parece que mucha gente lo da por extinguido, pero yo no lo veo; lo que pasa es que ahora ha cambiado de uniforme, va vestido un poco como un maricón, pero sigue siendo el mismo. Y ahora que voy a nadar a la piscina y hay un gimnasio al lado, digo: “Hostiaaa”. Tenía ganas de hacer una mofa de este personajillo, un poco a la manera que tiene Randy Newman de hablar de los “rednecks”. Lo situé en un gatillazo para darle un poco más de dramatismo a la cosa. Ya sabes, el macho ibérico... maltratador... y fascista (risas).

Has grabado por fin “Ser verde” (“Bein’ Green”), un tema de Joseph G. Raposo para la rana Gustavo en “Barrio Sésamo” y que era un clásico tuyo en directo. Sí, ya era hora. Tenía ganas de meterla en un disquito. Tuvimos un día un poco tonto en el estudio, estábamos Pablo Novoa y yo, la hicimos y ahí quedó. Es una canción fantástica que ha hecho mucha gente: Frank Sinatra, Ray Charles, Van Morrison... faltábamos nosotros (risas).

Me impresiona “Pae”, una canción tragicómica sobre la agonía de tu padre en un hospital gaditano en carnaval. ¿Te costó mucho componerla? Sí, llevó mucho tiempo, aunque las imágenes ya las tenía. La empecé a escribir allí mismo. Evidentemente no es una canción dedicada a mi padre. Tú la escuchas y no habla de él, sino de una situación por la que pasamos casi todos, y en este caso la casualidad quiso que fuese bastante dantesca y surreal. Era un hospital que se encuentra junto al Teatro Manuel de Falla, donde hacen los concursos de chirigotas. Te puedes imaginar la cafetería del hospital, tu padre muriendo... y aunque solo fuera para atraparlo, porque entra uno en un estado de narcosis importante en estas situaciones límite, de estas de “pellízcame”, decidí escribir algunas imágenes tomadas de la realidad: un tipo disfrazado de marciano que te pide un cigarro en el hospital en que se está muriendo tu padre... Volví con aquello, aparte de una pena muy grande, y empecé a trabajar. Intenté quitarle dramatismo, sobre todo para coger la parte absurda de todo lo que era carnavalesco, y además llovía a mares, así que metí Cádiz bajo el mar. Creo que quedó una historia bastante apañada. Duendes verdes que hacen de médicos, y este blues arrastrado, que hace que la historia vaya sola.

¿Qué relación tenías con tu padre? Muy buena. No era mi amigo, era mi padre, y él quería ser mi amigo, pero no podía porque era mi padre. Aparte de eso, bien. Pero la canción... siempre he intentado huir del dramatismo, otra cosa es que lo logre. Igual que de la épica. Pero aun así siempre acaba saliendo. Yo creo que de esta vez sí que he escapado. Tenemos esta manía de magnificarlo todo y al final no es para tanto, hostia.


Un castizo entre payeses

Una de las mayores contribuciones de Josele Santiago al rock en castellano ha sido su personal introducción de un imaginario rural que, en “Lecciones de vértigo”, reaparece con fuerza en el tema “Cachorrilla”. Las boinas, los garrotes y los borricos reemplazan, de forma mucho más real, esa iconografía idealizada de tablas de surf, motos y chupas de cuero. “Qué se le va a hacer –justifica él–, yo soy de Madrid y todo lo que quieras, pero siempre he tenido querencia por este folclore. Luego me he ido a vivir a pueblos pequeños y he acabado asqueado, pero sí que me gusta el monte y esta parafernalia, Delibes, Baroja... es un mundo que me encanta. Esto sí que fue premeditado cuando empezamos Artemio (Pérez) y yo con Los Enemigos –prosigue–. Sacábamos el porrón, muchas canciones se desarrollaban en pueblos, queríamos entrar en un terreno un poco berlanguiano que nos interesaba mucho, y que era lo que usaba la música que escuchábamos nosotros. La música popular norteamericana y gran parte del rock’n’roll primitivo es así, coño: hablaba de fulana la de la granja de no sé qué, que se le ve el refajo y esas cosas. Es muy divertido, y daba mucho juego”.

En su nueva ubicación, el madrileño se encuentra en la gloria. “Apenas salgo del pueblo”, reconoce. “Algunas veces me acerco a Barcelona, pero bajo a hacer el japonés, a La Boqueria y eso, y también me gusta perderme por el zoo. Por cierto, y volviendo al tema anterior, aquí quien trata estos temas y lo hace muy bien es Quimi Portet. Tiene un punto con el que me siento muy identificado. Es una referencia que tengo, muy de porrón y de payés”.

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