Las canciones del nuevo álbum nacieron más fluidas: “Cuatro meses de trabajo diario, aunque algunos fragmentos e inicios se remontaban a tres o cuatro años”. El trago llegó en la grabación, dos sesiones en Berlín, con un par de semanas en medio: “Un día entero concentrado en algo tan doloroso me dejaba para el arrastre. Y luego me pasé seis meses, de vuelta en París, sin apenas salir de la cama”. Pearson no soporta escuchar el álbum y tira de placebos para poder tocarlo en vivo: “Cuento chistes malos entre tema y tema. Lástima que también los tenga que escuchar el público”.
Josh asegura que estas letras, además, reflejan “la muerte de Dios” en su interior: “En realidad, tengo una relación de tipo off/on con el Todopoderoso”, musita. Y no bromea: es hijo de un predicador capaz de abandonar a la prole en su afán de fundar iglesias. Así que considera “un segundo padre” a Jim Parker, responsable del Trinity Institute de Tehuacana, el centro cristiano donde se refugia cada vez que pierde la fe. “Aunque siempre he creído mejor llamarle tío”, ironiza.
Un título de imaginería religiosa, “Angels & Devils”, estuvo a punto de convertirse en su debut como solista en 2002, pero Josh se echó atrás. “En 2008 registré versiones eléctricas de esa colección con el batería de Lift To Experience, Andy Young, pero aquello quedó de nuevo inconcluso por mi traslado a París y mi crisis posterior. No sé qué pasará con esas canciones: son increíbles”. La emoción acústica del disco actual obedece en parte a su funcionalidad en directo: “Con una banda country también quedaría bien, pero sería como hacer ‘covers’ de mí mismo”. Covers de otros, Depeche Mode entre ellos, interpretó en el reciente aniversario de Mute. “Canciones de hace veinte años, cuando accedí a los discos; el rock en la radio no lo escuché hasta los 11 o 12. Rechazaba el country o el gospel que me rodeaban entonces, pero luego comprendes lo importante de su influencia”. 