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JUVENTUD JUCHÉ, Esa extraña inercia

Arturo, Luis y Javi: movimientos sin miedo. Foto: Alfredo Arias

 
 

ENTREVISTA (2016)

JUVENTUD JUCHÉ Esa extraña inercia

“Movimientos”, segundo álbum de Juventud Juché, tiene mucho peligro. La primera impresión al plantarle cara es que el grupo madrileño está relajando el gesto antes de tender la mano. Pero nada más lejos. En realidad, está concentrando todo su potencial para articular una serie de golpes que te harán besar la lona. Esto va a doler, sí. César Luquero les tendió la mano en esta entrevista.

Bar de viejos en los aledaños de la Plaza de las Ventas. Cañas bien tiradas a 70 céntimos. Y con tapa. Pocos parroquianos a esta hora de la tarde. Hits de saldo en la radio la mayor parte del tiempo. Reunidos alrededor de la formica, los tres componentes de Juventud JuchéJavi Molina (voz y guitarra), Arturo Hernández (batería) y Luis Fernández (bajo)– no hacen esfuerzo alguno en ocultar su satisfacción, aunque tampoco se dejan llevar por la euforia. Saben que “Movimientos” (Sonido Muchacho, 2016) les ha quedado niquelado y que el grupo va para arriba en lo creativo, pero tampoco se montan demasiadas películas al respecto. “En España no hay un circuito para plantearte vivir de esto”, apunta Luis. “Eso está bien y mal. No vamos adelante con el grupo para funcionar a nivel económico y, de hecho, muchas veces prima tocar en sitios que nos apetecen antes que por el caché que ofrezcan. Hay determinadas cuestiones que ni te planteas porque sería un suicidio psicológico. Y entre nosotros podría crear tensiones. Cada uno con su trabajo y que esto sea un complemento satisfactorio. En el momento en que esto se convierte en un trabajo, por mucho que te guste... Hostias... Es que un trabajo para toda la vida es una losa”.

“Lo primero que dijo Ian Crause es que todo lo que habíamos grabado antes no le gustaba nada y que él lo haría mucho mejor. ‘Tenéis que sonar profesionales; yo soy mejor que todo eso’. Esa fue la base. Hizo lo suyo con la grabación definitiva, para la que había dado directrices como que utilizásemos claqueta o que no se colaran cosas de un sitio y otro”
(Javi Molina)

Los tres tienen 26 años. Javi y Arturo nacieron en Almería y son amigos desde críos. Vinieron a Madrid al terminar el instituto para estudiar en la universidad. Arturo conoció a Luis en la Facultad de Ciencias de la Información, mientras Javi se matriculaba en la de Informática. Hace poco más de cuatro años, con la orla recién enmarcada, alquilaron un local por horas y se pusieron a tocar, a ver qué pasaba. A principios de 2012 grabaron una demo de cinco canciones-exabrupto con cero medios técnicos, “La Juventud Juché te saluda”, que terminaría transformándose –pocos meses después y tras pasar por el Studio B de Bernardo Calvo– en el EP “Juventud Juché”, novena referencia del sello Sonido Muchacho, dirigido por Luis.

Como estaban sin curro y había tiempo por delante, decidieron abonarse al “sí a todo” y se embarcaron en una frenética vorágine de directo. “Fuimos a sitios a tocar para nadie ochenta veces”, reconoce Javi, antes de abrir el libro de anécdotas. “A Galicia fuimos sin ni siquiera tener el single. Hemos tocado para cuatro personas. Nuestro segundo concierto fue en Barcelona, en una sala para cuatrocientas delante de diez. Nos pagaron con una hamburguesa”. A salvo de expectativas y vacunados contra el desaliento, aprovecharon tan ruinoso período para hacer callo y forjar un sonido que, no está de más recordarlo, encuentra en el post-punk menos complaciente, la no wave y el art rock setentero sus principales fuentes de inspiración. “Creo que toda esa experiencia nos sirvió bastante. Hubo semanas en que tocábamos dos días y llegó un momento en que dejamos de ensayar porque no parábamos de tocar”, asegura Arturo, antes de que tercie Luis: “Se ha notado eso a la hora de empastar como grupo. Por mucho que ensayes, a veces no terminas de encajar bien. Nos hemos ido conociendo a través del directo, y así hemos ido solventando las cosas”.

“Movimientos” hace honor a su nombre y certifica el avance compositivo experimentado por el grupo desde “Quemadero” (Gramaciones Grabofónicas-Sonido Muchacho, 2013), tonificante y esquemático muestrario de post-punk en la onda de Wire o Gang Of Four que el trío da por bueno, pero también por superado. El nuevo álbum fue grabado en La Zona Temporalmente Autónoma de Torrijos (Toledo) por Ojo, de La Débil, y Pablo, de PAL. El bruto resultante de dichas sesiones se envió a Ian Crause para que realizara el proceso de producción y mezcla. Como la confianza de Juventud Juché en el jefazo de Disco Inferno era plena, apenas hubo restricciones. Se pusieron en común las directrices de sonido y se asumieron una serie de pautas técnicas para la grabación. A partir de ahí, manga ancha para el británico, mensajería de Facebook e intercambio de archivos vía Dropbox. “Le mandé las grabaciones del local, sin voces siquiera”, recuerda Javi. “Estábamos bastante de acuerdo en las referencias. Ese fue todo el trabajo previo, no hubo mucho más. Lo primero que dijo es que todo lo que habíamos grabado antes no le gustaba nada y que él lo haría mucho mejor. ‘Tenéis que sonar profesionales; yo soy mejor que todo eso’. Esa fue la base. Hizo lo suyo con la grabación definitiva, para la que había dado directrices como que utilizásemos claqueta o que no se colaran cosas de un sitio y otro. También nos dijo que no se nos fuese la olla con tocar demasiado rápido, pero al final tampoco le hicimos mucho caso”.

 
JUVENTUD JUCHÉ, Esa extraña inercia

“Llegó un momento en que dejamos de ensayar porque no parábamos de tocar”.

Foto: Alfredo Arias

 

“Movimientos” tiene más profundidad, más pegada y más tuétano rítmico que su predecesor. La diversidad de arreglos y lo sustancioso de su lírica suponen un triunfo para un grupo que, a diferencia de otros, tenía bastante claro aquello que no quería hacer. “Ha habido riesgo, nos hemos dicho que podíamos cambiar y que no pasaba nada, que tampoco nos lo íbamos a pensar”, afirma Luis, sin sonar tópico ni autocomplaciente. “Para mí era obligatorio cambiar”, dice Javi, antes de admitir que a algunos allegados no les ha gustado nada el golpe de timón. “Que lo comparen con el primer disco, cuya principal baza es que era fresco, es inevitable. Pero no se puede ser fresco dos veces. Intentar repetir eso es un error; siempre te van a comparar con el anterior, que además te va a ganar. Y hay gente que lleva mal el cambio. Lo piensas y hay grupos que hacen siempre el mismo disco y les va de puta madre, no es raro. A mí me gusta más el otro planteamiento. Para mí era lo natural, lo necesario, lo que había que hacer”.

“Ya había cantado anteriormente en grupos, pero no en grupos que dieran importancia a la voz o las letras. No había escrito letras, no había asumido ese rol... Me he atrevido a cantar, cosa que antes no hacía, porque me siento mucho más cómodo. En cuanto a las letras, las anteriores eran en su mayoría anecdóticas. Aquí me gustan todas”
(Javi Molina)

No está de más subrayar el acierto de Ian Crause a la hora de mezclar el álbum. El primer plano otorgado a la voz es el mejor argumento al respecto. Arturo explica que “en ‘Quemadero’ los instrumentos iban muy a saco con la voz más escondida y ahora Javi hace más silencios con la guitarra y la voz tiene más importancia”. No solo eso. Las letras son uno de los puntos de anclaje más sólidos de “Movimientos”, trabajo que reflexiona, desde la primera y segunda persona del singular, sobre el poder prácticamente omnímodo del miedo. Javi, responsable del negociado lírico, era consciente de la mejora experimentada en dicho terreno y se ha quitado de encima los temores que atenazaban sus cuerdas vocales. “Lo de esconder la voz tenía bastante de complejo”, concede. “Ya había cantado anteriormente en grupos, pero no en grupos que dieran importancia a la voz o las letras. No había escrito letras, no había asumido ese rol. Y ahora ya lo he entendido. Me he atrevido a cantar, cosa que antes no hacía, porque me siento mucho más cómodo. En cuanto a las letras, las anteriores eran en su mayoría anecdóticas. Aquí me gustan todas”. Molina escribió los textos prácticamente de un tirón, en una semana del mes de noviembre de 2015. De ahí el carácter unitario, casi conceptual, de un cancionero que induce a sacar pecho. “Se nota que son muy personales y que el cambio ha sido para mejor”, advierte Luis. “Y es un acierto que Ian Crause las haya puesto en ese plano. En el primer disco no iban impresas y en este sí que van a ir. Aquellas eran más gratuitas... Sí, te das cuenta de eso, era algo que al grupo le faltaba, la pata que quizá había que fortalecer”.

Poco dado a alegrías, el denso caudal de “Movimientos” desemboca en “Carne”, furiosa pieza de minuto y medio, casi una coda, que recupera el ímpetu de aquellas grabaciones primigenias de tanteo y reconocimiento. Ese impulso insumiso y feroz que puso en marcha la maquinaria de Juventud Juché. La imagen de la vida adelantando al protagonista de esta canción –inspirada por una letra de Tom Zé para Os Mutantes, según Javi– corona con definitiva elocuencia una obra que prefiere el diagnóstico a la prescripción e invita a dar el primer paso. A apretar los puños.

 

Laberinto de pasiones

Juventud Juché no es el único grupo en el que tocan sus componentes. Todos ellos reparten minutos musicales en varias formaciones, confirmando la existencia de esa minúscula red de vasos comunicantes que irriga el subsuelo madrileño. Arturo marca el ritmo en Sierra, recomendable grupo de onda ochentera en el que también encontramos a miembros de Margarita o El Día Después. Javi formaba parte de Sagrados Corazones, ruido muy loco en vena, antes de asumir la disciplina Juché. Y en ello sigue. Pero el que más ha diversificado su agenda, al menos a simple vista, es Luis. Compartió con Arturo la base rítmica de Los Claveles, se integró en Cosmen Adelaida a la altura de “La foto fantasma” (2014) y desde hace aproximadamente año y medio es el bajista de Los Punsetes.

Por si fuera poco, Fernández regenta el sello y editorial musical Sonido Muchacho, hogar discográfico de grupos tan apetecibles como Disco Las Palmeras!, Tigres Leones, Terrier o Huías. Lo puso en marcha junto a dos colegas de la facultad hace un lustro, pero ahora está solo en el puente de mando. La primera intención al fundarlo, tampoco está de más decirlo, era editar una revista de música. Con una infraestructura de guerrilla –portátil, discos duros para almacenar los másters– y sin un modelo confeso en el que mirarse, ha declarado que Sonido Muchacho es el posgrado que en su momento se negó a hacer. Aprovechar las posibilidades ofrecidas por la red y aprender a fuerza de ensayo-error son algunos de los puntos clave en un programa que le ha permitido publicar una treintena de referencias, sin renunciar al formato físico –suelen prensar quinientas copias de cada trabajo– ni escatimar en la finalización del producto.

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