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KAMASI WASHINGTON, Todo por un sueño

El coloso. Foto: Mike Park

 
 

ENTREVISTA (2015)

KAMASI WASHINGTON Todo por un sueño

Diez músicos se encierran un mes en un estudio de Los Ángeles. De esas sesiones sale el primer álbum del saxofonista Kamasi Washington, que de la noche a la mañana pasa de figurar en los créditos y giras más dispares a ser una figura del jazz. Su debut es una obra intensa, cálida y barroca de casi tres horas de duración que se titula, muy adecuadamente, “The Epic”. Y solo es el principio: aparecerán siete discos más. Roger Roca habló con él.

En Los Ángeles, que durante décadas fue la capital de la industria norteamericana del espectáculo, hay muchos músicos cuyos nombres nunca conoceremos, pero a quienes hemos oído infinidad de veces. Kamasi Washington podría haber sido uno de ellos. Cualquiera que haya escuchado “New York, New York” de Ryan Adams recuerda el maravilloso solo de saxofón que cierra la canción, pero casi nadie sabría decir quién era el saxofonista. ¿Quién se acuerda del tenor de pelo afro y gesto tranquilo al fondo del escenario en los conciertos de Snoop Dogg, Lauryn Hill o Chaka Khan? Quizá los más melómanos se habían fijado en el joven solista de la big band del compositor y trompetista Gerald Wilson, fallecido hace un año. Y quienes aún leen los créditos de los discos habrán visto el nombre de Kamasi Washington en dos de los álbumes de música negra que más revuelo han levantado últimamente, “You're Dead!” (2014) de Flying Lotus y “To Pimp A Butterfly” (2015) de Kendrick Lamar.

“Existe un componente religioso, pero hay algo más profundo... No sé cómo llamarlo. Te lo dirán muchos músicos: toda la música tiene algo de espiritual. Hay momentos en los que tocando te sientes como un vehículo para canalizar algo que viene de otro lugar. Mis amigos y yo empezamos haciendo música en la parroquia”

Washington era un músico de alquiler al que no le faltaba nunca trabajo. También era hijo de músico, igual que muchos de los amigos con los que toca desde que era niño. Hijos y sobrinos de saxofonistas, trompetistas o baterías profesionales de Los Ángeles que vivieron de su oficio, pero no lograron sacar adelante su propia música. “No queríamos que nos pasara lo mismo que a ellos. Tocar para otros no nos bastaba. Por eso lo hicimos”. Y lo que hicieron en 2011 Washington y sus compañeros, un colectivo de músicos de sesión que cuando se juntan se hacen llamar West Coast Get Down, fue cancelar sus compromisos profesionales y reservar un estudio de grabación durante un mes entero para grabar su propia música. Eligieron diciembre, un mes tradicionalmente flojo de trabajo. Ironías de la vida del freelance, el de 2011 fue el mes de diciembre en el que les salieron más encargos. Tuvieron que decir que no a todos, pero Washington lo recuerda como un triunfo. Diez músicos, entre ellos dos baterías y dos bajistas, trabajando juntos en partituras que cada uno de ellos traía, todos a una. “Fue un salto al vacío y un acto de desesperación. Sabíamos que teníamos cosas propias que contar. Y aunque de eso no saliera ni un solo disco, ya habría valido la pena”.

De ese maratón de grabaciones, el saxofonista salió con más de cuarenta piezas propias. Su propósito era seleccionar las mejores, añadirles arreglos de cuerda y voces y convertirlas en un disco. Logró reducir el total a diecisiete piezas, demasiadas para un solo álbum. Y mientras intentaba convertir tres horas de música en una, tuvo un sueño. “Ocurrió dos noches seguidas. Soñé con un hombre que vigilaba un pueblo desde la cima de una montaña mientras la gente del pueblo se entrenaba para derrotarlo. Me tomaría horas contártelo con detalle. De hecho, quiero convertirlo en una novela gráfica que ilustrará mi hermana. El caso es que un día escuché toda la música de una sentada mientras recreaba el sueño en mi mente y me di cuenta de que encajaban”. Flying Lotus, jefe de la discográfica Brainfeeder, accedió a publicarlo y Washington debutó con un triple disco que tomó forma a partir de un sueño.

 
KAMASI WASHINGTON, Todo por un sueño

“Si conocer a Malcolm X a mí me cambió la vida, quizá presentándolo a través de mi música puedo ayudar a alguien a cambiar la suya”. Foto: Mike Park

 

“The Epic” (Brainfeeder-[PIAS] Iberia & Latin America, 2015) suena a jazz cósmico de finales de los años sesenta, pero también a la mescolanza de sonidos de la década siguiente y al jazz-soul que fácilmente se colaba en la FM de los ochenta. Sincrético y caleidoscópico, está atravesado por una corriente de espiritualidad. Se siente en la intensidad del saxofón, en el coro de voces que parece radiado de otro tiempo, en los remolinos rítmicos, en la claridad de las melodías, en los crescendos extáticos de muchas de las piezas, en la escala desmesurada del conjunto. Para Washington no se trata exactamente de fe. “Existe un componente religioso, pero hay algo más profundo... No sé cómo llamarlo. Te lo dirán muchos músicos: toda la música tiene algo de espiritual. Hay momentos en los que tocando te sientes como un vehículo para canalizar algo que viene de otro lugar. Mis amigos y yo empezamos haciendo música en la parroquia. Cuando vio que de verdad quería tocar el saxo, mi padre me llevó a la iglesia de mi tío. Y nunca sabías qué tocarías, en qué tono estaba la música, cuándo acabaría la canción. Este grupo funciona de la misma manera porque quiero hacer algo que venga de ese lugar”.

“Cada persona con la que toco me moldea. ¿Qué aprendí del hip hop? Snoop y su gente se fijaban mucho en el detalle. La frecuencia a la que suena el instrumento, el fraseo, los acentos en el ritmo. De ellos aprendí que casi más importante que lo que tocas es cómo lo tocas, y empecé a escuchar los discos de jazz que más me gustaban de otra manera”

En la música de Washington y su grupo resuena la historia del jazz, pero está cargada de información que viene de otros lados. “Cada persona con la que toco me moldea. ¿Qué aprendí del hip hop? Snoop y su gente se fijaban mucho en el detalle. La frecuencia a la que suena el instrumento, el fraseo, los acentos en el ritmo. De ellos aprendí que casi más importante que lo que tocas es cómo lo tocas, y empecé a escuchar los discos de jazz que más me gustaban de otra manera”, dice, al tiempo que señala los álbumes del cuarteto de John Coltrane como su mayor influencia musical. “La razón por la que en mi grupo juntamos cosas que en teoría no deberían casar viene de cuando tocaba con Lauryn Hill. Nos obligaba a aprender cantidades insanas de música, del orden de veinte canciones por ensayo, y luego las troceaba y combinaba de formas que nunca se nos hubieran ocurrido. Me enseñó que todo es compatible y que solo tienes que escuchar con el oído adecuado”. Enseñanzas sobre cómo relacionar sonidos y, lo más importante, personas. “Toqué con músicos africanos que, literalmente, hablaban con los tambores. Aprendí a comunicarme en el escenario con los demás sin tener que decir apenas nada, solo tocando”.

Hay palabra en “The Epic”. Entre espirales de teclados, redobles y bufidos, de pronto suena un fragmento de un discurso de Malcolm X, se glosa la figura de alguien llamado Henrietta –“eres nuestra heroína”, canta el coro– o aflora una canción, “The Rhythm Changes”, que parece un canto a la afirmación personal, y el recorrido se cierra con una pieza titulada “The Message”. ¿Cuál es ese mensaje? “Crecí en South Central, una zona muy dura de Los Ángeles. Había una presión muy fuerte sobre los jóvenes afroamericanos para que nos viéramos a nosotros mismos como delincuentes, traficantes, asesinos. Y cuando eres joven te lo crees. A los 8 años quería ser un gánster. No sé ni por qué; mis padres eran gente con formación, profesores. Pero creces en un cierto lugar, ves las noticias y eso te mete en la cabeza una idea sobre quién eres”. Recuerda un momento clave en la formación de su identidad. “Cuando tenía 11 o 12 años ocurrieron dos cosas: mi primo me dio una cinta con música de Art Blakey y participé en un programa educativo llamado UJIMA. Para contrarrestar la imagen negativa que teníamos de nosotros mismos, nos dieron a leer la autobiografía de Malcolm X y luego la discutíamos en clase. Eso me cambió la vida, empecé a pensar en mí mismo y en mi comunidad de una forma distinta. Y ese es uno de los motivos por los que quise sacar mi disco. Si conocer a Malcolm X a mí me cambió la vida”, concluye, “quizá presentándolo a través de mi música puedo ayudar a alguien a cambiar la suya”. ¿Y Henrietta? “Es una canción sobre mi abuela. Gracias a ella en mi familia ha habido logros importantes. Tenemos abogados, doctores. La gente piensa que mi abuela tuvo muy poca cosa, pero no es verdad. Vivió para los demás. Y a las personas como ella no se las tiene demasiado en cuenta. Por eso la escribí”.

 

Los de atrás vienen conmigo

Durante el mes que estuvieron encerrados en el estudio, Kamasi Washington y sus colegas del West Coast Get Down grabaron un total de 190 piezas que se convertirán en ocho álbumes. El saxofonista habla con admiración y entusiasmo sobre los futuros trabajos de sus compañeros. “Miles Mosley está haciendo para el contrabajo lo que Jimi Hendrix hizo para la guitarra. Es un revolucionario del instrumento”, asegura. “A Brandon Coleman –teclista– lo llamamos ‘sound doctor’. Produce algunos de los sonidos y texturas más asombrosos que he oído jamás”. Ronald Bruner es hermano del bajista Stephen “Thundercat” Bruner y uno de sus amigos de infancia. “Seguramente es una de las personas con más talento que conozco. La gente lo identifica como batería, pero es un cantante sensacional y además rapea. Toca patrones rítmicos que nadie más en el mundo puede reproducir”. La cantante Patrice Quinn es la voz principal en “The Epic”. “Tiene un timbre precioso”, dice el saxofonista. “Ryan Porter ha grabado un disco de jazz con mucho soul, es como un Grover Washington Jr. del trombón”. Y del smooth jazz a todo lo contrario. “Cameron Graves –pianista– mezcla jazz, música clásica y heavy metal en plan Slipknot. Es casi como si hubiera inventado un género nuevo”.

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