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KANYE WEST, El hombre que quiere (y puede) reinar

El hombre que sabe reinar.

 
 

ARTÍCULO (2011)

KANYE WEST El hombre que quiere (y puede) reinar

Kanye West quiere ser presidente de los Estados Unidos en 2020. El delirio es una forma de pensamiento y Kanye West lleva años filosofando sobre su lugar en la Historia. Asediado por la fama, esclavo de su descomunal y ridículo ego, dueño de un talento ilimitado, el mesías del hip hop del nuevo milenio construye sólidamente su caso. Su disco de 2010 fue la soberbia destilación de ese extravío, una supernova bella y monstruosa hecha de todo lo que es pop: “My Beautiful Dark Twisted Fantasy”, mejor álbum del año según Rockdelux. Ruben Pujol analizó el caso.

¿Cómo llamar a los delirios de grandeza cuando la realidad les da la razón? ¿Es megalomaníaca la megalomanía si produce obras maestras? ¿Es condenable el narcisismo cuando la imagen que devuelve el espejo es de una perfección categórica? La verdad de Kanye West trasciende la (casi) unanimidad de la crítica –aunque es cierto que tanto consenso puede llegar a ser cansino y estéril– para instalarse en el terreno de la semiótica y el análisis sociológico. Un disco como “My Beautiful Dark Twisted Fantasy” (Roc-A-Fella/Universal, 2010) sirve de affidávit para toda una vida de vanidad y fanfarronería, pero sirve también como material para la reflexión sobre la función del arte en la era de la información y la cultura de la celebridad.

“Quiero que documentes esto: soy el ser humano número uno en la música” (BET, septiembre de 2007)

La modestia es, dicen, la virtud de los mediocres. La modestia es el orgullo de los hipócritas. Más que un requisito del hip hop, el ego trip es uno de los fundamentos de su narrativa. En el universo en expansión de Kanye Omari West, “My Beautiful Dark Twisted Fantasy” podría considerarse tan solo un elemento más –al lado de su colección de prendas Louis Vuitton de color pastel y una cuenta de Twitter sin restricciones morales– en la deriva egocéntrica en la que lleva embarcado desde hace siete años y que se proyecta a todo el mundo, en directo y sin filtros de publicistas (el último dimitió tras un día en el puesto), a través de radio, prensa o televisión, pero sobre todo por internet, para que el engreído rapero sea sobreanalizado, juzgado y condenado.

Si West no fuera West, si el Kanye workahólico que se encierra durante varios meses en el estudio no fuera capaz de hacer honor a la lengua desbocada del Kanye celebrity que se pasea por los photocalls asido a una botella de coñac, este disco podría haber sido su lápida. Pero es tan bueno que materializa la sinceridad hiperbólica y el discurso sociópata y políticamente incorrecto de este joven hombre negro en un documento irreprochable. Probablemente desde los tiempos de Muhammad Ali, la cultura popular no había visto a un personaje respaldar la fanfarria de sus palabras con hechos tan contundentes. En una época en la que triunfa la literatura de autoayuda, la técnica Kanye de pensamiento positivo debería enseñarse en las escuelas de negocio.

“Si la Biblia se escribiera hoy, yo saldría en ella” (‘Playboy’, enero de 2006)

Resulta sugerente leer la autobiografía en construcción de Kanye West en las letras de sus discos al tiempo que se asiste, con el placer culpable del voyeur, a las andanzas de su figura mediática en los medios digitales y la prensa amarilla. Desde su debut como rapero en 2004 tras ejercer de proveedor de beats a la crema de los MCs de la costa este como Talib Kweli, Beanie Sigel, Dead Prez, Foxy Brown y Jay-Z, la discografía de Kanye West describe nítidamente el arco narrativo de su vida y expone una serie de temas centrales que definen su personalidad: el duro camino hasta el reconocimiento y su grave accidente de coche como señal del destino –“The College Dropout” (Roc-A-Fella, 2004)–; el éxito rutilante y la soledad en la cima –“Late Registration” (Roc-A-Fella, 2005)–; la incomprensión y los encontronazos con el establishment“Graduation” (Roc-A-Fella, 2007) –; la pérdida de su madre y la ruptura con su prometida, la diseñadora de moda Alexis Phifer –“808s & Heartbreak” (Roc-A-Fella, 2008)–; para finalmente cerrar la primera década del nuevo milenio más sabio, más poderoso y más épico que nunca. Más rabioso. Más opulento. Más.

Desde el primero de sus frenesís públicos en la gala de los MTV Europe Music Awards de 2006 –cuando saltó al escenario para arrebatarle el micrófono al atónito Jérémie Rozan, director del vídeo para “We Are Your Friends” de Justice vs Simian Mobile Disco, y rebelarse ante la injusticia de que su superproducción para “Touch The Sky”, “que había costado un millón de dólares y contaba con Pamela Anderson”, perdiera ante el despliegue de ingenio de los franceses–, West se ha instalado en el centro de la mirada pública, sometiéndose (a menudo para su propio regocijo) al nivel de escrutinio mediático de una Britney Spears, una Amy Winehouse o un Michael Jackson. (Volveremos sobre quién debe sostener el cetro vacante del pop más adelante).

 
KANYE WEST, El hombre que quiere (y puede) reinar

Celebridad con enjundia.

 

“Soy un soldado de la cultura” (‘The Ellen DeGeneres Show’, octubre de 2010)

Y, a pesar de todo ello, West ha continuado honrando el hip hop como las escrituras del hombre negro moderno y ha convertido sus discos en sus memorias, las páginas de una autobiografía que refleja la guerra entre los ejércitos de la opinión pública y el colosal ego del productor/rapero de Chicago. Una guerra que, para desmentir a Gil Scott-Heron, sí está siendo retransmitida en directo y de la que, debemos congratularnos, emerge un ganador inesperado: la música.

Incluso desde un punto de vista externo a esta, y analizadas bajo la luz adecuada, muchas de las salidas de tono, escándalos o polémicas que ha protagonizado Mr. West –como cuando denunció la desidia de la administracón Bush hacia la población negra en una telemaratón de la NBC en favor de los afectados por el huracán Katrina o provocó un nuevo arrebato de su álter ego de justiciero del videoclip en favor de Beyoncé, esta vez con una pánfila Taylor Swift de víctima propiciatoria– resultan edificantes y sirven para arrojar luz sobre la domesticación del show business y la dictadura de la falsa modestia.

“Soy la Coca-Cola, el Walt Disney y el McDonald’s de la música” (ABC, septiembre de 2007)

Con motivo del suicidio de David Foster Wallace en 2008, un crítico comentó que más que un escritor genial, el autor de “La broma infinita” (1996) era un genio que había resultado ser escritor. Salvando las enormes distancias, cabe afirmar que, a diferencia de otros productos mediocres que inundan el mercado y que ansían la fama como valor absoluto, Kanye West es un artista que se ha hecho famoso. No a la inversa. Mientras la fama de Lady Gaga es el resultado de una compleja operación diseñada y teledirigida para vender un artículo y un discurso de consumo –resulta que es música– a un nicho de público cautivo, la de Kanye West, también buscada aunque por razones diferentes y diríase que mucho más legítimas, es un derivado natural de una aspiración artística verdadera, resultado de un talento incontestable y un comportamiento auténtico (censurable, sí, pero espontáneo). Para ambos la fama es un monstruo, pero mientras Lady Gaga lo cabalga a su antojo, Kanye West lo padece tanto como lo disfruta.

Es cierto que Kanye –o ’Ye, o Yeezy o The Louis Vuitton Don– se ha convertido en una marca, un logo superintegrado en la lógica capitalista y en la dinámica de las redes sociales. West se ha calzado su propia línea de náuticos Louis Vuitton y sus Nike Air Yeezy, ha intentado lanzar su firma de moda Pastelle a lo hermanas Williams –de momento, una empresa en suspenso–, ha presumido de colección de pantalones de cuero, se ha abalanzado a la desesperada en busca de una alfombra persa con estampados de querubines y ha tweeteado compulsivamente y sin pudor –unos mil cuatrocientos tweets desde que se estrenó en julio, con cerca de dos millones de followers mientras que él no sigue a nadie–, pero jamás se ha olvidado de la música y ha sabido aprovechar la capacidad de la red para la promoción –ha colgado gratuitamente versiones de los temas de “My Beautiful Dark Twisted Fantasy” y canciones inéditas cada viernes desde agosto y hasta diciembre de 2010 en el proyecto GOOD Fridays–, mientras continuaba repartiendo producciones entre colegas de profesión como Drake, Rick Ross y Kid Cudi, además de anunciar la publicación para marzo de “Watch The Throne”, un disco a medias con Jay-Z.

“No puedo decir que sea el número uno en ninguna disciplina, excepto, claro, que soy, sin discusión, el rapero que mejor viste. Pero, sin duda, estoy en el top tres en todo lo que hago. En esta vida tengo un objetivo: ser el artista más grande de todos los tiempos” (MTV, octubre de 2010)

Pero también hay algunas cosas que Kanye West no es. Kanye West no es un genio ni un revolucionario. Su aportación a la música popular no es comparable a la de Miles Davis, los Beatles o Public Enemy en cuanto a impacto social o capacidad de innovación artística. West es un artesano virtuoso, un autor sublime, un hacedor de beats con una firma inconfundible y un rimador/narrador empático y enfático. Alguien que ha roto barreras, pero que no ha creado nuevos territorios. Es más Velázquez que Picasso. Más Stephen Hawking que Einstein.

 
KANYE WEST, El hombre que quiere (y puede) reinar

¿El heredero de Jacko?

 

Tampoco es, ni mucho menos, el primer rapero superventas, pero sí el primero en llevar el hip hop al terreno del pop mainstream. El éxito de Kanye West ha conseguido conciliar todas las corrientes del hip hop y trascenderlas: desde su versión más edulcorada –aquella cuyo público no puede soportar nada más agitador que Fugees o The Black Eyed Peas–, pasando por la rama del gueto –representada por su mentor Jay-Z, Lil’ Wayne o Tupac–, hasta el edutainment de Mos Def, Talib Kewli y The Roots. Y todo ello a través de una lírica transparente, un hip hop que no está escrito en el código del gangsta y en cuyo relato el noventa por ciento de la población del primer mundo se puede sentir identificado. Y así, mientras se mantiene fiel al programa del género negro por excelencia de la contemporaneidad, Kanye West incorpora los modismos del estrellato mainstream –como sus extravagancias e inquietudes por el arte o la moda y su ubicuidad en la red– hasta erigirse en la sublimación de todas las tradiciones que desembocan en la cultura popular.

“¡¡¡¡Ojalá Michael Jackson tuviera twitter!!!! ¡¡¡Quizá Mike podría explicar cómo los medios intentaron acabar con él!!! ¡¡¡¡Todo es un jodido complot!!!!” (tweet de Kanye West, noviembre de 2010)

Está profusamente documentado: Kanye West está obsesionado con Michael Jackson. Y no solo porque haya expresado por activa y por pasiva que, tras solo cinco álbumes, considera que él es el heredero legítimo del trono del rey muerto del pop. Las referencias a Jacko son continuas en su letras y en su flamante nuevo altavoz, su feed Twitter, y desde que Michael Jackson muriera, Kanye ha visto en su trágica figura un oscuro augurio de su propio destino. Como aquel, West se siente un genio maltratado, un mártir de los mass media, un hombre solo que lucha contra las fuerzas fácticas para ofrecer al mundo un arte redentor casi por mandato divino.

Ya en enero de 2006, Kanye aparecía en la portada de ‘Rolling Stone’ caracterizado como Jesucristo, con corona de espinas incluida, en una fotografía de David LaChapelle. “Mi miseria es vuestra diversión”, decía en la entrevista. West aceptaba así la celebridad como una penitencia, una misión, un sacrificio. Y es que de Kanye West se espera hoy, como de los Sex Pistols en su momento, algo más suculento y rentable que la música. Carnaza para blogs de famoseo, ideas para monólogos de late night show y motivos para videoburlas caseras subidas a YouTube. Y lo cierto es que este rapero y productor de 33 años, hijo de un matrimonio de clase media que se separó cuando él tenía 3 años –el padre fotoperiodista y ex Panteras Negras, la madre profesora universitaria reconvertida en su mánager hasta su muerte en 2007–, se ha creído ese papel. Y, sin embargo, la música.

“Yo no me preocupo por mí. Eso es lo que no entendéis. Yo saltaría delante de un coche en marcha por la Historia” (MTV, octubre de 2010)

El poder de sugestión de la mente es ilimitado, y si el hip hop de alta competición demanda una atroz exhibición de egos inflados, el de Kanye West está dispuesto y más que capacitado para batirse con cualquiera mientras, en sus ratos libres, realiza entretenidas piruetas en la pista central del circo de la celebridad pop. En última instancia, el star system, seguramente la modulación más feroz del capitalismo en el siglo XXI, sanciona la coherencia del ego trip de cada uno, y nadie podrá decir hasta ahora que West no ha defendido su lugar en el Olimpo con una obra de proporciones legendarias.

“My Beautiful Dark Twisted Fantasy” es (otra) obra maestra del hip hop reciente –como los discos de OutKast, el debut de Big Boi o gran parte de la discografía de Jay-Z– y es también un raro artículo de lujo para el pop mainstream. Pero por encima de todo ello representa el triunfo de la música frente a la maquinaria monstruosa y saturnal de los mass media y la cultura de la celebridad –retroalimentada, y con gusto, por el propio Kanye– que devora a sus propios hijos.

¿Podrán convivir mucho tiempo el Kanye fenómeno sociológico, el que merodea por PerezHilton.com, con el Kanye productor y rapero que entrega hit tras hit y se instala con todo merecimiento en el podio de la consideración de la crítica y la profesión? Ojalá sea así. Ojalá Kanye West continúe muchos años más proporcionando lo que unos codician –la polémica, las ridículas reflexiones sobre moda y las manifestaciones de grandilocuencia y pedantería– mientras siga entregando lo que otros necesitamos: su música.

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