“Soy un soldado de la cultura” (‘The Ellen DeGeneres Show’, octubre de 2010)
Y, a pesar de todo ello, West ha continuado honrando el hip hop como las escrituras del hombre negro moderno y ha convertido sus discos en sus memorias, las páginas de una autobiografía que refleja la guerra entre los ejércitos de la opinión pública y el colosal ego del productor/rapero de Chicago. Una guerra que, para desmentir a Gil Scott-Heron, sí está siendo retransmitida en directo y de la que, debemos congratularnos, emerge un ganador inesperado: la música.
Incluso desde un punto de vista externo a esta, y analizadas bajo la luz adecuada, muchas de las salidas de tono, escándalos o polémicas que ha protagonizado Mr. West –como cuando denunció la desidia de la administracón Bush hacia la población negra en una telemaratón de la NBC en favor de los afectados por el huracán Katrina o provocó un nuevo arrebato de su álter ego de justiciero del videoclip en favor de Beyoncé, esta vez con una pánfila Taylor Swift de víctima propiciatoria– resultan edificantes y sirven para arrojar luz sobre la domesticación del show business y la dictadura de la falsa modestia.
“Soy la Coca-Cola, el Walt Disney y el McDonald’s de la música” (ABC, septiembre de 2007)
Con motivo del suicidio de David Foster Wallace en 2008, un crítico comentó que más que un escritor genial, el autor de “La broma infinita” (1996) era un genio que había resultado ser escritor. Salvando las enormes distancias, cabe afirmar que, a diferencia de otros productos mediocres que inundan el mercado y que ansían la fama como valor absoluto, Kanye West es un artista que se ha hecho famoso. No a la inversa. Mientras la fama de Lady Gaga es el resultado de una compleja operación diseñada y teledirigida para vender un artículo y un discurso de consumo –resulta que es música– a un nicho de público cautivo, la de Kanye West, también buscada aunque por razones diferentes y diríase que mucho más legítimas, es un derivado natural de una aspiración artística verdadera, resultado de un talento incontestable y un comportamiento auténtico (censurable, sí, pero espontáneo). Para ambos la fama es un monstruo, pero mientras Lady Gaga lo cabalga a su antojo, Kanye West lo padece tanto como lo disfruta.
Es cierto que Kanye –o ’Ye, o Yeezy o The Louis Vuitton Don– se ha convertido en una marca, un logo superintegrado en la lógica capitalista y en la dinámica de las redes sociales. West se ha calzado su propia línea de náuticos Louis Vuitton y sus Nike Air Yeezy, ha intentado lanzar su firma de moda Pastelle a lo hermanas Williams –de momento, una empresa en suspenso–, ha presumido de colección de pantalones de cuero, se ha abalanzado a la desesperada en busca de una alfombra persa con estampados de querubines y ha tweeteado compulsivamente y sin pudor –unos mil cuatrocientos tweets desde que se estrenó en julio, con cerca de dos millones de followers mientras que él no sigue a nadie–, pero jamás se ha olvidado de la música y ha sabido aprovechar la capacidad de la red para la promoción –ha colgado gratuitamente versiones de los temas de “My Beautiful Dark Twisted Fantasy” y canciones inéditas cada viernes desde agosto y hasta diciembre de 2010 en el proyecto GOODFridays–, mientras continuaba repartiendo producciones entre colegas de profesión como Drake, Rick Ross y Kid Cudi, además de anunciar la publicación para marzo de “Watch The Throne”, un disco a medias con Jay-Z.
“No puedo decir que sea el número uno en ninguna disciplina, excepto, claro, que soy, sin discusión, el rapero que mejor viste. Pero, sin duda, estoy en el top tres en todo lo que hago. En esta vida tengo un objetivo: ser el artista más grande de todos los tiempos” (MTV, octubre de 2010)
Pero también hay algunas cosas que Kanye West no es. Kanye West no es un genio ni un revolucionario. Su aportación a la música popular no es comparable a la de Miles Davis, los Beatles o Public Enemy en cuanto a impacto social o capacidad de innovación artística. West es un artesano virtuoso, un autor sublime, un hacedor de beats con una firma inconfundible y un rimador/narrador empático y enfático. Alguien que ha roto barreras, pero que no ha creado nuevos territorios. Es más Velázquez que Picasso. Más Stephen Hawking que Einstein.