Lloremos la muerte de Ken Russell, porque como a él pocos ya veremos: no están los estudios por la labor de financiar las locuras de nadie. Los proyectos del cineasta británico rozaban o abrazaban, por lo general, una bella forma de demencia: travesuras excesivas entre la alta y baja cultura, cargadas de desnudos pero también de densidad literaria. No siempre acertó y a menudo resbaló, pero, al menos, intentó salirse de la línea recta y lo hizo con holgura de medios. Lo dicho: uno de los últimos, si no el último, de una especie.
Su carrera como realizador arrancó en la BBC, donde durante once años dirigió regularmente piezas sobre músicos: “Elgar” (1962), “The Debussy Film” (1965) u, obra querida por Russell, “Dance Of The Seven Veils” (1970), sobre Richard Strauss. Su primer largometraje de ficción fue “French Dressing” (1964), al que siguió el más exitoso “Un cerebro de un billón de dólares” (1967) y, después, su célebre “Mujeres enamoradas” (1969): célebre por sus Óscar y por la lucha desnuda de Oliver Reed y Alan Bates.
A Russell le costaría recuperar la reputación lograda con este filme: “La pasión de vivir” (1970), desaforado biopic sobre Tchaikovski, fue maltratado por la crítica, igual que “Los demonios” (1971; con diseño de producción de Derek Jarman). Pero él no cejó en su empeño de hacer películas como pocas: de “El novio” (1971; musical con decoración del Kama Sutra) a la ópera rock “Tommy” (1975), según el álbum de The Who de 1969; de la fascinante “Viaje alucinante al fondo de la mente” (1980) a la excelente “Gothic” (1986), pasando por “La pasión de China Blue” (1984).
En los últimos años había perdido el favor de los productores y llegó a pasar por “Celebrity Big Brother”. Su testimonio fílmico fue “The Girl With Golden Breasts”, uno de los capítulos de la película-antología “Trapped Ashes” (2006), editada en DVD en España como “La casa del terror”.
Murió el 27 de noviembre, a los 84 años, mientras dormía. ![]()























