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KEVIN SHIELDS, El buscador de túneles

Retrato del pionero atormentado. Ilustración: Luis Bustos

 
 

ENTREVISTA (2002)

KEVIN SHIELDS El buscador de túneles

Recordamos aquí las palabras que Kevin Shields le soltó a Juan Manuel Freire en 2002, cuando visitó Barcelona para pinchar en el Mond Club (19 de abril) en una sesión dispersa, confusa y con una comunicación casi nula con el público; muy acorde, en suma, con su carácter. Compruébenlo en esta entrevista en la que, once años después del inmortal “Loveless” (1991), un perezoso Kevin Shields que se atiborraba de telebasura no quería ni oír hablar de un posible retorno de My Bloody Valentine. Había tocado el cielo y el cielo lo había abrasado.

De la iluminación ha pasado a la penumbra. En el rostro de Kevin Shields se adivina una depresión crónica, un desencanto. No hay halago que le plazca. Habita una burbuja donde no consigo infiltrarme, contesta a las preguntas por educación y se diría que quiere estar solo, absolutamente solo. Apenas si accede a contar nada. Una sensación de impotencia y una depresión de caballo –viejo y percherón– me invaden a medida que descubro la incapacidad del ex My Bloody Valentine para formular algún argumento de más de cincuenta palabras. Y muchas menos necesitó para impedir que le hicieran fotografías, tanto durante la entrevista como posteriormente en su sesión como DJ en el Mond Club de Barcelona.

“Te aseguro que no he dejado de hacer música en los últimos diez años, en serio, ni un minuto. Hago algo todos los días... Solo hago música para el consumo privado, el disfrute propio... Para mí es fantástico hacer cosas con Primal Scream, Dot Allison, Curve... Son gente maravillosa: gente con una visión

 

Shields no es, definitivamente, el hombre que solía ser. El buscador de túneles ha dado paso al autómata sin impulsos. Más poderosas que su idealismo, llegaron las circunstancias y estrecharon en torno suyo un círculo de inestabilidad e imposibilidad. Y se cansó de intentar. “Te aseguro que no he dejado de hacer música en los últimos diez años, en serio, ni un minuto. Hago algo todos los días”.

Me gusta saberlo, pero... ¿no podrías compartir un poco de esa música con tus seguidores? Creo que tu club de fans ya está de los nervios. Solo hago música para el consumo privado, el disfrute propio.

No obstante, acabas de incluir un corte en el recopilatorio “You Don’t Need Darkness To Do What You Think Is Right. New Geographic Music” (Geographic-Everlasting, 2002), un tema decididamente alentador. Pero no es un tema propio, sino una remezcla del instrumental que abre el disco. Me la pidieron sus autores, The Pastels. Ese corte tiene más de favor que de cualquier otra cosa.

En estos últimos once años te has prodigado en favores, ¿no? Experimental Audio Research, Curve, Manic Street Preachers, J Mascis, Dot Allison, Primal Scream... Todos ellos se han aprovechado de tu talento como ingeniero de sonido, vocalista o manipulador de guitarras. ¿Te adhieres a estos proyectos para huir de la responsabilidad de hacer algo propio? (Me enseña una sonrisa taciturna, mira hacia arriba y se estruja las manos; me hundo: creo que he hecho una pregunta clave demasiado pronto y demasiado brutamente). No, no creas –contesta por lo bajini–. Solo son cosas que surgen y a las que no puedo negarme porque me dan la oportunidad de trabajar con artistas brillantes... Para mí es fantástico hacer cosas con Primal Scream, Dot Allison, Curve... Son gente maravillosa: gente con una visión...

Shields es el auténtico visionario, aunque ya no le guste reconocerlo; él fue quien inventó el shoegazing –recuerden “Isn’t Anything” (Creation, 1988), semilla de una generación de apologetas de la desorientación: Ride, Pale Saints, Chapterhouse, Slowdive– y él fue quien lo enterró, quien decidió empujar los instrumentos del rock a dimensiones desconocidas. En el EP “Glider” (1990), My Bloody Valentine trataban las guitarras hasta hacerlas parecer beats y daban pie a la primera generación post-rock (Seefeel, Disco Inferno, Insides, Bark Psychosis), una generación inapelable. Con “Loveless” (Creation, 1991), tras ese arduo proceso de grabación de tres años que le costó toda una bancarrota a Creation, entregaron una obra bellísima e imposible de encasillar, entre The Jesus & Mary Chain, The Beach Boys y Philip Glass –“pero sin intención de hacer vanguardia”, sostiene–. Quien busque un espacio en el cielo, que recurra a este disco rápidamente. Le pido a Shields que trate de recordar su proceso de preparación.

 
KEVIN SHIELDS, El buscador de túneles

“A la gente le encanta escuchar leyendas de rock’n’roll. Pero, sinceramente, no puedo decir nada escabroso sobre mi relación con Debbie, Colm y Bilinda después del fin de My Bloody Valentine”.

 

¿Surgió “Loveless” de un señor plan o fue más el resultado de bonitos accidentes? El disco no surgió exactamente de un plan maestro ni de accidentes, sino de una mezcla de ambas cosas. Tenía la intención de hacer un disco menos literal y más distante que “Isn’t Anything”, pero también es cierto que nunca imaginé que las guitarras acabaran sonando de una manera tan rara y abstracta; nunca pensé que iba a llegar tan lejos.

Alan McGee sostiene que sin su ayuda “Loveless” hubiera sido tan solo la mitad de bueno. Que la primera versión del disco era una continuación de “Isn’t Anything” sin sonidos especiales ni atmósferas como de otro mundo. Que tardasteis tanto en grabarlo porque te obligó a explorar tu glide guitar –efecto que consigue el sonido de varias guitarras en una sola, gracias a una palanca de trémolo– en la mayor medida posible. (De nuevo la sonrisa taciturna, el estrujamiento de manos). No, todo sucedió de otra manera. Todo fue mal desde el principio. Alan McGee estaba arruinado y no pudo pagarnos el estudio, así que nos confiscaron las cintas de los primeros ocho días. Todo fue cuesta abajo desde entonces y no supimos controlar los vaivenes.

“‘Loveless’ no surgió exactamente de un plan maestro ni de accidentes, sino de una mezcla de ambas cosas. Tenía la intención de hacer un disco menos literal y más distante que ‘Isn’t Anything’, pero también es cierto que nunca imaginé que las guitarras acabaran sonando de una manera tan rara y abstracta; nunca pensé que iba a llegar tan lejos”

 

¿Pero quedaste contento con el resultado del disco? Parece que tu enorme nivel de autoexigencia te impida ser justo con los logros que están ahí y que a tanta gente emocionan. Entiendo lo que dices, pero deberías escuchar lo que yo escucho en mi cabeza. Nunca conseguiré acercarme a lo que oigo en mi cabeza. (Una nota de prosaísmo: poco después de abandonar Creation y fichar por Island, el sello del que acaba de largarse, el buscador de túneles sufrió una seria crisis mental, así que me inquieta de mala manera su comentario).

No sé, tengo la impresión de que los medios también han tenido algo que ver en tu silencio. ¿Crees que la prensa ha ejercido alguna presión sobre tu ritmo de trabajo y tu capacidad productiva? Por supuesto que sí, la prensa afecta. La opinión de los medios es capaz de hacer cambiar de dirección a un grupo. (Pienso en el pobre Andy Bell, de adicto a los pedales de ensoñación en Ride a operario del britpop en Hurricane #1, grupo ordinario donde los hubiese).

¿Cómo experimentaste la ascensión del britpop? Los años que fueron de 1993 a 1998 fueron horrorosos para la música. El britpop y el grunge marginalizaron lo interesante. Para la prensa, todo lo que importaba eran los escándalos, las mafias y los espectáculos de arrogancia; la música era casi lo de menos. Afortunadamente, las cosas han cambiado un poco y ahora hay bandas interesantes que reciben la atención de la prensa, como The White Stripes o The Hives.

¿Te gustan The Hives? ¡Sí, me encantan! El otro día los vi en concierto y me asombró el carisma y la fuerza que derrochaban. Es mi grupo favorito de la actualidad. Yo no leo ‘The Wire’, la verdad.

¿Qué haces en tu tiempo libre? Antes solía leer mucho, especialmente cosas de Aldous Huxley. Ahora ya no. Lo único que hago es mirar la tele durante todo el día... Cuanto más barato y más grosero sea el programa, más me gusta (sonríe). (Sonrío para no gritar).

 

Oye, te pego un telefonazo (Los amigos de Kevin)

My Bloody Valentine no fue únicamente Kevin Shields. Su adorada guitarrista y vocalista Bilinda Butcher, la bajista Debbie Googe y el batería Colm Ó Cíosóig, todos ellos irrecuperables adictos al trabajo, completaron una formación –nos referimos a la segunda formación de la banda, la canónica (de 1988 al terminante 1995), no aquella de los primeros ochenta con vocación semigótica y la voz gutural de Dave Conway al frente– de gran pasión y concentración, cuyo sentimiento de comunión era irrompible. Según Shields, la disolución no trajo consigo la enemistad ni un distanciamiento mayor del profesionalmente necesario. “A la gente le encanta escuchar leyendas de rock’n’roll –comenta–. Pero, sinceramente, no puedo decir nada escabroso sobre mi relación con Debbie, Colm y Bilinda después del fin de My Bloody Valentine”. ¿Y algo realmente agradable? “Debbie sigue siendo amiga mía, nos vemos muy a menudo. Colm es mi mejor amigo y creo que siempre lo será. De Bilinda no sé mucho”. (Silencio).

Shields asegura que siguió con cariño y atención los movimientos de sus antiguos compañeros de batallas. Le gusta mucho Snowpony, la banda de atmosférico noise pop que Debbie Googe formó junto a Katharine Gifford (ex-Stereolab, ex-Moonshake) en 1996, con la que solo han logrado una indiferencia de crítica y público del todo injusta. “Y me encanta que Colm –tras la experiencia frustrada de Clear Spot– haya terminado junto a Hope Sandoval en The Warm Inventions; creo que realmente se lo merece, porque siempre fue un rendido y devoto admirador de la música de Mazzy Star...”. De Bilinda no sabe mucho. De Bilinda pregunto un poco. De Bilinda no sabe nada. Le digo un “de acuerdo, no hay problema”, y él me contesta con una mirada cansada que podría traducirse como: “Lo sé todo, absolutamente todo, pero prefiero no tener que pronunciar una sola palabra sobre ella”.

Estrechamiento de manos, adiós elegante y nada más. Ojalá que se cuide todo lo posible.

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