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KIM GORDON, This is the end

Kim, el adiós a una vida en y con Sonic Youth. Foto: George Holz

 
 

BIBLIOTECA POP (2015)

KIM GORDON This is the end

“La chica del grupo” (Contra, 2015) es la autobiografía de la bajista, cantante y cofundadora de Sonic Youth. Entre otras muchas cosas, y lejos de ser el típico relato de la vida en carretera de una banda, Kim Gordon no escatima detalles a la hora de describir el deterioro de la relación con su exmarido, Thurston Moore. Como prueba, este fragmento del primer capítulo del libro, titulado “Fin”, centrado en el último concierto del grupo en São Paulo el 14 de noviembre de 2011, del que podemos ver su frío y afectado iniciocon la interpretación de “Brave Men Run”– en el vídeo que adjuntamos debajo. La traducción del texto original (“Girl In A Band. A Memoir”, 2015) es de Montse Ballesteros.

Cuando subimos al escenario para dar nuestro último concierto, la noche giró en torno a los chicos. Por fuera, todo el mundo tenía más o menos el mismo aspecto que había tenido durante las tres últimas décadas. Por dentro, era otra historia.

Thurston le dio unas palmaditas en el hombro a nuestro bajo, Mark Ibold, y atravesó el escenario a grandes zancadas, seguido de Lee Ranaldo, nuestro guitarra, y, luego, de Steve Shelley, nuestro batería. Aquel gesto me pareció tan falso, tan infantil, tan fantasioso. Thurston tiene muchos conocidos, pero nunca trataba temas personales con los pocos amigos varones que tiene y jamás ha sido de los que dan palmaditas en el hombro. Era un gesto que decía a gritos: “He vuelto. Estoy libre. Estoy soltero”.

Yo fui la última en salir al escenario, asegurándome de guardar cierta distancia con respecto a Thurston. Estaba agotada y alerta. Steve se situó detrás de su batería como lo haría un padre detrás de un escritorio. Los demás nos armamos con nuestros instrumentos cual batallón, un ejército que solo ansiaba el fin del bombardeo.

Una lluvia torrencial caía oblicuamente. La lluvia en Sudamérica es como la lluvia en cualquier otra parte y también hace que te sientas igual.

Dicen que, cuando un matrimonio acaba, aquellas nimiedades en las que nunca habías reparado antes prácticamente te perforan el cerebro. Durante toda la semana había sido así cada vez que Thurston estaba cerca. Tal vez él se sintiera igual, o quizá tuviera la cabeza en otra parte. En realidad, yo no quería saberlo. Fuera del escenario, él no paraba de enviar mensajes con el móvil y de andar de un lado para otro alrededor de nosotros como un niño maníaco que se siente culpable.

Después de treinta años, aquel era el último concierto de Sonic Youth. El festival de música y arte SWU se celebraba en Itu, en las afueras de São Paulo, en Brasil, a ocho mil kilómetros de casa, de Nueva Inglaterra. Se trataba de un acontecimiento de tres días, retransmitido por la televisión latinoamericana y también en streaming, con grandes patrocinadores como Coca-Cola y Heineken. Los cabezas de cartel eran Faith No More, Kanye West, The Black Eyed Peas, Peter Gabriel, Stone Temple Pilots, Snoop Dogg, Soundgarden y artistas por el estilo. Probablemente, éramos los menos importantes del cartel. Era un lugar extraño para que las cosas llegaran a su fin.

 
KIM GORDON, This is the end

Ella tiene el poder en este libro. Foto: Robert Balazik

 

A lo largo de los años, habíamos actuado en muchos festivales de rock. El grupo los consideraba un mal necesario, aunque la perspectiva del “todo o nada” que les daba el hecho de no probar sonido antes de tocar en cierto modo también los hacía emocionantes. Los festivales implican remolques y carpas en el backstage, equipo y cables eléctricos por todas partes, lavabos portátiles malolientes y, de vez en cuando, encontrarse con músicos que te gustan personal o profesionalmente, pero a quienes nunca consigues ver o con los que no consigues quedar o hablar. El equipo puede romperse, se producen retrasos y el tiempo es difícil de pronosticar. Hay veces en que no te llega el sonido de los monitores, pero te lanzas a ello e intentas que tu música llegue a un mar de gente.

Los festivales también implican tocar menos tiempo. Aquella noche remataríamos las cosas en setenta minutos cargados de adrenalina, tal como lo habíamos hecho durante los últimos días en festivales de Perú, Uruguay, Buenos Aires y Chile.

Lo que era diferente con respecto a los últimos festivales y giras era que Thurston y yo no nos hablábamos. A lo largo de toda la semana, no habríamos llegado a intercambiar ni quince palabras. Tras veintisiete años de matrimonio, lo nuestro había fracasado. En agosto le tuve que pedir que se marchara de nuestra casa de Massachusetts, cosa que hizo. Alquiló un piso a un kilómetro y medio, y cada día iba y volvía de Nueva York.

La pareja a la que todos consideraban feliz, normal y eternamente sólida, que daba esperanzas a los músicos más jóvenes de poder sobrevivir en el loco mundo del rock’n’roll, ahora no era más que otro ejemplo de una relación de mediana edad fallida: una crisis de los 50 masculina, otra mujer, una doble vida.

Thurston simuló, en broma, una reacción de sorpresa cuando un técnico le pasó la guitarra. A los 53 años, seguía siendo aquel chico desgreñado y flaco de Connecticut que había conocido en un club del centro de Nueva York cuando él tenía 22 años y yo, 27. Más tarde me dijo que le gustaron mis gafas de sol abatibles. Con sus tejanos, sus Pumas vieja escuela y una camisa blanca estilo Oxford con botones en el cuello, parecía un chico congelado en un diorama, un diecisieteañero que no quería ser visto en compañía de su madre ni de ninguna mujer, si vamos al caso. Tenía los labios de Mick Jagger y unos brazos y piernas desgarbados con los que parecía no saber qué hacer, y la cautela que se percibe en los hombres altos que no quieren abrumar a los demás con su altura. Su largo pelo castaño le camuflaba la cara, y parecía que le gustase así.

Durante aquella semana, fue como si él hubiera rebobinado el tiempo y borrado nuestros casi treinta años juntos. “Nuestra vida” había vuelto a ser “mi vida” para él. Volvía a ser un adolescente perdido en fantasías, y el numerito de estrella del rock que estaba montando sobre el escenario me exasperaba.

Aunque Sonic Youth siempre había sido una democracia, todos desempeñábamos un papel. Me puse en mi sitio, en el centro del escenario. No siempre había sido así, y no estoy segura de cuándo cambió. Era una coreografía cuyo origen se remontaba a veinte años atrás, cuando Sonic Youth firmó su primer contrato con Geffen Records. Fue entonces cuando nos dimos cuenta de que, para las discográficas de altos vuelos, la música importa, pero el aspecto de la chica es determinante. La chica afianza el escenario, atrae la mirada masculina y, dependiendo de quién sea, devuelve su propia mirada al público.

Como nuestra música puede resultar rara y disonante, el hecho de que yo esté en el centro del escenario también hace que sea más fácil ganarse al público. “Mira, es una chica, lleva un vestido y está con esos tíos, así que deben de estar bien”. Pero nunca habíamos funcionado de ese modo cuando éramos un grupo indie, por lo que siempre tenía cuidado de no ponerme demasiado delante.

“Apenas pude mantener el tipo durante la primera canción, ‘Brave Men Run’... Esa noche Thurston y yo no nos miramos ni una sola vez, y cuando se acabó la canción, di la espalda al público para que nadie me pudiera ver la cara”.

Apenas pude mantener el tipo durante la primera canción, “Brave Men Run”. En un momento dado, mi voz se vino abajo como si estuviera rasgando su propio fondo, y entonces dicho fondo se cayó. Era una vieja canción, de las primeras, de nuestro álbum “Bad Moon Rising”. Yo había escrito la letra en la calle Eldridge de Nueva York, en un piso “ferrocarril” de un edificio de viviendas en el que Thurston y yo vivíamos en aquella época. Esta canción siempre me hace pensar en las mujeres pioneras de mi familia materna mientras avanzaban trabajosamente hacia California atravesando Panamá, teniendo mi abuela que hacerse cargo de sus hijos ella sola sin apenas ingresos durante la Gran Depresión. En cuanto a la letra, la canción me remitía a la primera vez que relacioné mis influencias artísticas con mi música. Tomé el título de un cuadro de Ed Ruscha que muestra un barco de vela escorado entre olas y crestas.

Pero hacía tres décadas de aquello. Esa noche Thurston y yo no nos miramos ni una sola vez, y cuando se acabó la canción, di la espalda al público para que nadie me pudiera ver la cara, aunque con escaso resultado. Todo lo que hacía y decía era retransmitido desde una de las dos pantallas de vídeo de doce metros de altura situadas en el escenario.

Por el motivo que fuera –solidaridad o tristeza o los titulares y artículos sobre la ruptura entre Thurston y yo que aquella semana nos perseguían allá donde fuéramos en español, portugués e inglés–, contamos con el apoyo apasionado de los espectadores de Sudamérica. Aquella noche, una multitud se extendía ante nosotros y se confundía con las oscuras nubes que rodeaban el estadio; miles de chavales empapados por la lluvia, con el pelo mojado, espaldas desnudas, camisetas de tirantes, manos levantadas sosteniendo teléfonos móviles y chicas a hombros de chicos morenos.

El mal tiempo nos había ido siguiendo por Sudamérica, desde Lima hasta Uruguay y Chile y ahora a São Paulo; un cursi reflejo de película del extrañamiento que había surgido entre Thurston y yo. Los escenarios de los festivales eran como versiones musicales de incómodos retablos domésticos: una sala de estar, o una cocina o un comedor, en el que el marido y la mujer se cruzan por la mañana en dicha estancia y se preparan tazas de café por separado sin que ninguno de los dos reconozca al otro ni la existencia de un ápice de historia compartida.

Después de esa noche, Sonic Youth dejó de existir. Nuestra vida como pareja –y como familia– ya se había acabado antes. Aún teníamos nuestro piso de la calle Lafayette de Nueva York –aunque no por mucho tiempo más–, y yo continuaría viviendo con nuestra hija, Coco, en nuestra casa de Massachusetts, que habíamos comprado en 1999 a una escuela local.

“¡Hola!”, gritó Thurston animadamente a la multitud justo antes de que el grupo se lanzara de lleno a tocar “Death Valley ‘69”. Dos noches antes, en Uruguay, Thurston y yo tuvimos que cantar a dúo otra de nuestras primeras canciones, “Cotton Crown”. Su letra hablaba de amor y de misterio y de química y de soñar y de permanecer juntos. Básicamente, era una oda a Nueva York. En Uruguay, me había encontrado demasiado alterada para poder cantarla, y Thurston tuvo que terminarla él solo.

Pero conseguí acabar “Death Valley ‘69”. Estábamos Lee, Thurston y yo, y más tarde nosotros dos solos, allí, en pie. Mi futuro exmarido y yo mirando hacia aquella masa de brasileños mojados que se agitaba, nuestras voces repasando juntas la ortografía de las viejas palabras, que para mí eran como una banda sonora en staccato de una energía, rabia y dolor crudos y surrealistas: Hit it. Hit it. Hit it. Creo que jamás en la vida me había sentido tan sola.

(Se puede leer la crítica del libro aquí)

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