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KING CREOSOTE, Huir del cinismo sin dejarse de gaitas

Kenny Anderson, un rey libre. Foto: Alfredo Arias

 
 

ENTREVISTA (2016)

KING CREOSOTE Huir del cinismo sin dejarse de gaitas

Gracias a una entente galardonada y a las canciones para un documental, el escocés más prolífico vio asomar al fin la punta del iceberg de su trayectoria, factor positivo que aprovechó con “Astronaut Meets Appleman” (2016), disco que le devolvió a sus orígenes en las letras y en los métodos relajados de su primera etapa mientras incorporaba a la variedad folk-rock que le caracteriza sonidos con inequívoco sabor a su terruño. Ramón Fernández Escobar estuvo con él antes de un anunciado tour por España en noviembre de 2016 que acabó suspendiéndose y que, por fin, se llevó a cabo a finales de septiembre de 2017. Muy recomendable.

Volver a la realidad y no sentir presión: dos obsesiones de King Creosote al abordar “Astronaut Meets Appleman” (Domino-Music As Usual, 2016), enésimo eslabón de una discografía inabarcable y demasiado oculta. Aunque lo último a Kenny Anderson, el cantautor escocés detrás del viscoso alias monárquico (la creosota deriva del alquitrán y se usa para cuidar madera), le repatee: “No tengo vocación clandestina. De mis cincuenta discos, al menos una decena ha salido en sellos como Domino e incluso multinacionales”, recuerda sin necesidad el antaño rey del CD-R (hasta 2003). Siempre sin perder la sonrisa.

“Componer de forma menos cínica y retorcida, con palabras más sencillas. De forma más honesta, en definitiva. Y grabar mi voz en una o dos tomas, no importa si no daba bien alguna nota. Sentirme como en mis primeros tiempos de músico callejero”

Y los dos últimos trabajos le habían colocado un listón estresante. Su colaboración con Jon Hopkins, “Diamond Mine” (Domino, 2011), por su candidatura al Mercury Prize. Y “From Scotland With Love” (Domino, 2014), ante la repercusión del documental de Virginia Heath, al que ponía banda sonora, coincidente con la celebración de los Juegos de la Commonwealth en Glasgow y meses antes del referéndum sobre la independencia, materia que Anderson prefiere obviar. Y más ahora que ha recuperado la relajación tras el año de gira con “From Scotland With Love”: “Un grupo enorme de músicos en grandes escenarios, como el Barbican londinense, tocando el ‘soundtrack’ mientras se proyectaba el filme –imágenes de archivo sobre la historia y la evolución social de Escocia sin narrador ni entrevistas–. Ahora ya he vuelto a lo cotidiano: shows pequeños moviéndome en coche por Irlanda e Inglaterra”, explica alguien que nunca había afrontado, sin ir más lejos, un tour por España hasta el anuncio de dos fechas para el próximo enero (el 9 en Madrid y el 10 en Barcelona).

La belleza de aquellos discos previos mortificaba a Anderson: “No quería plantearme superarlos, solo sonar como una versión más joven de mí mismo. Componer de forma menos cínica y retorcida, con palabras más sencillas. De forma más honesta, en definitiva. Y grabar mi voz en una o dos tomas, no importa si no daba bien alguna nota. Sentirme como en mis primeros tiempos de músico callejero”. Además, para el nuevo álbum deseaba incluir en su folk-rock aromas de la tradición escocesa evitados en la banda sonora de 2014. “Al ser la directora de Nueva Zelanda se buscó algo menos localista que las gaitas, para que gente de todas partes se pudiera identificar con la cinta. Y yo intenté componer del modo más atemporal y con mucha variedad de estilos”.

Clip animado para “You Just Want”, canción de “Astronaut Meets Appleman” (2016), enésimo eslabón de una discografía inabarcable y demasiado oculta. Aunque “no tengo vocación clandestina. De mis cincuenta discos, al menos una decena ha salido en sellos como Domino e incluso multinacionales”, asegura.

El eclecticismo, siempre dentro de un orden (aunque mencione a la Bonzo Dog Band o a su paisano Alex Harvey como referencias): “Nada de excentricidades para un hombre blanco de mediana edad un poco chalado. Me alejo de cosas como el reggae, el dub o el rap”, bromea el también acordeonista. “Nunca me atrevería a interpretar una pieza clásica al acordeón. Pero sí a incorporar a instrumentistas clásicos a mis discos, como los que se encargaron de las cuerdas en ‘From Scotland With Love’”. O la arpista Catriona McKay en el nuevo, “la mejor que hay en Escocia”. Lo de la gaitera Mairearad Green surgió por un intercambio: “Dio la casualidad de que me pidió incluir mi voz en su último álbum. Favor por favor, y lo hizo encantada”.

“¿Qué ha sucedido para que bebas un café en una gasolinera al precio de un álbum? La música no ha sabido conservar su valor, el de la aventura que suponía engancharse a un disco. Que el mío alcance el puesto 25 en las listas británicas es un éxito, pero necesitaría vender quince mil copias solo para recuperar lo que me costó su grabación. Y no llegaremos ni a la mitad”

Grabar rápido, bajo presupuesto (“en ‘From Scotland With Love’ no es que fuera ilimitado, pero sí pude escoger a los músicos; opté por mi banda habitual”) y canciones que, esta vez sí, reflejan la propia actualidad de Anderson: así se gestó “Astronaut Meets Appleman”. “Frisando los 50 –nació en Fife en 1967–, muchas bandas optan por hacer proclamas sobre el mundo y se olvidan de tratar lo personal. Yo quería abrir una ventana a la angustia de la mediana edad”. Anderson lo mismo se preocupa por las turbinas radicadas en un pueblo irónicamente llamado Windmill (molino de viento) que desbroza fracasos en las relaciones amorosas: “He escrito a menudo canciones en las que el amor se mueve con las mismas reglas que la guerra: la historia siempre la escribe el ganador. ‘Rules Of Engagement’, por ejemplo, rezuma fatalismo, pero concluye al menos con una aceptación. Siempre tenemos la esperanza de estar mejor en el futuro, pero el desasosiego te acompaña. Ya le pasaba a los romanos. Vidas llenas de frustración; ahí reside la fragilidad humana”.

Las frustraciones de Anderson albergan un desolado “la música es demasiado barata”. Y se explica: “¿Qué ha sucedido para que bebas un café en una gasolinera al precio de un álbum? La música no ha sabido conservar su valor, el de la aventura que suponía engancharse a un disco. Que el mío alcance el puesto 25 en las listas británicas es un éxito, pero necesitaría vender quince mil copias solo para recuperar lo que me costó su grabación. Y no llegaremos ni a la mitad”.

El cantautor escocés asume cuál es su deporte: “Nadar contra corriente en tiempos donde todo parece haberse ido al traste, no solo la música”. Él admite no haber puesto nunca mucho de su parte a la hora de entrar al trapo comercial. “Lo de que se escuche el estribillo a los cinco segundos de canción no ha ido conmigo. Ni aquello de ‘que suene a los Beatles cruzados con Blur, con James Blake o con cualquier otro artista del momento’. Me gusta pensar que mis canciones exigen varias escuchas para llegar a conocerlas. Que en ellas no prima la inmediatez”.

 
KING CREOSOTE, Huir del cinismo sin dejarse de gaitas

“Mis padres ya no piensan que pierdo el tiempo, sino que la mía es música de verdad”, dice irónicamente. Foto: Alfredo Arias

 

El caso es que su audiencia se ha ampliado al lustro de pasar por Warner (una filial, Names-679), donde editó dos largos (“KC Rules OK”, en 2005, y “Bombshell”, en 2007): “Sí, una paradoja aparente. Tuvo mucho que ver la nominación al Mercury Prize de ‘Diamond Mine’”. El premio del Reino Unido, reconocido como marchamo de “autenticidad y calidad” y proveedor de alivio: “Mis padres ya no piensan que pierdo el tiempo, sino que la mía es música de verdad. Y los padres de las compañeras de infancia de mi hija mayor quizá no se limiten a etiquetarme como ‘el de la música’ a secas”.

Para “Diamond Mine”, Jon Hopkins picoteó en el viejo cancionero de Anderson. La idea, masajear nueve piezas a base de ambient. “En el último mes, por cierto, me ha dado por comprar la totalidad de discos de ambient de Brian Eno –Hopkins colaboró con él–, no me preguntes por qué”. Regrabar muestras del propio catálogo se ha convertido en el otro deporte de Anderson. Todo “Diamond Mine”, un par de “From Scotland With Love” y otras de “Astronaut Meets Appleman” corresponden a esa pauta. Las repescadas para el último van desde una cara B de single (“Faux Call”) a varios temas de “Småvulgär” (2015), uno de sus discos fantasma, “un álbum de perfil bajo que publiqué ‘online’ con mi propio sello”.

“Si yo no sigo haciendo referencia a mi fondo de armario, nadie lo hará. Las canciones poseen vida propia. Y si a veces tengo la sensación de haberlo dicho todo cuando me piden escribir una sobre algo, y digo que ya la hice antes y que no puedo decir lo mismo mejor, con las grabaciones es otra historia”

El de Fife se justifica: “Si yo no sigo haciendo referencia a mi fondo de armario, nadie lo hará. Las canciones poseen vida propia. Y si a veces tengo la sensación de haberlo dicho todo cuando me piden escribir una sobre algo, y digo que ya la hice antes y que no puedo decir lo mismo mejor, con las grabaciones es otra historia. ¿Por qué su registro en un lugar y momento concretos debe ser el punto final de una canción? Si hasta el estado de ánimo del batería influye en el resultado. Y a menudo este te gusta, aunque se aleje de tu intención...”. Los trabajos menos visibles de King Creosote ejercen de caladero. “Me valen de campo de pruebas. Si un tema funciona en mi ocho pistas me inyecta confianza. Lo puede escuchar mi banda y algún miembro puede proponer que lo grabemos juntos. En otras ocasiones, saco al jefe que anida en mí para decidir que lo abordemos. Les guste o no”, relata Anderson entre risas. Vista su amabilidad, cuesta imaginarlo como sátrapa.

La hija mayor del músico, ahora de 17 años, tuvo su protagonismo en el primer disco que King Creosote publicó en Domino, “Kenny And Beth’s Musakal Boat Rides” (2003).  Ahora, uno de los cortes de la nueva entrega, “Peter Rabbit Tea”, recoge como único texto esas tres palabras balbuceadas en mantra por su hija pequeña, de nombre Louie Wren. El tratamiento, diferente al resto del álbum, parece ambient. “Yo lo veo más próximo a la música clásica por la forma de tocar los instrumentos: el arpa, el violín...”. Louie Wren también inspiró el título del disco: “Me llamaba la atención que en sus juguetes ella prefiriera la simpleza del hombre manzana a la sofisticación del astronauta. Yo me siento un poco ambos en mi transición hacia una vida más tecnológica. Pienso que este trabajo, a su vez, puede representar un tránsito: de atraer solo a entusiastas de la música a interesar también a gente normal que quiera disfrutar de un disco bueno si le hablan de él”.

 

Sello propio y hermandades

Kenny Anderson fundó Fence Records en 1997, tras quebrar la tienda de discos en la que trabajaba en Fife. ¿El objetivo? Grabar y publicar obras de amigos, además de las propias (también ha coeditado varias suyas con Domino). Enseguida surgió un término para denominar a varios artistas ligados a la etiqueta, unidos por amistad y colaboraciones: el Fence Collective. Incluía a King Creosote, The Beta Band, James Yorkston, KT Tunstall y, entre otros, el más conocido de los hermanos músicos de Kenny, Gordon Anderson, alias Lone Pigeon en solitario y líder de The Aliens (junto a dos ex The Beta Band, de la que fue fundador junto a Steve Mason). “Mi hermano es dueño, además, del observatorio astronómico más potente de Escocia”, revela Kenny, también interesado en el tema. En “Betelgeuse”, del nuevo álbum, no alude a otra cosa que a la estrella.

Fence sufrió una escisión en 2013, año en el que Johnny Lynch (artísticamente conocido como The Pictish Trail) partió peras con Kenny después de dirigir el sello de facto durante una década. Se marchó y creó Lost Map Records. “Yo no llevaba el día a día, y llegó un momento en que no reconocía ni mi propia casa. En Fence lo primero siempre había sido la música, no entrar en el juego del ‘business’”, lamenta.

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