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LA CASA AZUL, Confesiones del eneatipo cuatro

Guille Milkyway en las entrañas de La Casa Azul. Foto: Lluís Domingo

 
 

FIRMA INVITADA (2012)

LA CASA AZUL Confesiones del eneatipo cuatro

Demos la palabra al alma de La Casa Azul, Guille Milkyway, y dejemos que nos explique cosas sobre su trabajo, el hijo de Doris Day, el bar de la esquina y su imposibilidad de escribir mensajes en Twitter. Dispares circustancias que, leídas entre líneas, transmiten sensaciones claras sobre cómo es realmente el hombre que se esconde detrás de La Casa Azul, un proyecto aparentemente hedonista que aspira a ser mucho más que eso. Y es que en la música y en las letras de sus canciones hay indicios claros que apuntan hacia el perfeccionismo que persigue el inseguro Guille en su profesión y, quizá, también en su vida.

Día sí, día también, me siento mal por cualquier cosa que haya dicho en cualquier lugar, pensando que quizá la podría haber dicho de otra manera más adecuada. No me pasa solamente con las cosas pretendidamente importantes de mi trabajo tipo “hoy he desafinado como un animal y alguien lo ha grabado en YouTube y ahora todo el mundo lo escuchará”, sino con las más mundanas, que es lo peor. Por ejemplo, entro en el bar a las 7:15 de la mañana, como cada día, para tomar café, y saludo: “Buenos días”. Nadie me responde, ni siquiera Paola, que es un amor. Pienso: “Vaya, lo habré dicho con demasiada intensidad”. Tal vez me han visto demasiado contento y ellos hoy tenían un día de perros, quizá incluso a Paola la ha dejado su pareja o le han diagnosticado una enfermedad grave a su hijo o algo así, y yo voy y entro con esa sonrisa de gilipollas gritando “Buenos días”. Seguro que ella estará pensando: “¿Buenos días?... Vaya imbécil”. Entonces decido pedir el café un poco apesumbrado, para empatizar, y Paola me dice: “Pero, niño, ¿qué te pasa? Alegra esa cara, hombre, que nos vas a contagiar tu tristeza”. Y así hasta que termina el día y me meto en la cama. Un no parar de despropósitos causados por mi contundente inseguridad cotidiana. Como una comedia ibérica de situación permanente... de las malas, por supuesto.

“Teniendo perfectamente identificado mi problema, el de la inseguridad, voy y le digo que sí a Montse de Elefant. Que sí que me apetece escribir sobre mí mismo en Rockdelux. Como si me sobrara la elocuencia; como si nunca me hubiera sentido culpable por resultar, quizá, demasiado egocéntrico; como si esto no me fuera a remorder la conciencia durante tiempo y tiempo. Es inexplicable”
(Guille Milkyway)

 

Pues eso, teniendo perfectamente identificado mi problema, el de la inseguridad, voy y le digo que sí a Montse de Elefant. Que sí que me apetece escribir sobre mí mismo en Rockdelux. Como si me sobrara la elocuencia; como si nunca me hubiera sentido culpable por resultar, quizá, demasiado egocéntrico; como si esto no me fuera a remorder la conciencia durante tiempo y tiempo. Es inexplicable. Desde luego, efectivamente, aparte de la inseguridad, tengo un grave problema de incontinencia y, por supuesto, el clásico “no saber decir que no”. Y encima, por si fuera poco, me había olvidado hasta hoy. Y mañana es día 10, fecha límite para su entrega. No podré planear demasiado cómo quedar bien y resultar medianamente inteligente e interesante con la cantidad de cosas que tengo que hacer hoy. Menuda forma más deplorable de empezar el año. Por otro lado, hablar sobre uno mismo continuamente es uno de los rasgos característicos del eneatipo cuatro, y yo soy cuatro; quizá eso explique por qué dije que sí. Supuestamente, esto debería ser un ejercicio placentero... No sé, no creo que lo sea, pero según Claudio Naranjo debería serlo. Bah, estoy cayendo en lo anodino. Vamos a lo que estamos.


CUATRO AÑOS....

Han pasado cuatro años entre “La revolución sexual” (Elefant, 2007) y “La Polinesia meridional” (Elefant, 2011). Es demasiado tiempo. Los Beatles grababan un disco cada año; y con evoluciones en el sonido inverosímiles entre disco y disco. A mí me gustaría grabar discos cada año. Pero entonces no podría hacer nada más, y hay cosas que me ayudan a ser un poco más feliz, como estar con Silvia y Nico, leer el periódico después de comer tomando café, y probar con otras disciplinas como los dibujos animados, el cine o el teatro. Por otro lado, necesito facturar trabajos suficientes para pagar la hipoteca del estudio y las facturas. Realmente, hacer un disco de La Casa Azul por año sería una buena forma de quitarme de encima esta estúpida sensación pretenciosa de querer hacer un buen disco cada vez que me enfrento a ello. Podría hacer el disco “funk” de La Casa Azul, el “oscuro”, el “vital”, el “bueno” y “el malo”, porque al cabo de unos meses habría otro y ya nadie se acordaría del anterior. Además, en solo cuatro o cinco años uno podría tener una buena visión “histórica” del grupo que ayudaría a valorar cada nuevo disco de una forma más natural y menos épica. Las críticas y las alabanzas serían más contenidas.... Con un disco cada cuatro o cinco años, el nuevo disco siempre parece que tiene que ser, o bien una revolución, o el mayor desastre de la historia de la música grabada. Ese es un peso casi inaguantable para mí, la verdad.

 
LA CASA AZUL, Confesiones del eneatipo cuatro

“Con un disco cada cuatro o cinco años, el nuevo disco siempre parece que tiene que ser, o bien una revolución, o el mayor desastre de la historia de la música grabada. Ese es un peso casi inaguantable para mí, la verdad”. Foto: Lluís Domingo

 

LAS GIRAS...

Aun así, hay una cosa muy buena en espaciar los discos en el tiempo: poder estar cuatro años sin salir de gira. Eso, para mí, es un lujo. Con lo que a mí me gusta la rutina y estar en el pueblo. Con lo poco wild side que soy yo. Y esta cosa socializadora de los backstages... Buf, no, no me desenvuelvo bien.

Como creo que esto no lleva a ningún sitio, voy a aprovechar para salir a comer algo, que ya son casi las cuatro de la tarde. El chino-japonés barato de al lado cierra los lunes y hoy no me he traído comida de casa al estudio. Comeré un bocadillo en El Encuentro. Hacen ese de lomo con pimientos y huevo frito tan rico que llena el estómago hasta la noche. Como al lado del chico que toma los pedidos de snacks del bar. Lo veo a menudo y me acuerdo de cuando hace quince años tomaba los pedidos de chocolate y sopas en Almacenes Garcinuño de Badajoz. Prefiero hacer música, aunque de vez en cuando me entren profundos ataques de pánico respecto al futuro y trabaje por encargo. No me gusta hacerlo porque, de alguna forma, me siento colaborando en la construcción del nuevo orden mundial, pero, bueno, lo hago poco, lo justo. Es como quien come llardons de vez en cuando...

“Podría hacer el disco ‘funk’ de La Casa Azul, el ‘oscuro’, el ‘vital’, el ‘bueno’ y ‘el malo’, porque al cabo de unos meses habría otro y ya nadie se acordaría del anterior. Uno podría tener una buena visión ‘histórica’ del grupo que ayudaría a valorar cada nuevo disco de una forma más natural y menos épica”
(Guille Milkyway)

La verdad es que hoy tengo uno de esos días en los que me entran todos los males porque todo se acumula. Al llegar al estudio, he hecho una lista con la cantidad de cosas que tenía que hacer entre hoy y mañana: preparar la liquidación de IRPF e IVA del cuarto trimestre; encontrar una furgoneta de segunda mano para la gira; comprar las tarimas y llamar al distribuidor para verificar que la nueva solución audiovisual que he comprado para los conciertos llegará efectivamente la última semana de enero; preparar lo de las musiquitas del juego-libro de Jelly Jamm; pasarle a Lluís la pista de bombos de las canciones de la gira para que le sea más fácil elaborar algunos de los visuales; comprar los velcros para los cables y los pies de micro; atornillar las ruedas en los flight cases; comprar el ventolín, el pie para el keytar; escribir a Jean Marie; esbozar la letra traducida para Stereo Total... y algunas cosas más. Lo mejor en estos casos es llamar a Marc Rosich. Él siempre tiene muchas más cosas que hacer y, aun así, no sé si debido al profundo efecto que parece hacerle el Rescue Remedy, siempre parece tener energía inagotable y buen humor a flor de piel. Lo llamo no solo para desestresarme, sino porque tenemos que quedar para enderezar el proyecto en el que me ofreció colaborar. Nunca he trabajado en teatro y me da pánico. Tengo muchas ganas de empezar.

Debería seguir hablando un poco del disco nuevo o algo....


CINTA ANÁLOGIGA...

Es la primera vez que he decidido, junto a Xavier Alarcón, hacer un mixdown del disco a cinta analógica, y estamos muy contentos con el resultado. Se trata, básicamente, de pasar subgrupos de pistas digitales a través de una mesa analógica y terminar grabando la mezcla final en cinta de 1/4”. A partir de ahora vamos a hacerlo siempre así. Me apetece un montón empezar a grabar ya el nuevo disco de mi otro proyecto, Milkyway, con la nueva Studer de Xavi. Le va a ir bien.

 
LA CASA AZUL, Confesiones del eneatipo cuatro

“Hace algunos meses perdí interés en Twitter por mi incapacidad para sintetizar lo suficiente. A mí me gusta ser exacto en las cosas que escribo”. Foto: Lluís Domingo

 

WHEN YOU GET CAUGHT BETWEEN THE MOON AND NYC...

Por esa frase, Peter Allen ganó un Óscar en 1981 con la canción “Arthur’s Theme (Best That You Can Do)”, interpretada por Christopher Cross. Desde pequeño me pareció una preciosidad... Fui un niño florecilla, sí. El resto de la canción de Bacharach, el coautor, no me gusta demasiado, pero esa frase es fascinante. En la película –”Arthur, el soltero de oro” (Steve Gordon, 1981)– salía Liza Minnelli, quien a su vez estuvo casada con Peter Allen. Un matrimonio de conveniencia. Los había presentado la madre de Liza, Judy Garland. El primer disco que grabó Peter Allen fue junto a Chris Bell, en el 68. Mucha gente creía que eran hermanos, porque se hacían llamar Allen Brothers, pero no. Es un disco de easy listening muy bonito, a lo A&M. En el disco no está la canción “Ten Below”, que es una de mis favoritas.

Christopher Cross: “Arthur’s Theme (Best That You Can Do)”.

“Sin entrar en valoraciones más profundas, resulta paradójico cómo un sistema que concibe la libertad individual como elemento sagrado confluye en un conglomerado de grandes corporaciones que fabrican toda la ropa que vestimos, toda la comida que comemos, la energía que utilizamos y unos medios de comunicación que fabrican un sutil y aplastante pensamiento único. Esto es así, no entro a valorarlo; lo ultraliberal lleva a la misma uniformización de la que pretende desmarcarse. Sálvese quien pueda”
(Guille Milkyway)

THESE DAYS...

Terry Melcher, el hijo de Doris Day, tuvo una de esas vidas interesantes de leer. Es un personaje clave para entender el desarrollo del surf vocal norteamericano y gracias a él brilló el “Mr. Tambourine Man” de Dylan en el primer disco de los Byrds. Pero más allá de eso, Terry Melcher grabó en 1974 un álbum homónimo, un disco de esos que los americanos llaman “obscure”, que incluye una versión absolutamente demoledora del “These Days” de Jackson Browne. Aunque la versión de Nico estremece, la de Melcher junto a su madre hace llorar de verdad. De verdad de la buena.

En una de las canciones del disco fantaseé con la idea de sentirme identificado con ellos.

Terry Melcher & Doris Day: “These Days”.

LA PARADOJA...

Sin entrar en valoraciones más profundas, resulta paradójico cómo un sistema que concibe la libertad individual como elemento sagrado confluye en un conglomerado de grandes corporaciones que fabrican toda la ropa que vestimos, toda la comida que comemos, la energía que utilizamos y unos medios de comunicación que fabrican un sutil y aplastante pensamiento único. Esto es así, no entro a valorarlo; lo ultraliberal lleva a la misma uniformización de la que pretende desmarcarse. Sálvese quien pueda.

Montse de Elefant me ha escrito un correo electrónico para decirme que debería actualizar la información de las entradas de los primeros conciertos de la gira en mi perfil en Facebook e informar en mi cuenta de Twitter. No sé si seré capaz de lo segundo. Hace algunos meses perdí interés en esta última red social por mi incapacidad para sintetizar lo suficiente. A mí me gusta ser exacto en las cosas que escribo. Recuerdo que un día quise poner que estaba escuchando la canción “Oh Girl” de los Chi-Lites y que me resultaba sobrecogedora, pero en la “g” de “sobrecogedora” me empezó a aparecer en rojo aquello de -1, -2, -3 y al final tuve que escribir “bonita”. ¡Pero no es lo mismo, joder! No es lo mismo... Estoy harto de tanta síntesis. Y pensar que cada día decenas de políticos, músicos, arquitectos, deportistas, ¡hasta filósofos! responden entrevistas a través de Twitter. La red está fatal.

Chi-Lites: “Oh Girl”.

Y como todo esto empieza a oler a sarta de sandeces, creo que no voy a decir mucho más. El bocadillo de El Encuentro no me ha caído muy bien hoy, la verdad. Debería haber comido algo más ligero, siempre me pasa igual. Bueno, què hi farem...

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