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LA MODE, Aquella canción

Mario Gil, Antonio Zancajo y Fernando Márquez: La Mode eterna. Foto: Mario Pacheco

 
 

FIRMA INVITADA (1994)

LA MODE Aquella canción

Coincidiendo con la edición de un doble CD de La Mode que recogía todas las grabaciones con Fernando Márquez, además de un tercer CD con cuatro canciones de Paraíso, Mario Pacheco (1950-2010), el entonces responsable de Nuevos Medios (sello que editó toda la producción de La Mode), escribió este brillante texto que Rockdelux publicó en febrero de 1994. Aun pudiendo parecer subjetivo, el artículo reflejaba como pocos podrían hacerlo el “estado de la cuestión” de una formación inusual en el pop de principios de los ochenta: arrogantes, pretenciosos o pedantes, ahí quedó para la historia el legado de Fernando Márquez y La Mode, explicado aquí con lucidez por quien lo vivió como protagonista indirecto pero próximo. “El eterno femenino” (1982) y “1984” (1984) siguen siendo dos piezas complementarias de un puzle plagado de referencias cultas, circunstancia que convirtió a La Mode en un grupo único, como se demuestra en la interpretación del icónico tema “Cita en Hawaii” que adjuntamos en esta grabación televisiva de la época.

Nunca he vuelto a ver un grupo como La Mode. La verdad es que no creo que el pop español haya vuelto a ser lo mismo desde aquellos días en que La Mode tuvo su breve e intenso reinado.

Kaka de Luxe y sus ramificaciones eran muy interesantes y yo, aunque trabajaba en Barcelona, seguía esporádicamente las actuaciones de Los Pegamoides y Paraíso en Madrid. Me parece que fui el primero que les propuso grabar. Fue hacia 1979 y los dos grupos me mandaron maquetas y se tomaron con interés la posibilidad de grabar para la compañía catalana Edigsa. Desde entonces, estuve en contacto tanto con Alaska como con Fernando Márquez, “El Zurdo”, y más tarde, cuando fundé en Madrid la compañía Nuevos Medios, las conversaciones para grabar a La Mode ocurrieron de forma natural.

“Si la movida fue un movimiento pop más literario que musical, consistiendo su principal mérito en la creación de una estética y un código de símbolos, temas y metáforas propio y hasta entonces inédito en el pop español, hemos de admitir que las grabaciones de La Mode son el más acabado exponente de aquellos años”
(Mario Pacheco)

 

La Mode formaban un equipo compacto, eran una célula creativa, un supermercado de ideas, en fin: un sueño de grupo musical. La suya era una química equilibrada y cada uno era un especialista en distintas facetas de la cultura popular. Fernando Márquez era un intelectual introspectivo que sobre todo cultivaba a los raros y malditos –Céline, Mishima…–, la onda castiza a base de lecturas de la generación del 98 –Unamuno, Marañón…– y, ya en plan reivindicación total, la vanguardia madrileña: Gómez de la Serna, Jardiel Poncela, Mihura y Neville. Antonio Zancajo era lo que ahora se llama un hippie, es decir, un rockero no heavy con una sólida cultura musical y un estilo de vida independiente. A través de él llegaban al grupo Clapton, Hendrix, los Byrds y Dylan. Por su parte, Mario Gil, que había nacido en Suiza en una familia hispanolusa, era multicultural y políglota. Pertenecía a la generación ya mutante y era un genio de los ordenadores al que había que sacar del instituto negociando con el director la pérdida de horas de clase. Lo suyo era el tecno. Los tres se complementaban y cubrían un amplio panorama de influencias musicales. El equipo se completaba con Yayo Aparicio, productor y mánager entusiasta, aunque el grupo apenas actuase, y José Antonio Lago, “El Rojo”, que era un asesor cultural. Yayo produjo los dos primeros álbumes de La Mode y su muerte en un accidente de tráfico fue un trágico epílogo a la carrera del grupo.

Si la movida madrileña fue un movimiento pop más literario que musical, consistiendo su principal mérito en la creación de una estética y un código de símbolos, temas y metáforas propio y hasta entonces inédito en el pop español, hemos de admitir que las grabaciones que La Mode realizó con Fernando Márquez, “El Zurdo”, son el más acabado exponente de aquellos años. Entonces, la infraestructura musical de Madrid era precaria, pero el ambiente rebullía y así La Mode eran, ya antes de grabar, un auténtico grupo con sus actuaciones (algunas de ellas apoteósicas, como la de la Escuela de Ingenieros de Caminos), sus cambios de personal, sus carteles y, por supuesto, sus maquetas sonando bastante en el ‘Diario Pop’ de Radio 3.

“Cita en Hawaii”, clásico tema de La Mode de “El eterno femenino”, interpretado en el programa de TVE-1 ‘Caja de Ritmos’ (1983) dirigido por Carlos Tena. En la batería, Luis Marquina. Al bajo, Álvaro de Cárdenas.

La edición del maxisingle que incluía “Enfermera de noche” y “Aquella canción de Roxy” (en su primera versión) fue un planteamiento estratégico para preparar la muy estudiada edición de “El eterno femenino” (1982). Un clásico, si es que existen en el pop ibérico, un álbum concepto pero también un retablo de canciones perfectamente contrastadas. Producidos por Yayo Aparicio, el grupo se adentró, de la mano del ingeniero Luis Fernández Soria, en el mundo de las últimas técnicas de grabación para crear definitivamente su estilo de “pop de vanguardia”. Por primera vez entre los grupos independientes de la época, consiguieron igualar la perfección formal de las grabaciones comerciales y se adelantaron a todos empleando a fondo las cajas de ritmos, teclados y baterías electrónicas.

“Adoptaban el esquema clásico de la entrevista al grupo pop que desde los tiempos de los Beatles se inspira en los hermanos Marx y en los sobrinos del Pato Donald. Después de unas cuantas teorías provocadoras y tomas de posturas arrogantes, se lanzaban a una especie de tertulia sobre arte, cine, literatura y ciencia –aparte de cotilleos de la movida– que rara vez se refería directamente a los discos de La Mode y que hacía que los periodistas perdiesen la noción del tiempo”
(Mario Pacheco)

“El eterno femenino” suele ser citado entre los mejores discos españoles de los ochenta y, en realidad, en muchos aspectos aún no ha sido superado. El título ya explica de qué va la cosa, pero hay que insistir en que no se trata de un álbum de canciones de amor. Lo femenino es tratado de una forma amplia, utilizando diferentes enfoques y aproximaciones literarias. “Cita en Hawaii”, “Aquella chica” e incluso “Mi dulce geisha” son modelos de narrativa concisa y depurada, acuarelas en la vida urbana muy distintas entre sí. “Cita en Hawaii” es una evocación distanciada que podría ser una secuencia de una película de Truffaut, mientras que “Aquella chica” tiene un tono más desgarrado de crónica de la cultura del rock y las drogas. Finalmente, “Mi dulce geisha” participa más de la imaginería del pop art ingenuo de la movida madrileña y da paso a la obsesión por Japón –uno de los leitmotivs de la obra de La Mode– como sociedad en el límite tecnológico y en plena debacle cultural personalizada en la vida de Yukio Mishima. Otros empeños son más poéticos e inquietantes, ambientados en un sonido tecnificado y casi industrial. En clave de ciencia ficción (otra de las constantes de la contracultura), La Mode se recrea construyendo decorados a lo “Blade Runner” como en “El único juego en la ciudad” o “La teoría de la relatividad”. El tono es totalmente poético en “Las chicas de la Inter” –con su catarata de imágenes y su estructura, que luego sería tan imitada– y por supuesto en “El eterno femenino”, la canción a la que el disco viene a desembocar y donde la precisión lírica se une a una producción brillante para darnos una de las mejores composiciones de la historia del pop español. Sin embargo, y por si fuera poco, el tema más curioso del álbum es sin duda “Aquella canción de Roxy”, un inesperado poema órfico que nos cuenta en tiempo real y en primera persona la iniciación erótica de un adolescente. Un tema clásico en la música popular –desde “La première fille” de Brassens hasta “The Acid Queen” de The Who– y por eso mismo una auténtica exhibición de clase de La Mode al resolver tan brillantemente el ejercicio.

“El eterno femenino” fue un éxito hasta en las listas de las emisoras comerciales y lanzó a La Mode a unos meses de actividad frenética a base de ensayos, entrevistas, programas de radio…, en fin, todo lo que se le supone a la música moderna. El grupo dio la talla en todos los terrenos. En las entrevistas eran maravillosos. Normalmente Fernando era el portavoz, pero participaban también Antonio y Mario, y la reunión adoptaba el esquema clásico de la entrevista al grupo pop que desde los tiempos de los Beatles se inspira en parte en los hermanos Marx y en parte en los sobrinos del Pato Donald. Después de unas cuantas teorías provocadoras y tomas de posturas arrogantes, se lanzaban a una especie de tertulia sobre arte, cine, literatura y ciencia –aparte de cotilleos de la movida– que rara vez se refería directamente a los discos de La Mode y que hacía que los periodistas perdiesen la noción del tiempo. Los conciertos de La Mode también eran curiosísimos; frente a los balbuceos estilísticos de sus contemporáneos, ellos llegaban eficientes y relajados, enchufaban la caja de ritmos y repasaban su magnífico repertorio con el público coreando las canciones. Algunas actuaciones fueron memorables, como el estreno del disco en la sala Morasol –con su “light show” y todo– y una ocurrente presentación de un “concurso de striptease” en la terraza La Fiesta que fue desbordada por una multitud exaltada.

 
LA MODE, Aquella canción

Grabaron “Por amor al arte” un día de noviembre de 1984, se fueron del estudio y desde entonces Mario Gil, Antonio Zancajo y Fernando Márquez se han visto en muy pocas ocasiones.

Foto: Mario Pacheco

 

El listón había quedado muy alto con “El eterno femenino”, pero como La Mode no tenía un carácter autocomplaciente, decidieron dar un giro en la temática de su segundo álbum. Así, “1984” (1984) se convirtió en un disco sobre la rebeldía juvenil y la contestación al sistema. El año emblemático de la moderna crítica al totalitarismo era una tentación demasiado fuerte para que la dejase pasar un grupo con ideas. El disco comienza con el vocerío de la multitud en la Puerta del Sol la noche de fin de año de 1983 –un recurso que luego copiaría descaradamente Mecano– para, después de un preludio instrumental con el bajo de Álvaro de Cárdenas como principal novedad, pasar directamente a “La cólera”, una de sus más demoledoras canciones-mensaje, y arreglárselas para mantener ese tono agrio en prácticamente todo el disco. “Negro y amarillo” parece más juguetona, pero el protagonista también es un joven airado que se enfrenta a la realidad agresiva de un futuro ya presente. En “Imperios” proponen un programa de actitudes para el joven arribista. Después de esa andanada de temas casi didácticos, en “Diálogo” y “La rata” vuelven a dirigirse a la compañera sentimental, pero en situaciones muy conflictivas y desde una perspectiva también social. El lenguaje es más metafórico y menos directo en “Cuestión de gravedad” y “Erección”, y esta segunda resulta inspiradísima y francamente misteriosa: no se sabe bien si la canción describe la libido dominadora en clave política o si se habla de lo político en clave erótica. La tensión se suaviza con el remanso nostálgico de “Sueño ‘84” y “En cualquier fiesta”. La primera consigue el clima adecuado gracias a la colaboración de las reinas del pop nostálgico: las mismísimas Vainica Doble, y “En cualquier fiesta” practica la sutilísima nostalgia del futuro siendo otra de las cumbres del pop español de todos los tiempos.

“¿Quién quería a un aguafiestas que cuestionase los logros de la joven-democracia-española, que básicamente consistían en que en Madrid se salía mucho por la noche? Un apolillado seudowarholismo camp y petardo acabaría con las posibilidades de una música popular madura, inteligente y autónoma”
(Mario Pacheco)

“1984” se anticipó a su tiempo y resultó difícil de tragar para la mayoría de los medios. Eran años en que se pagaba cara cualquier sombra de duda sobre el estado de diversión general y La Mode se dedicaron a cuestionar el culto a “la marcha” y a denunciar el arribismo político y cultural. ¿Quién quería a un aguafiestas que cuestionase los logros de la joven-democracia-española, que básicamente consistían en que en Madrid se salía mucho por la noche? La crítica y los santones del pop demostraron entonces que su banal autocomplacencia en un apolillado seudowarholismo camp y petardo acabaría con las posibilidades de una música popular madura, inteligente y autónoma. El precioso medio de comunicación juvenil que supusieron todos aquellos discos languideció así y las horterizadas radiofórmulas ganaron la partida. Ahora, el oír frases como aquella de “La cólera” que dice “El compromiso es una excusa para hacerse una carrera” no solo nos trae a la cabeza a todos los Gabriels, Stings y Últimos de la Fila de esta lánguida época, también nos hace pensar en la tontería de una crítica que por entonces reventó “1984” mientras ensalzaba cosillas.

La Mode había realizado dos trabajos de una potencia increíble. El pop en español hasta entonces no había producido nada más que buenas canciones, momentos felices y breves que apenas eran retazos de traducciones –de Bob Dylan en algunos casos, pero que rara vez pasaban de Chuck Berry–, y aún no hacía mucho que, durante la larga edad de hierro que siguió a la explosión beat de los sesenta, ni siquiera existían grupos que cantasen en castellano. Sin embargo, La Mode ya estaba lejos de ser el alegre grupo pop que todos esperaban y “En cualquier fiesta” sonaba mucho a despedida. Aunque el segundo álbum había tenido un impacto algo menor, el ritmo de actuaciones no decayó para La Mode; a Fernando Márquez le sentaba bastante mal y es cierto que tuvo que dejar el grupo por problemas de salud.

La Mode decidió seguir sin Fernando Márquez, “El Zurdo”, y sin sus canciones a los dos años de grabar “Enfermera de noche”, pero se acordó un compromiso de despedida: editar un último sencillo. Se eligió “Por amor al arte” –también el título ha sido luego usado por otros artistas– como si ese hubiese sido el lema de la corta vida del grupo. Grabaron la canción un día de noviembre de 1984, se fueron del estudio y desde entonces me parece que Antonio Zancajo, Mario Gil y Fernando Márquez se han visto en muy pocas ocasiones. Así es la música moderna y yo, por mi parte, no he vuelto a ver un grupo como La Mode.

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