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LABORDETA, La voz de tierra adentro

Labordeta encarnaba el puente entre la intelectualidad y la cultura popular. También la tensión entre un escepticismo natural y el afán por transformar el mundo.

 
 

FUERA DE JUEGO (1935-2010)

LABORDETA La voz de tierra adentro

El ruido mediático en torno al diputado, el activista cívico, el intelectual y el telemochilero no debe hacernos olvidar que José Antonio Labordeta, a quien perdimos el 19 de septiembre de 2010, era, en primer término, un señor cantautor a la clásica usanza. Un creador que hermanó el verbo temperamental y la sensibilidad extrema en una obra poderosa que se funde con la historia moderna de Aragón.

Zaragoza, 20 de septiembre de 2010: veinticuatro horas después de la muerte de José Antonio Labordeta, van desfilando por su capilla ardiente hasta cincuenta mil personas que le brindan su último saludo, cada una a su manera: santiguándose, alzando el puño al viejo estilo comunista, quedándose en silencio ante el féretro o depositando a sus pies notas, cartas o pétalos de rosa. Llega la noche y, cuando el Palacio de Aljafería cierra sus puertas, la viuda, Juana de Grandes, y sus tres hijas se encuentran, al salir del recinto, con un espectáculo inesperado: muchas más personas, unas veinticinco mil, entonan “Canto a la libertad” en una marea alta que paraliza corazones. A las cuatro se las ve minúsculas frente a aquella escenografía de masas; no cuesta imaginarlas aturdidas.

A José Antonio Labordeta (Zaragoza, 1935) le gustaba contar una anécdota acerca de su paisano Luis Buñuel. “Acababa de estrenar ‘Un perro andaluz’ y, caminando un día por Zaragoza, se le acercaron unos paseantes: ‘Qué majo es usted, maño, pero su última película, flojica, flojica, ¿eh?’”. Y se reía con ese fatalismo socarrón tan suyo, dejando en el aire un retrato sangrante del aragonés, habitante de un territorio “tan humillado que salirse de madre, alguna vez, es bueno y saludable”, como apuntaba en las notas de “Cantata para un país” (Movieplay, 1979). Juzgar con tanta severidad a tu tierra puede ser el indicador de algún cortocircuito interno, quizás insinúe una mirada alterada por factores que a los no aragoneses se nos pueden escapar. Pero, sondeado el ánimo colectivo durante aquella jornada de duelo en Zaragoza, se repetían algunas ideas: Labordeta aparecía como un símbolo de integridad para un país huérfano de figuras con proyección, “el aragonés más importante después de Goya y Buñuel”, repetían algunos. Respondiendo a aquella reflexión del cantautor, sus conciudadanos decidieron “salirse de madre” por un día. Y aunque algunas de las claves de ese fenómeno puedan desbordarnos, los sentimientos no son discutibles.

Durante unos días, la prensa se volcó en retratos de esta figura con varios perfiles: novelista, poeta, activista, mochilero televisivo, diputado de la Chunta Aragonesista... y cantautor. Esta última faceta, aunque se comenzó a manifestar algo tarde, entrado en la treintena, fue central en su vida adulta, y a través de ella se convirtió en personaje público. Aunque en la mayoría de sus discos se acompañó de músicos y arreglistas, el corazón de su arte eran su voz y su guitarra, herramientas dotadas de poderes telúricos, con las que construyó canciones más grandes que él mismo; que le sobreviven y prestarán servicio, en el futuro, a sensibilidades y causas que no pudo prever. Composiciones que comenzó a tejer en los años sesenta, mientras ejercía de profesor de Geografía e Historia. Cuatro de sus primeras partituras, “Réquiem por un burguesito”, “Las arcillas”, “Los masoveros” y “Los leñeros”, las reunió en un EP, “Andros Vol. 2” (Andros, 1968), que siguió un vía crucis: secuestrado por orden gubernativa, se reeditó en 1971 con el libro “Cantar y callar”.

Labordeta encarnaba el puente entre la intelectualidad y una cultura popular que el franquismo mantenía enterrada o reducida a estereotipo folclórico deshuesado. También la tensión entre un escepticismo natural y el afán por transformar el mundo; el fatalismo y la voluntad de acción. Motivado por las grabaciones de Atahualpa Yupanqui y de algunos cantautores francófonos, como Georges Brassens y Jacques Brel, cuyos discos compraba en escapadas fugaces al país vecino, alternó el cultivo de la poesía con el compromiso con la izquierda y el aragonesismo. En su sustrato literario estaba César Vallejo y, más hondo si cabe, su hermano mayor Miguel, fallecido a los 48 años, en 1969, y cuyo talento poético siempre reverenció. A principios de los setenta, Labordeta ejerció un papel destacado en la revista ‘Andalán’, fundamental en la conciencia antifranquista, mientras sus recitales agitaban mentalidades y ganaban adeptos. El 13 de noviembre de 1973, el Teatro Principal de Zaragoza acogió un concierto que fue el punto de partida de la nueva canción aragonesa, y en el que tomó parte Labordeta junto a Joaquín Carbonell, La Bullonera, Renaxer, Tomás Bosque, Pilar Garzón y Tierra Húmeda.

 
LABORDETA, La voz de tierra adentro

La expresión más pura de un ciudadano descreído que no paró de hacer cosas y de abrir tantos frentes de acción como pudo.

Foto: Carmelo Esteban Bernad

 

El primer álbum, “Cantar i callar” (1974), con i latina catalana por extraño deseo de la discográfica que lo publicó, la barcelonesa Edigsa, formalizó sus artes como cantautor de voz autoritaria, con puntos de anclaje en los poderosos modismos joteros. Incluía un texto del historiador Manuel Tuñón de Lara y una nota de bienvenida de Ovidi Montllor. Aunque se sopesó grabarlo con un grupo de músicos, finalmente fue un álbum de voz y guitarra, lo cual le otorgó mayor contundencia expresiva. Un camino que, con sutiles aditivos, se mantuvo con sus dos siguientes trabajos, “Tiempo de espera” (Movieplay, 1975) y “Cantes de la tierra adentro” (Movieplay, 1976). Labordeta canalizó en sus versos el despertar popular que trajo consigo el fin del franquismo. Días de exaltación y compromiso que llevaron al cantautor a participar de la creación de una fuerza política, el Partido Socialista de Aragón, y a apoyar, más tarde, como independiente, al Partido Comunista de España. Su figura adquirió perfiles épicos, como atestigua el disco “Labordeta en directo” (Movieplay, 1977), salpicado por proclamas inflamadas (“¡Aragón, unido, jamás será vencido!”). Pero, superada ya la ebullición de la Transición, el álbum “Que no amanece por nada” (Movieplay, 1978) manifestó un cierto agotamiento y el propio Labordeta lo calificó de disco “desgraciado”. Su reacción fue refugiarse en la música popular para entregrar dos obras afortunadas, muy especialmente la primera, “Cantata para un país” (1979), seguido de una secuela, “Las cuatro estaciones” (Movieplay, 1981).

Como ocurrió con otros tantos cantautores, los ochenta fueron tiempos de confusión y pasos en falso. Entre consignas posmodernas que declaraban el acta de defunción de la canción de autor y exigencias discográficas para forzar un sonido hipotéticamente más moderno, sus siguientes obras fueron inferiores a las registradas en la década anterior. “Qué queda de ti, qué queda de mí” (Fonomusic, 1984) rebosaba arreglos floridos pero el cancionero era menor, con la excepción de una piedra preciosa con propiedades de himno, “Somos”, grabada con Serrat y Aute. Menos satisfactorio fue el balance en “Aguantando el temporal” (Fonomusic, 1985), que marcó un giro pop que tuvo continuidad con “Qué vamos a hacer” (Fonomusic, 1987), disco provisto de ritmos funk, baladas de canción ligera, esbozos de reggae y arreglos de sintetizador. Menú homologable al de “Trilce” (Fonomusic, 1989), un trabajo dedicado a su querido César Vallejo en el que se coló una canción álgida, la amarga “Banderas rotas”, reflejo de su decepción política. En ese período filopop se rodeó de amigos (Sabina, Paco Ibáñez, Ovidi Montllor, Imanol, Javier Ruibal y Puturrú de Fuá) en el disco en directo “Tú y yo y los demás” (Fonomusic, 1991).

Con la moral tocada y desmotivado, Labordeta escenificó su retiro en 1991 con un recital en Zaragoza. Se despidió de las giras y los compromisos con el show business, pero se mantuvo dispuesto a actuar, solo con su guitarra, allá donde se le reclamara. Volvemos, pues, al punto de partida. Sus siguientes citas con el estudio, “Canciones de amor” (Fonomusic, 1993) y el notable “Paisajes” (PDI, 1997), lo mostraban despojado de frivolidades y baterías electrónicas, comprometido de nuevo con la palabra y la expresión justa. Bien entrado el siglo XXI, Labordeta seguía estremeciendo auditorios con actuaciones crudas y temperamentales mientras el foco mediático se desplazaba hacia su actividad política, proveedora de ciertas incidencias (el notorio “¡a la mierda!” que dedicó al PP en el Congreso, en 2003). No hay excusa para quedarnos con la anécdota estridente e ignorar su capital artístico. Una obra reunida, casi por completo, en la caja “Cantar y no callar. 1975-1994” (DRO-East West, 2004), que incluye trece álbumes; todos excepto “Cantar i callar” y “Paisajes”. En esos discos, sobre todo los de su primera etapa, está la expresión más pura de un ciudadano descreído que no paró de hacer cosas; un escéptico que abrió tantos frentes de acción como pudo. Sí, el aragonés más importante después de Goya y Buñuel.

 

 

CUATRO CANTOS CAPITALES

LABORDETA, La voz de tierra adentro

“Cantar i callar” (Edigsa, 1974)

“Polvo, niebla, viento y sol...”. Los versos de “Aragón” abren este debut crudo y ascético, con trece canciones únicamente a voz y guitarra que golpean conciencias con sus alusiones a una tierra árida. Se abre paso un canto descreído, con trazos de fatalismo, expresado con una austeridad extrema y, pese a ello, de una enorme fuerza épica, con poderosas muestras como “Los leñeros”, “La vieja” y “El poeta” (dedicado a su hermano Miguel). Cima desnuda.

LABORDETA, La voz de tierra adentro

“Tiempo de espera” (Movieplay, 1975)

Labordeta amplía los colores instrumentales (violonchelo, contrabajo, percusión y voces adjuntas) en un repertorio que sigue cantando al Aragón abandonado y ofrece nuevas pistas: la vitalidad folclórica de “Coplas de Santa Orosia” y la socarrona “Meditaciones de Severino el Sordo”, con sabor brassensiano. El álbum incluye “Ya ves”, con un preciosismo melódico que airea el lado más lírico del autor, y el totémico “Canto a la libertad”.

 
LABORDETA, La voz de tierra adentro

“Cantes de la tierra adentro” (Movieplay, 1976)

Estación final de la trilogía que representa el período clásico de Labordeta, arropa su voz y su guitarra con cuidados aditivos arreglados por Alberto Gambino. Se crece en su canto desafiante, pero también cuaja su expresividad más sarcástica (“Parábola al modo brechtiano. El milagro de Lamberto”) y la más sensible (“Canción de amor” y “Rosa rosae”). En “Paisajes urbanos, días escolares” evoca sus días de maestro.

LABORDETA, La voz de tierra adentro

“Cantata para un país” (Movieplay, 1979)

Su obra más sofisticada y de la que el cantautor zaragozano más se enorgulleció. Un álbum de músicas populares recogidas a lo largo y ancho de las tierras de Aragón, a las que Labordeta añadió letra y arreglos detallistas. Dedicado al relato del Aragón moderno, se divide en cuatro partes: la emigración y desertización, la especulación, la utopía del regreso y la petición final “a los santos de la tierra” para que la salven “de tanto ahogo cotidiano”. Tuvo una continuidad en “Las cuatro estaciones” (1981).

 
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