A José Antonio Labordeta (Zaragoza, 1935) le gustaba contar una anécdota acerca de su paisano Luis Buñuel. “Acababa de estrenar ‘Un perro andaluz’ y, caminando un día por Zaragoza, se le acercaron unos paseantes: ‘Qué majo es usted, maño, pero su última película, flojica, flojica, ¿eh?’”. Y se reía con ese fatalismo socarrón tan suyo, dejando en el aire un retrato sangrante del aragonés, habitante de un territorio “tan humillado que salirse de madre, alguna vez, es bueno y saludable”, como apuntaba en las notas de “Cantata para un país” (Movieplay, 1979). Juzgar con tanta severidad a tu tierra puede ser el indicador de algún cortocircuito interno, quizás insinúe una mirada alterada por factores que a los no aragoneses se nos pueden escapar. Pero, sondeado el ánimo colectivo durante aquella jornada de duelo en Zaragoza, se repetían algunas ideas: Labordeta aparecía como un símbolo de integridad para un país huérfano de figuras con proyección, “el aragonés más importante después de Goya y Buñuel”, repetían algunos. Respondiendo a aquella reflexión del cantautor, sus conciudadanos decidieron “salirse de madre” por un día. Y aunque algunas de las claves de ese fenómeno puedan desbordarnos, los sentimientos no son discutibles.
Durante unos días, la prensa se volcó en retratos de esta figura con varios perfiles: novelista, poeta, activista, mochilero televisivo, diputado de la Chunta Aragonesista... y cantautor. Esta última faceta, aunque se comenzó a manifestar algo tarde, entrado en la treintena, fue central en su vida adulta, y a través de ella se convirtió en personaje público. Aunque en la mayoría de sus discos se acompañó de músicos y arreglistas, el corazón de su arte eran su voz y su guitarra, herramientas dotadas de poderes telúricos, con las que construyó canciones más grandes que él mismo; que le sobreviven y prestarán servicio, en el futuro, a sensibilidades y causas que no pudo prever. Composiciones que comenzó a tejer en los años sesenta, mientras ejercía de profesor de Geografía e Historia. Cuatro de sus primeras partituras, “Réquiem por un burguesito”, “Las arcillas”, “Los masoveros” y “Los leñeros”, las reunió en un EP, “Andros Vol. 2” (Andros, 1968), que siguió un vía crucis: secuestrado por orden gubernativa, se reeditó en 1971 con el libro “Cantar y callar”.
Labordeta encarnaba el puente entre la intelectualidad y una cultura popular que el franquismo mantenía enterrada o reducida a estereotipo folclórico deshuesado. También la tensión entre un escepticismo natural y el afán por transformar el mundo; el fatalismo y la voluntad de acción. Motivado por las grabaciones de Atahualpa Yupanqui y de algunos cantautores francófonos, como Georges Brassens y Jacques Brel, cuyos discos compraba en escapadas fugaces al país vecino, alternó el cultivo de la poesía con el compromiso con la izquierda y el aragonesismo. En su sustrato literario estaba César Vallejo y, más hondo si cabe, su hermano mayor Miguel, fallecido a los 48 años, en 1969, y cuyo talento poético siempre reverenció. A principios de los setenta, Labordeta ejerció un papel destacado en la revista ‘Andalán’, fundamental en la conciencia antifranquista, mientras sus recitales agitaban mentalidades y ganaban adeptos. El 13 de noviembre de 1973, el Teatro Principal de Zaragoza acogió un concierto que fue el punto de partida de la nueva canción aragonesa, y en el que tomó parte Labordeta junto a Joaquín Carbonell, La Bullonera, Renaxer, Tomás Bosque, Pilar Garzón y Tierra Húmeda.