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LEÓN BENAVENTE, Juegos (premiados) de la edad tardía

César (rizos), Abraham (gafas), Edu (lengua) y Luis (gorra).

Foto: Alfredo Arias

 
 

ENTREVISTA (2016)

LEÓN BENAVENTE Juegos (premiados) de la edad tardía

Abraham Boba, Luis Rodríguez, Edu Baos y César Verdú eran cuatro individualidades, con largas trayectorias, condenadas a entenderse. Con Nacho Vegas como centro gravitacional, su confluencia no solo ha ido, como se suele decir, más allá de la suma de las partes, sino también de cualquier lugar esperado hasta convertirse en paradigma de grupo de éxito en el nuevo indie español sin ser precisamente nuevos. En “2”, su segundo álbum, todo es incluso mejor, aseguró David Saavedra con motivo de esta entrevista.












“A los cuatro nos ha cambiado la percepción de todo, y esa es una de las cosas más valiosas y difíciles que te pueden pasar con un grupo cuando lo formas tarde... No creo que sea nada concreto, es una sensación general y de la que me doy cuenta ahora. Ha sido como pasar una puerta y meterse en otra dimensión”
(Abraham Boba)

 


ABRAHAM

“Todos llevamos muchos años, habíamos tenido nuestros proyectos, pero a mí esta banda me ha hecho ver la música de otra manera. A los cuatro nos ha cambiado la percepción de todo, y esa es una de las cosas más valiosas y difíciles que te pueden pasar con un grupo cuando lo formas tarde, que realmente te sorprenda. No creo que sea nada concreto, es una sensación general y de la que me doy cuenta ahora. Ha sido como pasar una puerta y meterse en otra dimensión”. Quien habla es Abraham Boba, vocalista y teclista en León Benavente. Hombre de menuda estatura, pelo alborotado como de genio loco, de verbo reflexivo y escritura letal. Nació en Vigo bajo el nombre de David Cobas. Durante varios años establecido en Barcelona, fundó los grupos Tédium y Belmonde. En 2007 publicó su primer álbum en solitario, Abraham Boba, al que seguirían La educación” en 2009 y “Los días desierto” en 2011, en cuyos créditos ya aparecen Edu Baos y César Verdú. En medio de estos dos trabajos, pasó a integrarse como teclista en la banda de Nacho Vegas. “Lo que tiene un proyecto personal es que se acaba cuando tú quieras”, apunta. “No tengo ahora mismo necesidad de componer canciones para mí. Tanto lo que estoy haciendo con León Benavente como con Nacho está siendo suficiente, pero en cualquier momento lo puedo retomar”. Es interesante su cambio de punto de vista a la hora de enfocar sus letras, concebidas de otro modo en el grupo porque se tienen que sentir identificados o representados los cuatro componentes. “Sí, es una responsabilidad adicional y, a la vez, una forma de darte pistas para hacer un camino, que tampoco está mal. No te voy a decir que es convertirse en un personaje, sino ponerse en una posición distinta a aquella en la que normalmente yo me situaba”, explica.


LUIS

Cedemos la palabra a Luis Rodríguez (guitarra). Hombre de gorra distintiva, talante acogedor y dicharachero, es una de las personas más queridas en la escena pop madrileña. Contaré una anécdota reciente: durante un concierto de otro artista nacional, con la sala llena, su bajista rompió una cuerda. No tenía repuesto. Cundió el pánico entre bastidores hasta que alguien dijo: “¿Por qué no llamamos a Luis?”. El hombre acababa de llegar de una gira, estaba en casa prácticamente en pijama. Se pilló un taxi, llegó a la sala, entró al camerino, cambió la cuerda y se volvió a casa, todo ello sin que el público se diese ni cuenta. Rodríguez se formó predominantemente como bajista en su Asturias natal. “Tuve millones de grupos, ocho años de docencia musical en Oviedo... te puedo contar de todo”, manifiesta sin entrar en más detalles. Luego llegaría el punto de inflexión: “Hace doce o trece años fui con Xel Pereda a un concierto de Sidonie en Gijón. Xel estaba entonces en un grupo de folk y me propuso tocar en Lucas 15 con él y Nacho Vegas. ‘¿El hombre ese tan triste y tan apenado?’, pensé yo. Y unos seis meses después me llamó para grabar el disco de Vegas con Christina Rosenvinge, ‘Verano fatal’, ¡al día siguiente!”. Eso era en 2007 y desde entonces Rodríguez no ha dejado de tocar en la banda de “Nachín”. “Con León Benavente –afirma– hubo en mí un cambio notable de rol. Yo antes, como bajista, acompañaba a gente y trabajaba mucho, pero siempre en proyectos de los demás. Fue cuando montamos el grupo cuando di un paso adelante y empecé a involucrarme de otra manera, a aportar cosas más personales, aparte de tocar la guitarra. Y luego a entender la música, a cuidarla. Esta es otra película, algo de lo que estoy muy contento”.

 
LEÓN BENAVENTE, Juegos (premiados) de la edad tardía

“Somos los mismos y, aunque hay muchos estilos dentro del disco, no es un disparar hacia muchos lugares. Hay una coherencia”. Foto: Alfredo Arias

 

 








“Si yo conociese la fórmula del éxito no la habría aplicado tan tarde... Igual llegamos en un momento en que había un hueco y, no sé, esto suena un poco extraño, pero nosotros lo rellenamos. Aparte de mucho esfuerzo y buena intención, hay algo de suerte y el momento”
(Luis Rodríguez)

EDU

Boba y Rodríguez son amigos, vecinos y residentes en Madrid. De ellos dos, en reuniones caseras, surge el esqueleto de las canciones del grupo, aunque luego las concluyen los cuatro, a veces transformándolas completamente, en Mozota (Zaragoza), que es el verdadero centro neurálgico de León Benavente (nombre de impagable leyenda iniciática que probablemente ya conozcan: en un punto intermedio de la carretera entre estas dos poblaciones es donde los cuatro amigos, en una gira con Vegas, decidieron crear la banda). El técnico de sonido itinerante era Edu Baos, bajista y aragonés, de magnética risa que parece conjurar toda nuestra literatura picaresca, anfitrión y propietario de la casa-local-estudio en Mozota. Tocó con Tachenko desde 2006 hasta 2014 aproximadamente, cuando se dio cuenta de que le resultaba completamente incompatible compaginar ambos grupos. “Nos dejó por la más guapa”, me comentaban en otra conversación Sergio Vinadé y Sebas Puente. “Era evidente que tenía que irse con ellos porque una posibilidad así te sucede una vez en la vida. Para nosotros su pérdida no ha sido dramática: todo sea por el bien de Edu”, dicen sus antiguos compañeros de Tachenko. Al no haber podido comparecer en la entrevista, es Rodríguez quien decide hacer de médium y hablar por él: “Era un bajista que estaba en la ‘second line’, pero es una parte muy activa, muy necesaria y que aporta. Está muy emocionado y feliz con esto; lo veo en los abrazos que nos da en cada concierto”. “Fue lo que nos pasó a todos nosotros, que vimos que lo que estábamos haciendo entre los cuatro funcionaba de una manera única y muy especial, y a medida que la cosa iba avanzando tuvo que centrarse en esto”, añade Boba.


CÉSAR

César Verdú, murciano actualmente afincado en Barcelona, de buena planta y seductores bucles capilares, también era técnico de directo de Nacho Vegas, labor que ha realizado para infinidad de grupos (Los Planetas, La Buena Vida, Chucho y Manta Ray, entre otros muchos). Lleva desde los noventa compaginando esa labor con la de productor, promotor (como parte del colectivo murciano Moog) y batería. Comenzó a los 15 años fogueándose en grupos como The Sherdos, Parásitos En Estado Vegetal y The Braslips. En 2000 entró en Schwarz. Su primera grabación fue “Heptágono” (2001), disco a medias con Manta Ray. Ha estado en la formación hasta 2012, grabó seis álbumes con ellos y sus giras llegaron a muchos países extranjeros. Como ha sucedido en el caso de Baos, la incompatibilidad le ha obligado a abandonar el trío murciano. “Hay una cosa que en él ha cambiado mucho más que en Edu”, explica Boba. “Schwarz era un grupo muy diferente a todos los niveles: de producción, estructura, concreción e incluso a la hora de ejecutar. Él estaba acostumbrado a tocar temas de quince minutos, con desarrollos muy largos en directo, y esta es una cosa totalmente distinta. Al final cada uno ha venido aportando lo que venía haciendo de antes y, en el nuevo contexto, se ha convertido en algo diferente”.

 

LEÓN BENAVENTE

Un primer álbum, “León Benavente” (Marxophone, 2013), un posterior EP (“Todos contra todos”, 2013) y cerca de 160 conciertos en dos años han bastado para que el cuarteto se haya convertido en inesperado paradigma de grupo triunfador dentro del indie español. Tanto, que la que un día fue definida por Nacho Vegas como banda de “road pop” ha adelantado por la derecha al hombre que propició el encuentro. Y todo eso a edades más tardías de lo habitual. “Si yo conociese la fórmula del éxito no la habría aplicado tan tarde”, relativiza Rodríguez. “Igual llegamos en un momento en que había un hueco y, no sé, esto suena un poco extraño, pero nosotros lo rellenamos. Aparte de mucho esfuerzo y buena intención, hay algo de suerte; y era el momento”.

Los dos miembros “madrileños” del grupo conceden la entrevista desde un lugar muy distante a los garitos en que me los suelo encontrar: en una gélida y aséptica sala de la sede de Warner. La multinacional es la encargada de editar “2” (Warner, 2016), el nuevo trabajo del grupo, que los muestra aún más astutos, contundentes e inspirados que en su debut, y además se abre a nuevas sorpresas. “En principio éramos bastante reacios a cualquier tipo de contrato –justifica el vocalista–. Nos llegaron bastantes propuestas y al final esta gente nos hizo una que nos pareció muy interesante. Hablándolo y teniendo la experiencia de conocer lo otro, dijimos: ‘Vamos a probarlo’. Lo que queríamos dejar claro era que esta banda se guía sobre todo por criterios artísticos, y que todo lo que tenga que ver con decisiones a ese respecto las tomaremos nosotros”. La principal, intentar hacer canciones tan buenas o mejores sin repetirse. “Hay cosas que están más pensadas y algunas que rechazamos porque ya las habíamos hecho en el disco anterior”. Otra de esas decisiones, grabarlo en los estudios Garate de Kaki Arkarazo porque les encantaba el entorno y el trabajo que el productor había hecho en su momento con Manta Ray.

¿Transformaciones en el sonido? Ellos dicen que, en realidad, no tantas. “Yo he cambiado el Farfisa por un sintetizador de los setenta –apunta Boba–, pero seguimos con la filosofía de utilizar pocas cosas, lo que tengamos en ese momento, y con ello construir las canciones, sin demasiados arreglos ni demasiadas capas ni nada. A lo mejor en el anterior había teclados más rockeros y en este hay más sintetizadores, pero yo lo sigo viendo bastante orgánico”. ¿Mayor diversidad entre las canciones, tal vez? “No hay demasiada estrategia; lo guay de esto es que nos juntamos y van saliendo las cosas”, apunta el guitarra. “Lo que sí hablamos desde el principio –matiza el vocalista– es que queríamos salirnos de las zonas de confort para tirar por otros caminos sin ser experimentales ni esas cosas que dicen muchos grupos de: ‘Hemos cambiado y ahora estamos en nuestra etapa no sé qué’. Somos los mismos y, aunque hay muchos estilos dentro del disco, no es un disparar hacia muchos lugares. Hay una coherencia”, concluye.

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