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LEONARD COHEN, El arte del susurro

¡Atención!: “Un cantante medianamente famoso” pasea por Madrid. Foto: Maika Núñez

 
 

ENTREVISTA (1985)

LEONARD COHEN El arte del susurro

Documento Rockdelux. En el momento de esta entrevista con Diego A. Manrique en Madrid, Leonard Cohen (1934-2016) tenía cincuenta años, nueve libros y otros tantos LPs. Y había convertido su amateurismo en una virtud: canciones elementales que se tarareaban con facilidad, versos que combinaban lo humano con atisbos de lo divino. La música de Cohen, ya se sabe, no sirve para todas las personas o situaciones. Pero para las que han sido tocadas en alguna ocasión por su voz cansina y sus estrofas humilladas, aquí va una conversación “vintage” con el poeta-cantante más famoso de Canadá. El maestro Manrique departió con Leonard Cohen en Madrid en 1985 cuando el canadiense vino a promocionar su disco de 1984, “Various Positions”, el mismo de “Hallelujah”, “If It Be Your Will”, “Dance Me To The End Of Love”...

Y, dígame, señor Cohen, ¿cómo hace usted para mantenerse tan saludable y animoso a los cincuenta años? ¡Me siento fuerte! Intento mantenerme en forma, voy a nadar varias veces a la semana. De vez en cuando, me pongo de cabeza. Es un buen ejercicio.

Uh, claro, claro… ¡Es cierto! ¿Quieres verlo?

Realmente… Mira.

Con su traje ajustado y botas camperas, Leonard Cohen se instala en el centro de la salita de la suite que le acoge en uno de los hoteles más distinguidos de Madrid. En un momento, está haciendo el pino. Cabeza en el suelo, pies en el aire, el príncipe del existencialismo romántico insiste en demostrar su energía. “¿Está recto?”. Bueno, no del todo. “¿Y ahora?”. Perfecto. No puedo contener la risa. Satisfecho y con la cara enrojecida, resoplando por el esfuerzo, se vuelve a sentar. Un tipo que no tiene temor al ridículo. Leonard Cohen no está hecho de la pasta habitual en los astros de la canción popular. Lo que no significa que se sienta fuera del circo del ritmo y la melodía. “¿Conoces a Nick Cave? Ha hecho una versión de ‘Avalanche’ y me encanta. Muy desquiciada, muy violenta. Está bien que haya tipos jóvenes que sepan dar la vuelta a mis canciones”.

“Cuando yo formaba parte de Los Poetas de Montreal, éramos tan soberbios que nos considerábamos el centro del Universo. No teníamos una perra, vivíamos a salto de mata pero estábamos seguros de hacer algo histórico”

Ian McCulloch, de Echo & The Bunnymen, es un admirador suyo. Decía que “Famous Blue Raincoat” era su canción favorita de toda la vida. Y acaba de sacar un single en solitario con un tema de Kurt Weill que suena muy, muy Cohen. ¿McCulloch? ¿De dónde viene? Ah, Liverpool. No, no le he oído. ¿Es un buen artista?

Vaya. Tiene flashes de brillantez. Pero se hace detestar por su engreimiento: a veces, parece que se cree el nuevo Mesías. Eso no me asusta. Cuando yo formaba parte de Los Poetas de Montreal, éramos tan soberbios que nos considerábamos el centro del Universo. No teníamos una perra, vivíamos a salto de mata pero estábamos seguros de hacer algo histórico. Nos veíamos como los surrealistas o los dadaístas. Personajes de enorme importancia que un día seríamos estudiados por los investigadores. Es curioso: me sentía más importante entonces que cuando empecé a publicar discos y novelas.

Se define como “un cantante medianamente famoso”. Y no se siente ofendido con la idea de que su música sea utilizada para aliviar soledades amorosas y hacer sentir a los maníacos depresivos que no todo anda mal, que alguien ha pasado por lo mismo y canta para ellos. “¿Los  efectos terapéuticos de mis canciones? Creo que sí. Por lo menos, a mí me ayuda (risas). Yo también tengo problemas”.

Pues no lo parece. No es el momento de poner cara de sufrimiento... Es una situación agradable. Me llevan a un hotel maravilloso, tengo la oportunidad de hablar con gente interesante, puedo conocer Madrid. No me puedo quejar: la hospitalidad española es impecable.

 
LEONARD COHEN, El arte del susurro

“Mis hijos, que son fans de Michael Jackson y Grandmaster Flash, me visitaron en el estudio. Me dijeron: ‘No está mal, papá’. Así que todavía estoy a tiempo de conseguir un nuevo público. ¿Tú qué piensas?”.

 

Qué tranquilidad. Un artista que no se queja de las servidumbres de la promoción. Al contrario, parece disfrutar con las conversaciones y se interesa por todo lo que le rodea. Habría que decir que proclama su amor por España y los países mediterráneos. Y que, a diferencia de lo habitual, uno tiende a creerle. El Mare Nostrum es un imán para los literatos anglosajones y Cohen expresa su fascinación en términos epidérmicos. “Podría hablarte de Aristóteles, de la identificación con culturas antiguas, pero te mentiría. Para mí, lo primero fue el calor. Cuando llegué a Grecia me sentí caliente por vez primera en mi vida. Recuerdo que estuve tumbado al sol durante un par de semanas. En un roca, sin hacer nada, sintiendo cómo se derretía todo el hielo que se me había acumulado en los huesos a lo largo de tantos fríos inviernos canadienses. No lo olvidaré”.

¿No desea Mr. Cohen conocer otros climas cálidos? Ginsberg y otros compañeros suyos de los sesenta están viajando a Managua, para demostrar su solidaridad con los sandinistas. ¿Lo dices por  mi viaje a Cuba en los primeros sesenta? Bueno, aquello era muy claro. Estuve allí, conocí la situación de primera mano, me hice amigo de los castristas. Aunque la verdad es que me metí en muchos líos. El caso nicaragüense me resulta muy distante, no comprendo todos los elementos en juego. No, no creo que vaya a Nicaragua. Además, mi actitud personal ha cambiado: ya no estoy en edad de meterme en líos.

“Un gobierno que no esté comprometido con la idea de una economía expansionista pierde el apoyo popular. Los sentimientos separatistas siempre existirán entre los franceses de Quebec… pero se apagan en tiempos difíciles”

En los años ochenta, reinan los vientos bélicos. Ronald Reagan pone cara de vinagre y amenaza (y pone en práctica sus bravatas). “Es que América del Norte está dominada por un espíritu muy conservador. No lo digo de forma peyorativa, es algo genuino y arraigado en la gente. En Canadá lo hemos visto: los liberales estuvieron demasiado tiempo en el poder y han sido barridos en las últimas elecciones”.

Ese vendaval derechista parece haber sepultado las ansias separatistas de Quebec. Como nativo de Quebec, ¿qué siente Leonard Cohen ante ese estado de cosas? Creo que el independentismo corresponde a un período de prosperidad, cuando la gente tiene el lujo de experimentar con sus vidas. Como ocurrió en los sesenta: no hubieran sido tan agitados de no haber corrido el dinero en abundancia. Ahora, el mando sufre dificultades económicas, y en esas condiciones se preocupan más por mantener su nivel de vida, educar a sus hijos, no perder su puesto de trabajo. Un gobierno que no esté comprometido con la idea de una economía expansionista pierde el apoyo popular. Los sentimientos separatistas siempre existirán entre los franceses de Quebec… pero se apagan en tiempos difíciles.

Ah, nos estamos poniendo melancólicos. Hablemos del nuevo disco, “Various Positions” (1984). Es un disco sin sorpresas, uno lamenta que se haya perdido el gusto por los arreglos insólitos. Me refiero al trabajo de John Lissauer en “Nueva piel para la vieja ceremonia” o del mismo Phil Spector en “Muerte de un mujeriego”, Cohen en posición arriesgada. “No estoy para estos tragos. Ahora, puedo contemplar mi experiencia con Spector y considerarla divertida. Sin embargo, cuando estuve pasando por ella, fue mi pesadilla. El tipo está medio loco, incluso para mí”.

Entonces, ¿Mr. Cohen está satisfecho de seguir haciendo música, aunque carezca de voluntad de innovación? Desde luego. Sé que en el presente clima musical, en Estados Unidos no va a oírse mi disco. Me conformo con que se escuche en Europa y Canadá. Y no he perdido la esperanza de ganar nuevos seguidores. De hecho, creo que ya los tengo. Mis hijos, que son fans de Michael Jackson y Grandmaster Flash, me visitaron en el estudio. Me dijeron: ‘No está mal, papá’. Así que todavía estoy a tiempo de conseguir un nuevo público. ¿Tú qué piensas?

Es usted único, Mr. Cohen. ¡Por muchos años!

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