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LEONARD COHEN, El burgués juglar

El gran poeta del rock. El encantador de serpientes. El Kabir occidental. El poeta de las intimidades entrando en las habitaciones de todos.

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 276)

LEONARD COHEN El burgués juglar

Leonard Cohen murió el 7 de noviembre de 2016 a los 82 años. Qué placer fue disfrutar de sus canciones, circunstancia que pudimos vivir varias veces últimamente desde que en 2008, tras años de retiro, Cohen volvió a la carretera para afrontar una difícil situación económica. Su triunfal regreso a los escenarios tuvo su primera muestra entre nosotros en el FIB 2008, pero la más sonada fue durante el verano de 2009, cuando el mítico cantautor visitó diez ciudades españolas en una gira que terminó el 21 de septiembre en el Palau Sant Jordi de Barcelona, fecha de su 75 aniversario. La trayectoria del poeta y músico canadiense ha sido un ejemplo para muchísimos artistas, que lo han mantenido como referencia inalterable al paso de las décadas. Aquí, nuestro homenaje en la pluma de su amigo Alberto Manzano, artículo que fue motivo de portada en el Rockdelux 276 (septiembre 2009). Otra portada de Leonard Cohen en Rockdelux, aquí.

Todo el mundo sabe que Leonard Cohen está en la música por dinero. Cuando en 1966 llegó a Nueva York con la idea de vender algunas canciones, lo hizo porque no podía pagar la factura del tendero en Hydra: “Había alquilado una pequeña casa de pescadores por catorce dólares al mes, lo cual me permitía vivir con menos de mil dólares al año. Eso fue antes de que Hydra se convirtiera en el Saint Tropez griego. Después, heredé mil quinientos dólares de mi abuela y me compré una casa, experimentando todas esas malditas sensaciones de un propietario que va de una habitación a otra. Estaba allí casi todo el año. Regresaba a Montreal un par de semanas para ganar algo de dinero leyendo poemas en cafeterías y universidades, y enseguida volvía a Hydra. Así me las arreglé para sobrevivir”.

Había escrito seis libros en diez años y su nombre sonaba con fuerza en los círculos literarios de Canadá y Estados Unidos, pero aquello no bastaba para alimentar su hambrienta boca. “Reconozco que necesitaba dinero. Acababa de publicar mi novela ‘Los hermosos vencidos’ –editada en 1966– y, aunque recibió buenas críticas, apenas significó un par de miles de copias vendidas en Canadá, y algo más en Estados Unidos. Así que les dije a mis amigos: ‘Ya que no puedo ganarme la vida como escritor, me dedicaré a cantar’”. Y eso fue lo que hizo en el transcurso de una fiesta ofrecida por el poeta canadiense Frank Scott. Leonard llevó su guitarra –lo cual era bastante habitual en él– y se puso a cantar, anunciando que iba a convertirse en el Bob Dylan canadiense. Al mes siguiente, durante el intermedio del concierto que Dylan dio en el Palace des Arts de Montreal, el poeta-profesor-mentor-amigo de Cohen, Irving Layton, comunicó a unos estudiantes: “¿Sabéis que Leonard va a cantar?”. A lo que algunos respondieron: “¡Pero si no puede!”.

“Salí con la guitarra, encendí unas barras de incienso y dije: ‘El hombre con más dolor aquí soy yo’. Empecé a cantar ‘Suzanne’, pero, tras los cuatro primeros compases, sentí que no podía llegar a las notas más altas, me di media vuelta y me marché”

En 1952, con 18 años, Leonard había formado un grupo de country & western, Buckskin Boys, en el que tocaba la guitarra, pero no cantaba: “Hacíamos música de baile, muy tradicional, lo que se conocía como barn-dance. Éramos tres muchachos que se lo pasaban bien haciendo bailar a la gente: Mike tocaba la armónica, Terry tocaba el bajo y era el ‘caller’ –el que marca con la voz el paso del baile–, y yo tocaba la guitarra. Pero no cantaba, quizá un verso o dos de vez en cuando”.

Pero era un buen guitarrista. Un joven gitano, apodado “el hispano de Montreal”, solía sentarse a tocar en un banco del parque que había frente a la casa de los Cohen, y un día Leonard se le acercó para pedirle que le enseñara a tocar algo. Le dio tres lecciones... ¡y después se suicidó! “¡No me podía creer que fuera tan malo!”, comentaría el principiante. “Me enseñó el trémolo, unos encadenamientos de acordes y algunas escalas de flamenco. Fueron las únicas lecciones que me han dado en la vida, pero formaron la base para componer mis primeras canciones”.

Leonard vivía junto a la radio y los jukeboxes, escuchaba a los Platters, las producciones de Phil Spector –The Teddy Bears (“To Know Him Is To Love Him”), The Righteous Brothers (“Unchained Melody”)– y el country de George Jones. Adoraba a Ray Charles y a Frankie Laine. En casa, su madre cantaba, en ruso y yiddish, temas tradicionales de su tierra añorada: “Cantaba con el corazón y tenía buena voz, ¡nada que ver con la mía! Y después estaba la sinagoga. Había momentos en que la melodía de la liturgia era tan hermosa que sentía escalofríos en la columna”. Sin embargo, nada de esto hacía presagiar que Cohen fuera a convertirse en cantante. La poesía le podía.


EL PLAN

Aunque el plan original del poeta era ir a Nashville para vender sus canciones y resolver de una vez su problema económico, aterrizó en Nueva York, se alojó en el Chelsea Hotel y conoció a Bob Dylan, Phil Ochs y Janis Joplin: “Sentí que lo que hacían estos maravillosos compositores estaba más cerca del corazón que lo que podía encontrar en Nashville, y decidí lanzarme como cantante, sin dejar de escribir, pero ganándome la vida como cantante”. Unos meses después, de la mano de Judy Collins, Cohen debutaba en el Town Hall Theatre: “Salí con la guitarra, encendí unas barras de incienso y dije: ‘El hombre con más dolor aquí soy yo’. Empecé a cantar ‘Suzanne’, pero, tras los cuatro primeros compases, sentí que no podía llegar a las notas más altas, me di media vuelta y me marché”.

 
LEONARD COHEN, El burgués juglar

Rockdelux 276 (Septiembre 2009)

Ilustración: Pepo Pérez

Diseño: Nacho Antolín

 

Lo que vino después ya es sabido por todos. El gran poeta del rock. El encantador de serpientes. El Kabir occidental. El poeta de las intimidades entrando en las habitaciones de todos (todas) –“Suzanne”, “So Long, Marianne”, “Sisters Of Mercy”–. El burgués juglar dinamitando revoluciones –“Story Of Isaac”, “The Old Revolution”–. El feroz defensor del individuo frente a la sociedad –“Bird On The Wire”– polemizando: “La gente no podrá con tanta libertad”. El depresivo no químico más poderoso del mundo –“Avalanche”, “Famous Blue Raincoat”–, con tendencias suicidas –“Dress Rehearsal Rag”–, es amonestado por la crítica al no incluir una hoja de afeitar en su disco. El obrero de la canción alquimista marcándose un swing –“Lover Lover Lover”–, proclamando la mamada que le hizo Janis Joplin –“Chelsea Hotel #2”– y defendiendo el matrimonio con declaraciones políticamente incorrectas: “¡El sitio de la mujer está en la cocina!”. Hasta aquí podíamos llegar.

"Después de la gira de ‘The Future’, caí en picado. Había bebido muchísimo y mi salud estaba tocada. Afortunadamente, siempre he tenido un estómago muy delicado y no he podido abusar de las drogas y el alcohol. Así que decidí retirarme, cuidarme como nunca lo había hecho. Al fin y al cabo, un monasterio zen es un lugar de rehabilitación para personas desquiciadas por la vida”

La diáspora se produjo con la publicación del “manual de supervivencia en la lucha sexual contemporánea”, “Death Of A Ladies’ Man” (Columbia, 1977), desgañitado por un rocker de 43 años que confiesa, patéticamente, que tras su aire de Buda late un corazón adolescente –“Don’t Go Home With Your Hard-On”, “Paper Thin Hotel”–. Y regreso al folk-blues en un postrero intento del judío-sufí por llamar a sus huestes a filas –“The Guests”–, lo cual significó la pérdida de confianza de su discográfica, que se negó a publicar el live de la gira de “Recent Songs” (Columbia, 1979) –uno de los discos más geniales e incomprendidos de la obra de Cohen–. Cuatro años después, Sony eludía la distribución en Estados Unidos del álbum más country del cantante zen, “Various Positions” (Columbia, 1984) –incluyendo los futuros clásicos “Hallelujah” (su canción más versionada: John Cale, Jeff Buckley, Rufus Wainwright, Enrique Morente) y “Dance Me To The End Of Love”–, con las irónicas declaraciones del boss de CBS: “Leonard, sabemos que eres genial, pero no sabemos si sirves para algo”.

Hasta que no se produjo a sí mismo, Cohen no volvió a saborear las mieles del éxito. Cambió la guitarra por el sintetizador, y “I’m Your Man” (CBS, 1988) le dio la banana. De pronto, el poeta catastrofista –“Everybody Knows”–, el libertario imposible –“First We Take Manhattan”–, el cantor del fuego sagrado –“Ain’t No Cure For Love”– era el tío más cool del planeta. Otros cuatro años para repetir la fórmula en “The Future” (CBS-Sony, 1992) –un álbum apocalíptico, esquizofrénico, antifonario, apoyado por su amante, la actriz Rebecca de Mornay–, que tuvo menor regocijo mediático, y el cantante se refugió en un monasterio budista hasta el final del milenio. En agosto de 1996, fue ordenado monje.


ZEN 

“Después de la gira de ‘The Future’, caí en picado. Había bebido muchísimo y mi salud estaba tocada. Afortunadamente, siempre he tenido un estómago muy delicado y no he podido abusar de las drogas y el alcohol. Así que decidí retirarme, cuidarme como nunca lo había hecho. Al fin y al cabo, un monasterio zen es un lugar de rehabilitación para personas desquiciadas por la vida”.

En 1993, Cohen llevaba veinticinco años practicando zazen –meditación zen–, guiado por su maestro espiritual Roshi. De verdadero nombre Joshu Sasaki (1907), Roshi había vivido cuarenta y un años como monje en Japón, quince de ellos en calidad de maestro –actualmente ocupa la posición 88 en la línea de los patriarcas del budismo zen­ –, cuando, en 1962, llegó a Estados Unidos para establecer una rama del zen conocida como rinzai –según Cohen, “una rama militar, una especie de marines del mundo espiritual, por su rigurosa disciplina. Es como un campamento de boy scouts para gente rota. Pero es una buena vida. Te levantas a las tres de la mañana, te pasas trece horas meditando y cinco trabajando: cortas verdura, das de comer a las gallinas o limpias lavabos. Me encanta. Es perfecto. No podría ser peor”.

 
LEONARD COHEN, El burgués juglar

El burgués juglar dinamitando revoluciones, el feroz defensor del individuo frente a la sociedad, el depresivo no químico más poderoso del mundo, el obrero de la canción alquimista.

 

Todo empezó a finales de los años sesenta con una seshin –retiro espiritual– en el monasterio de Mount Baldy –situado a dos mil metros de altura en el Bosque Nacional de San Gabriel, cerca de Los Ángeles–. Después de tres días de intensa práctica, el poeta se convenció de que “aquello era la venganza por la Segunda Guerra Mundial. Con un maestro japonés, Roshi, y un monje alemán, Geshin, a la cabeza del centro, tenían a un montón de chicos norteamericanos andando con sandalias por la nieve a las tres de la madrugada”. El viento soplaba y arrastraba la nieve por el comedor, helando la comida en los platos, el régimen era escaso, la disciplina extrema y, después de cuatro semanas, Cohen huyó a Acapulco –se puede ver su corte de pelo estilo budista en la foto de la portada de “Live Songs” (Columbia, 1973)–.

Sin embargo, algo quedó en él, y al cabo de ocho meses volvió. Trabó una profunda amistad con Roshi, acompañándolo en varios viajes a monasterios trapenses e implicándose personal y económicamente en la apertura de otros dojos, en Nuevo México, Texas, Nueva York y Montreal. Acabó convirtiéndose en secretario personal de Roshi y, durante los años setenta y ochenta, pasó tanto tiempo dentro como fuera del monasterio. Se rompió dos veces la rodilla.

"El camino espiritual es un mundo en el que hombres mucho más fuertes que yo, mucho más valientes, más nobles y generosos, se han quedado hechos trizas. Yo no soy un hombre espiritual. Una vez que empiezas a tratar con material espiritual, te haces papilla”

En 1993, Cohen se hizo construir una pequeña cabaña de madera en el monasterio, para uso personal, y decidió permanecer con Roshi hasta absorber completamente su enseñanza: “Roshi me proporcionó un lugar donde bailar con el Señor, un lugar que no he podido encontrar en ningún otro sitio. Pero también me enseñó a distinguir un Rémy Martin de un Courvoisier, lo cual significó mucho en el principio de nuestra amistad. Ahora, después de treinta años de práctica, Roshi ha renunciado a enseñarme nada, y solo nos juntamos para beber un buen vino”.

Entre trago y trago, la meditación hizo su trabajo y, gradualmente, fue disolviendo la angustia que se había incrustado en el corazón de Cohen: “La meditación no es lo que piensas. Te sientas en absoluto silencio y tu mente empieza a repasar todas tus películas. Durante ese proceso, te vuelves tan familiar con los guiones que mantienes en tu vida que acabas hartándote de ellos. Entonces comprendes que la persona que crees que eres no es más que un complicado guion en el que gastas la mayor parte de tu energía. Tras un examen más minucioso, descubres que tu personalidad te asquea. Y eso es porque en realidad no eres tú. Si te sientes lo suficientemente aterrado por esa personalidad, espontáneamente permites que se desvanezca. Y entonces, si tienes suerte, puedes experimentarte a ti mismo sin la distorsión de esa personalidad. Ese es, en esencia, el proceso de zazen, la filosofía de Roshi”.

Pero Cohen nunca ha sido ortodoxo en este tema (ni en ningún otro), y mezclaba disciplina y vocación: “Sentado en meditación, he terminado una larga canción”, declararía –en su cabaña disponía de un sintetizador con el que compondría material para su siguiente disco, “Ten New Songs” (Columbia, 2001)–. Finalmente, en 1999, sintió que el velo había caído: “Siempre había tenido muchas versiones de mí mismo (¿contradicciones?) en las que utilicé la religión como apoyo. Hubo un momento en que pensé que podía iluminar mi mundo y el de los que me rodean, que podía tomar el camino de Bodhisattva, que es el camino de ayuda a los demás. Pensé que podía, pero no pude. El camino espiritual es un mundo en el que hombres mucho más fuertes que yo, mucho más valientes, más nobles y generosos, se han quedado hechos trizas. Yo no soy un hombre espiritual. Una vez que empiezas a tratar con material espiritual, te haces papilla”.

"Who By Fire", el 17 de julio de 2008 en Londres, introducido por el archilaúd del aragonés Javier Mas.

ESTAFA

En 1999, Cohen bajó de las montañas y se instaló en su dúplex de Los Ángeles. Junto a Sharon Robinson –con la que había escrito “Everybody Knows” y “Waiting For The Miracle”–, compuso el álbum “Ten New Songs”, incluyendo nuevos clásicos: “A Thousand Kisses Deep” –versionada por Jackson Browne–, “Alexandra Leaving” –por John Cale– y “Here It Is” –por Jonathan Richman–. Un último álbum grabado en estudio, “Dear Heather” (Columbia, 2004), de nuevo con Sharon Robinson, pero también junto a su actual compañera, Anjani Thomas, precedió el desastre: Kelley Lynch –mánager de Cohen– fue acusada por el cantante de haberle robado cinco millones de dólares. ¡Kelley! ¿La misma sobre quien Cohen había comentado en las páginas de ‘Billboard’, celebrando el treinta aniversario de su obra discográfica, “Kelley, bendita sea, puso en orden mi casa. Desde que la conocí, he podido ganarme la vida”?

“Kelley Lynch, bendita sea, puso en orden mi casa. Desde que la conocí, he podido ganarme la vida”

Kelley había trabajado como ayudante de Martin Machat –abogado y mánager de Cohen (también prestó sus servicios a Phil Spector y Peter Gabriel) desde 1969 hasta su fallecimiento en 1988–. Buena conocedora de los contratos discográficos de Cohen, Lynch tomó las riendas de los asuntos del cantante tras la muerte de Machat: “Éramos muy buenos amigos”, declararía Cohen. “Nuestra relación era tanto profesional como personal, e incluso tuvimos una pequeña aventura en 1990. Nuestras familias –Kelley tenía dos hijos con Steve Lindsay, productor de varios temas de “The Future” y dos inéditos de “More Best Of” (Columbia, 1997), además de haber trabajado con Ray Charles y Aaron Neville– siempre estuvieron muy unidas. De hecho, Kelley me ayudó mucho en la educación de mi hija Lorca cuando se vino a vivir a Los Ángeles y abrió una tienda de muebles de art déco debajo de mi dúplex”.

Fue precisamente un amigo de Lorca –novio de una empleada de Kelley– quien le comentó a la hija del cantante: “Tu padre debería mirar su cuenta bancaria porque se podría llevar una sorpresa”. Lorca le contestó que eso era imposible porque su padre confiaba plenamente en la gente que le llevaba los asuntos financieros y, “además –añadió Lorca–, está a punto de retirarse”, a lo que el joven le replicó: “Quizás no pueda”.

Alarmada, Lorca llamó a su padre, que estaba en Montreal. Regresó rápidamente a Los Ángeles y se fue directamente al banco, donde descubrió “algunas incorrecciones”: Lynch había derivado su tarjeta American Express a la cuenta personal de Cohen –un par de días antes había un cargo de setenta y cinco mil dólares procedente de la tarjeta de Kelley–. Inmediatamente, Cohen retiró a Lynch los poderes de firma –tuvo plenos poderes mientras Cohen estuvo en el monasterio, e incluso los había mantenido hasta ese momento– y la llamó por teléfono para decirle que estaba despedida. Aquella misma tarde, el banco notificó a Cohen que Lynch había retirado cuarenta mil dólares en otra sucursal. Cohen llamó entonces a su abogado, Robert Kory, que contrató a la compañía financiera Moss Adams para que comenzara una investigación. Se descubrió que habían desaparecido 8.4 millones de dólares de la cartera del cantante.

Lynch había contado con la ayuda del banquero Neal Greenberg, propietario de la compañía Agile Group, que manejaba más de medio billón de dólares de sus clientes, y protegía, desde 1996, las finanzas de Cohen para evitar una sangría de impuestos.

 
LEONARD COHEN, El burgués juglar

El día que cumplió 75 años.

Palau Sant Jordi, Barcelona, 21/9/2009. Foto: Inma Varandela

 

En 1997, Kelly Lynch y su ayudante en temas tributarios, Richard Westin, formalizaron con Sony la venta de la editorial musical de Cohen, Stranger Music, por valor de cinco millones de dólares, que fueron transferidos directamente a la empresa de Greenberg. “Yo estaba en Mount Baldy, y nunca se me informó de esta operación”, declararía Cohen. “Solo en un primer momento se planteó la posibilidad de vender una parte de mis derechos a Sony, pero nunca estuve de acuerdo con la operación. Mis canciones generaban unos beneficios anuales de cuatrocientos mil dólares, lo cual me permitía llevar una vida más que digna. Lynch recibía el 15%, es decir, noventa mil al año. Y Greenberg me enviaba un informe mensual donde concluía que todos mis ahorros estaban a buen recaudo. El problema principal fue que, mientras yo prestaba la máxima atención a todos estos aspectos, ni por un momento se me pasó por la cabeza la posibilidad de que mi gente de confianza cometiera la más mínima irregularidad en el ejercicio de sus deberes”.

En una nueva operación con Sony en 2001, Kelley vendía los futuros derechos del repertorio de Cohen por ocho millones de dólares. Esta vez el dinero fue a parar a las arcas de Tradicional Holdings LLC., una compañía recién constituida en la que Lynch aparecía como propietaria, con el 95,5%, mientras Cohen poseía el 0,05%.

“Renacer de las cenizas constantemente en esta vida de extremos... Y aquí estoy de nuevo. La última vez tenía 60 años, y era solo un crío con un sueño loco”

En noviembre de 2004, poco después de que se destapara el asunto, Cohen escribió a Greenberg: “Querido Neal, yo creía en ti. Dependía de ti. Cuando viste que las cosas iban mal, ¿qué sentido tenía que tus consejos fueran dirigidos a la única persona en el cosmos que trataba de engañarme? Un simple ‘e-mail’ informándome de que alguien estaba retirando el dinero de mi cuenta hubiera bastado. Yo siempre he contestado a todos tus ‘e-mails’. Afortunadamente, los conservo todos. Admítelo, Neal. Eras el guardián de confianza de mis bienes, y dejaste que se esfumaran... Devuélveme lo que me perdiste, y duerme bien”.

En marzo de 2006, la Corte Superior de Justicia de Los Ángeles falló a favor de Cohen la restitución de nueve millones y medio de dólares por parte de su ex mánager, Kelley Lynch. El dinero no ha aparecido y Kelley sigue en paradero desconocido: “Dios me dio un corazón fuerte, así que no me voy a hundir”, declararía Cohen. “Este asunto me ha dado un gran impulso para trabajar. No puedo hacer otra cosa. Pero no me quejo. Creo que conozco un poco cómo funciona el mundo para entender que estas cosas pasan”.

En junio de 2008, quince años después de haber pisado por última vez un escenario, Cohen volvió a la carretera. Sin duda, una gira dictada por la necesidad de rehacerse en términos financieros. Aunque, tratándose de un “anciano” de 74 años, ¿qué necesidad había de que sus conciertos durasen tres horas? ¿Acaso ahora alguien quiere matarlo a canciones (cuando eso es lo que le da vida)? En Cohen, para quien “la ocupación de ser un hombre es más importante que la de ser un cantante o un poeta”, rehacerse como artista ha sido siempre su desafiante oficio. “Renacer de las cenizas constantemente en esta vida de extremos... Y aquí estoy de nuevo. La última vez tenía 60 años y era solo un crío con un sueño loco”.


EPÍLOGO

Todo el mundo sabe que Leonard ha vuelto por el dinero. “¡Coge el dinero y corre!”, pueden pensar algunos... Sí, yo siempre le he visto salir corriendo del escenario, como si le persiguiera el diablo. Pero se ha pasado la vida luchando contra el demonio, y ha pasado por la vida como Jesús sobre las aguas –a veces es más difícil permanecer en la superficie–. Y se queda tres horas en el escenario, cogiendo al toro por los cuernos.

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